30/3/08
Vida normal
En aquellos tiempos en que me paseaba por toda Francia en bicicleta durante meses, me acuerdo del gran placer que me producía meterme en los cementerios de la campiña para fumar…
Un periodista inglés me telefoneó el otro día para preguntarme mi opinión sobre Dios y el siglo XX. Estaba preparándome justamente para salir y así se lo dije, tras añadir que no me encontraba en ese momento en disposición de discutir un problema tan extravagante. Cuando más tiempo pasa, más se degradan ciertos problemas y toman el aspecto de la época.
Mi fuerza consiste en no haber encontrado respuesta a nada.
(Cioran, Fragmentos)
28/3/08
La embajada
EL HECHO de la que mi mujer haya nacido en otro país hace que a veces se sienta uno un poco embajador, y se dé el gusto de presentarle con total parcialidad las glorias nacionales. Las vergüenzas, en cambio, se notan más sin necesidad de destacarlas. No hace falta que uno las subraye cabreado. Con un poco que se escuche algo la radio y se lean por encima los periódicos y se atienda a las conversaciones de actualidad, y sobre todo, claro, con vivir aquí, van apareciendo todos esos defectos que nos caracterizan según los tópicos y que parece confirmar el día a día. Se presentan como los personajes esperados de una obra de teatro; el cainismo, las dos Españas a garrotazo limpio, o más bien, sucio, y el cerrilismo, la frente poco despejada y la cabeza dura e impermeable a toda idea, el vuelva usted mañana o pasado, o no vuelva, y todos esos salvapatrias repartidos por las cuatro esquinas que con un poco de distancia (muy poca) son ridículos y tiernos, como niños que juegan a los vaqueros y los indios. Y el olor a sacristía, que quiere meterse por debajo de las puertas de las casas: “Esa España inferior que ora y bosteza, /vieja, tahúr, zaragatera y triste; /esa España inferior que ora y embiste, / cuando se digna usar la cabeza, /aún tendrá luengo parto de varones/ amantes de sagradas tradiciones/ y de sagradas formas y maneras; / florecerán barbas apostólicas, /y otras calvas en otras calaveras/ brillarán, venerables y católicas.” (Antonio Machado, El mañana efímero, 1913).
Pero no todo es malo; o lo malo es lo de menos, lo que menos cuenta en realidad. Y después están esos otros milagros que nacen por aquí. Aparece de vez en cuando el genio desastrado, como un genio poco cuidado, que crece a pesar de los pisotones y la falta de agua. Es el genio que va a la taberna y se toma una cerveza, como cualquiera. Que hace su trabajo como el que va a la obra, sin muchos aires de divo. Son esos casos que le hacen a uno presumir de embajada; Así que ese Azcona, dice mi mujer, es el mismo que escribió Plácido, El cochecito (el viejo ese que quiere una silla de ruedas motorizada, “el último grito en vehículos para impedidos”), El pisito, El verdugo (las piernas de Nino Manfredi flaqueando, como si lo fueran a ejecutar a él…)...
No todo van a ser guerra civiles y cabras lanzadas desde un campanario.
25/3/08
24/3/08
El monstruo de Clichy
“Primero tienes que morir, y cuando estés muerto, te clasifican. Lo primero que tienes que hacer es morirte.” (Céline, 1961)Leyendo el artículo de Vargas Llosa sobre Céline me acordé de una cosa que dice Ramón Gaya en una entrevista. Habla éste de su descubrimiento de Tintoretto, aunque su admiración no llega al punto de anteponerlo a Tiziano (para él uno de los pocos creadores que existieron jamás), como sí hizo Sartre. Y es entonces cuando Gaya justifica esta preferencia de Sartre como cosas de escritor. Lo acabo de consultar y literalmente dice: ¡Disparates de escritor! (pág. 337, De viva voz, Pre-textos, 2007). Se ve que la memoria es benévola y más diplomática.
Esto viene al caso al acordarme de Céline, que lo leí hace tiempo y siempre me ha hecho gracia lo poco que se ha escrito sobre él, a pesar de que siempre le gusta mucho a los de cátedra esos escritores con vidas agitadas y más o menos aventureras y sufrientes.
De Céline se habla siempre un poco de lo mismo, cuando se le nombra. Pasa a la historia como un gran disparate ideológico. Que si le rezaba a Hitler, que si era xenófobo. Como si lo que opinase Louis Ferdinand Destouches (el nombre real de Céline, seudónimo por su madre) sobre el devenir político nos importase algo, o tuviese que importarnos algo. Y menos ahora, a cincuenta años vista. El individuo Céline, el tipo de carne y hueso y bilis, fue un simple palurdo que no entendía de soluciones. (Palurdo en el sentido literal de la palabra, que dice el María Moliner: “Se aplica a las personas toscas e ignorantes, y a su lenguaje, acciones, etc. Sin. Paleto.”)
Lo suyo era ver la porquería y contarla. Y no sólo la veía perfectamente (la veía, la olía, la sentía, la sudaba) sino que la contaba un poco a gritos, un poco a susurros, como si escribiese notas, música. Un motete, lo suyo, para ser cantado. A pesar de su voluntad de estilo, a pesar de sí mismo, fue un gran escritor, y esa es su lección. Y el escepticismo; un tipo que por no creer en nada hasta llegó a creer en el gobierno de Vichy. Sacar la lista de acusaciones políticas es cuanto menos sorprendente y es no haberlo leído bien, o no haberlo entendido o no haberlo querido entender. Sartre dijo aquello de que Céline sería, de todos, el que quedaría, y lo dijo claro con su algo de coña y su mucho de resignación, como si recordarse las bromas que suele gastar el destino en lo literario.
Si Céline se hubiera quedado en la retórica oral (que también la hubo y cayó en ella al final) para la que estaba tan dotado no hubiese valido gran cosa lo suyo. Quizá explotó el gran oído que tuvo, como un terrateniente sureño exprimía a sus esclavos. Su maldición, en cambio, fue el no entender nada. Pero lo que interesa del escritor y de este en particular es el cuadro más o menos vivo que deja, poco embadurnado de maniqueísmo ideológico, a no ser el verlo todo caer por un barranco y nada más. Dejó en sus libros un panorama desolador; el mundo se cuela por el váter. Pero fuera de sus libros aquello que vivió le hizo sacar conclusiones bastante peregrinas, en la que cabían conspiraciones semitas para acabar con la gran Francia y su cultura y su raza y eso que se sigue escuchando en otros sitios y de otros palurdos. Pudo ser un francés cualquiera que curaba enfermos en Clichy y maldecía en las tabernas. Pero, por un exceso de sensibilidad o por aburrimiento de sí mismo, escribió y ahí es dónde hay que encontrarlo y dónde interesa.
En mi opinión, lo mejor de él es Muerte a crédito, y una novela sorprendente (al menos por aquellos años) que ahora me parece algo menos grande que cuando lo leí hará unos diez años. Su famoso Viaje al fin de la noche. Condenar al escritor por el gran paleto nacionalista que era su cáscara de hombre me parece hasta injusto. Nadie se indigna mucho al escuchar a Rajoy su reciente exhibición de xenofobia electoralista y ahí está, el tío, tan tranquilo, dispuesto a seguir asociando emigrantes y delincuencia y maldiciendo en la taberna esa en la que se convirtió el Congreso.
Céline en lo único que creía era en la muerte. En Viaje al fin de la noche dice: “Es triste el espectáculo de la gente al acostarse; se ve claro que les importa tres cojones cómo vayan las cosas, se ve claro que no intentan comprender, ésos, el porqué de que estemos aquí. Los trae sin cuidado. Duermen de cualquier manera, son unos calzonazos, unos zopencos, sin susceptibilidad, americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila. […] La verdad de este mundo es la muerte.”
A Vargas Llosa, aunque parece haberlo leído con atención (espero que no le hayan salido unas arruguas en la napia de tanto asquearla), al final opta por desempolvar al Céline palurdo, el que sale con sus perros en la cama y tiene problemas de estómago y un pitido en el oído y maldice el mundo como cualquier vecino analfabeto, viendo conspiraciones amarillas o semitas a su alrededor. Una pena que elija al paleto. ¿Qué sería de los Nerudas, Albertis, Bergamín o García Márquez ahora si nos quedásemos sólo con su palurdo?
21/3/08
Los peores ruidos
ES de noche. Yo conduzco. Es una carretera general. En la radio suena un concierto de algo muy contemporáneo; campanas que avisan a muerto, coros desgarrados que parecen pedir auxilio desde un agujero muy hondo, cuerdas alborotando el conjunto y creando una atmósfera de ataque epiléptico. Yo quiero poner otra cosa pero no se coge casi nada y además es muy gracioso. A mí lado mi mujer se ríe y diserta sobre lo pedantesca y absurda que es la cosa. Añadiría rancia, vieja. Es música a la que se le pasa el arroz en dos semanas. Lo peor es el tono siempre apocalíptico que suele tener todo esto, muy melodramático y serio. Escuchando algunos rollos contemporáneos parece que anuncian algo peor que el fin del mundo. ¿Qué es? ¿Qué se acaba el petróleo? En estas estamos, cachondeándonos de las voces infernales, cuando en una curva aparece un perro que cruza la carretera. Camina todo tranquilo dando pequeños saltitos, no es grande ni tampoco un cachorro, y lleva las orejas levantadas. Apenas me da tiempo a frenar pero reduzco (tampoco voy rápido), y veo como cruza a paso ligero al otro carril. Todo está oscuro, pero justo cuando estamos a su altura, vemos como el coche que viene por el carril contrario a toda hostia le pasa por encima con un golpe seco que suena a plástico duro.
En el último momento tiene la cabeza levantada mirando lo que se le viene encima, muy iluminado por las luces. El sonido es mucho más desagradable (doloroso) que todas las músicas contemporáneas del infierno. Se nos ha cortado de cuajo el buen humor y la charla.
En el concierto de la radio ahora están más excitados que nunca; a las campanas, las cuerdas epilépticas y el coro de zombis implorando sesos, se une un piano atormentado, como si tocasen a puñetazos. Y por un momento, sólo por un momento, hasta me ha parecido que lleva razón, que no hay otra forma de tocar un piano que a puñetazos.
17/3/08
El desaparecido
Un hilillo transparente por el que parece que va a subir una araña.
Eso a veces, cuando está tranquilamente sentado tomando su descafeinado en algun bar del barrio. Nunca toma alcohol. Se toca el lóbulo de una oreja, se ríe como si hiciera esfuerzos por carcajear, pero con un tono algo infantil que dan ganas de regalarle una piruleta o retorcerle las mejillas flácidas que tiene. Los ojos son raros; cuando le mira a uno casi desaparecen las pupilas bajo los párpados y quedan en blanco como si estuviera endemoniado.
Daría un buen escritor maldito si no fuera que no ha escrito una sola línea en su vida, que uno sepa, y sobre todo, porque no tiene ningún interés en ser maldito, en ninguno de los sagrados campos del arte, que tantos malditos, cagones, vagos y petardos ha recogido en su regazo. Porque lo de escribir sería lo de menos si quisiera hacerse el maldito.
Una vez al mes se va de putas. La pensión no le da para mucho y tiene que racionar los lujos, que tampoco es mucho lujo ya que frecuenta los locales de menos glamour de la ciudad. Por lo demás no son muchas las aficiones que tiene y nos parece que lleva una vida triste, solitaria y con pocos alicientes. Sigue una dieta para no aplastarse el corazón a fuerza de engordar y sólo come ensaladas ahora. No trabaja desde que se volvió loco, que es como se le llama a las personas que no se sabe qué les pasa y se comportan de forma extraña. Lo de la serotonina y la noradrenalina subiendo y bajando dentro de las cabezas está bien como teoría (no hay más), pero no explica nada en el fondo. Quizá no haya nada qué explicar (dentro de uno la lucha entre el catecismo conformista de no todos los misterios pueden entenderse y la cabecita científica de todo puede saberse, aunque por ahora no), quizá estar loco sea simplemente no trabajar (o no tener amigos, como dijo ese señor de profesión loco, Leopoldo María Panero), y trabajar sea no estar loco, aunque parezca al revés.
El caso es que un día nuestro retratado fue a trabajar; tenía treinta y dos años. Nadie sabe porqué, ni siquiera él mismo, o él menos que nadie, desapareció. Se largó. Dónde antes había un portero de edificio público, quizá una Gobernación Civil o algo así, después no había nada. Un hueco en el aire, una nube de polvo, quizá. Se volvió loco, así de repente. Todos los locos se vuelven locos de repente, un día concreto, un jueves, por ejemplo, aunque llevan años preparando el terreno para ese gran día.
¿Por qué te largaste?
No sé.
¿Y qué pasó?
Me marché, desaparecí.
Pero, ¿dónde estabas?
No me acuerdo. Por ahí, escapado. Me cogió la policía y me llevaron al psiquiátrico, y ya empecé el tratamiento y así hasta ahora.
Después ya no volvió a trabajar. Lleva muchos años con el tratamiento, tiene cara de pastilla, o de carretera recién asfaltada. Y veo como le cuelga ese hilillo de saliva por el que quizá sí le sube una araña.
16/3/08
Tentadora oferta
Es el anuncio que publicó Ernest Shackleton en los periódicos británicos reclamando voluntarios para una expedición a la Antártida en 1914: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito".Aunque en el periódico lo sacan a colación por otro asunto, y sin ánimo de caer en la exageración, me recuerda un poco a lo de escribir. Y en cambio, pese a todo, levantamos una piedra y aparecen tres docenas de poetas, una y pico de novelistas y otras cuantas de cuentistas. Y alguno más que no se sabe muy bien qué es. Planeta de raros.
14/3/08
Un señor japonés; el que busca
Un suicida en potenciaTiene mirada optimista (le brillan los ojillos). No parece que se vaya a suicidar dentro de poco. Todos conocemos la preferencia del nipón medio (ese tipo inexistente) por el suicidio, pero esta tendencia es más acusada entre los escritores. Y si escribe cosas de provecho ya no lo salva nadie. Akutagawa, Dazai, Mishima. Dazai se pasó la vida intentando suicidarse, y entre intento e intento escribió algunas de las mejores obras de la literatura japonesa del siglo pasado. Hay una generación de escritores (los Marsé y Goytisolos de allá; Abe, Nosaka, Oe) que aún no se han decidido.
Haruki Murakami es más joven (nació en el 49). No sabemos si el éxito que está teniendo le obliga a algo, o lo disuade. Lo que sí tengo bastante claro es que pocas veces como esta el éxito coincide tan escrupulosamente con el talento del escritor. Y cuando digo talento me refiero, más que a la capacidad de hacer las cosas únicamente bien (que no es poco), y a cuadrarlas, al coraje de asumir un cierto riesgo e incluso adoptarlo como componente esencial de una obra. O al menos su libro de relatos Sauce ciego, mujer dormida contiene piezas excelentes, maestras, que lo son porque no se quedan en aparatos perfectos. En realidad todos tienen algo de fragmento narrativo extraño. Lo dice en el prólogo el propio autor: “… todo lo que escribo es, más o menos, un cuento extraño.”A uno le pueden gustar unos cuentos más que otros, pero en todos asoma esa especie de rebeldía del propio relato para no quedarse inmóvil dentro del marco formal que se le asigna en un principio. Porque uno, quiera o no, lee un relato aplicando el molde que creemos que lo leído tendrá, y estos relatos se resisten, se nos escapan por los lados, como leche que hierve. Son relatos, no que quieran ser raritos por serlo, no dan esa impresión, sino que parece que no se conforman con ser relatos, o con ser literatura. Quieren saltarnos a los ojos, como aceite hirviendo, y por eso se revuelven y sacan los pies fuera de la cama y se quedan un poco asimétricos, deshilachados. Ya lo había dicho Baudelaire (qué lejano suena); “La belleza moderna será asimétrica o no será.” A Murakami se le mete en el saco posmoderno (¿?, esto seguro que lo explica muy bien algún hombre nocilla), con los DeLillo, Pynchon… Pero sea lo que sea consigue arriesgar sin martirizarnos, como si le debiéramos algo, que es lo que pensamos al leer a algunos escribidores de supuestos tochos posmodernos.
Son relatos diferentes pero en todos pisamos el mismo planeta. Eso no pasa con todos los escritores, o pasa con pocos. La mayoría se quedan en la forma, que es lo primero que se ve y sobre todo lo último, por desgracia. El ingenio formal, la buena idea. Como esas nueces que pesan poco y al partirlas vemos que están secas, que no hay nada dentro, aprovechable, aunque por fuera parezcan perfectas. O pueblan sus macondos de gestas verbales que no pasan de ser meros intentos de llevarle la contraria a la ley de la gravedad, o a alguna otra ley física, como si estuviésemos en un circo.
El planeta Murakami lo mismo se llama Tokio, Kyoto o Hanaley Bay. Son lugares reales en los que cualquier cosa puede pasar, porque en la lógica (o ilógica) del relato lo más extraordinario es lo más natural y a veces lo más normal es lo más extraño. En esto último vemos también la sombra de Carver (Murakami fue el traductor de los relatos de Carver al japonés), esa capacidad para mostrarnos lo desconcertante en lo cotidiano, con trazo fino. Hay también un fondo kafkiano distinto al acostumbrado, al manido, al literal. Aprendió muy bien la lección en Kafka. A veces lo que hace es incluso una relectura lúcida del checo. Y como en él algunos relatos parecen leyendas que remiten al consciente colectivo de un pueblo, o del ser humano. Que no al inconsciente, que es un invento muy aburrido, un paraíso o purgatorio interior decorado con relojes derretidos y todo al estilo Art Nouveau.
Mi historia particular con este autor es extraña. Hace un año o más encontré en casa de mi hermana su novela más conocida y convencional, según tengo entendido; Norwegian Wood (Tokio Blues). Era una tarde de domingo, acababa de comer y había una butaca al lado de la ventana. Me quedaba solo y tenía curiosidad por el autor. Todo era favorable, pero lo dejé pronto. Quizá la foto de la portada de Círculo de lectores, con una chica japonesa muy joven con cara de tristeza de ni fu ni fa, Coca-Cola o Pepsi, y quizá la idea de encontrarme con unos personajes enrocados en depresiones pseudoexistencialistas, me desanimaron de antemano. El caso es que se me hizo insoportable el tono.
Hace un mes o mes y medio cayó en mis manos el libro de relatos. Y desde que empecé a leerlo dejaron de existir los demás libros de la mesilla. Tiene razón Orejudo, es adictivo. Pero no una adicción de querer acabar cuanto antes (eso es prisa), sino un deseo de que no se acaben nunca, una lectura pausada. Como decía hay relatos que son pequeñas obras maestras. El otro día, aprovechando la fiebre y mi coartada de enfermo (una vez al año no hace daño), me quedé en cama toda la mañana y me leí de un tirón su novela Al sur de la frontera, al oeste del sol. Cosa que no hacía con una novela de casi trescientas páginas desde que era estudiante.
Seguiremos probando mientras merezca la pena, y me da que sí. Como dice en uno de mis relatos favoritos: “Y yo, posiblemente, buscaré de nuevo, en cualquier otro lugar, algo que tenga la forma de una puerta, o de un paraguas, o de un Donut, o de un elefante. En cualquier lugar donde parezca que esto pueda hallarse.” (pág. 335)
7/3/08
Lenguas y frenillos
CUANDO era pequeño pensaba que los viejos de todo el mundo hablaban en gallego y los jóvenes en castellano. Poco a poco uno se iba haciendo viejo y empezaba a hablar en gallego. Los de media edad eran bilingües.
Un día descubrimos que hacernos pajas era muy sano. Nos sonaba de algo que antes se veía muy mal eso de meneársela. Aparecieron unas chicas en el colegio y explicaron a toda la clase cómo tenía que masturbarse uno. Pajearse era bueno. Todos nos reímos de Filgueira, que lo veíamos un tanto ambiguo e indeciso. En cambio, Andrade, nunca bajaba de seis diarias. Era fácil creerle, siempre iba muy cansado.
Después, en el instituto, nos centramos en la lengua. O mejor dicho, en las lenguas. Había dos. Una era gaseosa y musical, suave como la brisa de verano peinando la hierba. La otra era seca y tajante, áspera como el lomo de un cerdo. En una la boca sonreía sin querer; en la otra lo normal era bombardear al oyente con escupitajos involuntarios. Una era verso, la otra prosa.
Debíamos elegir qué tipo de lengua queríamos ser. No se hablaba de otra cosa. Ese era el tema. El único tema.
Un día descubrimos que nadie era inocente por hablar una u otra. Ya lo sabíamos, pero lo confirmó un famoso escritor y conferenciante local que no se andaba con dudas: Elegir hablar una lengua era tomar partido a cada momento por ella. Y lo contrario; condenar a la otra. Había que elegir.
Habíamos olvidado a dios, habíamos aprendido a hacernos pajas a todas horas, pero no nos atrevíamos a hablar sin remordimientos.
El maldito sexo de los ángeles. Blablablá.
6/3/08
El caso Aira

César Aira
Acaba de salir otro libro de Aira. Sigue en lo suyo. Está vez se habla de guiños al cómic. Pero eso supongo que siempre ha sido así en él. Es como si cogiera el argumento de un cómic y lo escribiera como una novela de Balzac. Y además bien escrito ("Lo que me importa es que el lector pueda ver lo que estoy contando y escribir de la manera más transparente posible"). Tampoco falta ese elemento de intimidad, una sinceridad que se cuela en cada frase y remite un poco al diario: "Con frecuencia he pensado que mis novelas son el diario íntimo de mi vida, mi dietario, porque las voy improvisando día a día, con las cosas que me suceden".
Supongo que no se puede empezar a leer este autor por cualquier novela, si no quiere uno dejarlo a la mitad. Lo mejor es dejarse enredar por la que me atrapó para la causa a mí ("Cumpleaños"). O "Bautismo", o quizá "Parménides".
3/3/08
En la autopista
EN el acceso a la autopista aceleramos (tercera, cuarta...) y el ruido del motor (diésel, ruge como un león) y la velocidad le dan a uno la impresión de estar en un avión a punto de despegar. Ese momento en el que los motores del avión, histéricos, nos disparan hacia adelante y ya solo hay dos opciones; o volamos o adiós muy buenas. Entonces entramos en la autopista y vuelvo a sentirme en un coche. Y vuelvo a convencerme de que en principio lo de volar queda para otro día.
SIEMPRE tememos que el camión que adelantamos nos arrincone y todo acabe mal, con un señor gordo bajando de la cabina y echándose las manos a la cabeza mientras observa atónito un amasijo de hierros y carne que antes era un coche y un individuo.
CUANDO vamos a 120, 130 o por ahí, y un coche nos adelanta dejándonos atrás en unos segundos nos acordamos de aquellos problemas de matemáticas soporíferos de trenes y estaciones y velocidades. Y de Einstein, vaya cosa, cuyas ocurrencias vagamente me suena que tenían algo que ver con todo esto. Por un momento parece que el único que se mueve es el que adelanta y nosotros estamos parados. Y nos imaginamos a Einstein conduciendo el BMW (siempre es un BMW) que nos adelantó, con esa melena micrófono y la lengua fuera, como un perrito. Pensamos; será cabrón.
EN las ondulaciones del asfalto los coches se mueven arriba y abajo como un baile tropical moviendo los culos.
ME ponen nervioso los que pisan el freno en la autopista por razones misteriosas. Tienen toda una recta por delante o una curva poco pronunciada y una velocidad adecuada (y uno va detrás a una distancia más que prudencial) pero veo como se les encienden las luces de frenado, nerviosas, dando sensación de inseguridad o indecisión, o locura. Les adelanto y los dejo solos con sus dudas. Casi siempre conduce uno (o una) con los brazos muy flexionados y agarrando el volante con tensión y la cabeza muy cerca de este.
En el peaje siempre buscamos la cola menos concurrida, la más rápida. Pero cuando nos acercamos vemos que todo es porque la mujer que nos cobra es la menos atractiva. Siempre nos gusta más la de la caseta de al lado, en la que los coches tardan más en pagar.
2/3/08
El blog de Pla

Gran noticia. Se cumplen 90 años de la primera anotación de lo que después sería el libro más conocido de Josep Pla, El quadern gris. La Fundación Josep Pla ha tenido la buena idea de ir publicando en un blog las entradas siguiendo la cronología del diario. Todos sabéis que en realidad Pla corrigió mucho y casi reescribió el diario en la década de los sesenta. Lo digo por el purista que suelte que lo escrito en 1918 no es lo que conocemos exactamente hoy. Eso nos da igual. Como cuando leemos una novela nos da igual si lo narrado le ocurrió al autor, al narrador, a los personajes únicamente o a todo cristo. Como decía Julio Camba; "Desde mi punto de vista, la verosimilitud es siempre más importante que la verdad."
El 8 de Marzo de 1918 cumplía Pla 21 años y era un buen momento para empezar el diario (como otro cualquiera):
"Como hay tanta gripe han tenido que clausurar la universidad. Desde entonces, mi hermano y yo vivimos en casa, en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes ociosos. A mi hermano, que es un gran aficionado a jugar al fútbol -a pesar de haberse roto ya un brazo y una pierna-, lo veo solamente a las horas de comer. Él hace su vida. Yo voy tirando. No añoro Barcelona y menos aún la universidad. La vida de pueblo, con los amigos que tengo aquí, me gusta.
A la hora de los postres, en el almuerzo, aparecen en la mesa una gran fuente de crema catalana y un bizcocho delicioso, esponjoso, dorado, con un espolvoreado de azúcar ingrávido. Mi madre dice:
- ¿No recuerdas que hoy cumples veintiún años?
Y en efecto: sería absurdo discutirlo: hoy cumplo veintiún años."
(El cuaderno gris, Josep Pla, traducción de Dioniso Ridruejo y Gloria de Ros, Circulo de Lectores, 1997).
El tío Manolo
El tío Manolo es alto, dicharachero y traficante. Es más joven que el padre. Entra por la puerta de casa soltando bromas y reinando con su presencia. Se sienta en el sofá, con un café delante, y todos atienden mucho a lo que tiene que decir, que son fanfarronadas, mayormente. Las cosas le van bien, no hay problema. A veces le pisan los talones. El otro día en el sur la Guardia Civil le pegó varios tiros al coche, pero consiguió escapar, y aquí está para contarlo. Fuma mucho, sentado tiene las piernas muy abiertas, quizá para tropezarlas con la mesita de mármol, y el cuello estirado como una jirafa sorbiendo el café. Se le ve contento. Habla de los familiares, y no ve complicaciones donde casi todos las ven. Cree que la gente se toma la vida demasiado en serio, se preocupan por tonterías. Cuando se va la madre sentencia: Está como una cabra.