23/11/09

Error interminable (y 2)

Foto de Dorothea Lange (1937). Ligeros de equipaje, parece...

3. Los cristales de la cafetería se estaban empañando. De repente entre todas esas caras de la revista apareció la cara enorme (primerísimo plano) de un tipo sonriente; era la cara de un afable paciente de psiquiátrico. Un tipo poco peligroso, un infeliz, un paseador, un saludador de farolas. También podía ser la estampa infantilizada de… No me engaño más; era el mismo César Aira. Leí la entrevista. Comprobé que era la repetición casi sistemática de otras entrevistas anteriores. Era el robot César Aira el que hablaba. El hombre entrevista, feliz, indiferente, un surrealista escéptico. Pensé: o siempre le preguntan lo mismo y siempre contesta lo mismo, o siempre responde lo mismo le pregunten lo que le pregunten. En todo caso César Aira volvía a dejarme esa impresión agradable de que la literatura no va a salvar el mundo, y mucho menos la literatura de intención redentora. Ya no era el entrecejo arrugado con la excusa del hundimiento general.

En la entrevista se recuerda la introducción (la de arriba) a un libro titulado Diario de la hepatitis. En este diario Aira no deja de recordarse que va a dejar de escribir. "No volveré a escribir. Así de simple". A pesar de ello va añadiendo entradas a su diario, sólo para insistir en que ha perdido su vida escribiendo, que se ha equivocado totalmente, y se promete no volver a hacerlo. El éxito literario es el resultado fatal de un malentendido; "la gente, haciendo caso omiso de lo irrefutable, suele opinar lo contrario, o mejor dicho lo opina siempre; y después la posteridad, los siglos, opinan lo mismo que opinó la gente."

4. Es la hora. Se me hace tarde. Siempre se hace tarde de repente, nunca poco a poco. Salgo a recoger a mi hija al colegio. Sigue lloviendo. Entro y encuentro a algunos padres y madres dentro de clase, escuchando instrucciones de la profesora. Ésta habla con seriedad burocrática del disfraz de roedor (¿rata?) que hay que conseguir para el festival de navidad. No entiendo la relación entre una rata y la navidad, pero no es algo que se me ocurra preguntar. Va repitiendo punto por punto las partes de las que se compone el atuendo y los colores y los tejidos. Lo repite tantas veces que acabo por no enterarme de nada. Habla ya muy despacio y me pierdo, las frases se dividen en palabras que van frenando, y las palabras en sílabas, y las sílabas no significan nada. Lucho, a pesar de las dificultades, por memorizar todo lo que hay que comprar, el color de las mallas, del polo, de las orejas, del rabo, de las medias, de la falda… Algunos padres parecen muy preocupados (quizá yo también pero lo disimulo); veo rostros de severidad, y ojeras, verrugas como garbanzos, canas, patas de gallo, angustia, y ese principio de oscuridad que se posa en todas partes en días como hoy. Sus caras no tienen el eco vanidoso de las fotos que acabo de ver. No son rostros satisfechos; son caras reales; parecen saturados de angustia, o al menos de cierta gravedad. Son caras que predicen todas las desgracias. Veo a mi hija con el pelo un poco revuelto que sonríe. Me mira, un poco sorprendida por la seriedad de la vida.

5. Pero lo que hago aquí no es serio. No se puede hablar de literatura con nadie. La literatura no está en el mundo. Existe como existen los átomos. Nadie habla de átomos. Se habla de libros. Es normal que todo el mundo se diga un día u otro lo mismo que este escritor argentino; "no veo de qué podría servir", porque no veo la literatura por ninguna parte.

6. Afuera sigue lloviendo. Esta realidad parece una novela de Cela. Llueve mansamente, etcétera, etcétera. Encuentro de camino a casa a un conocido que hacía tiempo que no veía. Vive en la ciudad X. Me dice; "Allí nunca llueve". Esas palabras ya interrumpen todo lo que iba a decir. Mi desconcierto es su desconcierto. Ya sólo puedo soñar con esa frase.

Una hora más tarde, de toda la conversación, sólo recuerdo esa frase, tres palabras. Me parece que esas tres palabras no sólo hablan de lluvia, o de ausencia de lluvia. En realidad es casi seguro que hablan de cualquier cosa menos de lluvia, de esa agua cayendo imbécil sobre las coronillas. Lo sé pero no sé cómo lo sé. Con saberlo me basta. Después de noche, en la cocina, mientras espero que se cuezan las patas y aparto las migas de la mesa, pienso que este día se resume en esa frase: Allí nunca llueve.

22/11/09

Error interminable o Allí siempre llueve (1)


1. El jueves 23 de enero de 1992 el escritor argentino César Aira escribe lo siguiente:

"Si me encontrara deshecho por la desgracia, destruido, impotente, en la última miseria física o mental, o las dos juntas, por ejemplo aislado y condenado en la alta montaña, hundido en la nieve, en avanzado estado de congelamiento, tras una caída de cientos de metros rebotando en filos de hielos y rocas, con las dos piernas arrancadas, o las costillas aplastadas y rotas y todas sus puntas perforándome los pulmones; o en el fondo de una zanja o un callejón, después de un tiroteo, desangrándome en un siniestro amanecer que para mí será el último; o en un pabellón para desahuciados en un hospital, perdiendo hora a hora mis últimas funciones en medio de atroces dolores; o abandonado a los avatares de la mendicidad y el alcoholismo en la calle; o con la gangrena subiéndome por una pierna; o en el proceso espantoso de un espasmo en la glotis; o directamente loco, haciendo mis necesidades dentro de la camisa de fuerza, imbécil, oprobioso, perdido… lo más probable sería que, aun teniendo una lapicera y un cuaderno a mano, no escribiera. Nada, ni una línea, ni una palabra. No escribiría, definitivamente. Pero no por no poder hacerlo, no por las circunstancias, sino por el mismo motivo por el que no escribo ahora: porque no tengo ganas, porque estoy cansado, aburrido, harto; porque no veo de qué podría servir."

Este será el texto introductorio de un libro que luego titulará Diario de la hepatitis. Justo unos días después, en febrero, inicia el diario con estas palabras: "Qué sentimiento de error interminable…"

2. Exacto; error interminable. Ayer ojeaba una revista mientras tomaba un café. La revista era una revista literaria; pasaba las hojas, sin atreverme a leer nada. Estaba tan asqueado con esas caras. ¿Qué era lo que me molestaba de esas caras, de esos bigotes, de esas cejas, de esos peinados, de esas barbas, de esos pechos turgentes, de esas manos peludas y labios gruesos, de esas canas de sabio? Todas eran partes fundamentales, visibles, de escritores de éxito, machos y hembras. Me molestaba, quizá, el molde fotográfico. Todo el mundo en las fotos, aunque unos más que otros, parece poner cara de máscara mortuoria sorprendida de estar viva todavía. Razón por la cual tenemos al menos dos caras; la cara de las fotografías y la cara del espejo. Quizá haya una tercera cara que es la que ven los demás; pero esa es un misterio para nosotros.

Ellos, los inmortales de las fotos, miraban al infinito; el infinito asentía, satisfecho. Yo miraba la lluvia, la lluvia me miraba a mí. En Santiago, hay que decirlo, siempre, siempre, llueve sin ganas. No es una lluvia activa, que va y viene de alguna parte, con muchas cosas que hacer. Es por el contrario una lluvia anémica, casi tímida, avergonzada de sí misma. Sólo muy de vez en cuando parece sentir ganas de hacer algo importante y es entonces cuando se vuelve loca, cuando va por ahí acribillando tejados y puertas y persiguiendo a todo el que sale a la calle. A veces deja de llover. Pero cuando no llueve también llueve, eso también es verdad. El que puede se queda en casa leyendo, viendo la tele, abriéndose las venas en secreto.

Yo seguía pasando caras.

21/11/09

Lo último de Juan Carlos III

La cubierta del libro es de Tomer Hanuka, como estos niños.

Mini reseña sobre Aire nuestro de Manuel Vilas con cita incorporada:

Me aburro. Me cae bien Vilas. Paso hojas. Paso muchas hojas. Estoy hasta las narices de tantos nombres famosos. Odio a Vilas. Vilas es el nombre de un famoso restaurante santiagués. El restaurante favorito de Manuel Fraga. Manuel Fraga, como famoso que es, también sale en esta novela. Vende colchones Pikolín. No sale Suso de Toro, pero debería. Los primeros libros de Suso de Toro tienen mucho que ver con lo que hace Vilas. Es improbable que Vilas haya leído Polaroid, Caixón desastre, Land Rover, Tic-tac. Década de los ochenta, cuando Suso de Toro proponía hacer croquetas con la momia de Castelao. Sigo pasando hojas, sigo canturreando por lo bajo. Estoy contento y me aburro. Este libro aburre alegremente. También me aburro con Cervantes a veces. Incluso con la Biblia, con esos listados interminables de nombres de tipos engendrados uno tras otro. Literatura experimental del Espíritu Santo. En el libro de Vilas José Ángel Valente es un emigrante ecuatoriano que trabaja en un matadero de cerdos en Villafranca. Etcétera. Pasan cosas en el libro. Conspiraciones, viajes, un poco de terrorismo de tarta, más cosas. Leo un relato que se titula Carta al hijo. El padre de Manuel Vilas, de nombre Manuel Vilas, le escribe desde el más allá una carta a su hijo escritor. La carta termina así:

"La felicidad de la gentes sencillas no es un problema político, hijo mío. Ya sé que el mito da contenido al tiempo de las vidas de la gente. Y que fuera de ese mito no hay consistencia. Sin ese mito, todo sería ficción. La felicidad de las gentes sencillas sí es un problema político, hijo mío. Ya lo creo que lo es. Cuídate. Buenas noches, hijo mío, dejaré encendida la luz del cuarto de baño para que no tengas miedo. Sigue escribiendo. Recuérdales de dónde vienes: de los ahorcados, de los ejecutados, del campesinado español, del proletariado irredento, de la pobreza insuperable. Recuérdales que vienes del analfabetismo, del hambre y de la enfermedad. Recuérdales que sólo te separa una generación de mí. Eso es lo que tienes que hacer y lo está haciendo bien. Recuérdales que eres un revolucionario y que eres comunista y que vas a matarlos a todos. Buenas noches, amor mío."

Suerte, diría. Poco más tengo que decir.

15/11/09

Invierno

Cuando llega el momento de los aplausos cada uno se aplaude a sí mismo, por todo lo que se ha pensado mientras el solista tocaba el piano.

***

Llovía tanto y tan torcido y con tan mala leche que todo el mundo chorreaba y las mujeres parecían embadurnadas de pegamento en los escotes. Y con la piel de gallina y los labios morados.

***

No está permitido eructar ni tirarse pedos pero en cambio el que más y el que menos se pasa medio concierto tosiendo como un tuberculoso y es el mismo individuo el que insiste una y otra vez en toser hasta el último esputo, el que se erige gran tosedor de la noche, convenciendo a una docena de tosedores más que le hacen coro de fondo. Por eso podemos decir que los cuarenta euros del concierto nos dan la posibilidad de asistir a dos conciertos; uno en el escenario, donde un japonés con flequillo de pianista toca el piano con el misterio con el que se gritan las ballenas, y otro, que proviene de la oscuridad de la zona de butacas, donde un solista tosedor (que alcanza momentos grandiosos con sus ladridos de pulmón y bronquios encharcados de nicotina y moco), repasa un repertorio que ya hemos oído antes pero nunca con esa potencia estremecedora y ese desgarro de tejidos imaginarios, seguido por ese coro griego de tosedores que desde distintas partes del universo de butacas elevan si cabe un poco más todo el dramatismo de la representación.

***

Nada más comprobar que el pianista no vuelve a salir para doblar el espinazo ante los aplausos ni para seguir tocando, muchos corren al baño evitando ver a nadie conocido por el camino. Cuando vuelven traen un aire de indiferencia extraño, como si conociesen el futuro de todos nosotros y les diese un poco igual.

6/11/09

Orwell en España


Orwell en Homenaje a Cataluña presenta una de esas guerras absurdas a lo Gila. No tanto en la razón de ser de la propia guerra, pues a todas las guerras les vemos ese defecto, como ya dijeron los jipis en su momento, sino por sus métodos, o por la falta de los mismos. La guerra civil española que nos cuenta Orwell, la que él vivió, es una guerra sin armas casi, o con armas tan deterioradas y viejas que presentan más peligro para los que las usan que para los enemigos. Todo es viejo y defectuoso, y los cañones, efectivamente, no tienen agujero. Las balas están contadas y se reservan para una urgencia. Los milicianos no tienen uniforme; van tirando con un pantalón de pana. A Orwell la guerra civil de los españoles le parece una guerra de aficionados, una guerra sin guerra. Hay un enemigo lejano al que sólo es posible insultar si se utiliza megáfono; apenas se les ve, más que como unos puntos aterrorizados en una colina. Los fascistas son chinches a las que las balas nunca alcanzarán. Se dispara de vez en cuando por no faltar a la inercia de lo que se le supone a una guerra.

La crónica de Orwell va al grano y nos cuenta lo que es, sobre todo, una guerra de trincheras, que es la que él vivió en el frente de Zaragoza. "Cinco cosas son importantes en una guerra de trincheras: leña, comida, tabaco, velas y el enemigo." Por ese orden. Se aburre mucho y no deja de leer. Tiene piojos, hambre, mucho frío, apenas entiende lo que le dicen y duerme poco y mal. No deja de ser cómica esa queja continua por la guerra chapucera y un poco teatral que le toca vivir; pide un poco de acción. Casi parece estar pidiendo que le peguen un tiro de una vez para acabar con la incomodidad de esa espera. Su decepción es palmaria. Él había venido a luchar contra los fascistas y unos meses después aún no ha visto a ninguno, a no ser a algún desertor, pobres desgraciados que parecen cambiar de bando con la esperanza de comer mejor, o de comer algo.

Después, más adelante, se le complica la cosa. Se mueven un poco y cerca de Huesca le hieren en el cuello. "La experiencia de recibir una herida de bala es muy interesante y creo que vale la pena describirla con cierto detalle", escribe antes de adentrarse en el mundo interior de alguien muriéndose lentamente, que es lo que creía en ese momento estar viviendo. Se salvó por muy poco.

Orwell era sobre todo un escritor, porque este libro es el libro de un escritor que narra en primera persona sus experiencias en la guerra. Es una crónica escrita meses después del momento que narra. Aún no sabe cómo acabarán las cosas en España ni hace demasiadas predicciones, aunque reflexiona sobre la idiosincrasia española y la creencia de que aquí nunca podría darse una maquinaria dictatorial, fascista o comunista, con la eficacia y dureza del tipo alemán.

Lo más sorprendente de Homenaje a Cataluña es lo bien escrito que está. Se le supone a Orwell una urgencia en la escritura, una denuncia también, y quizá, sobre todo, un enfoque más panfletario que otra cosa. Parece un libro tabarra y no lo es. El objetivo de Orwell es claro: consignar una experiencia en el frente y contarnos lo vivido por él en mayo del 37 en Barcelona, esa mini-guerra civil dentro de la guerra civil y el ajuste de cuentas de Negrín, Stalin mediante, a todo lo que oliera a trotskista. Pero se ve que está muy pendiente también del asunto literario. En el buen sentido. Es un libro de escritor. El gran libro de escritor de la guerra civil española es este de Orwell. Hemingway escribe una novela o zarzuela en prosa sobre el mismo tema.

Se comprende mucho mejor de donde sale Rebelión en la granja y 1984 después del trauma que le supone ver la lucha entre un estado republicano sovietizado (el suministro de armas no caía del cielo) y los anarquistas y la posterior aniquilación de las milicias del POUM, una auténtica purga estalinista. Se dice que la guerra civil española es la primera batalla contra el fascismo, pero podríamos decir que también es la última batalla por el poder en la URSS. Orwell, asqueado, es testigo del despliegue de toda la maquinaria propagandística de una guerra ya engrasada. Los que ayer eran milicianos heroicos son, hoy, traidores fascistas al servicio de Franco. Los periódicos hablan de conspiración, el POUM es borrado del mapa. Es decir, los pobres pringados que por casualidad habían caído en esas milicias (al igual que Orwell) acaban en la cárcel y muchos son fusilados o mueren a la espera de un juicio que nunca llega.

La guerra civil española, sus ocho meses viviéndola, le marcaron definitivamente; podríamos decir que Orwell se hizo antiestalinista en España. Ya estaban ahí el Gran Hermano y la granja de cerdos dictadores. Orwell es el gran Lutero de la izquierda.