No voy a descubrir aquí la pólvora, ni mucho menos, y no negaré lo obvio, que toda traducción es una tarea difícil, esclava y poco agradecida, ya no digamos bien pagada. Errare humanum est, además. Y que para gustos ya se sabe.
Esto viene a cuento porque leía ayer en el blog de Benítez Ariza las referencias que hizo a la nueva traducción de Carlos Manzano de la obra de Proust (A la recherche…) y los comentarios que le siguieron. Ariza prefiere la versión de Manzano a la antigua de Pedro Salinas. Parece lógico; la versión de Salinas tiene ya muchos años. Todos sabemos que antes se tenían menos escrúpulos a la hora de traducir. O al menos eso creemos, y eso comprobamos alguna vez, la verdad; sólo hay que fijarse en algunas versiones de Dostoievski, Dickens….
De Proust, yo sólo leí la de Salinas (que son los dos primeros y parte del tercero, con Josep María Quiroga Pla).
Hace tiempo cogí en la biblioteca la versión de Mauro Armiño (Valdemar es una editorial que me encanta) y pensaba comprármelos si la cosa estuviera bien. Y todo falló, o lo más importante falló. No me gustó nada. Es más; apenas puede leer casi nada, porque aquello no era Proust, y si lo era, si más justamente aquello era Proust, a la mierda con Proust. Me olvidé del tema; lo dejé pasar. Pensé; la culpa será mía, no de Armiño. Cuando algo no me gusta prefiero pensar que es cosa del momento. Me pareció que quizá debía volver a Proust (a ese Proust de Armiño) en otro momento.
No tengo el original y no sé francés (lo que me desacredita para hacer una valoración de la traducción, pero no de la prosa de la misma); no niego que Armiño sea un traductor eficaz y dedicado (diez años de trabajo con Proust), y quizá conozca más a fondo que Salinas los mecanismos de la obra de Proust (bueno, esto seguro, y además todas esas notas y diccionarios que enriquecen la traducción de Valdemar la hace más apetecible que la desnuda de Alianza, con lo difícil que es enterarse a veces de ciertas cosas en esa obra); quizá el uso de determinadas formas verbales sea más correcta; quizá sea una versión, la de Armiño, que respeta más la gramática. Quizá su traducción esté bien. En fin, no he hecho ningún estudio detenido sobre el tema ni pienso hacerlo, que esto sólo es un pobre blog de lector y escribidor inédito. Su traducción, la de Armiño, puede ser la leche. Pero, y aquí viene el pero, casi no puedo leerla de lo mal que me suena. Es como si una banda de música tocara el quinteto para clarinete de Mozart. No, soy injusto; es como si unos robots superdotados tocarán a Mozart perfectamente. Nunca antes se tocó a Mozart tan correctamente; nunca antes Mozart supo a menos.
Me fijaré en la versión de Manzano. No la conozco. Es más, tengo ganas de volver a leer a Proust y creo que probaré la edición de Manzano. Con la de Mauro Armiño, ya digo, no puedo, me espanta (a lo mejor es cosa de acostumbrarse). De todas las opciones que uno tiene a la hora de traducir una frase, una expresión (y comprobado esto con las dos versiones delante), Armiño escoge la que queda peor, casi siempre, la que uno no prefiere leer de todas las posibles, y Salinas salva con elegancia casi todos los obstáculos, aunque incurra en alguna que otra incorrección desde el punto de vista gramatical. Y eso es tan extraño, teniendo en cuenta que Armiño habla y escucha el mismo castellano que uno. Su castellano tendría que ser más digerible y cercano que el de Salinas, más de mi gusto, además, y en cambio es el de Salinas el que conecta. Conmigo, al menos.
En una traducción, además de rigor y de corrección gramatical, yo creo que no es menos importante la música. El escritor yo creo que es más músico de lo que parece a primera vista, y hablo no de prosas líricas, sino de prosas correctas y limpias, en el sentido de que entre la cosa representada y la frase haya la menor distancia posible, y la menor distancia posible es cuando se lee sin leer, sin darnos cuenta de que estamos leyendo. La prosa de Salinas tiene música; eso es innegable. La prosa de Salinas escribiendo a Proust, o siendo Proust en castellano, es de altura porque todo fluye sin que nos rasque nunca o casi nunca el oído. Una vez que entramos es fácil instalarnos en ese mundo, llevados por esa prosa que nos lleva como una marea. Es verdad que ciertos giros están desfasados, y no pocas palabras. Hay un tono de época que salta a la vista. Pero hasta no creo que sea malo, al contrario, pues Proust escribió en un francés que no es el de hoy. Es cierto que nos encontramos errores (y a veces ni el ritmo nos permite fijarnos en ellos) pero estos parece que hasta quedan bien. ¿Para qué queremos una prosa perfecta (ultracorrecta) si no se puede leer, si no da gusto leerla, si tropezamos con ella a cada paso?