lunes, 29 de diciembre de 2008

Una hija sin pez plátano


Hace un par de semanas estuve tan enfrascado con la lectura de Franny y Zooey, que llevé a todas partes como un misal (pequeña edición de bolsillo Bruguera de 125 pesetas), y en los Nueve cuentos, que apenas tuve paciencia para seguir con alguna otra cosa que me esperaba en la mesilla. Hay libros que anulan a los demás, o los convierten en juegos efímeros y prescindibles. Aún con el recuerdo de estas "pequeñas películas en prosa" (como el mismo Salinger aludía a sus narraciones) encontré en la biblioteca un libro escrito por su hija, Margaret Salinger, titulado El guardián de los sueños. Para mí esta especie de autobiografía de hija de escritor famoso y oculto y un poco maldito tendría su interés si la mujer no se tomase tan en serio a sí misma. Es una autobiografía sentimental y hasta académica de la hija del escritor. Todas esas profundidades de niña sensible y sus traumas y datos sobre el misterioso papá Jerome o Jerry, del libro de Margaret, están narrados de tal forma que consigue que apenas nos interesen. A medias entre tesis doctoral y pajar pseudoproustiano. Para mí hay dos tipos de libros en cuanto a su forma de lectura (clasificación involuntaria por otra parte); los que leo como un periódico, para informarme o llegar al final, y los que leo como se supone que se lee la poesía, no sé, metido hasta el cogote en libro mientras se lee, y hasta después, mientras intento dormir o camino por la calle. En los relatos de Salinger cada frase es poética sin que sepamos muy bien por qué. Es información, descripción, diálogo, y además otra cosa. Es como una armonía interna de algo bello que funciona mejor y de tan bien que funciona apenas nos permite ver cómo es. Cada frase es un movimiento perfecto, real.

No he acabado el libro de la hija, así que a lo mejor coge vuelo de la mitad para adelante. De todas formas hay un fragmento que no está mal. Papuchi Salinger se va todos los días a las profundidades del bosque a escribir, y a eso del mediodía la hija de cinco años y una amiga le llevan la comida:

"Llamamos a la puerta. No sé por qué pero siempre me ponía un poco nerviosa al hacerlo. Papá abrió la puerta, sorprendido pero contento de vernos. Entramos y nos sentamos en el catre que ocupaba casi toda la pared, encima del que había estanterías con cosas muy chulas como latas de frutos secos salados o botes de cristal llenos de dinero o caramelos de menta. En la pared había muchos de mis dibujos. La estufa de leña estaba enfrente del catre. En un extremo, sostenido en el aire donde yo no alcanzaba, había una silla de un coche americano de cuero marrón que mi padre usaba de silla de trabajo. (Imagino que habría una plataforma debajo, pero yo no la veía y siempre pensé que el asiento flotaba en el aire). Me enseñó cómo se sentaba, con las piernas cruzadas en la posición del loto. Ni siquiera podía copiarle cuando tenía cinco años. Sobre la tabla de madera que le servía de escritorio había una máquina de escribir vieja, en la que escribía a dos dedos. Le encantaba la manera en la que la luz caía sobre el escritorio a través de un tragaluz. Alrededor del escritorio por todas partes había pegado unos papelitos amarillos con notas escritas en lápiz de punta blanda, estaban en la pantalla de la luz, en la pared, etc. Nunca me había dicho que no mirase las notas pero nunca las leí, incluso evitaba mirar en esa dirección para asegurarme de que no leía algo sin querer.

[…]

No sé por qué pero me gustaba que tuviera esa casa en el bosque. Me dio mucha pena que se construyera una de verdad, con un estudio que es meramente otro cuarto con estanterías, cuando se divorciaron. Sigue usando el mismo asiento de coche y la misma máquina de escribir. Al mudarse se llevó mis dibujos de párvulos y de primaria, cosas como Dido el Diente, que advertía sobre el riesgo de picar entre horas. Todos portegían su trabajo hasta que se quemaron junto con los perros, Daisy y Tillie, en un incendio en 1992."

El guardián de los sueños, Margaret A. Salinger, editorial Debate, febrero 2002.

martes, 23 de diciembre de 2008

La tos

Un buen ojo para ver como se acerca la tos.


La familia de tosedores por la calle. El primero que tose es el padre, o el que más fuerte tose. Lo veo venir y tose con escándalo. Tiene la cara roja y los ojos parecen a punto de explotarle, de precipitados y reventones. Dan grima. Su tos se eleva por encima del ruido de los coches (que se callan), y desde la otra acera algunos levantan la cabeza para ver al que se muere. El padre, por más que se muera, no deja de caminar con prisa, y detrás, sin perder el ritmo, el resto de la familia. Quizá cuatro o cinco hijos, o seis o siete, todos iguales de cara (esos ojos a punto de saltar) y todos tosedores, porque además del padre todos empezaron un coro de toses afligidas y esquivas (cosa de bujía), que son las que no alivian, pues no arrancan flujo de las paredes de la pareja de pulmones y bronquios y tráquea, o por ahí. Imaginaos a un grupo denso y uniforme (las mismas caras padre e hijos) tosiendo como locomotoras podridas, y hay una mujer también, que no sé cómo es, pues el rostro tumefacto y cada vez más rojo y escandaloso del padre, como si se hubiera vuelto loco el hijoputa, o como si pidiera ayuda desde el fondo de los ojos, es todo lo que veo, y se acercan a mi posición de frente por la acera, y para no tragarme todas sus toses me refugio en una farmacia, primero en el escaparate, y después entro y suena una campanilla y reviso los chupetes. No me compro nada, aunque no está nada mal la farmacéutica (tallada en gominola diría), y salgo y los veo alejarse y pienso que es muy raro, porque había cierta chulería en esa tos de tenor de chabola, en esa tos que nos ordenaba callar a todos.

Esa tos de apartad que voy yo. Esa tos del que quiere que pase algo, sea lo que sea.

En las películas, al menos, nadie tose en balde. Todo aquel que pierde su tiempo (y el nuestro) tosiendo, muere dando mucha pena, dejando hijos en la miseria o el sueño de una granja en el campo para otra vida.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Un café



En los bares uno está bien y mal. Afuera llueve y hace frío. A veces llueve frío y hace lluvia, de tan bien que se complementan y hasta unen en un solo ente invisible estos dos elementos cabrones, y se cuela a través del jersey, la cazadora y nos lima las esquinas de los huesos poco a poco. El frío húmedo y un poco glacial es al tacto la tiza que chirría en la pizarra.

Veo como se estremecen los viejos cuando ponen un pie fuera. Algunos aprovechan para provocarse un orgasmo, o eso parece. La calle está mojada de agua dura, casi nieve, que brilla mucho con el sol como un suelo de papel de aluminio.

Los bares son un purgatorio. No hay uno que no tenga su cosa mala. El calorcillo nos envuelve, pero también hay una corriente de aire que viene de no sé dónde y nos hace cosquillas en la nariz. Lo peor de estornudar es no acabar de estornudar, o mejor dicho, no empezar. A veces, despistados, estornudamos como verdaderos animales y nos quedamos muy a gusto, hasta que caemos en la cuenta de lo excesivo del estornudo en público y casi sin querer nos entra una vergüenza que encoge el cuello. Una vergüenza de caracoles, de nuestro pasado de caracoles.

Las ventanas mojadas como si estuviésemos en una sauna, o en un submarino, o en la sauna de un submarino. La tele a un volumen que se mete en todo, entre todo, entre lo que uno ve y piensa, entre lo que uno piensa y ya nunca pensará, pues ahí están las voces de siempre para dispersar la mejor idea que tendríamos en esta vida y que ya nunca conoceremos. De los bares y cafeterías yo supongo un pasado menos higiénico pero más tranquilo y acogedor. En realidad tampoco han cambiado mucho, si exceptuamos un par de aparatos que se enchufan y unas luces menos temblorosas y blancas.

Aquí tenemos el café caliente y con sabor a café. Odiarías el café si no fuera por el sabor, que después de tantos años ya te parece hasta necesario. Pero, ojo, sólo el sabor. El efecto estimulante es más un fastidio que una ayuda. Acaban temblándole a uno los párpados y parece que chisca el ojo a cualquiera que nos mire.

De fondo también las voces de los paisanos arreglando el mundo, pero sobre todo arreglándose la necesidad de charlatanear, que es una necesidad tan importante como dormir o follar. Hablar de algo o de nada es el principio de una salud mental aceptable en cualquier individuo. Después de discutir sobre fútbol o de insultar a un ministro en un bar nadie va a casa y se pega un tiro. Si está muy borracho quizá se lo pegue a su mujer, pero eso es otro asunto. El alcohol.

Nunca he podido hacer nada (estudiar, escribir, leer mucho tiempo y a gusto) en bares y cafeterías. Siempre acabo mirando a la gente, que me parecen mucho más interesante que todo lo que tenga entre manos. Puedo también hojear el periódico, casi siempre el periódico que algunos llaman hoja parroquial y que por supuesto es mucho menos interesante que una hoja parroquial (aunque no haya leído una nunca). Los periódicos de los bares siempre parecen un poco sudorosos. Al final del día aparecen hinchados, un poco descompuestos. Si los pesáramos por la mañana, recién llegados, y por la noche, veríamos que hay una diferencia no despreciable. Casi podríamos decir que por la noche, antes perderse para siempre en la basura, incluye más noticias que por la mañana.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Literatura y enfermedad


Un trozo de Bolaño. La enfermedad.
"De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega."

(Literatura+ enfermedad= enfermedad, por Roberto Bolaño)

domingo, 7 de diciembre de 2008

Poética Onetti y su cama

Precisamente, al hilo del comentario de Barquero en el anterior post, ahí va, digamos, la poética de Onetti resumida en unas líneas que escribió en El astillero y que cita Vargas Llosa:

"Lo único que queda por hacer es precisamente eso: cualquier cosa, hacer una cosa detrás de otra, sin interés, sin sentido, como si otro (o mejor otros, un amo para cada acto) le pagara a uno para hacerlas y uno se limitara a cumplir en la mejor forma posible, despreocupado del resultado final de lo que hace. Una cosa y otra y otra cosa, ajenas, sin que importe que salga bien o mal, sin que importe qué quieren decir."

Algo que me molesta mucho de Onetti (y perdonar que me enquiste en este autor, pero lo estoy leyendo) es que, el tío, escribe en plural. Debería ponerlo entre exclamaciones: ¡Escribe en plural! Es uno de esos que describe un mundo en el que ya todo ha sido repetido, una y otra vez, o peor, el plural es un rebufo (o estertor, más bien) literario de una prosa caducada, de una retórica pseudolírica; "Curiosidades y atenciones", "fajas y presiones", "comidas y copas"…

Respecto a lo de no bajarse de la cama en sus últimos años me parece el resultado de un carácter marcado, y acentuado, por lo que comúnmente, y clínicamente, se llama depresión. El desinterés por todo, la abulia, el encierro en sí mismo, etc… El etcétera también es un síntoma. El síndrome del etcétera. El reiterado uso de etcéteras.

Fue Onetti el primer hikkikomori. O al menos el primer hikkikomori uruguayo. Ya sabéis que un hikkikomori es un japonés (más o menos joven) que no sale de casa, y a poder ser, de su cuarto. En Japón hay muchos. Se pasan la vida leyendo mangas y navegando por internet y enfrascados en videojuegos, que es lo que haría la cucaracha Samsa si hubiera vivido en una época más entretenida.

Es bastante desmitificadora, la verdad, la estampa de un Onetti tumbado en cama y con los codos pelados de incorporarse para beber o hablar, y en camiseta de tiras, con esa barba de pelos gordos y separados y tristes, pelos descosidos, y aspecto de no haberse duchado en días o semanas. Los ojos de besugo. Es un poco absurdo lo de escaparse de una dictadura, exiliarse, para meterse en cama. Sea como sea, más mal que bien a veces, el caso es que para ser un desganado escribió bastante, lo que implica que tan desganado e indiferente no debió ser en realidad. Cada generación hace una lectura distinta de los mismos autores. Cada generación descubre a otro autor en el autor ya leído, y quizá admirado, por las generaciones anteriores. Por ahora veo que en su peor prosa, y a veces en la supuesta mejor, la más lírica (lo mejor y lo peor casi siempre de la mano), el lenguaje supone una barrera de fealdad (una mueca rancia) entre lo que narra y el lector.

Yo encuentro otras cosas en Onetti, algo casi más relacionado con la imaginación y la conjugación de distintos planos ficción en una misma novela, en un mismo narrador. No sé, una libertad, en cierta medida, relacionada con la sinceridad, o con la espontaneidad del momento al escribir. Insisto en que me recuerda también a Baroja, que hacía sus novelas un poco como Onetti, según iban saliéndole al paso los personajes, paisajes, tramas. Quizá sea esa despreocupación citada antes la que de alguna manera nos recuerda que la literatura es extraña. La literatura sólo aparece cuando alguien le gana la espalda al defensa.

Y por cierto; qué difícil es encontrar algo que valga la pena en la literatura en castellano de la segunda mitad del Veinte. Bueno, está Borges, que escribió el español de hoy, pero Borges es una isla, y a su alrededor sólo veo océano. Y aún así tiene uno la impresión de que la tal isla es un poco de mentira, como una calle de Venecia montada en un estudio de cine.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Borrachos caballeros de países desarrollados


Cómo me cae en las manos el ensayo de Vargas Llosa que acaba de publicar en Alfaguara sobre Onetti, lo abro y lo leo. Saltándonos conveniente el prefacio, o leyéndolo por encima (dónde veo salpicado por aquí y por allá cosas como verdades y mentiras, la ficción, realidades inventadas, inventar historias, los contadores de historias, su rollo de siempre blablabla) veremos que el libro resume la obra del escritor uruguayo y da su punto de vista en alguna controversia sobre lo que sucede o no en algún relato o novela. Parece mentira, pero es una lectura agradable. Un paso más en esta ambigua relación que tiene uno con la obra de Onetti.

Pero algo que me llama mucho la atención es el uso de la palabra subdesarrollado, que aparece cada dos por tres. Lógico por una parte. Habla del subdesarrollo galopante de algunos países sudamericanos (presente y pasado), y todo ello enmarcado por la obra del autor que más putas y chulos y miserables y borrachos sacó por novela, Onetti. El caso es que acabo de encontrarme una cosa realmente curiosa; un más allá en el uso de la palabra subdesarrollo. Y la pregunta es; ¿qué son, o cómo son, los borrachos para Vargas Llosa?

"En Juntacadáveres la tónica ambiental de la historia estaba dada por el burdel y su atmósfera de sexo sucio y mercenario. Aquí [Dejemos hablar al viento], esa función la tiene la alcohol, cuya presencia se manifiesta en la vida de los personajes de un modo central, induciéndolos a actuar de una manera profundamente subdesarrollada. En el mundo desarrollado los borrachos suelen ser solitarios, ensimismados y pacíficos, pues, a menudo, se emborrachan con sus esposas, amigas, hermanas, y esta presencia de las mujeres los lleva a autocontrolarse y reprimir los instintos violentos que el alcohol suele atizar. Los borrachos del subdesarrollo suelen ser desaforados, ruidosos y pendencieros ("¿Qué me mira?")." (El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Mario Vargas Llosa, editorial Alfaguara, 2008, pág. 206)

Ya me imagino a los municipales de mi ciudad diciéndole a un borracho: No actúe usted como un profundo subdesarrollado. Váyase a beber con su hermana, esposa, o madre, caballero. Pero; ¿en qué planeta vive Vargas Llosa? Los borrachos que uno ve, o recuerda, poco tienen que ver con esos educados señores solitarios, ensimismados y pacíficos que se cuecen en compañía de sus esposas, amigas y hermanas.

Está claro que don Mario vive en un país desarrollado, no así yo.