29/11/08

Más Olmos, ahora hacia Tokio

Tokio es otro planeta, como bien sabéis, queridos hermanos. En el día mundial de la cachonda, se corta el tráfico en las principales rúas y estas son tomadas por las mujeres más guapas del universo conocido, que pasean exhibiendo la verdadera razón por la nacemos, crecemos y nos desarrollamos y todo el etcétera. He dicho.


No sé si es un libro bueno (hasta no sé si es un libro entretenido), pero es un prosista cojonudo. Cuando digo cojonudo es porque lo pienso de verdad; sino diría estupendo, o prodigioso, o algo así. Son cosas que dicen los críticos y que a nadie le dicen nada porque lo dicen todo el tiempo. Por eso me veo obligado a decir cojonudo prosista. El libro es Trenes hacia Tokio, y el escritor Alberto Olmos. Este hombre, del que conozco y disfruto blogs, y ahora leo uno de sus libros, me da la impresión que tiene una voz tan poderosa que está condenado a no escribir nunca nada que esté a la altura de su talento como escritor. Lo que digo, qué verdad en algunos casos. Olmos escribe tan bien que está jodido. Quién estuviera así de jodido. A Quevedo también le reventó la promesa de su escritura en la cara y le arrugó los papeles para la posteridad. Quiero decir en cristiano que de Quevedo vemos a un grandísimo escritor que no hizo una obra que le llegase a las durezas de sus talones. Qué se le va a hacer. En fin, en todo caso veo más talento narrativo a Olmos que a cualquiera de los otros manitas de la prosa que circulan o circulaban por ahí; e incluso más manita para la prosa, sea Umbral u otro. Pensaba en otro, pero no me viene ninguna cosa o ente a la cabeza. Será que el resto son manazas.

Recomiendo a los señores que lean aquí que vayan a comprarse o alquilarse algún libro de Olmos y que lo cuenten, a ser posible. Últimamente estoy leyendo mucho a vivos y aún en edad de procrear. Será que me digo; qué se cuece por el mundo...

28/11/08

Fe

Habla un lector de manuscritos de una editorial (y un escritor muy bueno: Hikikomori-Alberto Olmos):

"--Mirad. No es el texto, no es la historia. Es otra cosa. Y esa es la magia de la literatura. Que la cosa no puede ser nombrada. Pero sí identificada, como un aroma, como un presentimiento. Tenemos obras que están bien, que están trabajadas, que acaban en un punto profesionalmente designado por el autor en una cuartilla manuscrita. Esas novelas son correctas. Correcto es mejor que malo. Pero, para mí, correcto es peor que malo; correcto es un límite, una barrera de la inteligencia. Hasta aquí puedo llegar. El que hace algo malo se ha equivocado, pero el que ha hecho algo correcto ha acertado, y por eso nunca va a hacer algo bueno. Pero el que lo hace mal, el que no consigue ni llamar al personaje con el mismo nombre durante todo el libro, ése, puede algún día acertar, y cuando acierte va a hacer un buen libro. Todo está dentro. Es la puta sangre. Es que eres escritor, no que quieres ser escritor. Es que impones tu obra, que es tu vida, que es tu dolor. Es que le hablas al lector cara a cara y no le das cuartel. Es que crees en la literatura, y que lo que haces no lo va a hacer nadie si tú no lo haces, y por eso has hecho un libro que nadie puede rechazar, porque la literatura es una fe."

Nariz…


Claro que la nariz. Siempre me ha llamado la atención en Marsé esa nariz de boxeador, o de borracho, o de payaso. Ahí está la nariz para decirlo todo, o para decir bastante; ¿Cuánto se toca uno las narices? ¿Cuántos portazos cayeron sobre ella?

"Nariz garbancera…", y: "la nariz tumultuosa, una incurable nostalgia del payaso de circo que siempre quiso ser."

En fin, bonito autorretrato. Ya sabéis; a Marsé le cae el Cervantes.

27/11/08

Leo un libro gordo


Un libro gordo abriga, es cierto. Te metes en él y tienes la impresión de estar bien resguardado. Hasta se oyen menos las voces de afuera. Es el almohadillado superior. Tener un libro gordo en las manos y leerlo es como quedarse a vivir en él. Yo vivo en el tercero derecha y en este libro. En el tercero ceno, me ducho y veo la tele. En el libro estoy calentito, tantas páginas. Estoy leyendo La novela luminosa de Mario Lebrero, ese escritor uruguayo que tiene su gracia y no es Onetti. Onetti no sé si tiene o tenía su gracia. No sé qué hacer con Onetti, porque leerlo no me va, pero siempre se me mete en el medio.

La novela luminosa de Levrero la acaba de publicar Mondadori. 567 páginas.

Cuando sea mayor publicaré un libro gordo. Yo también quiero. Un libro delgado lo publica cualquiera. Pero hay que publicar un libro muy gordo. Ahí sí que llama la atención. Además la gente que no lee sólo compra libros gordos. Esto está demostrado. En un libro gordo puedes escribir lo que quieras a partir de la página ciento cincuenta, poner a parir a quien quieras, y total quién se va a enterar. De casualidad algún desconocido que abrió por esa página en una librería. Pero nadie conocido te va a leer en la página 647. Puedes contar las vergüenzas que el secreto está a salvo.

El libro de Levrero consta de dos partes, o incluso más, claramente diferenciadas; una novela breve, muy breve, que encontraréis al final, y un diario bastante soporífero que ocupa las tres cuartas parte del tomo. El diario es un diario del diario. Un diario que habla de sí mismo, como diario, como escritura. Hoy me escribo, diario. Un poquito más, así. Casi todos los escritores, que son unos perros, tendrán su diario de leérmelo y su diario de escribo por no llorar. Quizá Levrero no que parece más inocente y hasta buena persona. El segundo caso es como oír a una vieja contar sus achaques diarios. A una vieja que arde en vanidades e hipocondrías literarias. Lo más curioso es que Levrero al mismo tiempo que escribe su diario se muere de ganas de leer lo escrito los anteriores días. Eso no lo entiendo, porque apenas cuenta nada, a no ser que se acuesta tarde y no escribe y que tiene que escribir. También uno rellena cuadernos con diarios de escribo por no llorar, o lloro por no escribir, pero no tengo ningunas ganas de leerme.

Recapitulando; la novela me gustó. Cuenta una serie de iluminaciones un tanto extrañas. Llega a niveles de candor tal que no puede no gustarte. Me recuerda a Baroja en sus memorias (un Baroja de tripi, de mucho tripi). Tiene buenos momentos, algunos sorprendentes, algunos raros y algunos descacharrantes. Con una prosa contenida, es verdad, pero sin vigor. Es su fuerza (un castellano de poco vuelo), pero también le falta algo de contundencia, o le falta algo en general a la prosa. La novela me gustó; el diario me dice poco. Pongo un ejemplo (página 89):

"Esta jornada fue pésima. Me levanté tardísimo; terminé de desayunar a eso de las seis de la tarde. Me dolía la cabeza y estaba de mal humor. No salí a la calle. Creo que el guiso de Chl me está atacando el hígado; quizá tiene demasiado aceite. Hoy me salteé el guiso y comí una milanesa, que también tiene aceite, pero hasta ahora no siento que me haya caído mal. Chl vino y se comió un plato de guiso. Íbamos a ir a la Feria del Libro; hoy es el primer día de su liquidación anual, y aunque ha venido decayendo año a año, siempre conservo la esperanza de que vuelvan aquellos buenos tiempos. Pero se nos hizo tarde y no fuimos. Chl estaba bellísima. Siempre está muy bella, pero hoy irradiaba luminosidad, como en sus mejores momentos, a pesar de que estaba disgustada por ciertas cosas que le pasaron, y había estado llorando. Después se fue, entré a Internet y bajé unas películas de unas falsas lesbianas."

Por cierto; odia las películas porno. Y no nombra a Onetti.

24/11/08

“Outro desastre”


DE todo lo leído de Gonçalo M.Tavares este libro de relatos ("Agua, perro, caballo, cabeza") es lo que más me gusta. No sé si está traducido ya. Lo miro en google [Sí, está traducido en Argentina]. Os pongo entero este relato corto, que me gusta especialmente. Se titula Otro accidente ("Outro desastre"):

"Una vez sentí algo semejante. Tenía que pagar a un oculista. Llevaba el cheque ya cubierto. Llegué al lugar y me dijeron: Murió ayer, en un accidente de coche. Tenía el cheque con su nombre, y ahora estaba muerto. El primer pensamiento fue: si yo tengo un cheque para pagarle, no puede estar muerto. El segundo pensamiento, pasados unos segundos, fue: me quedo con el dinero. El tercer pensamiento fue: ¿Cómo es que tu cabeza fue capaz de tener ese segundo pensamiento? El cuarto fue: toda la gente piensa todas las hipótesis en una situación, también las hipótesis miserables.

Pero el señor tenía un padre aún vivo, y yo rompí el cheque viejo y escribí el nombre del padre en otro cheque –era casi el mismo, sólo cambiaba la primera palabra. Estábamos los dos en un restaurante de comida rápida, de pie. Y el padre de mi oculista, que había muerto en un accidente de coche dos días antes, estaba vestido de negro y estaba triste, hablaba poco, y miraba al suelo. Pero cogió el cheque."

[Traducción casera y a toda pastilla de un servidor. Las mayúsculas después de los dos puntos las pone o no, el autor, según le venga en gana].

Gonçalo M. Tavares, Água, câo, cavalo, cabeça (Ficçâo). Editorial Caminho, Lisboa (2006).

20/11/08

Principios

Vaya, me encuentro esta frase, ella sola (documento txt de esos), revolviendo en los sótanos del disco duro:

"No sé dónde debe comenzar una historia, pero desde luego no por el principio, ni sé dónde debe acabar, pero desde luego no por el final.” (R. L. Stevenson)

Y me acuerdo de otra cosa que leí hace un par de semanas en un libro de Peter Handke:

"Un mal principio es a menudo más fructífero que uno bueno. Y además, decía, para un libro de hoy sólo puede haber comienzos malos." (pág. 65, El año que pasé en la bahía de nadie, Alianza)

Estoy pensando cuál es el peor principio de novela o libro que haya leído ultimamente, pero todos me parecen muy buenos o interesantes; por ejemplo, la novela de Mario levrero La ciudad:

"La casa, al parecer, no había sido habitada ni abiertas sus puertas y ventanas durante años."

Con más tiempo, si me acuerdo de algún principio nefasto que haya leído lo copio.

PD: Bueno, el principio de Lolita nunca me ha gustado. Esa es la verdad. Ese principio ya me fastidia el libro. El principio de El buen soldado, en cambio, está muy bien (recomendado por A. Castellote); 

"Este es el relato más triste que nunca he oído." 

Me recuerda un poco al principio de la última novela de Cheever (¡Oh, esto parece el paraíso!) que leí hace poco

"Esta es una historia para leerla en la cama, en una vieja casa, en una noche de lluvia."

Qué bueno. Con un principio así el mundo deja de existir. En todo caso tengo claro que el buen principio se construye a posteriori, una vez leído el libro. Los grandes libros hacen grandes principios. La literatura, o mejor dicho, las librerías, están llenas de malas novelas con buenos principios. Pero nos damos la vuelta y ya lo hemos olvidado. Y buenas novelas con supuestos malos principios. Valle-Inclán se tiraba de las barbas al recordar el principio de El Quijote; todo le parecía mal de este, pero sobre todo le chirriaba el cuyo. Y tenía razón en parte. Pero es una razón que no vale nada; una razón de coleccionista de sellos. Un principio de manual sería el de Memorias de África

«Yo tenía una granja en Africa, al pie de las colinas de Ngong»

Pero sobre todo me quedo también (con Miguel Barquero) con el principio de La metamorfosis, de Kafka. Y otros dos; El pozo, de Onetti, su primera novela (como si fuera el primer párrafo de su vida), y el principio de El viaje al fin de la noche, de Celine: 

"La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Nada."

Y vaya si dijo, el tío, después. Pero bueno, yo había pensado en encontrar una gran mal principio.

17/11/08

En esas cabezas

"Cuando levanto la cabeza y veo al resto de cabezas de alumnos trabajando apenas puedo contener la risa. Resulta tan misterioso, tan curioso, tan extraño. Es como si se tratara de un cuento infantil que se susurra. La sola idea de que en todas esas diligentes cabezas revolotean apresurados pensamientos me parece que ya encierra suficiente misterio."

Robert Walser. Los cuadernos de Fritz Kocher, editorial Pre-Textos (1998).

Cuando voy a buscarla al colegio, y mientras espero, tengo ganas de asomarme a la ventana de su clase (que da a la calle) y ver qué cara tiene, y qué hace. Ella y los demás. Me parecen tan pequeños (son rodillas con cabeza) que me cuesta creer que tengan su vida independiente. Y verla ocupada en algo, haciendo trazos verticales y horizontales. Por ahora su vida escolar, principalmente, se divide en trazos verticales y trazos horizontales. El resto son juegos y borrones. Borrones enormes que ocupan un folio y representan escenas; un león durmiendo, un árbol muy grande, una nube comiendo. Tengo la impresión de que esa vida fuera (cuando no está con nosotros) es el principio de la que tendrá en el futuro; su verdadera vida. Poco a poco ocupará más tiempo, y más, hasta que lo ocupe todo.

16/11/08

Pensar en Oporto

Es una ciudad que no se impone, y que se deja caer, si hubiese algún sitio donde caer. No es una ciudad de ciudadanos. Quizá no sea una ciudad. A lo mejor es un decorado. Las ruinas de un decorado. Toda esa gente son figurantes, pero no hay ni hubo película (los protagonistas hace tiempo que se largaron con la música a otra parte). Es una ciudad cuesta abajo, pero en cuanto nos damos cuenta es una ciudad cuesta arriba. Hay ropa colgada en las fachadas y alguna que otra bandera verde y granate, y ventanas oscurecidas por el polvo y todo lo torcido en estas calles parece mal torcido; si se sostienen los edificios es por las grietas, que siempre estuvieron ahí y son los grandes pilares más o menos invisibles. Por cierto, nadie en ninguna ventana (sólo los turistas en sus ventanas de hotel); es una ciudad a la intemperie, abandonada cada casa a su suerte, y cada edificio se deja ir a la mierda sin importarle nada. Los que van por las aceras (nadie mira arriba) caminan con la cabeza baja esquivando cacas de perro y tipos durmiendo y a veces bolsas de basura y sobre todo debemos tener cuidado con las ondas de baldosines en las aceras. Suben, bajan, estas corrientes. Entonces, los desconchados y el óxido y cierto tono terroso (de tierra húmeda) que ya forma parte de las fachadas, conforman una ciudad que ya no tiene fuerzas para levantarse de dónde quiera que esté tirada. Aunque se levanta; se levanta y no hace frío. Y como es una gran ciudad, aunque quizá no sea una ciudad, se despierta con cristales rotos en las plazas y os mismos tipos de ayer a la noche sentados en los bancos. Cuidado; cristales verdes, castaños, trasparentes (hielo), y botellas amputadas que dan ganas de lanzar al aire (porque parece que sufren). Para entrar en calor, aunque no hace frío (pero hay algo oscuro en el aire que casi obliga a tener frío), dos pedigüeños a las puertas de una iglesia discuten. Cada uno en su lado. Ahora que pasamos se contienen y se miran de reojo en silencio y adelantan una mano, casi sonrientes. La iglesia se cierra porque alguno va a comer. ¿Qué pasa si te atropella un tranvía? Me preguntan. Vaya pregunta. Ya de noche, porque se hace de noche con el postre, nos perdemos por las calles menos principales (el reverso del decorado) y hay ruidos de persianas que se desploman y cuchicheos. Y el silencio del que sentado en una banqueta no tiene a quién hablar ni nada que decir. Veo como apagan las luces de una tienda; era una luz que dejaba un rectángulo amarillo enmarcado en el suelo de adoquines. Baja la reja. Un comercio de qué; ni estanterías, las paredes blancas de azulejo como un baño público. Más allá unos pasteles de carne en un escaparate y una tarta amarilla, muy amarilla, y enorme (monstruosa), casi amenazante (¿respira?), y empanadillas barnizadas y sangrando algunas por la boca, y pasteles de crema con canela que están ahí, ya disecados. Quizá mañana alguien los mastique. Alguien con boca pero sin ojos. Me hacen gracia (eres un infantil, ya lo sabía) unos maniquís negros de pelo rizo vestidos como señores, que gesticulan con una mano y nos indican que atendamos a razones porque algo grave ha pasado; ¿qué te duele? Lo señalo para que se enteren todos; que no está todo perdido parece que dice (qué va a estar todo perdido, pienso), aunque no veo que le hagan caso y se queda tan tieso con los ojos muy abiertos. Hay señoras que arrastran bolsas de plástico abombadas y misteriosas. Son las señoras de mi pueblo, intercambiables. Caminan balanceándose. Señores que fuman en pipa y llevan una señora de goma colgada del brazo; señores que conducen tranvías y gritan congestionados a los que no se apartan. Y estos les miran asombrados, y no quieren apartarse. O eso parece.

14/11/08

Escritoras y de buen ver










Aquí Marguerite, tan etérea… y el perfil arrebatador de Clarice oliendo flores una mañana de junio.

Ahora que lo pienso nunca me enamoré de una escritora. Y eso que me enamoré de miles de mujeres (dios, qué cursi es la palabra enamorar, y la estoy usando). Digo, bien, miles. A veces más de una cada día. Hasta más de una por minuto. De esas miles, o millones, ni un 0,1 por ciento me correspondió (con una mirada al menos), y eso tirando por lo alto. Y teniendo en cuenta esto no recuerdo ni una sola escritora de la que dijera; joder, qué buena está esta tía. Y además sensible, con alma y tal. Y me refiero a las escritoras que conocía por fotos, no en la realidad. En la realidad sí que estaba la cosa cruda. Conocí a varias y me parecían buenas personas, nada más. O simpáticas. O simplemente inaguantables. Además eran mayores y algunas parecían cabreadas por el hecho de que uno no fuese mujer, como si fuese mi culpa. De las poetas no quiero saber nada; me dan miedo. Toda una vida leyendo para no haber encontrado a una que admirara más allá de lo que escribía. También hay que decir, ¿para qué? Recuerda el soneto aquel de Quevedo en el que se burla del que quiere mujer sabia, que él las prefiere de buen ver y analfabeta. Tendría que buscar el soneto ese. Levantarme. Recuerdo, continuando en ese ámbito platónico, que llegó a gustarme la protagonista de algún culebrón. Antes había uno en la gallega, y me gustaba la mujer del malo. El malo era como JR, pero a la gallega; en lugar de petróleo manejaba bosques de eucaliptos. A veces la veo por la calle, a la mujer del malo, y me parece aún mejor chica, hasta un poco triste. Las guapas tristes son las peores; inalcanzables y contagiosas. Un peligro. Decía Ramón que las mujeres tristes traen el cáncer y la ruina. Las mujeres tristes son las ideales para amores platónicos, cuando vamos soñadores mirando por la ventana en el asiento del autobús. Pero todo eso era antes, yo hace tiempo que tengo atrofiada la capacidad de encandilarme amorosamente. Estoy distraído. Llevo años distraído, como esos locos que van por la calle hablando solos y gesticulando. Bueno, no tanto. Esta nota viene a cuento porque leía el otro día Primavera sombría de Unica Zürn. Lo único que sabía de ella era que había salido de algún país centroeuropeo y que escribió unos cuantos libros raros y que acabó tirándose por una ventana. Esos datos son ciertos, pero la foto de la solapa me tenía intrigado, sobre todo después de leer la novelita. En esta foto tenemos a una mujer de pelo recogido y delgada (nos la imaginamos huesuda); mira fijamente a alguna parte y parece posando para un pintor. Tiene un poco cara de bruja de toda la vida de joven. Cuando llegué a casa, después de leer el libro en el coche mientras conducía mi mujer, tenía curiosidad por saber cómo era en otras fotos. Me pareció muy atractiva en alguna foto de joven, y muy horrible unos años más tarde. En este caso podemos decir que la enfermedad mental tomó su rostro. Contrasta en las escritoras ese aire tan encantador de jóvenes y después otra cosa. Como en todo el mundo, pero no sé porqué me parece que en ellas, las grandes o pequeñas damas de la literatura, ese contraste es mayor. Quizá sea cosa mía. También la Duras, tan leve y lolita de joven, y tan rana y espantosa más adelante. O Clarice Lispector, de una belleza felina (sólo le falta los bigotes de gato) de joven y con ese aire tan distinguido y civilizado de mayor. 

Pero para feo Umbral.






La Zürn, tan sugerente de joven, y después con rostro de desquiciada.

10/11/08

Librerías en Portugal

Asomarse a las librerías portuguesas podría ser asomarse un poco al interior de las cabezas de los paisanos vecinos. ¿Qué leen? ¿Qué sueñan estos? Es verdad que cada vez cuentan menos los libros, porque en el tren ya no es la única alternativa al paisaje un libro, ni antes de dormir, ni en la sala de espera del ginecólogo o el dentista. Hay otras cosas. Pero da igual; por las calles de Oporto nos ponemos muy literarios y levantamos las solapas del abrigo, como Vila-Matas, pero al momento las bajamos porque no hace nada de frío y nos sentimos un poco ridículos y dificulta la visión lateral. La que asa castañas levanta una humareda blanca, envolvente, exagerada. Alguna calle, cuando ya se hace de noche, parece una de esas calles de película que intenta recrear el Londres de finales del Diecinueve, con ese humo blanquecino que sale de las alcantarillas. Frente al Fnac la vieja con pañoleta y mandilón de cuadros de color misterioso (la unión de todos los colores) sentada en la banqueta hace magia con ese humo; las castañas embadurnadas de ceniza blanca, parecen higos. ¿Y qué pasa con las librerías? De varias que visité (librerías de novedades; laFnac, la Bertrand, alguna otra) sales con la impresión de que hay más coincidencias en las mesas de novedades de aquí y allí que diferencias. Casi los mismos libros, pero en portugués; un lector medio portugués que sólo lea novedades o lo que dicen los periódicos es muy probable que esté leyendo el mismo libro que uno español. Después hay variaciones, claro; en esas variaciones yo veo que sale ganando el portugués, por su literatura patria. Quitando esos best-sellers internacionales (el sueco que no amaba a las mujeres, O jogo do anjo…) cada lugar tiene sus, digamos, intocables, nacionales. Los Muñoz Molina, Marías, Pérez-Reverte, Millás, de Prada… que son los que se van a colocar, de alguna manera, entre los más vendidos, porque son ellos. Porque tú lo vales

Los ellos portugueses son, claro, Saramago, Lidia Jorge, que tiene nombre de señora más aburrida aún que Rosa Montero, o un tal Rodrigues dos Santos, que suena como un Zafón portugués, y por supuesto las vacas sagradas de la literatura seria, y muy seria, Miguel Torga y Lobo Antunes, este último con nueva novela entre las más vendidas. ¿De verdad se lee tanto a Lobo Antunes como parece? Está claro que a Lobo Antunes no lo lee uno con la televisión de fondo. Ahora hasta su hermano, el psiquiatra (Nuno), tenía algo colocado entre los más vendidos. Estos dos, Torga y Antonio Lobo Antunes, son los bichos raros consagrados; tan diferentes y que ocupan esa posición ya de eminencia literaria, a medio camino ambos entre el cascarrabias autista y el genio aún vivo. Bueno no, Torga ya murió. Saramago es el gran pelotazo de la cultura portuguesa; a lo Cela en España en su día con el Nobel. Pero a Saramago le duran más las pilas, como el conejo aquel del anuncio. Y siempre hay un sitio, siempre, para Fernando Pessoa. Y no sólo por lo infinito del baúl en el que guardaba sus papeles, sino porque son continúas las reediciones de sus obras. Da igual si es poesía o prosa. Pessoa ya entró en la categoría de clásico que más que leerlo se compra. A Pessoa hay que tenerlo en la estantería, señora."El banquero anarquista"parece su libro del momento. Y los clásicos; Eça de Queiroz se sigue leyendo, o al menos se encuentra en todas partes. A Eça de Queiroz lo leía mucho Torrente Ballester. En Galicia tanto se habla de hermanar y casi unir ambos países (cultural, económicamente, hasta políticamente algunos) y en cambio ni dios lee en portugués. Aquí no leen en portugués ni los portugueses, que prefieren el castellano. En Portugal se lee bastante en castellano; aquí nada en portugués.

Me traje libros pero hice sitio en la bolsa para dos autores más jóvenes de los que ya había leído algo y que están bien; uno es Gonçalo M. Tavares y el otro Jose Luis Peixoto. También están editados en castellano; uno en Mondadori y el otro en El Aleph.

Reeditados, situados en las cabeceras y mesas, veo a Dickens, veo a Faulkner ("Os ratoneiros"), Dostoievski, a Hamsun ("Fome"), y Camus.

Los autores españoles que más se ven traducidos, además del ya mencionado Zafón, son García Márquez, Cortázar, Luis Sepúlveda, Vargas Llosa. En fin. No sé qué conclusión sacar. Y Borges; cierto, mucho Borges. Vi O doutor Pasavento de Vila-Matas en la archiconocida Librería Lelo, muy bonita. La Leloe Irmaos es la catedral de las librerías, y si buscáis algún libro ir a otra, pues allí no hay casi nada. Libros de fotos y las paredes ocupadas por legajos encerrados en vitrinas que parecen el decorado de un programa de Sánchez Dragó sobre vampirismo. El suelo cruje y en las escaleras de caracol se amontonan turistas sacando fotos, y parece que lo hacen con la convicción de que al poner los pies en la calle toda la librería se hundirá como engullida por un agujero negro. 

4/11/08

Leña

Le estoy robando minutos a mi hija. Mientras me escapo a la habitación (¡el email!) ella ve El jorobado de Notre-Dame, de Disney. ¿Qué tal? Bien, dice. Mi vecino corta leña. Tienen una cocina de leña. Dan un calor de la leche. Antes, en este país, en los pueblos, se sentaban delante de la cocina de hierro y echaban tronquitos de madera. Se quedaban horas ante la puñetera cocina, esperando que les diera el sueño. Qué vida más triste. ¿Cómo podían vivir sin la luz de las pantallas? Da igual televisión, ordenador; el caso es mantener una pantalla encendida, dando ese otro calor. La verdad es que no sé que es más triste. A veces se pone uno muy rural, como si en vez de hombre lobo en determinadas noches, o días, se volviera uno pueblerino; jersey de lana, botas, ganas de pasear por el monte en invierno. El vaho de la respiración, las gotas de agua cayendo de las ramas (y colgadas como estalactitas), los perros ladrando a lo lejos, la posibilidad de mear en un charco, que después saltamos satisfechos. Los fines de semana iba a casa de mis abuelos; ese es el pueblo, el único pueblo que pisé. Había un monte y un matadero de pollos que olía a goma quemada. Por aquella zona nadie comía pollos.

El vecino sigue cortando leña en la huerta de atrás; antes con una sierra mecánica (pensé que era un cortacésped), ahora con la machada. Son golpes secos, que suenan cansados, de persona poco ágil. Por una parte me gustaría estar abajo cortando leña. Le diría; aparte vecino, déjeme a mí. Cortaría leña muy ensimismado. Qué cinematográfico. Cortando leña decidiría muchas cosas; se me ocurrirían otras. Al menos dormiría mejor, eso casi seguro. Algunos días vamos a la cama con la silla pegada al culo. En un relato de Carver recuerdo a un tipo cortando leña; sólo eso. Llega a un lugar, alquila una habitación, corta leña y después se va.

PD: Acabo de buscar el relato ese de Carver. Se titula precisanente Leña, y está incluido en el libro Si me necesitas, llámame. Es más que esa frase que intentaba resumirlo. O quizá no. La historia subterránea siempre es una historia de amor o de muerte, o ambas. Amor, muerte, no hay uno sin el otro. Myers, el protagonista, escribe en un cuaderno, al final, después de cortar la leña: "Estoy en un país de lo más exótico. Me recuerda a un sitio del que en alguna parte he leído pero al que nunca había ido hasta ahora. Por la ventana abierta oigo un río y en el valle que se extiende detrás de la casa hay un bosque, precipicios y cumbres nevadas. Hoy he visto un águila y un ciervo, y he serrado y partido un camión de leña."