31/7/08

Imaginación y memoria

"Es curiosa la conexión tan íntima que hay entre ambas. Si no tienes memoria, no puedes tener imaginación. Creo que la memoria no tiene solamente que ver con el pasado; también tiene que ver con el presente y quizá con el futuro."

Antonio Lobo Antunes (del libro Conversaciones con A. Lobo Antunes, editorial Siruela)

29/7/08

Un restaurante japonés

Hace meses que cerró el restaurante japonés de Santiago. Era un sitio decorado exquisitamente, como pintado a la acuarela, que iba a tono con la música de fondo, en la que casi siempre sonaba un laúd de tres cuerdas (shamisen) y alguien cantaba el flamenco de allá, mucho más contenido y quizá misterioso. Al entrar te encontrabas una puerta corredera de tablilla y papel de arroz que uno podría atravesar sin abrirla y aparecer al otro lado como una sorpresa, como si un público le esperase a uno impaciente. Separaba esta puerta la avenida de coches que suben y bajan de un local que parecía apartado de todo eso y en el que casi resultaba imposible levantar la voz un poco. La camarera nos recibía con susurros, como si en la cocina hubiese bebés durmiendo.

Fumador o no fumador. En realidad los fumadores y los no fumadores podían darse la mano a través de un biombo invisible, supuesto, ya que la esquina de los primeros apenas estaba separada de los no fumadores. O eran unas plantas muy verdes y reales que se tragaban el escaso humo de un cigarro que alguien se atrevía a encender, pues más que en un restaurante casi se sentía uno en una misa de diseño, de algún culto sofisticado y quizá extraterrestre, o futuro. La barra al fondo parecía un altar. Nadie allí, ni delante ni detrás, y la sensación de lleno que daba, con botellas de todo tipo colocadas casi en perfecta simetría a derecha e izquierda, con adornos ya ocultos entre la churriguería general, y la caja registradora en el centro, y todo ello dentro del minimalismo que dominaba el resto del local. Las mesas eran negras, con manteles individuales, y las sillas tenían una tela roja que las cubría. Eran unas sillas que le llegaban a uno al cogote, para recostarse en ellas después de comer, y dejar al estómago actuar sin apetarlo mucho, o por si uno moría envenado y prefería quedar con la cabeza apoyada y no dejarse vencer sobre el plato, siempre tan poco estético y japonés.

Quizá aparecía antes de pedir la dueña, una nipona de unos treinta y tantos, casi cuarenta, que cambió el agobio de Tokio por una ciudad tranquila en la que todo está a mano o en su defecto al alcance del pie. Por las mañanas va al mercado y mira a los ojos a los peces, muy fijamente, a ver si en esa mirada ve las penas y los días (u horas) de exposición sobre el hielo, y si los ve dispuestos al descuartizamiento también. A M., que tiene un nombre bonito, casi de chocolatina, la vi alguna vez en el autobús, con un carrito de dos ruedas para meter la compra. Da la impresión, por lo bajita, que podríamos meterla en ese carrito y pasar una frontera con ella y raptarla sin mucho presupuesto para furgonetas.

Es cierto que había pocas mesas y que era un poco caro, por lo que al mediodía, y sobre todo por la semana, el local era muy tranquilo y al hablar en un tono normal teníamos la impresión que cualquier cosa que dijéramos lo escucharía la cocinera y hasta el atún o pez espada al que sitúaban sobre unas pelotillas de arroz blanco que llaman sushi. Y ya que estamos os comento que los japoneses son muy escrupulosos y perfeccionistas y miden mucho cómo son las pelotillas (si un poco pequeñas, si demasiado grandes) y cómo se arriman el pescado. Cómo las cubren. A la vista, sobre la tabla, en perfecta disposición militar, parece que nos encontramos ante uno de esos sacrificios que debían hacer nuestros antepasados más salvajes (y antiguos), y los trozos de pescado son los cuerpos de los ofrecidos, ya muertos, pero aún frescos. El uso de los palillos (hashi) le da un sabor diferente, por supuesto. Es preferible comer con los dedos que usar un tenedor, siempre, a no ser que queramos llenar el estómago sin miramientos y nos dé igual cualquier cosa digerible. En ese caso podemos coger la tabla y arrimarla en pendiente a la boca, y dejar caer las piezas, como un auténtico animal, o un dios de los de antes, que imaginamos que más o menos así harían con las doncellas sobre piedra que les ponían. Lo correcto es pasar cada uno de los elementos por el platillo de soja, darles un pequeño baño antes de la meterlos en la boca. En fin, hoy todo el mundo que ha ido a un restaurante japonés, aunque sólo sea para probar. Frente a lo que se cree, y aunque con unas presentaciones casi artísticas (de las que salió la estética de toda esa nueva cocina moderna), los sabores de muchos platos nos remiten a otros que son muy tradicionales y de nuestro rincón del mundo, como tenpuras (rebozados) y pescados en escabeche, etcétera. Y es que la cocina japonesa está muy influida por la cocina portuguesa o atlántica que llevaron los misioneros portugueses en el S. XVI. Lo que sube baja, y lo que va viene.

Ahora muchos restaurantes chinos están cambiándose de bando, y dejan el arroz tres delicias para ofrecer una versión casi idéntica de la cocina japonesa. Y digo casi idéntica porque a veces es indistinguible, pero el carácter de cada pueblo se pega a cualquier cosa que haga, y si algún día el sushi lo hacen nuestros paisanos será otro sushi, igual que los chinos versionan la comida japonesa, y porque no, la enriquecen también.

Este restaurante que cerró se llamaba Sakura, como tantos otros restaurantes japoneses, que remiten al árbol tan venerado (ese sí que es un dios, de los de mayúsculas incluso); el cerezo. Cuando florecen estos árboles los japoneses se sientan debajo a contemplarlos, y de paso comen y beben.

25/7/08

Sobre Ballard

Pregunta al aire, a la pared de enfrente, con esas alcayatas que no cuelgan nada, a ese retrato de Montaigne que estaba en el corcho y que no sé dónde está; pregunta, o preguntas: ¿Es posible escribir algo sobre Ballard sin citar estas dos palabras seguidas; piscinas vacías? ¿Cómo desde supuestos admiradores apenas se alaba otro mérito (o eso parece) que haber incorporado un paisaje de piscinas vacías a la literatura o haber pasado la infancia en un campo de concentración japonés?

Reconociendo que una piscina vacía puede ser desoladora, sobre todo si despistado se cae o se tira uno en ella, creo que se podría variar un poco el repertorio, teniendo en cuenta que el autor lo merece (se merece lectores con una capacidad de desolación un poco más resistente o desarrollada).

Por no decir otras variantes que nunca faltan en estos escritos; absurdo, mundo propio, apocalíptico, patológico, traumatismo, catástrofes, global, aséptico, total, obsoletos, moteles. Si no lo hubiéramos leído pensaríamos que este señor, J.G.Ballard, es un vertedero de tópicos baratos de cierto malditismo siglo Veinte, y de una ciencia ficción de todo a cien.

Me gusta Ballard cuando se queda en lo más cercano como si nos hablara de otro planeta (la Tierra es el planeta más extraño, dice), y de los hombres como si él no fuera uno de ellos. Escribe, parece, de una especie que nadie conoce muy bien y que da miedo. Claro que Ballard también sabe ser muy malo, aunque podríamos sacar ahora la frase esa de Mae West y que se podría aplicar a toda la ciencia ficción; “Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala, soy mucho mejor.”


Un paisaje poco desolador

21/7/08

En bañador al borde la autopista


"Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista –latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas- expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto –había estado en sus mapas-, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso."

El nadador, John Cheever, editorial Emecé.

14/7/08

Verano

Al empezar el verano siempre tengo ganas de largarme a la playa y caminar descalzo por la arena y tirarme al agua como si estuviese ardiendo, con prisa y alboroto. Pero a las dos horas me canso de ver a tanta gente casi desnuda (o de verme a mí mismo) y ya no quiero volver hasta el año que viene. De pequeño mi madre nos llevaba mucho a la playa y estábamos tan morenos que en las fotos parecemos gitanos o indios. Lo más ridículo que vi en la playa fue un día de nubes que empezó a llover de repente y en la estampida general, con gritos y todo, algunos corrieron a refugiarse en el agua. Aunque supongo que por hacer el chiste. Siempre hay alguien dispuesto a sacrificarse y quedar como un gilipollas en público.

Cuando salíamos de la playa mi madre nos compraba un gofre. No siempre, pero a veces sí. Estaba caliente y se pegaba a los dedos. Un día que había partido (un trofeo de verano, en Coruña) pasó el autobús del Real Madrid, y me pareció que los jugadores miraban al gofre con apetito. Me parecieron muy brillantes de piel, como si fuesen de cera.

Una vez vino una ola tan grande que perdí el conocimiento y al despertar había dos tetas enormes, casi ni contenidas por un bikini, balanceándose ante mis ojos. Pensaba que me había muerto, pero estaban reanimándome. Hay días en el que todos los recuerdos parecen de broma.

11/7/08

Decálogo para jóvenes promesas

La directora de Pero Grullo Books, también profesora de literatura y campeona olímpica de lanzamiento de jabalina en 1958, Pitusa Ramírez, expuso un decálogo en el curso de verano "De aquí a la eternidad. Literatura y gloria", para los jóvenes escritores que pretendan llegar a algo importante (y lo que se tercie) en el difícil arte de las letras. El decálogo expuesto por la ilustre conferenciante dice lo siguiente:

1. Lee todo el tiempo. Mientras comes, mientras duermes, hasta mientras escribes, y por supuesto mientras haces tus necesidades o realizas el acto sexual con tu pareja.

2. Lee en los idiomas originales las grandes obras maestras de la literatura universal. Si no sabes ruso, inglés, alemán, francés, italiano y si acaso portugués, apréndelos y por supuesto lee todos los géneros. No te olvides de los regulares y malos libros, de los que puedes aprender casi tanto como de las grandes obras.

3. Vive una vida intensa; cambia mucho de mujer, de trabajo y país. Pasa por todas situaciones que puedas y obsérvalo todo con los ojos muy abiertos para contarlo después.

4. Escribe una obra maestra, y a ser posible, varias. Y si es de muchas páginas, ya mejor que perfecto. Sé ambicioso, sino quítate del medio, no interrumpas el paso de los que creen que Proust, Joyce y Tolstoi, o Juan Goytisolo, no les llegan ni a la suela de los zapatos.

5. Debes vender tu obra a las mejores editoriales, las más exquisitas y saneadas. Tu objetivo es conseguir que ellos se pongan a tus pies y se peleen como verduleras por tu libro. Ten mano para los negocios y gran capacidad de persuasión, a la altura de un Felipe González o un Goebbels, por lo menos.
Tolstoi también fue una joven promesa.

6. No te rindas nunca, y descansa lo menos posible, no vaya a ser que te arrepientas de lo que tienes entre manos y acabes abandonando. Ya dormirás cuando te entierren.

7. A ser posible vive de rentas (herencias, especulación…), pero en caso de que no sea posible tal cosa elige una profesión en la que apenas tengas que dar golpe y te permita vivir con comodidad y pagar a criados para no tener que perder tu tiempo (ORO) lavando los platos, cocinando o haciendo la cama, o incluso pasando al ordenador tus obras maestras.

8. Los críticos no tienen ni idea y eso es algo que te debe quedar claro desde el primer día. Los pocos que saben algo o tienen interés por los libros los acaban echando de sus revistas y suplementos y acaban viviendo en la miseria, recogiendo porquerías de los vertederos y colgados todo el día de un cartón de vino, molestando mucho a los ciudadanos honrados y a sus perros que pasan a su lado.

9. El mercado nada tiene que decirte a ti. Tú eres el que debe indicarle a él por dónde tirar, y qué literatura es buena y cuál es mala. Faltaría más.

10. Escribir es, sobre todo, aguantar el hambre sin desfallecer (para eso lo mejor es tener buenas reservas en el abdomen o sobre los riñones), aunque también quizá huir de lo obvio, salirse del camino marcado por las conferencias de escritores y los decálogos salidos de las mentes más espabiladas del mundo de las letras, y de todos los mundos en general. Pero no mucho, que lo mejor es que comamos todos un poco y nos acariciemos los lomos unos a otros.

En caso de no cumplir algunos de los puntos de este decálogo se recomienda invertir el tiempo en otros menesteres menos rigurosos y exigentes. La sociedad también necesita cirujanos, pilotos de guerra, aparcadores de coches, kioskeros, ministros, videoartistas, policías municipales y hasta candidatos a concursos de televisión.