30/3/09

Experiencia


"Nuestro combate a favor de la responsabilidad está siendo librado contra un ser enmascarado. La máscara de los adultos es la 'experiencia' (Erfahrung). Es una máscara inexpresiva, impenetrable, siempre igual a sí misma. Todo lo han vivido ya estos adultos: juventud, ideales, esperanzas, mujeres. Todo resultó ser una ilusión. A menudo se encuentran acobardados o amargados. Probablemente tengan razón los adultos. ¿Qué podemos responderles? Aún no hemos experimentado nada.

Pero nosotros queremos intentar levantar la máscara: ¿Qué es lo que han experimentado estos adultos? ¿Qué quieren demostrar? Una cosa antes que nada: que también ellos han sido jóvenes, también han deseado lo que deseamos nosotros ahora, también dejaron de creer en sus padres y la vida les enseñó que estos tenían razón. Los adultos se sonríen con aire de superioridad: a nosotros también nos sucederá lo mismo. Desprecian de antemano los años vividos por nosotros y hacen de ellos un tiempo de dulce idiotez juvenil, un entusiasmo previo a la gran sobriedad de una vida seria. Y eso, bienintencionados e ilustrados. Conocemos otros pedagogos cuya amargura no nos permite gozar siquiera de los breves años juveniles. Con toda seriedad y dureza quieren colocarnos ya en la amarga tarea de la vida. Pero unos y otros desprecian y destrozan nuestros años y no dejan de sobrecoger nuestros sentimientos: tu juventud no es más que una breve noche (¡llénala de entusiasmo!); después de ella viene la hermosa 'experiencia', los años de compromisos, de pobreza intelectual y de carencia de entusiasmo: así es la vida. Así nos hablan los adultos; así viven ellos."

[La metafísica de la juventud, Walter Benjamin- Editorial Paidós 1993]


Por supuesto, juventud considerada (al menos así lo entiendo, o quiero entenderlo) como algo más allá de la cuestión de edad. Quizá una edad mental, una actitud básica.

Más adelante, en este texto, Benjamín concluye: "La experiencia carece de sentido y de espíritu sólo para aquellos que carecen de antemano tanto del uno como del otro. Sin duda, la experiencia resultará dolorosa para quien busque en ella, pero difícilmente le dejará sin esperanza."

17/3/09

À la recherche du temps perdu

Siento poner una foto tan tétrica, pero acostumbrado uno al cine o a la tele desde crío ya se ven los muertos de otra manera. Digamos que en el fondo no me acabo de creer que ese señor esté muerto y no maquillado y actuando. Para que luego digan que sus hipocondrías eran infundadas.


No voy a descubrir aquí la pólvora, ni mucho menos, y no negaré lo obvio, que toda traducción es una tarea difícil, esclava y poco agradecida, ya no digamos bien pagada. Errare humanum est, además. Y que para gustos ya se sabe.

Esto viene a cuento porque leía ayer en el blog de Benítez Ariza las referencias que hizo a la nueva traducción de Carlos Manzano de la obra de Proust (A la recherche…) y los comentarios que le siguieron. Ariza prefiere la versión de Manzano a la antigua de Pedro Salinas. Parece lógico; la versión de Salinas tiene ya muchos años. Todos sabemos que antes se tenían menos escrúpulos a la hora de traducir. O al menos eso creemos, y eso comprobamos alguna vez, la verdad; sólo hay que fijarse en algunas versiones de Dostoievski, Dickens….

De Proust, yo sólo leí la de Salinas (que son los dos primeros y parte del tercero, con Josep María Quiroga Pla).

Hace tiempo cogí en la biblioteca la versión de Mauro Armiño (Valdemar es una editorial que me encanta) y pensaba comprármelos si la cosa estuviera bien. Y todo falló, o lo más importante falló. No me gustó nada. Es más; apenas puede leer casi nada, porque aquello no era Proust, y si lo era, si más justamente aquello era Proust, a la mierda con Proust. Me olvidé del tema; lo dejé pasar. Pensé; la culpa será mía, no de Armiño. Cuando algo no me gusta prefiero pensar que es cosa del momento. Me pareció que quizá debía volver a Proust (a ese Proust de Armiño) en otro momento.

No tengo el original y no sé francés (lo que me desacredita para hacer una valoración de la traducción, pero no de la prosa de la misma); no niego que Armiño sea un traductor eficaz y dedicado (diez años de trabajo con Proust), y quizá conozca más a fondo que Salinas los mecanismos de la obra de Proust (bueno, esto seguro, y además todas esas notas y diccionarios que enriquecen la traducción de Valdemar la hace más apetecible que la desnuda de Alianza, con lo difícil que es enterarse a veces de ciertas cosas en esa obra); quizá el uso de determinadas formas verbales sea más correcta; quizá sea una versión, la de Armiño, que respeta más la gramática. Quizá su traducción esté bien. En fin, no he hecho ningún estudio detenido sobre el tema ni pienso hacerlo, que esto sólo es un pobre blog de lector y escribidor inédito. Su traducción, la de Armiño, puede ser la leche. Pero, y aquí viene el pero, casi no puedo leerla de lo mal que me suena. Es como si una banda de música tocara el quinteto para clarinete de Mozart. No, soy injusto; es como si unos robots superdotados tocarán a Mozart perfectamente. Nunca antes se tocó a Mozart tan correctamente; nunca antes Mozart supo a menos.

Me fijaré en la versión de Manzano. No la conozco. Es más, tengo ganas de volver a leer a Proust y creo que probaré la edición de Manzano. Con la de Mauro Armiño, ya digo, no puedo, me espanta (a lo mejor es cosa de acostumbrarse). De todas las opciones que uno tiene a la hora de traducir una frase, una expresión (y comprobado esto con las dos versiones delante), Armiño escoge la que queda peor, casi siempre, la que uno no prefiere leer de todas las posibles, y Salinas salva con elegancia casi todos los obstáculos, aunque incurra en alguna que otra incorrección desde el punto de vista gramatical. Y eso es tan extraño, teniendo en cuenta que Armiño habla y escucha el mismo castellano que uno. Su castellano tendría que ser más digerible y cercano que el de Salinas, más de mi gusto, además, y en cambio es el de Salinas el que conecta. Conmigo, al menos.

En una traducción, además de rigor y de corrección gramatical, yo creo que no es menos importante la música. El escritor yo creo que es más músico de lo que parece a primera vista, y hablo no de prosas líricas, sino de prosas correctas y limpias, en el sentido de que entre la cosa representada y la frase haya la menor distancia posible, y la menor distancia posible es cuando se lee sin leer, sin darnos cuenta de que estamos leyendo. La prosa de Salinas tiene música; eso es innegable. La prosa de Salinas escribiendo a Proust, o siendo Proust en castellano, es de altura porque todo fluye sin que nos rasque nunca o casi nunca el oído. Una vez que entramos es fácil instalarnos en ese mundo, llevados por esa prosa que nos lleva como una marea. Es verdad que ciertos giros están desfasados, y no pocas palabras. Hay un tono de época que salta a la vista. Pero hasta no creo que sea malo, al contrario, pues Proust escribió en un francés que no es el de hoy. Es cierto que nos encontramos errores (y a veces ni el ritmo nos permite fijarnos en ellos) pero estos parece que hasta quedan bien. ¿Para qué queremos una prosa perfecta (ultracorrecta) si no se puede leer, si no da gusto leerla, si tropezamos con ella a cada paso?

14/3/09

Contraportadas

No pocas veces resulta ridículo el texto de la contraportada de novelas y libros de relatos, y por ello uno de los gustos mayores de curiosear libros desconocidos es leer esos textos y hacerse una idea de lo que tenemos entre manos tratando de interpretar esos textos como el que intenta saber qué vida llevan los vecinos a partir de lo que ve por la ventana empañada. O peor, partiendo de los comentarios de una vecina chismosa que repite la misma cantinela de todos los vecinos, como si los confundiera un poco, como si estuviera un poco ciega y chocha. No sólo se invocan los tópicos más desgastados de cada género en estos textos sino que se insiste demasiado en hacer un resumen del argumento en el caso de la novela, cuando eso poco aporta en realidad ni dice mucho de lo que contenga el tal libro, a no ser en la literatura más comercial y plana y hueca.

Hay autores, en todo caso, que parecen escribir contra ese género, los muy perros, obligando a los escribidores de textos de contraportada a hacer verdaderos esfuerzos de mediación entre lo disparatado o descaradamente irreverente (un cachondeo de argumentos) y la sensatez del lector de medio pelo, tan asustadizo, y al que se dirigen todos los esfuerzos, malabarismo redimido si acaso por el anonimato de los que fabrican estos textos. En Alianza acaba de salir una novela de Jordi Bonells. Este es el resumen de la contraportada de su última novela, Dar la espalda, ganadora del Premio Quiñones (los subrayados son míos):

"¿Quién es en realidad Víctor Winz? El narrador, profesor universitario de literaturas hispánicas y novelista, apasionado del ajedrez y, de un tiempo a esta parte, a correr maratones, intenta reconstruir la incierta historia de este judío alemán, también ajedrecista, al que conoció en Niza en los años setenta, estableciendo con él, sobre todo a partir de su muerte, una extraña relación maestro-discípulo. El ajedrez se convierte así en el hilo conductor de sus propias trayectorias, marcadas por una única, insistente y paradójica pregunta: ¿cómo aprender a no jugar al ajedrez? El intento de reconstruir el borroso pasado de su maestro conduce al narrador a Berlín, Tel Aviv y Buenos Aires. Para ello, en una atmósfera porteña entre onírica y real, recabará la ayuda fantasmal del escritor polaco Witoldo Gombrowicz, que conoció a Winz a principios de su exilio bonaerense en 1939, y de una bruja uruguaya de nombre Cesaira. Sus pesquisas le llevarán, de forma sorpresiva, hasta los misteriosos asesinatos de cuatro nazis refugiados en la Argentina durante el peronismo, con los que la vida de Winz parece entrecruzarse.
Pero seguirle la pista a alguien puede no ser sino una forma, apenas encubierta, de seguirse la pista a sí mismo. Razón por la cual el narrador se verá abocado, progresivamente, a rememorar aquellos años de su infancia, en los que convivió con un empresario alemán del que su padre era el chófer, cuyo pasado remite a una Barcelona de posguerra donde también algunos nazis encontraron, primero acogida gozosa, luego protección y refugio.
Dar la espalda es una apasionante e inteligente novela, sarcástica por momentos, tan perfectamente medida como una partida de grandes maestros de ajedrez. Su sorprendente trama desequilibra al lector y le deja sin aliento desde la primera línea hasta el término de ese viaje iniciático en busca de Winz, en el que Bonells hace gala de una prosa inusualmente rica, ágil y fluida." 

He leído dos libros de Bonells y al menos de uno de ellos, Esperando a Beckett, me quedó un excelente recuerdo. No sé si el texto de la contraportada de esta convencerá a muchos que se acercan a Bonells por primera vez, o los desmayará directamente, pero el interior es mucho más apetecible que lo que se da a entender en esta joya de contraportada de la que apenas entiendo nada. 

13/3/09

Qué risa (2)

Escribía el comentario de ayer al hilo de la lectura de un librito, como todos los suyos, otro más, de Aira (esos relatos de cien páginas son perfectos para las esperas); Cómo me reí, se titula. Y es un tema que siempre me llamó la atención; el humor en la literatura, o la risa (aunque el libro va por otros derroteros después). 

La risa está muy bien. Para qué nos vamos a engañar. Pudiendo reírnos todo el tiempo, incluso en sueños, para qué vamos a aburrirnos sin hacer nada. Sí, junto al lenguaje, debe ser uno de esas cosas que nos hacen más humanos y nos alejan de nuestra condición animal. Pero odio la literatura de humor, o así llamada. No la soporto. Me caen mal también en general hasta los que cuentas chistes en la tele y casi todos los humoristas, a los que estoy acostumbrado a no entender, en general, por su vocalización nefasta y atropellada. Recuerdo hacer verdaderos esfuerzos de atención cuando era pequeño para entender chistes de cómicos famosos (con gran tendencia ellos a exagerar sus acentos locales), de los que me perdía palabras que me jodían el chiste, con la consiguiente frustración que ello provocaba, mientras veía cómo todos los espectadores del plató se tiraban por los suelos víctimas de convulsiones espantosas provocadas por la carcajada. No soporto los libros que pretenden hacernos reír. Y creo que es precisamente esa intención primera (casi siempre con resultados escasos) la que me los hace despreciables, y hasta penosos. Quizá mi hija, antes de socializarse de lleno, reaccione instintivamente ante la chabacanería del gracioso a la fuerza. En literatura, qué extraño, mis escritores favoritos suelen ser los únicos que me hicieron reír alguna vez leyendo, y hasta llegar a la carcajada, y en cambio no buscaban eso en sus textos, seguro, o al menos no de forma descarada, nunca. Con esos libros y autores uno no se ríe de lo que hay que reírse, de lo que está preparado para provocarnos la risa (eso es lo despreciable, ese terreno preparado para la carcajada), porque nada está específicamente situado para provocar esa risa, sino que aparece de otra manera, no como un mecanismo (un muelle que salta ante el resorte chiste), sino como resultado de una dislocación del punto de vista del narrador, de los personajes o de los distintos elementos que componen la cosa. Variaciones sobre normal o lo manido sería este humor. Ya Wenceslao Fdez. Flórez distinguía en su discurso de ingreso en la RAE entre el chiste y el humor en literatura.

Esta risa de la que hablo es siempre un mérito de la literatura de tal autor o libro. Me he reído mucho, por ejemplo, con "El Quijote", con Galdós, con Baroja, y no es precisamente porque cuenten chistes, y con Thomas Bernhard y Kafka y Céline y hasta con Cioran. Me río también con ese genio que era Gutiérrez-Solana.

Si me encontrara con Aira también podría decirle; cómo me reí. Su libro empieza así: "Deploro a los lectores que vienen a decirme que se rieron con mis libros, y me quejo amargamente de ellos. Lo he hecho en forma oral o por escrito cuantas veces se ha presentado la ocasión. Es un lamento constante en mí; puedo decir sin exagerar que esos comentarios han envenado mi vida de escritor." Incluso en esta queja amarga hay ya algo gracioso, delirante, porque precisamente lo suyo parece el revés de un payaso, que son precisamente los seres más tristes del universo, y por lo tanto, los que menos mueven a la risa.

Aira cree que la reacción risa es lo último que queda cuando no hay otra cosa en un texto. Que esa reacción es el orgasmo que la literatura de usar y tirar provoca, que su literatura queda despojada de todo lo demás (emoción y pensamiento o lo que un texto pueda suscitar) por efecto de la risa: la risa, por lo tanto, como único efecto posible ante el vacío del texto. Algo que provoca risa, para él, desciende al nivel de un libro de chistes; son lo mismo. Y no, no lo son. Su queja se encamina más a denunciar que ese cómo me reí es el comodín manoseado que tapa cualquier otro comentario, cualquier reacción (al menos hablada) respecto a sus libros. Mientras que para los demás esos libros puedan ser otra cosa, a él sólo le llega ese rumor, esa maldición; cómo me reí. Y sí puede ser injusto, pues la risa suele ser en la buena literatura algo secundario, lejano, provisional (hoy aquí y mañana no), y nunca como una primera definición del mismo.

Ese cómo me reí es una respuesta que tiene el lector quizá al desconcierto que provocan esos libros. Y ante ese desconcierto, qué otra cosa decir. 

12/3/09

Qué risa

Para mi hija ser gracioso o simpático es una tara. Un defecto importante. Si uno quisiera molestarla un poco sólo tendría que decirle; qué graciosa eres, o el más normal, qué risa, y reírnos delante de ella por algo que ella hubiera hecho o dicho e inmediatamente lo tomaría como un insulto y se enfadaría. Y no es, claro, que adoptemos un tono de burla, ni siquiera simulada, ni que la situación merezca una seriedad de funeral y la risa esté de más. Quizá ahora le pase menos y ya vea como algo lógico (y no ofensivo) que los que estamos a su alrededor nos riamos y que esas risas puedan estar causadas por lo gracioso que pueda ser su forma de hablar o por sus frases o preguntas o comentarios acerca del mundo, siempre chocantes y fabulosas en un niño pequeño. Ella, en cambio, se ríe muy a gusto con nosotros, o de nosotros, y hasta se le ocurre llamar a alguien payaso mientras se ríe de las gracias de ese alguien. Puede que ahora vaya aceptando esto (la risa no tiene porque ser ofensiva), pero si le preguntamos si ser simpático es malo ella lo tiene claro; es muy malo y ella ni es simpática ni pretende ser graciosa, cosa que de ser así le haría llorar con esos lagrimones gruesos que le salen a los niños verdaderamente disgustados. Nadie que admire de veras, por ejemplo Superman, podría provocar risas a su alrededor. Uno puede volar, ser muy listo y tener una capa en la espalda, pero hacer reír a los demás no entra dentro de las cualidades ideales de una persona. Lo curioso es que no tiene reparo en reírse en alto (su carcajada se eleva por encima de todos los ruidos y voces en cualquier sitio), de muchas cosas y personas y disfrutar con las bromas de otros. Incluso cuando su risa puede ser de verdad ofensiva, aunque disculpable por su edad (tres años y medio), para otras personas, como alguien con turbante o una mujer sin pelo.

¿De dónde le viene esa idea de que ser gracioso es negativo? Ni idea, pero cuando era más pequeña este pensamiento estaba más arraigado. Digamos que ahora acepta poco a poco que sus acciones o palabras puedan resultar graciosas sin que ello suponga una burla o insulto a su persona.

11/3/09

Títulos


"Bergamín tenía el genio de los buenos títulos. Su sección de artículos en Sábado gráfico se llamaba Las cosas que no pasan y había compuesto un par de panfletos antimonárquicos bastante divertidos: La confusión reinante y Mi mundo no es de este reino. De vez en cuando fantaseaba acerca de las memorias que podría escribir –creo que ni lo intentó- y que debían dividirse en dos volúmenes: Ahora que lo pienso sería el primero; y el segundo, Lo que yo me figuraba."

(Mira por dónde, Autobiografía razonada. Fernando Savater, editorial Taurus, 2003)

La importancia del demonio y otras cosas sin importancia, La cabeza a pájaros, El cohete y la estrella, El arte del birbibirloque… La verdad es que Bergamín tiene títulos buenísimos.

2/3/09

La normalidad

Un gallego de madera de Francisco Leiro

Después de este sueño o pesadilla o sardiñada, que ya ni sé, vuelve la normalidad. O al menos eso me dijo hoy un amigo con una gran sonrisa irónica que dejaba ver todos sus dientes hasta la muela del juicio: "Vuelve la normalidad… después de este paréntesis". ¿Qué paréntesis? Las dos manos encerrando un trozo de… aire, le vi. Un paréntesis hace el tipo. Un paréntesis; cuatro años. Ese paréntesis que ya es historia, y una historia tan aburrida y tan clásica aquí como dos mil jubilados en una orgía de empanada y ribeiro y banderas gallegas con escudo o estrella roja, qué más da (como se vio después). Yo ahora aquí no venía a escribir ideas, ni reflexiones, cada uno tiene las suyas y yo tengo las mías y quedo tan hermoso como el que más con mi voto en la mano y mis razones particulares tal y cual (hay que verse en el espejo como le queda a uno el voto en la mano, así como echándolo en la urna, eso es muy importante lo mono que queda). Aquí lo que pasa es que vuelve la normalidad, pero no me lo puedo creer. Si nunca se ha ido. Eso es lo que dicen las aceras y los que las pasean, que no hemos salido ni por un segundo de la normalidad; nor-ma-li-dad, a ver repite conmigo, xabarín, normalidad, te digo, empanada, te digo, jubilados en autobuses o camiones o trenes o cohetes, y mambo, te digo, mitin y mambo de os rumorosos, de gaita, y ellos y nós, el mismo discurso de siempre aprendido de los cejijuntos curas vascos, y culos en movimiento, culos muy gallegos, caca gallega cien por cien, de vaca e de galego, vivamos como lacones, o/y vivamos como grelos, y viva Castelao, etcétera. Castelao y el Che. Pues no, amigo, no vuelve la normalidad, ahí te equivocas, porque yo no lo veo, como dice mi hija (yo-no-lo-veo), y sólo le creo a ella, y tú no lo ves, o no lo has visto, ni él, ni dios. Han sido cuatro años de perfecta normalidad. O casi perfecta. La parte contratante de los nacionalistas fue abducida por las maneras, la ineficiencia y el caciquismo de los peores años del fraguismo (en una vano intento por hacerse con la piedra filosofal del éxito rural, y perdón por el pareado), mientras que sus socios de la bicefalia fueron unos seres tan suaves y anémicos y consentidores que casi trasparentaban, y ni los chóferes se dieron cuenta del cambio (el Cambio, del Paleofraguismo al Neoprogresismo), pues siguieron paseando bultos blindados (barbudos o no) entre consellerías y restaurantes, entre restaurantes y consellerías, o puticlubs, y tampoco se enteraron los paisanos, los súbditos, que aquí hubo un cambio (y menos el Cambio, que alguien abra las ventanas para que se aireen un poco los despachos, se dijo pero no se hizo), y se vieron las mismas caravanas de audis en fila india atropellando contribuyentes y tirando cigarros por las ventanillas, como los del PP tiraban huesos de churrasco y billetes de quinientos euros que se les caían de las orejas. A fin de cuentas la fatalidad histórica de los gallegos que les lleva a escapar de este Israel musgoso y melancólico y un poco resbaladizo para no convertirse en "eses non-seres, sub-homes cunha leira na cabeza, eses seres mezquinos chamados gallegos […] vermes mutantes que habitades e vos mantedes deste país", definidos así de bien por Suso de Toro allá a mediados de los ochenta. Todo un visionario. Al contrario que los judíos, que creyeron encontrar su tierra prometida en un terrenito de Oriente Medio, los gallegos dejan su casa atrás buscando la tierra prometida en otros pueblos, entre otros pueblos, como si juntos y en su esquina de la península sólo fuesen una especie de herpes que le salió a un monte.

Por eso no creo que haya vuelto la normalidad. La normalidad sigue con nosotros, nunca se ha ido. Al contrario que el Príncipe de Salina en El gatopardo podríamos decir ahora que quizá todo deba seguir igual para que algo cambie.