28/4/09

Algo sobre Flaubert

Adiós Flaubert. Se me murió en las manos. Empecé con mucha ilusión Bouvard y Pecúchet en la edición de Blacklist. El gordo y el flaco en novelón decimonónico, pero lo dos gordos, o los dos flacos, ya no me acuerdo. Y esta línea de diálogo que encontramos en los primeros capítulos (¡Haremos lo que nos plazca! ¡Nos dejaremos crecer la barba!), y que salva la novela, pero ni así la salva. Es Bouvard a Pecuchet o Pecuchet a Bouvard el que la pronuncia, pero qué más da uno u otro si son la misma persona en dos cuerpos.

No me gustó Bouvard y Pecuchet. Sabemos que es una novela inacabada. Flaubert se murió para no tener que acabarla. A Flaubert le costaba escribir y a nosotros, a mí, me cuesta leerlo, al menos en esta novela, aunque recuerdo la sensación claustrofóbica que tuve al leer sus otras novelas. Veía sufrimiento en cada frase. Sangre. Cada sujeto y cada verbo y cada predicado encajados con dolor, maridados tras grandes esfuerzos, aunque con resultados excelentes a primera vista. Pero Flaubert no escribía; Flaubert operaba. El verdadero doctor Frankenstein era él, y sus libros monstruos que huelen a moho, menos la Bovary, pues siempre hay un Vargas Llosa que se emociona ante la monstruosa condena al aburrimiento de esa mujer casada con un médico blandengue y su posterior affaire y muerte. Madame Bovary es uno de los personajes literarios que peor me caen, una adúltera tan sin alegría. Siempre me la imagino masticando, no sé por qué. Y así a todo en lugar de optar por los clásicos látigos y cilicios de cada hijo de vecino opté por leer mucho a Flaubert cuando era demasiado joven para ver en la mesura algún atractivo. O todo o nada, así pensaba. O todo y nada, más radical aún. Pero es sólo una frase imposible de cumplir ni a los dieciséis, pues nadie con un poco de sangre en las venas se lee Salambó (esa ópera en prosa) hoy en día, ni ayer. De La educación sentimental no me acuerdo de nada. El tiempo que invertí en leerla no me da, hoy en día, ni para una frase, a no ser para decir que no recuerdo nada. Y que me había gustado como ninguna otra obra de él.

De pocos autores que ya no leo ni estimo demasiado puedo decir que ha sido tan importante leer como Flaubert. Es el mejor antídoto ante el exceso de celo en la escritura.

De Flaubert aprendemos a bucear sin sacar la cabeza. Inventó, o patentó al menos de tanto repetirlo como un mantra, la idea de que el escritor no debe aparecer de una u otra manera en su prosa por nada del mundo. Lo mejor que podía hacer un autor al narrar era desaparecer. Esto hay que saberlo muy bien para olvidarlo pronto. No es lo mismo olvidar algo que no saberlo, como todo el mundo sabe. Flaubert impone la visión objetiva. El estilo era la varita mágica que propiciaba esa desaparición del autor. Para lograr esto Flaubert se torturaba. Se clavaba palillos entre la uñas para sufrir un poco más mientras buscaba la palabra justa. De la vida de Flaubert tenemos la imagen de un galeote, remando sólo gracias a esfuerzos sobrenaturales. La novela, para él, era un barco gigantesco que tenía sacar adelante remando cada día un poco. Una semana para escribir una frase, clama en sus cartas un montón de veces. Después se iba en barquita con Louise Colet y la instruía en el complejo y arduo trabajo del remar y de la navegación, o ya pasando de la maldita metáfora, del arte de escribir, y decía cosas muy interesantes, y encontrando en esos pequeños tratados de arte y vida la palabra justa sin tantos miramientos. Lo más interesante que podemos leer de Flaubert, sin duda, son sus cartas.

En Bouvard y Pecuchet Flaubert representa su condena; a sus remilgos con el estilo se suma su incapacidad para escribir nada que no haya verificado en la realidad antes. Cada dato, cada movimiento, cada descripción debe partir y acogerse únicamente a lo existente en la realidad. Flaubert no escribe una novela; la copia de la realidad, sea la realidad un vestido de frufrú o un manual de jardinería o los tarros de un farmacéutico. Y si todo es una ficción él hace que todo suceda antes en la realidad. Fuerza a la realidad a generar su novela. Eso no es fácil. No escribe, por tanto; copia, como los protagonistas, Bouvard y Pecuchet, que son copistas.

Según afirma Carlos Pujol en el prólogo se ha calculado que Flaubert consultó para escribir esta novela cerca de dos mil volúmenes, de los más variados temas. El resultado; una obra de alguien que se leyó cerca de dos mil volúmenes para escribirla. Al leerla lo tenemos muy presente, porque vemos cada volumen reducido a una frase, a dos. Lo vemos en cada párrafo. A pesar del estilo conciso y claro de Flaubert y de su capacidad para desechar lo que sobraba, es esta una novela absurda, en el peor sentido de la palabra. Una novela circense. Ambos protagonistas tienen tanta fe en los libros que la contradicción de dos teorías para explicar un mismo fenómeno los descoloca como si hubiesen visto un cerdo volando y acaban dejando todo aquello en lo que se meten para interesarse por otra cosa; agricultura, filosofía, medicina, jardinería, espiritismo, química, etcétera. La novela es la sucesión mecánica de intereses y desilusiones de dos tipos a los que nunca acabamos de diferenciar, a no ser por sus nombres. Al final, o ese final que Flaubert tenía pensado, ambos protagonistas después de pasar por el estudio fracasado de todas las materias que un bibliotecario pueda imaginar, vuelven a su primera actividad; copistas. "Se ponen a trabajar", nos dicen en el apéndice final.

En Flaubert el lenguaje es el protagonista, y él, el autor, en ese afán por desaparecer que vemos en cada frase, es un protagonista más de su narración, o el gran protagonista disperso en sus tipos. Su ilusión era hacer "un libro sobre la nada", sostenido sólo por el estilo. Anticipó a Joyce y la vía muerta que representa. Está en Kafka, en esa frialdad de prosa automática, y por lo tanto está muy presente en el meollo de la literatura del siglo pasado. Flaubert era el Jesucristo que murió en la cruz para que los demás sigamos pecando.

24/4/09

Sigue la cadena

También esas cartas de "sigue la cadena" tienen versión electrónica. De las fotocopias al email. Está claro que es mucho más fácil cumplir con la superstición o tontería ahora. Ya recibí varias.

Recuerdo de pequeño ver alguna de aquellas cartas en mi casa, que llegaban al buzón misteriosamente. Mi madre nos las daba a nosotros para que dibujáramos por detrás, o para que la rompiéramos peleándonos por ella mi hermano y yo.

Ayer recibí por email una parodia muy buena de este tipo de cosas. Descubro después cortando y pegando en google que está colgada en una página web de relatos pornográficos. El autor es anónimo. Y el que me la mandó un tío bromista. Gracias. Es esta:

"Sigue la cadena si lo que quieres es SEXO hasta saciarte.

Usted también podría hartarse de sexo a los cuatro días de recibir esta carta, siempre y cuando continúe la cadena. Ya que la carta debe dar la vuelta al mundo, debe hacer diez copias y enviarlas inmediatamente. Esto no es ninguna broma. No envíe dinero. Envíe copias a personas que necesiten comerse algo antes de 96 horas.

Después de pasar esta carta, a un funcionario de abastos de Santander se le atasco el pene en una maquina ordenadora y experimento la serie de orgasmos más larga de su vida. John Eliot intento llevarse a casa a una prostituta, pero como había interrumpido la cadena, la policía se lo llevo a él. Cuando registraron su domicilio encontraron revistas de niños pequeños que enseñaron a todos sus vecinos. En un suburbio de Paris una erección incontenible le reventó los pantalones a Don Loray 51 días después de haber interrumpido la cadena. Sin embargo, antes de que esto ocurriera una maquina de condones le dio tres por el precio de uno. ¿Un premio de consolación?

Tenga en cuenta lo siguiente: Herbert Pudstrom recibió la cadena en 1953. Le dijo a su secretaria que hiciera diez copias y las enviara. Pocos días después se la encontró en el barrio chino de Copenhague ganando cuatro veces más de lo que él le había pagado nunca. En una ocasión el general George Patton, que también envió la carta, creyó ver en la calle algo que parecía una moneda. Cuando se agacho a recogerla pasó a su lado una mujer impresionante en minifalda y pudo disfrutar de una vista única. Heywood Dadditt, un onanista compulsivo en paro, recibió la carta y olvido que tenía que enviarla antes de 96 horas. Su esposa se fue a jugar a los bolos con su mejor amigo y no volvió. Meses después, al encontrar la carta, envió diez copias. A los pocos días conoció a otra mujer y descubrió que durante todos aquellos anos su antigua esposa, que a él le parecía una maravilla, se había portado en la cama como una caballa muerta. Alan Fairchild recibió la carta, pero no se la creyó y la tiro. Nueve días más tarde se le derramo un café ardiendo en la entrepierna.

En 1987 una joven de Texas recibió una carta muy desgastada y casi ilegible, por eso no se dio cuenta de que este párrafo hablaba de ella. Se prometió que volvería a mecanografiarla y que la enviaría, pero entre unas cosas y otras lo fue dejando. A partir de entonces se sucedieron los problemas, entre otros un herpes genital y diversas enfermedades venéreas que contrajo en sus fútiles intentos de encontrar al hombre perfecto en bares de solteros. No se había desprendido de la carta en 96 horas. Finalmente envió las copias y al poco tiempo conoció a un hombre de medidas excepcionales.

Pero no olvide el triste destino de un estudiante de la universidad de Trent, Peterborough, que se envió la carta a si mismo cinco mil veces por correo electrónico el mismo día. Cuando iba a abandonar la sala de ordenadores una extraña mujer se le acerco por detrás, le mordió una oreja y le echo mano al paquete. El comprensible sobresalto le hizo tropezar con unos cables mientras lanzaba un grito. Al intentar frenar la caída agarrándose a un ordenador cercano, unas babas que le habían salido de la boca (al gritar) se introdujeron hasta las profundidades mas recónditas del ordenador, y los tres (estudiante, extraña mujer y ordenador) experimentaron un cíber-orgasmo simultaneo de intensidad exponencial antes de explotar convirtiéndose en una nube de datos humeantes.

Debe enviar al menos diez copias de esta carta antes de que pasen 96 horas. Los que lo hagan tendrán una vida sexual plena e intensa. Los que no, se verán condenados a pasar largas veladas en compañía de utensilios mecánicos."

22/4/09

[2]

Hay días en los que los pájaros, más que cantar, discuten.

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Nunca estamos seguros de que ese tren que no cogemos no sea el nuestro.

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Yo nací para ser feliz, pero tiendo a llevarme la contraria.

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De tanto dudar se gastó la perilla, y una vez gastada se acabaron las dudas.

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Un silencio ahora de nevera.

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Esta planta; ¿Se muere o se desarrolla? La teoría me aburre.

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Tengo algunas ideas, pero están tan bien guardadas que nunca las encuentro.

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Si dejo de escribir aunque sólo sea durante diez segundos me caeré dormido, rompiendo las gafas contra la mesa y clavándome los cristales en los ojos. 

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Al final, tartamudear fue lo más convincente.

21/4/09

[1]

Hay que aprovechar los días de buena letra para quedarnos mirando al techo y fumando. 

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Siempre hay algún niño al que no le gusta el chocolate. De estos desconfiamos como si nos fueran a apuñalar por la espalda en cualquier momento.

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Hay días en los que por mucho que se caliente el café nunca se da calentado.

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La gran pregunta es: ¿Está de verdad seco lo seco?

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Pensaba la mosca que era vino y era café.

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Cuando no tengo de qué hablar desaparezco, pero sin dejar una estela de humo.

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Sosegado, y sobre todo despejado, me paso el rato cayéndome de la silla y rodando hasta el baño.

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Después de cantar el gallo; ¿se vuelve a dormir?

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El café sabe a calambre.

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Antes nunca bostezaba. Ese es el principio del fin.

19/4/09

Lo que dicen los nicks


Nick y Sheila. Unos que no sé quienes son. 

Se habla a veces con desprecio del anonimato de los autores de blogs y demás inventos en la Red. Desprecio a los despreciadores, incluyéndome a mí, por supuesto, soy incorruptible. Creen que se usa el anonimato como arma para insultar sin ser identificado. Veo poco insulto la verdad, al menos en esto de los blogs. Todo son cortesías, gracias, gracias, no, tú primero, no, tú más. Eso indica que a la mayoría más que insultar lo que les va es hacer amigos invisibles, pero sobre todo, poder decir lo que piensa y que alguien se lo lea. No se pide más, o sí, dinero, pero se hace gratis esto de rellenar blogs y ya está. Insultar se deja para la vida diaria, si se da el caso. Y es precisamente porque el insulto anónimo no tiene sentido, se neutraliza a sí mismo. Está huérfano. Para insultar hay que enseñar el carnet de identidad, y la declaración de la renta en algunos casos. Para leer o ver insultos de verdad ofensivos uno tiene que irse a los periódicos o radios, donde los nombres y apellidos se ponen a parir unos a otros, para contento y escándalo de todos. Los nicks son una forma de ser más uno mismo, sin ese disfraz que nos ponemos ante los demás. O al contrario, de ser ese otro que nunca fuimos, y que en realidad somos. O no somos, ya no sé. Un rollo, pero un rollo en el que lo importante no es el quién (encantado de conocerle, encantado de conocerme), sino el qué.

Lo que suele no gustar de este anonimato es precisamente esto; opinar, hablar, sin las ataduras que imponen los nombres. Esa libertad, creen, es faltar a las leyes tácitas del mínimo de hipocresía necesaria para vivir en sociedad. Es la libertad del niño, que conoce su nombre pero ignora lo que representa.

También todo es cosa de acostumbrarse; con el tiempo el nombre de uno se hace un poco nick, y quizá el nick un poco nombre. 

El sermón de este domingo venía a cuento por este apunte de Canetti que leía antes.

"Libertad es cada nuevo rostro, mientras no le esté permitido hablarte. Libertad es todo el que está ante ti y no te conozca. Libertad es el marco poblado que aún no se reduce y en el que no te asfixias. Serás libre mientras no entres en la cuenta de los demás. Eres libre allí donde no te aman. El vehículo principal de la no libertad es tu nombre. Quien no lo conoce, no tiene poder sobre ti. Pero muchos lo conocerán, cada vez más numerosos. Mantenerte libre contra su poder conjunto es el objetivo apenas alcanzable de tu vida."

Elias Canetti, Apuntes I (Año 1947), Obra completa VIII.

12/4/09

Piscinas

Aquí, un matoncillo internaútico dispuesto a succionar inteligencias humanas.

Al igual que las ya clásicas guerras entre humanos y máquinas en películas y libros de ciencia-ficción, dónde los aparatos, más o menos monstruosos y destructivos, representan el fin de la humanidad, parece haber un duelo hoy en día entre la masa exquisita de los plumíferos reconocidos (ya no digo los artistas), y la masa arrabalera de los conectados, los que se enchufan a internet para respirar y defecar, y sobre todo, lo más escandaloso, sin duda, para acceder de forma gratuita a esos bienes culturales que nuestros artistas han parido con el sudorcillo de sus frentes torturadas y creativas.

Podrá ser un tema complejo de resolver este de los derechos de autor cuando ya ha no hay vuelta atrás en este invento de Internet y lo que ha propiciado; que desde casa pueda uno hacer la compra, de libros, comida o condones, y lo mismo con la música y las películas (que sí pueden ser convertidas en datos, no así los filetes): también nuestra dolorosa relación con las ventanillas de la administración cambia; ya no hay que esperar a que un funcionario de carne y hueso le diga a uno que vuelva mañana. Es la página de la tal o cuál la que se encarga de decírnoslo. Pues por muy enmarañadora, y sobre todo alargada, que sea la sombra de Internet en nuestro día a día, y más lo será en el futuro, se supone, según los cuarenta (o cuatrocientos) artistas de toda la vida, Internet es usado principalmente para robarles lo que no van a ganar y pensaban ganar, lo que han dejado de ganar, el pan de sus hijos, el pan de sus nietos, de los nietos de sus nietos. Todo el mundo sabe que si te acercas al plato del perro cuando come se pone hecho un basilisco, porque una cosa es ser el mejor amigo del hombre y otra muy distinta es compartir los cereales caninos. Es curioso que sean los que más aportan artísticamente, tanto en lo musical como en el cine, los más receptivos a considerar Internet una oportunidad para sus trabajos y no una piara de devoradores de sesos.

Y pese a todo, pese al cambio que supone esta nueva forma de relación en el consumo, nuestros más reputados plumíferos y opinadores, desde la libertad más insobornable en los medios de comunicación que les pagan, resumen la cuestión así: una turba indocumentada de ladrones que se cuentan por millones han tomado el mundo y es preciso pararles los pies. Lo que me inquieta de esto es que si en este tema son tan cerriles; ¿Qué pensar de su ristra de opiniones en otros temas? ¿Estarán tan meditados como en este?

Lo que está claro es que no hay vuelta atrás. Ni todas las C. Bruni del mundo (y sus machos) juntas podrán modificar este nuevo orden comercial, y sobre todo esa redefinición de los derechos de autor que ya se está produciendo sin que lo quieran ver.

Tengo la penosa impresión de que en lugar de distinguidas cabezas liberales (o socialdemócratas), ya sólo quedan estómagos enormes como piscinas.

9/4/09

Leer el mismo libro


No había pasado mucho tiempo desde que subí al avión cuando me tocó en el brazo la señora de al lado. Había un pasillo de por medio y una caravana de culos buscando un sitio donde posarse, pedorrear en off (los que más), y encogerse instintivamente en despegue y aterrizaje por efecto del miedo (o sólo inquietud, según sensibilidad). Era el libro que saqué de la mochila lo que había perturbado a la señora; yo veía de reojo a una mujer estirar el cuello y revolverse en su asiento mientras yo comentaba algo a mi mujer. Lo había empezado a leer la noche anterior (unas horas antes), sin premeditación, cosa que ya no se puede hacer con los libros, pues hay tanto bueno (y sobre todo malo) por leer que ya no tenemos todo el tiempo del mundo invertirlo tan alegremente, aunque de un libro siempre podemos apearnos a tiempo. Bueno, el caso es que había comprado aquellas quinientas páginas de saldo y me picaba la curiosidad. Vargas Llosa desaconsejaba hojearlo, comprarlo, porque le llevaría a uno a leerlo de cabo a rabo. A pesar de la amenaza y seducido por el precio lo había comprado. Siempre podría regalarlo a un orfanato en caso de que no me gustara, como hizo el mismo Vargas Llosa.

Empieza el libro como una novela; un joven yanqui profesor universitario en Uganda, con aspiraciones literarias. Hay una mujer africana muy ágil e insaciable; follan durante todo el primer capítulo y parte del segundo. Quizá llegan al tercero también. El escritor, o aspirante a escritor, lo de follar lo encuentra apasionante. Vale. Se habla también de otro escritor, uno ya famoso, un dios. Un dios pequeñito e indio, malhumorado e ingenioso, que visita el lugar. Vemos con alivio que el primer capítulo era de fogueo; donde había nombres ficticios se ponen los reales. El que escribe el libro y cuenta sus hazañas sexuales como aprendiz de escritor en Uganda es Paul Theroux. La figura, el dios, es V.S. Naipaul, el terrible. En la portada ambos, hombro con hombro por efecto del Photoshop; Theroux parece avergonzado por algo, o tímido; a Naipaul el mundo le parece un cachondeo y s ele ve en los ojos entrecerrados. Y ya está. Por fin un libro que se resume en la portada, sin palabras. Sabemos por los títulos de crédito de una película si esta es buena o mala (es una ciencia mucho más exacta que la meteorología), pero no pasa eso con los libros. Se juega al despiste, hay que hojearlos y algunos hasta que leerlos.

Theroux y Naipaul se hacen amigos. El primero adopta el rol de discípulo manso y adorador; el segundo es un sátiro, un cabrón y un tipo simpático a pesar de todos sus defectos, que ocupan casi las quinientas páginas del libro. En el libro se cuentan todos esos años de amistad. Esto que podría sonar casi insoportable teniendo en cuenta el poco peso literario de la escritura de Theroux se hace divertidísimo si tenemos en cuenta que en el momento de escribir el libro Naipaul ya le ha dado calabazas a Theroux, y lo exagerado y minucioso que este se muestra con las mezquindades de su ex-amigo. Se rompe una amistad de cuarenta años. A Theroux le parecen cuatrocientos años; no concibe el universo sin ese dios despiadado y genial y mala persona, pero con alma. Y qué alma.

Cuando le daban el Nobel a otro decía; "Están meándose sobre la literatura". En el año 2001 se lo dieron a él, a Naipaul, como sabéis, pero eso va más allá del punto final de este libro.

La señora del avión me dijo que acababa de leer el mismo libro y que le encantaban los dos, los dos personajes/ escritores. Dijo los dos como el que no puede elegir entre sus hijos. Uno era el corazón, el otro el intelecto. Uno era humano, el otro un bicho superdotado. Sonrisa de oreja a oreja, la señora, el pelo corto, arrugas naturales, tan progres, sin maquillar, un resto de cierta belleza o elegancia a pesar de su tono demasiado emocionado, cosa que de buenas a primeras suele desagradar como la charla de un borracho desconocido. Me habló durante minutos y minutos de la pena que le había causado el libro, por el final, donde leemos a un narrador afectado hasta la desesperación por la amistad rota. Después se metió en generalizaciones, mi vecina de avión. Teorizaba con un fondo de resentimiento o pena y eso fue lo que después me llamó la atención al acordarme; tenía, como todos, aunque unos más, otros menos, detrás de la máscara, ese poso que van dejando los años y que siempre tira hacia el amargo, o el agrio (¿por qué será?), como esa sensación crónica de rascado ácido que nos llega a la boca cuando el estómago parece no poder contener lo que amasa.

Después cortamos; abrí el libro y leí. Y como ella, como todo el mundo, usé el libro para leerme, aunque no me lo tomé tan a pecho como la señora.

2/4/09

Una señora en pantuflas

No hay nada como ponerse ropa que se secó al aire libre; uno se la pone y huele a fresco, a brisa.


Como llueve un poco me refugio en una marquesina de autobús y espero. A mi lado una señora con gafas. Me habla en catalán y me pilla de sorpresa, aunque no debería, pues estamos en Tarragona. Como la veo muy animada y habla muy rápido espero que acabe para decirle, con una sonrisa cordial en la boca, que no la entendía. Y no es que no entienda el catalán, pues si seguí al profesor Vicenç Navarro en TV3 hablar durante media hora de economía (y borracho uno, un poco), por qué no iba a entender a esta señora. El caso es que más que hablar rosma algo y hay que tener muy buen oído para pillar algo. Después de aclarar que no parlo catalá y de verle la cara de susto que se le queda, me expone en castellano su opinión sobre lo que está dando de sí el tiempo; llueve, hace frío, ya veremos el verano, ya lloverá en abril, ejem, etcétera. Es el principio de todo acercamiento entre desconocidos, tanto en ascensores como en marquesinas; el mundo está engrasado de esta guisa. Vengo de Barcelona; allí llovía más, digo. No le gusta Barcelona; o no le gusta lo que ahora es Barcelona. Me informa de la situación de algunos lugares de su ciudad a los que me interesa llegar, y qué autobuses (el 2, el 6, y después el 54, por ese orden) debo tomar. 

La señora es mayor; está en esa edad indefinida entre sesenta y ciento veinte, vestida de señora de ciudad, con blusa, chaqueta, abrigo, falda cuadrada (o rectangular, más bien), taconazos, y unas gafas un poco tintadas que le da un aire sospechoso y amenazante, entre Corín Tellado y torturador pinochetista. Aprovechando que ya hemos roto el hielo la bombardeo a preguntas sobre la ciudad. Quiero tantear la realidad local, pero ella sólo habla de sí misma. A sus 79 tacos, que confiesa sin venir a cuento, que presume, y con razón (se la ve ágil), le duele un poco que la ciudad haya perdido intimidad; antes todos se conocían y ahora con tantos inmigrantes ya no hay manera de saber quién es tu vecino. Por supuesto subraya que ella no es racista, y que hay varias familias estupendas de negros y mulatos y sudamericanos en su edificio que no dan problemas. Suben, bajan, ni sabe quien sube ni quien baja, pero exceptuando esa incomodidad, por lo demás bien. Le informo que en Galicia apenas hay inmigración si la comparamos con Cataluña (aunque vengo de una ciudad tomada por los guiris), y ella, entonces, lo dice; es que esa es una zona pobre. La palabra empleada es p-o-b-r-e. Escucho el eco; pobre, pobre, pobre… Una zona pobre… Me encanta; zona. Ni país, ni región, ni comunidad; zona. Dicho esto me miró a través de sus gafas tintadas directamente a la cara; en ese momento tendría uno culo en vez de cara. Un culo con barba de cuatro días. Quizá acostumbrado al uso de eufemismos como falta de tejido industrial y cosas así de idiotas y embriagadoras (y que admito sin ofenderme y estoy harto de oír), la palabra pobre me escandalizó un poco por clara, simple y antigua. ¿Pero no era que nadie es pobre hoy en día? ¿No habíamos quedado en eso? Todo eso del estado de bienestar social y sale uno de casa un día y se encuentra con que la primera paisana le informa de algo tan… obvio. Si acaso sólo eran pobres los pobres; es decir, los que duermen en la calle entre cartones y bolsas de basura. No pocos, pero lo bastante invisibles y marginales para que no cuenten. ¿Tendría que volver en patera a mi país? ¿No era acaso una patera voladora aquél avión de una compañía low cost que había cogido en Santiago a una ahora demasiado intempestiva para ser un vuelo decente? Ver para creer, u oír para creer; haber llegado a aquella marquesina para que le abofetearan a uno con la verdad, que vivía en un país pobre, vulgarmente pobre, cuya pobreza era conocida por cualquiera. Aquella señora era cualquiera. Un país de casas de cartón, vino de cartón y carteles suplicantes de cartón con faltas de ortografía que clamaban al cielo un  milagro o una buena parte del presupuesto del Estado. Un país pobre, que pide a las puertas de las iglesias y se pelea con otros pobres por la caridad de las beatas. La beata sería ella, además, harta de abrir el monedero.

Pasó un grupo muy numeroso de negros. Eran muy negros (ojos muy blancos) y parecían felices. Hablaban en alto un idioma que no era catalán ni castellano ni gallego ni inglés ni ningún idioma identificable por mi órgano de identificar idiomas, que tiene sus límites. A todas luces venían también de una zona pobre. La señora, como si los negros fueran trasparentes (cosa que no eran), o como si estuviera acostumbrada a la estampa, miraba a ese punto indefinido que miran los que esperan el autobús (daba igual que tuviera gafas oscuras). Sonreía. El mundo estaba engrasado de esa guisa.

Después intentó rebajar el mal efecto que pudiera haber causado la verdad sobre la riqueza de las distintas zonas de España, aludiendo (sin mucho convencimiento, la verdad) a lo bonito (dijo bonito) de las tierras del noroeste, del paisaje, de etcétera, los gambones. Habló de sus hijas, de los veranos de éstas en Galicia, cargadas de niños. Imaginé a las hijas, sus maridos, las vacaciones. Los negros sí que parecían felices.

Cuando subimos al autobús ella se desintegró para siempre en su asiento, con sus bolsas de la compra y sus zapatos que ahora (vistas desde aquí), me parecen pantuflas. Quizá era una señora en pantuflas, y no sé más.