
Hace un par de semanas estuve tan enfrascado con la lectura de Franny y Zooey, que llevé a todas partes como un misal (pequeña edición de bolsillo Bruguera de 125 pesetas), y en los Nueve cuentos, que apenas tuve paciencia para seguir con alguna otra cosa que me esperaba en la mesilla. Hay libros que anulan a los demás, o los convierten en juegos efímeros y prescindibles. Aún con el recuerdo de estas "pequeñas películas en prosa" (como el mismo Salinger aludía a sus narraciones) encontré en la biblioteca un libro escrito por su hija, Margaret Salinger, titulado El guardián de los sueños. Para mí esta especie de autobiografía de hija de escritor famoso y oculto y un poco maldito tendría su interés si la mujer no se tomase tan en serio a sí misma. Es una autobiografía sentimental y hasta académica de la hija del escritor. Todas esas profundidades de niña sensible y sus traumas y datos sobre el misterioso papá Jerome o Jerry, del libro de Margaret, están narrados de tal forma que consigue que apenas nos interesen. A medias entre tesis doctoral y pajar pseudoproustiano. Para mí hay dos tipos de libros en cuanto a su forma de lectura (clasificación involuntaria por otra parte); los que leo como un periódico, para informarme o llegar al final, y los que leo como se supone que se lee la poesía, no sé, metido hasta el cogote en libro mientras se lee, y hasta después, mientras intento dormir o camino por la calle. En los relatos de Salinger cada frase es poética sin que sepamos muy bien por qué. Es información, descripción, diálogo, y además otra cosa. Es como una armonía interna de algo bello que funciona mejor y de tan bien que funciona apenas nos permite ver cómo es. Cada frase es un movimiento perfecto, real.
No he acabado el libro de la hija, así que a lo mejor coge vuelo de la mitad para adelante. De todas formas hay un fragmento que no está mal. Papuchi Salinger se va todos los días a las profundidades del bosque a escribir, y a eso del mediodía la hija de cinco años y una amiga le llevan la comida:
"Llamamos a la puerta. No sé por qué pero siempre me ponía un poco nerviosa al hacerlo. Papá abrió la puerta, sorprendido pero contento de vernos. Entramos y nos sentamos en el catre que ocupaba casi toda la pared, encima del que había estanterías con cosas muy chulas como latas de frutos secos salados o botes de cristal llenos de dinero o caramelos de menta. En la pared había muchos de mis dibujos. La estufa de leña estaba enfrente del catre. En un extremo, sostenido en el aire donde yo no alcanzaba, había una silla de un coche americano de cuero marrón que mi padre usaba de silla de trabajo. (Imagino que habría una plataforma debajo, pero yo no la veía y siempre pensé que el asiento flotaba en el aire). Me enseñó cómo se sentaba, con las piernas cruzadas en la posición del loto. Ni siquiera podía copiarle cuando tenía cinco años. Sobre la tabla de madera que le servía de escritorio había una máquina de escribir vieja, en la que escribía a dos dedos. Le encantaba la manera en la que la luz caía sobre el escritorio a través de un tragaluz. Alrededor del escritorio por todas partes había pegado unos papelitos amarillos con notas escritas en lápiz de punta blanda, estaban en la pantalla de la luz, en la pared, etc. Nunca me había dicho que no mirase las notas pero nunca las leí, incluso evitaba mirar en esa dirección para asegurarme de que no leía algo sin querer.
[…]
No sé por qué pero me gustaba que tuviera esa casa en el bosque. Me dio mucha pena que se construyera una de verdad, con un estudio que es meramente otro cuarto con estanterías, cuando se divorciaron. Sigue usando el mismo asiento de coche y la misma máquina de escribir. Al mudarse se llevó mis dibujos de párvulos y de primaria, cosas como Dido el Diente, que advertía sobre el riesgo de picar entre horas. Todos portegían su trabajo hasta que se quemaron junto con los perros, Daisy y Tillie, en un incendio en 1992."
El guardián de los sueños, Margaret A. Salinger, editorial Debate, febrero 2002.


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