24/1/09

Si B odia a A…

Sigamos con el gato por liebre de ayer. Sigamos un poco más con Bolaño; hay un relato suyo que viene al caso. Empieza así: "B escribe un libro en donde se burla, bajo máscaras diversas, de ciertos escritores […]. En uno de los relatos aborda la figura de A, un autor de su misma edad pero que a diferencia de él es famoso, tiene dinero, es leído, las mayores ambiciones (y en ese orden) a las que puede aspirar un hombre de letras. […] Para B, en resumen, A se ha convertido en un meapilas."

En fin; B se burla de A, entre otros. El libro pasa desapercibido al principio, pero A publica una reseña muy elogiosa en uno de los principales periódicos del país. Eso hace que otros críticos se fijen en el libro de B y lo reseñen. El libro de B tiene un relativo éxito. El escritor A, al que, recordemos, B odia porque le parece un meapilas y odia sus artículos, vuelve a hablar de su libro en alguna entrevista y da a entender, subrepticiamente, que sabe que se burla de él y de su obra, pero aún así parece ponerlo por las nubes. Lo que hace A no es, a todas luces, normal. El protagonista, B, se tira de los pelos y ve fantasmas en cada frase de las reseñas de A, en cada palabra, el fantasma misterioso de A burlado que planea una venganza cruel, pero en lugar de eso parece suceder lo contrario, o la venganza se aplaza cruelmente: A incide en su buena acogida a todo lo publicado por B, y es tan profunda y elogiosa que eso no hace más que perturbar a B, que creía hacerse un enemigo con A, al que sigue despreciando como escritor. B quiere ponerse en contacto con A pero no lo logra. Para B que A reciba así sus libros después de la sátira y el desprecio le parece extraño y angustioso casi. El relato es mucho la aventura de esos avatares. B finalmente está en la ciudad de A. Intenta quedar y la cosa se demora, el misterio no se acaba de resolver. ¿Está A esquivando a B? ¿Prepara A una venganza terrible? Todo tiene un aire de pesadilla paranoica. Mientras espera el momento de la cita con A, B se compra el último libro de A. Lo lee en un parque: "El libro es fascinante, aunque cada página rezuma tristeza. Qué buen escritor es A, piensa B. Considera su propia obra, maculada por la sátira y por la rabia y la compara desfavorablemente con la obra de A." Hay que joderse, el A que conocíamos se nos cae de las manos como un puñado de arena. Porque el relato es también la construcción de ese personaje A, escritor gazmoño y despreciable según el canon de la buena literatura de B, y resulta que A también era eso, otra cosa. A lo recibe en su casa, en el rellano, junto a la puerta, "sonríe con algo de timidez". Y "B siente por un momento que toda la fuerza que le ha servido para llegar a casa de A se evapora en un segundo. Se repone, intenta una sonrisa, alarga la mano. Sobre todo, piensa, evitar escenas violentas, sobre todo evitar el melodrama. Por fin, dice A, cómo estas. Muy bien, dice B."

Y sanseacabó. Es muy carveriano el final, ese terror contenido en el gesto cotidiano, en la nada. Me gustó el final. Una de las cosas más interesantes del relato es la posible historia o raíz de ese rencor por parte de B, como si A fuese en parte todo lo que B siempre quiso para sí mismo y no pudo tener. Como si en ese odio se definiese a sí mismo, y todo se tambalea al final. La historia del desconcierto ante uno mismo, podríamos decir, es el relato. Muy pessoano todo. Las confusas fronteras del yo y de todos los que caben dentro.

Gato por liebre

Puedo entusiasmarme con algo; un libro, una película, una idea. Supongo que si aprendemos algo con el paso del tiempo es a no dejarnos llevar mucho, o nada, por nuestros entusiasmos. Más que a desconfiar, a no hacerles mucho caso. Al final se impone, qué le voy a hacer, el carácter de uno; más inclinado al sí que al no. Más curioso que cerrado. Me quedo con la frase de Torrente Ballester: "No soy doctrinario del arte. Lo admito todo, menos el gato por liebre."

Claro que el gato por liebre me pone del hígado.

22/1/09

Los escritores superhéroes de Bolaño


Hoy volví a escuchar sobre Bolaño lo siguiente; es un escritor para escritores, e incluso podríamos decir más; un escritor para escritores que no son escritores, o que aún no lo son y quieren serlo, y ven el mundo de las letras desde fuera, grandioso hasta en sus mezquindades maravillosas. Varias razones para que teóricamente interese sobre todo a escritores; la más obvia es que sus personajes suelen ser escritores, y a todos los que son o quieren ser escritores les gusta sentirse identificados con los avatares de esos personajes del gremio, que sufren como benditos, como a los futbolistas les gustará contarse los sufrimientos propios de su profesión o a las secretarias del suyo. Se da además el caso de que sus personajes son escritores en la parte más baja del escalafón del éxito, casi malditos (uno que al que le va peor que a mí, decimos al leerlo), que van o vienen del fracaso, pero al mismo tiempo tienen una voluntad de hierro y una sola idea en la cabeza, ser poetas o escritores porque no les queda más remedio, nacieron con esa cruz y deben llevarla sobre los hombros. Viven en un mundo en el que ser escritor es ser lo más alto que un humano pueda alcanzar ("Un poeta lo puede soportar todo"). El santo y el caballero andante y el héroe revolucionario y el ángel caído se reúnen en esa figura; el escritor, que es una síntesis entre Rimbaud y Jesucristo y el Cervantes más quijotesco y un roquero recalcitrante. Pero no se queda ahí, Bolaño. O con los años perpetuó esa imagen del escritor superhéroe pero la enfrentó al mundo, que le fue dando por donde suele dar el mundo a los que van por sus terrenos en ese plan. Quizá una razón importante por la que triunfó tarde sea esta, ese empeño en querer ser escritor, en querer serlo a costa de todo, incluso de escribir algo que valga la pena. Porque el escritor que Bolaño quería ser era demasiado grande como para que este escribiera algo. Nada estaba a la altura de tan alto personaje. Lo raro es que al final lo consiguió. Lo raro es que tenía razón o un empeño blindado contra todo o ya no había vuelta atrás o no fue capaz de suicidarse e hizo una obra a la altura de Arturo Belano, el escritor superhéroe por excelencia.

La obra que conocemos de Bolaño desmiente quizá lo que hubiera escrito antes de ser Bolaño, antes de ser ni siquiera un escritor con obra publicada. En el fondo muchos de sus relatos nos dejan la impresión de que las vidas más tristes de esos tipos que van y vienen por pensiones y bares con papeles bajo el brazo y soñando su sueño manoseado hasta hacerse pesadilla, son vidas perdidas, alienadas por un afán en apariencia ridículo. Esa es la idea. Y también que siendo esto así vivirían su vida de la misma forma si volvieran a nacer otra vez.

Esa es la épica, su épica. Esa es la parte disfrazada de su obra. Lo importante también es lo que hay debajo, aunque EL disfraz tiene su importancia, y debajo del disfraz hay carne. Carne, alma, qué más da. O hueso, tocamos hueso.

En Bolaño todos esos escritores que pone a desfilar por sus relatos y novelas podrían ser pintores de brocha gorda, o banderilleros. En realidad todo gran escritor es un escritor para escritores, porque el escritor suele ser un lector exigente, un lector adelantado, y el escritor para escritores de hoy será el clásico mañana. Los ejemplos son bien conocidos.

Claro que con esto no contesto a la pregunta: ¿Es Bolaño en realidad un escritor para escritores?

19/1/09

De escritores gatos

Qué buena estampa; gato, vino, Hemingway (que se le ven los coloretes hasta en blanco y negro).


Últimamente tengo la sensación de ver gatos en todas partes. Me persiguen los gatos, doctor. En películas, en libros o revistas, en la misma realidad sobre todo. No es que se me echen a la cara pero ahí están, en un tejado, al lado de un cubo de basura, en una ventana. Siempre observando. Va uno por la acera y sin saber porqué miramos arriba; un gato en una repisa nos observa. Los paranoicos son muy sensibles a los gatos, porque dan esa impresión de vigilancia, hasta de conspiración, como si tuviesen un micrófono oculto con el que se comunican. Por eso en la literatura de terror el gato tiene un papel destacado, sibilino, siempre inquietante. El gato siempre ha sido el aliado del malo, y al malo en la literatura fantástica o el cómic siempre le ha gustado acariciar el lomo de un gato. Supongo que el carácter reservado del gato y su estampa de tranquilidad hacen pensar que oculta algo, y que oculta algo inteligente, o que es inteligente en definitiva, porque no es ese amasijo de emociones incontroladas que es el perro, buscador continuo de afecto que lo hace quizá más débil y sincero en apariencia, pero más tonto. El silencioso siempre ha estado bien visto, y el solitario, como si tuviera mucho en qué pensar y fuese más listo. Y no hay animal más literario, más allá del género de terror, que los gatos. Son famosos los gatos de escritores célebres. Hasta parece que uno para escribir necesita un gato, o una docena. Un gato que vigile a la musa, que la tenga a raya. Me acuerdo de los gatos de Umbral. Cuando aparece su nombre en alguna parte veo unas gafas que convierten unos ojos en aceitunas y una cabellera blanca que flota sobre la cabeza y al fondo un gato, o sobre una mesa. Un gato al lado de la máquina de escribir. Un gato sobre un libro. Es famoso el gato gordo de Borges, quizá castrado, ya no me acuerdo, al que Borges definía como lo gato. En el último número de la revista Clarín, que compré el domingo, aparece una selección de los diarios de Iñaki Uriarte en los que aparece su gato (llamado, por cierto, Borges), o en los que habla de gatos. Tuve la suerte de haber leído alguno de sus diarios inéditos y son francamente buenos, o a mí me lo parecen. Se ve que son unos diarios pelados, en los que el autor teme aburrir al personal, y va eliminando y eliminando hasta dejar la esencia de lo que cuenta y la frase justa. Entre las miles de clasificaciones de escritores que podrían hacerse una sería la de los que se dicen al corregir; ni una palabra de más. Y los que se dicen; ni una palabra de menos. En el primero se da un crítico mucho más lúcido, quizá, que sabe podar sin que le tiemble la mano. En el segundo hay un crítico de lo suyo mucho más indeciso, caprichoso y cambiante según el momento. En caso de duda éste siempre prefiere dejar o ampliar antes que tachar. Claro que hay un tercer caso que ni tacha ni amplia; ese sería César Aira, si nos guiamos por lo que dice. Recuerdo perfectamente lo que nos decía la profesora de literatura en bachillerato sobre Baroja; decía, de Baroja se creía que corregía poco pero se sabe por los papeles manuscritos que corregía mucho. Baroja en sus memorias se queja mucho de haber escrito su obra sin muchos miramientos, no por razones estéticas, sino de tiempo y de apuro meramente práctico, para ganar unas pesetas. No sé, por cierto, si Baroja tenía gato o gustaba de los gatos. Ya bastante gato era él.

Otro señor gato era Poe, que hoy cumple doscientos años y está más vivo si cabe que cuando estaba vivo.

16/1/09

Tenis sin pelota


Antes abrí un libro al azar y encontré las siguientes tres palabras; tenis sin pelota. Eso me recuerda al final de una película que vi por primera vez hace un par de semanas; Blow-up. Nunca me interesó mucho Antonioni, pero la película no estaba mal y me llamó la atención ese final en el que un grupo de mimos juegan en una pista de tenis al tenis sin pelota. Se mueven y se esfuerzan como si el hecho de no tener pelota fuese absolutamente secundario, insignificante. Un grupo numeroso de personas (también mimos, un ejército de mimos) observan el partido moviendo sus cabezas a derecha e izquierda, muy atentos, como si no quisieran perderse ni un golpe de raqueta a esa pelota invisible. Más lejos, el protagonista, después de una noche de locos, mira este partido de locos entre impresionado y confuso, hasta que llega a donde él se encuentra la pelota invisible, después de un golpe presumiblemente fallido. El protagonista da unos pasos (se mueve como un bailarín de ballet clásico con muelles en los tobillos), se agacha y la lanza con todas sus fuerzas. Y la película se acaba. Todo en silencio. La verdad, un silencio perfecto.

Esto me recuerda a un chiste, pero ahora no me acuerdo del chiste. Un chiste que resume una situación parecida. También me recuerda a mi hermano y yo jugando al tenis sin pelota y al fútbol sin pelota cuando estábamos aburridos en algún lugar y por supuesto sin una pelota real que lanzar o golpear. El problema de estos juegos de pelota imaginaria era que a veces una pelota se convertía en dos y cada uno se escapaba hacia la ficticia portería contraria con la misma legitimidad que el otro. Había entonces que preguntarse cuál de los dos balones era el real. Y nunca nos poníamos de acuerdo, por supuesto.

15/1/09

Los días más feos

[Esto de abajo lo escribí el otro día, quizá hace una semana. Lo acabo de encontrar en este documento, separado del que le sigue y del que le antecede por un hueco en blanco. Lo leo y entiendo y comparto lo que dice pero ya no soy yo, o hoy yo no escribiría esto, en ese tono al menos. La verdad es que un incordio esto de no leer en lo de ayer lo que queremos leer hoy. Nunca o casi nunca coinciden.]


Pasan los días tan planos, tan feos, tan poquita cosa. Cuando estoy mal, aunque no sé muy bien qué es estar mal, nada de lo que veo y vivo me interesa demasiado y casi todo el mundo me molesta y huelen mal y se ríen por todo. Rezuman felicidad, pero incordian en cada frase, en cada coche, en cada periódico, y esperar una cola es un suplicio y mataría a esa vieja que cuenta los céntimos. Y esto es lo peor, porque a mí lo que me hace escribir (y escribir es vivir, o quedarme en paz) es la gente, verla, espiarla, disfrutar con sus chorradas ante las que siento una cierta simpatía o hasta una ternura casi religiosa, como una Santa Teresa de Jesús o de Calcuta, da igual, y cuando dejan de parecerme todos graciosos e interesantes y casi milagrosos en algún aspecto estoy perdido, o vacío, o puede que muerto. Si no soy uno de ellos, para quién escribo. Era una pregunta. Puedo odiar a todo el mundo pero eso no me sirve de mucho. Odiar por odiar a derecha e izquierda es un trabajo muy cansado y no lleva a ninguna parte. Los odio; hala, ya está. Soy tan imbécil como cualquiera, soy uno de ellos; hay días en los que casi todo el mundo me cae mal de narices. Es como si en lugar de ver lo humano sólo viera lo animales, en el sentido literal, que son. Entonces odio los niños que se parecen a sus padres; odio a los somnolientos y a los lentos, a los gritones. Y ya no digamos si enciendo la tele. Por ejemplo, el telediario. Qué feo. El telediario es feo de cojones. Ni siquiera la mortadela, inventada por un ciego, es peor. Veo a esos tipos corriendo con niños acribillados en los brazos, y a su alrededor otros tipos barbudos y mujeres con velo (sólo la careta a la vista, una careta que grita y llora, arrugada de dolor), y también llevando niños cadáveres que parecen muñecos de trapo, niños ensangrentados, con ojos reventados (un bulto de sangre coagulada). Y después colocan esos pequeños cadáveres sobre alfombras, uno al lado de otro, con mucho cuidado, como si los pobres trozos de niño ahora pudieran sufrir algún dolor, y lo hacen sabiendo colocarse ante la cámara que graba todo para que yo (criatura occidental) lo vea y pare de masticar el filete y también veo a otros barbudos clamar al cielo y llorar en medio de un paisaje urbano derruido, y parecen cientos de llorones y lloronas histéricos e histéricas que llevan siempre niños muertos o a punto de morir, incluso bebés llenos de vendas mugrientas y mal colocadas sobre sus caras diminutas, y que por cierto viven en un mundo tan pequeño que no saben qué les pica o duele o qué les rodea. Y entonces veo eso y ahora sí que no puedo evitar (no quiero evitar) pensar que toda esa horda de paisanos barbudos y llorones son la mayor mierda con forma humana que uno pueda ponerse delante, y que lo mejor que podrían hacer esos sería matarse entre sí, o los unos y los otros (los mismos unos y los mismos otros de siempre, aunque cambien de raza o vestido o escusa), pero antes opino que deberían esterilizarse para que todo sea un juego de señores en los que no sale mal parado ni un solo crío, y entonces así me parecería juego limpio, barbudos y soldados de gafas y narices ganchudas saltando por los aires, unos y otros, al compás, un poco unos, otro poco otros, hasta que no quedara nadie y dejaran desierto ese trozo de tierra muerta en la que no plantaría ni un cactus. Debería ser racional y pensar lo que debería pensar, que los pobres barbudos con turbante son masacrados y que ellos sólo estaban allí en su tierra y llegaron las bombas y los cohetes e hicieron saltar por los aires los ojos y los pañales de sus bebés, de nuestros bebés, y que, oh Alá, acoge a nuestros bebés mutilados y dales el biberón en el paraíso mientras resistimos la embestida de nuestros vecinos apestosos. Alá, tú que sabes, protégenos y tal. Pero no pienso nada, ni esto ni lo otro; todo me parece mucho más complicado que pensar esto o lo otro, mucho más complicado que maldecir al abusón (al que por cierto ya todo el mundo a mi alrededor se ocupa de maldecir de carrerilla), y en cambio esto dicho así, o escrito así, cae fatal, por no tener nada claro, por no verlo blanco o negro, por sólo guiarme por el asco físico que me producen los que llevan esos muñecos de trapo con los ojos cerrados o reventados gritando y jurando venganza por los siglos de los siglos, amén. 

13/1/09

Empezar a vivir

El señor Jabois acaba de publicar su primera novela.


"Ciertos días tenían la impresión de que no habían empezado a vivir", dice Perec en Las cosas. Y eso es lo que parece sucederles a los personajes de A estación violenta, la primera novela de Jabois, que no empezaron a vivir, ni ganas que tienen. Natural. Si lo sé no vengo, como decía la tele, o me hago poeta, o jipi. Pues ahí están estos personajes, estirando al máximo ese paso de joven a señor y agotando todas las posibilidades. Para ello recurren a la mistificación, a la extravagancia, al alcohol, al espejo, a la poesía, al egotismo de la tristeza. Ya saben que los punkis se engañaban; sí, hay futuro, pero es casi peor que si no lo hubiera, o eso creen ver ellos un poco a lo lejos, con la mano de visera y los ojos entrecerrados. Se supone, por suponer algo, que hay una raya en el suelo que separa el limbo de la vida. ¿Qué limbo? ¿Qué vida? Será lo de afeitarse todos los días, aparcar el encandilamiento de la nada (la nada o el techo mirado fijamente y las manos de almohada), hablar con gente que no nos gusta, escuchar lo que no queremos oír; en fin, la vida, hacerse un seguro para la jubilación, lavar el coche, comer lentejas, hacer footing, follar los sábados. Después ya sólo volvemos al limbo, a ese limbo, en sueños, o de forma violenta quizá, despojándonos de todo y todos y corriendo atrás como uno de esos personajes de película bélica que se vuelven locos y corren suicidas hacia el enemigo gritando y bueno, ya se sabe cómo acaban. Unos personajes, los de esta novela, que se mueven en ese terreno fronterizo donde casi todo se decide.

Literariamente, el libro alcanza momentos de gran altura. También es verdad que pertenece al género primeras novelas, pero eso incluso la hace más atractiva, más atrevida, un poco más puta. Bien, no sé si es una obra de inspiración faulkneriana, como decía alguien (Faulkner que estás en los cielos…), si hay ecos más bien de un Marías, de un Fitzgerald y hasta fragancias valleinclanianas, pero lo que sí sé es que hay fragmentos que de por sí valen la lectura de esta novela y de todas las que vengan de la mano de Jabois. Que sean muchas.

En la página 130, que es en la que voy, me encuentro, por ejemplo, esto: "Ademáis dos cheiros, entusiasmábanme certos rostros de xeometría exacta, normalmente de beizos circulares e carnosos, de fazulas anchas e cellas longas e escuras. Atopábaos normalmente en froiteiros e mozas de dezanove anos, e cando daba con algún desatábase unha pequeña euforia no meu interior que lamentaba non compartir con ninguén. Houbo días nos que tamén me aledaba ver semáforos en laranxa, mulleres xa maiores embarazadas, nenos aos que se lles esquecía subir a petrina ao saír dun baño público, olivas negras nunha cunca de barro, a espuma da cervexa aínda pegada a un vaso de tubo, señores con chapeu de á ancha, nenas de menos de cinco años con paraugas e caixas baleiras de peixe amontoadas ás portas dun mercado."

(A estación violenta, Manuel Jabois, Edicións Morgante, 2008)

8/1/09

Qué leer para no tirarse por la ventana



Leí hace un par de semanas las tres novelas de Agota Kristof reunidas en un solo tomo por El Aleph. Reconozco que es una lectura muy poco navideña. Quizá para compensar tanto azúcar de turrones y mazapanes. Hacía casi un año que me esperaba en el rincón de los libros no leídos. La portada que le pusieron estos señores es de una frivolidad de narices; parece que fuera uno a leer una aventura tonta de niños traviesos, con ese lema bajo el título que es para matar (o al menos amenazar) al que se le ocurrió: "Una mirada al mundo con ojos de niño malo." Por dios: lees el libro y te da la risa, que fue precisamente lo que no hizo el que escribió el texto de la contraportada, leerse el libro, y menos enterarse o querer enterarse o querer enterar al posible lector. Yo sabía que ese libro era otra cosa. Lo sabía porque es difícil leer un libro nuevo. Un libro que no sea un clásico pasado o reciente. Incluso un libro que ni sea clásico ni vaya a serlo pero del que no sepamos nada más que el título. Los libros que se releen son casi todos, aunque nunca los hayamos leído, porque parece que ya los hemos leído en sueños o en otra vida pasada o futura. O en el manicomio. Casi sin quererlo ya (de alguna manera) lo sabemos casi todo de todo, o casi nada de nada (esta frase que no dice nada parece de Javier Marías). Lo suficiente, en todo caso, para algo, para ir tirando. Todo está nombrado, todos los rincones meados. Precisamente una de las razones por las que podría funcionar tan estupendamente la depresión hoy en día es por esta falta de descubrimiento, en el que ya todo está visto y todo leído y todos los secretos descubiertos y todos los terrenos explorados y vistos y pisoteados y todas las tetas palpadas y grabadas para la posteridad en DVD. Y volviendo al libro de la Kristof, que tanto tiene que ver con esto de las depresiones, o en el que las depresiones sobrevuelan como gaviotas, y los personajes arrastran los pies en lugar de andar, diré que, más allá de los aciertos o errores, digamos, técnicos, estas tres novelas son un bombazo. De buenas. De buenas a su manera. Dice la propia autora: "No puedo volver a leer mis libros, porque me hieren de verdad, o tal vez sea porque me parezco demasiado a mi escritura seca, negativa, desesperanzada." A mí en cambio los grandes plumíferos con la soga al cuello me ponen de buen humor. Hasta en hacen reír, en silencio. No hay un resquicio de ilusión en estas tres novelas; si acaso en el hecho de escribir, ya que los protagonistas/ narradores escriben, pero más como una forma de apaciguar las ganas de cortarse las venas o tirarse ante un tren que por consignar una esperanza o una salida a la amargura que les rodea. Si acaso escriben sin ninguna razón, que es la mejor razón, como están porque están y se despiertan porque sale el sol.

Las tres novelas están publicadas a finales de los ochenta, principios de los noventa. Son El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. Forman, efectivamente, una trilogía, pero extraña. Cada novela parece la reelaboración de la anterior, con los mismos ingredientes, o una profundización en la historia esbozada en la primera novela. Incluso se cambia el sentido de lo que parecía claro y hasta fundamental en la primera de ellas (cada nuevo paso pone en entredicho, o niega abiertamente, lo que ya sabíamos). Respecto a la estructura (y también al estilo) la primera novela es la más lineal y la que se desarrolla con mayor radicalismo una prosa objetiva, en los huesos, conductista: "Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos." Capítulos cortos, escenas. En las otras dos novelas la autora se lanza más, como si tuviera más confiara en sí misma; yo creo que gana en profundidad.

La primera novela casi es una novela picaresca. De fondo, la guerra, sobrevivir. Hay un esfuerzo por evitar todo sentimiento. Dos personajes, gemelos, que podrían ser tres, cuatro, o una docena acogidos a esa primera persona del plural. En las dos siguientes novelas el narrador ya está solo y emplea la primera persona del singular. Quizá sea por contraste con la primera novela, pero hay una impresión de soledad tan fuerte que lo que antes era ingenio y hasta vitalidad y ganas de vivir, o de sobrevivir, se trasforma ahora en oscuridad, silencio, estatismo, angustia. Los personajes parecen los mismos, o al menos se llaman igual, pero no son los mismos; no acabamos de reconocerlos del todo, y además tienen un pasado y están hasta la narices de que la guerra se haya acabado y ya no esperen con todas su fuerzas que la guerra se acabe. A cada cual tiene una historia más truculenta y bestial detrás que pone los pelos de punta. Todos esconden a un Freud monstruoso y desquiciado en el sótano. Todos viven sobre el filo del cuchillo soñando con degollarse. Parece que nunca les dé el sol a estos centroeuropeos. Siempre está nublado aunque nunca se diga que está nublado. O quizá sí. No hay colores; sólo el verde (un verde oscuro) de las afueras de la ciudad pequeña cercana a una frontera con el mundo libre (estamos en uno de los países de la órbita socialista antes de la caída del Muro de Berlín). En realidad tampoco el llamado mundo libre sale muy bien parado; allí cada uno va a lo suyo y la soledad es si acaso más insoportable, o al menos así lo dice uno de los protagonistas que consiguió cruzar la frontera con vida. Parece que lo vivido, el drama de la guerra (que no es otro que ver que a poco que se dé la ocasión cualquiera se convierte en una sabandija), les haya fosilizado el gesto de llorones que no lloran y los haya convertido en piedras resignadas a vivir (eso), o morir, o lo que sea.

6/1/09

Dibujos animados

No me lo imagino de protagonista de una película de Bergman, donde tantos escritores, directores de teatro y cine, músicos y artistas en general salían acorralados por grandes problemas interiores. Gente triste y con gafas que se quedan mirando a un cristal mojado mientras suena una Sarabanda de Bach. Resulta (me cuentan) que está tan cachas que es imposible no sorprenderse, con un torso en forma de V y una musculatura exagerada en brazos y hombros. La comparación incluye el nombre Schwarzenegger(copiado del Google, nunca supe ni sabré cómo se escribe). Es pianista. Un pianista famosete. Yanqui, para más señas, aunque tiene nombre ruso. Llega a los ensayos mascando chicle con la boca abierta y escucha las directrices del director con la mirada lánguida del que deja salir por un oído lo que le entra por el otro o la experiencia del que ya toreó en todas las plazas, todo eso subrayado por los chasquidos del chicle ensalivado contra el paladar. A pesar de ser un retrato robot de un vigilante de la playa al que se le ha ido la mano con los anabolizantes es un verdadero artista de lo suyo (me cuentan y quiero y puedo creerlo) y cuando toca parece más sensible que un JRJ al que se le acaba de morir el burro. Dentro de esa jaula de músculo se esconde un tipo sensible que habla seis idiomas, incluyendo el húngaro y el sueco, y lee tres más, incluyendo el griego. Chapurrea el chino mandarín y algún otro más casi extraterrestre y escribe y publica libros de algo, de cualquier cosa, quizá literarios, libros con forma de libro y su nombre en la portada, lo que ya lo convierte en una persona normal. Me dicen que parece un dibujo animado.  Hace poco se le ha muerto un hijo adolescente, de lo que podríamos inferir que ni los dibujos animados se libran de las peores desgracias.

4/1/09

Uno

El día 1 de enero cumplió 90 años J.D. Salinger.

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Abro un archivo en blanco. Título por ahora; Documento 1-Microsoft Word. El año pasado abría un archivo cada mes con el nombre del mes correspondiente y allí escribía lo que se me ocurría cuando podía. Algo así como un diario de hechos externos, nada de me siento así o asá, cosa que pasado el momento no me interesa ni a mí. Algunas cosas ya las publicaba casi al momento en el blog pero la mayoría no, porque no veía que aquello valiera ni el tiempo que se pierde leyéndolo. Hay que ser un campeón (y matar a tu madre en la primera línea, por lo menos) para que alguien se trague una entrada del blog larga. No sé cuantas palabras son las adecuadas, pero está claro que en esto de los blogs cuantas menos palabras mejor. En fin, no se trataba de un diario íntimo, en el sentido de contar lo que a nadie le gustaría que le contara alguien a quien no conoce; más bien había paseos, retratos, lecturas, y eso que se nos cuela a veces, opiniones. En realidad escribir es opinar en cada frase. Opinar sin que se nos note demasiado. El peor artículo de opinión es el que parece que opina. A mí que me importa tu abuela, o tu opinión. El diario por lo demás es un asunto muy cómodo; un género informe, casi sin molde, o con un molde tan flexible que es como si no lo tuviera. Un género en el que el camino se hace, literalmente, al andar. No hay camino, por tanto, aunque visto a posteriori vemos que quizá sí había camino, pero este es tan discreto y recatado que apenas lo vemos y apenas tenemos consciencia de seguirlo. En el diario (o al menos el diario que yo contemplo) el narrador puede ser todo lo incoherente que quiera, y su punto de vista puede variar a capricho, como si más que un narrador concreto fueran muchos personajes distintos y en distintas situaciones los que narran. Nada más cercano a lo que es una persona en su vida. Sé que al final todo eso queda unido por una misma voz, o un estilo, pero me parece que eso de no ser fiel ni siquiera a un yo tan reconocible es más atractivo (o menos artificioso) que construir poco a poco un personaje único y narrador, y al que acabamos conociendo como al protagonista de una novela. Puede que también esto no sea más que un recurso que se inventa la timidez, o el esquinazo a conformarse con lo que uno cree vivir. Me da igual. O no me lo da, pero quedo más tranquilo creyendo que me da igual

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Encuentro un fragmento que se repite en todos los periódicos de la última entrevista a Salinger; "me gusta escribir. Vivo para escribir. Pero escribo para mí mismo y para mi propia satisfacción.
No publicar me reporta una maravillosa sensación de paz. Publicar es una terrible invasión de mi privacidad. Sólo intento proteger a mí mismo y a mi trabajo".