29/10/08

Comprar ropa

Soy el tipo más rápido comprando ropa. Puedo comprar ropa para todo el invierno en quince minutos. Quiero decir elegirla. Echo un vistazo rápido y después me acerco y palpo el material; si me convence sopeso en segundos el tema de los colores. Soy discreto y prefiero no repetirme para que no me riñan en casa (¡Pero si ya tienes dos iguales!). Pues todo la operación en nada, y ya pago. Tarda más tiempo la vendedora en doblar lo que me llevo y meterlo en la bolsa que yo en elegir. A no ser los pantalones (y aún así) no me pruebo nada. Si además hoy se puede cambiar todo. No entiendo a los que tardan horas en decidirse, y van de un lugar a otro buscando no sé qué, para volver después a la misma tienda de antes a comprar la que ya se habían probado y mirado una y otra vez con el ceño arrugado. El gesto; los brazos en alto, el jersey extendido, la mirada fija, la cara de preocupación. Así mi mujer y yo nos complementamos; ella pone trabas y dudas a mi rapidez y yo la azuzo para que compre de una vez (¿Tanto tiempo para comprar unos calcetines?).

Después salgo a la calle y camino sin rumbo, sin prisa, con la bolsa botando en la pierna.

27/10/08

El testamento

Nunca había leído la famosa nota. Es esta, sacada de un texto de Max Brod:

"Entre los papeles dejados por Franz Kafka no se ha encontrado ningún testamento. En su escritorio, entre muchos otros papeles, se halló una nota, doblada y escrita con tinta, dirigida a mí. Esta nota tiene el siguiente contenido:

Queridísimo Max, he aquí mi último ruego:

"Todo lo que se encuentre al morir yo (en cajones de libros, en armarios, en el escritorio, ya sea en mi casa o en la oficina o en cualquier otro lugar en que se te ocurra que pudiera haber papeles), me refiero a diarios, manuscritos, cartas, ya sean ajenas o propias, esbozos y toda cosa de este género, debe ser quemado sin leerse; también todos los escritos o notas que tú u otros tengan en su poder deben seguir el mismo camino; en cuanto a los que otras personas posean tendrás que reclamárselos en mi nombre. Si no quieren devolverte cartas mías, por lo menos procura que te prometan que han de quemarlas. Tu

FRANZ KAFKA.

Búsquedas más minuciosas revelaron la existencia de una hoja de papel amarillenta, visiblemente vieja y escrita a lápiz. Su contenido es el siguiente:

 Querido Max:

"Quizá ya esta vez no me levante. Después de este mes de fiebre pulmonar es muy probable que sobrevenga una inflamación seria de los pulmones; por más que lo escriba, ello no podrá evitarla, aunque sin embargo pueda ejercer cierta influencia.

He aquí pues mi última voluntad respecto de todo lo que escribí para el caso de que se produzca lo que preveo: de todo cuanto he escrito pueden conservarse sólo las siguientes obras: La condena, El proceso, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, Un médico rural, y el relato Artista del hambre. Los pocos ejemplares de Contemplación pueden también conservarse; no quiero dar a nadie el trabajo de destruirlos, mas no han de imprimirse de nuevo. Al decir que pueden conservarse esos cinco libros y el relato no quiero significar que tenga el deseo de que vuelvan a imprimirse para ser trasmitidos a la posteridad; por el contrario, si se perdieran por completo, ello respondería a mi verdadero deseo. Sólo que no puedo impedir a nadie, puesto que ya existen, que los conserve si así le place.

Pero todo lo demás escrito por mí (publicado en revistas, contenido en manuscritos o en cartas) sin excepción alguna, en la medida en que puedas obtenerlo mediante ruegos a las personas que lo poseen (tú conoces a la mayor parte de ellas; en general se trata de.. . ; no te olvides sobre todo de aquellos dos cuadernos que tiene ... ), todo esto, sin excepción, y preferiría que sin leer (sin embargo no te impido que lo hojees, aunque en verdad preferiría que no lo hicieras; en todo caso nadie más tiene derecho a mirarlos), ha de ser destruido y te ruego que lo hagas cuanto antes.

FRANZ".

23/10/08

De opacos

No sé en qué artículo de qué libro de artículos leí hace mucho una frase de J. Marías: más bien un trozo al vuelo, tres palabras en una frase que por alguna razón se me quedaron grabadas casi sin querer. Era esto, refiriéndose a una obra literaria: "…una cierta opacidad embriagadora…", que decía.

Al principio, lo admito, me sonó como si dijera "…cierta bofetada embriagadora…". Ah, pensé; por eso le gusta Benet, el hacedor de ladrillos. ¿Opaco? ¿Será el mismo opaco (el opaco opaco de toda la vida)? Veamos el diccionario, que todo lo sabe: según el María Moliner, opaco: "1. No transparente. Turbio. 2. Poco brillante, en sentido material o inmaterial. Deslucido, gris, insignificante." Es decir, que el camino que lleva del significante al significado está roto (o es tan difuso que no lleva a ninguna parte), lo mismo que pasa a veces con un enlace web. Podemos leer pero no saber del todo qué cojones se nos está diciendo.

Esto, a todas luces, es un vicio, lo de leer sin entender del todo lo que leemos. Yo, que soy tan vicioso como cualquiera (quizá más), me tomo mi dosis de opacidad leyendo en portugués a Lobo Antunes. Claro que Lobo Antunes escribe bien; es decir, se le entiende. Si lo lees. A algunos se le entiende sin leerlos; a Lobo Antunes hay que leerlo, y así nos entendemos. Además, para mí, es muy cercano. Parece gallego. Pienso todo esto porque tengo en la mesilla el libro de relatos (casi todos, inéditos y publicados) de Faulkner que sacó Anagrama (lo encontré en librería de viejo) hace años. Ahora lo encontráis reimpreso en bolsillo con una letra microscópica, ilegible del todo. Una letra como cagarrutas de mosca. Pues eso, que lo leo y me interesa de alguna manera. Estoy preso del mal del que hablaba Marías; esa cierta opacidad embriagadora, quizá, me tiene en vilo. Porque el tipo no me acaba de disgustar; es decir, creo que Faulkner es nutritivo, como las lentejas. No tanto porque me importe lo que pasa en su sur y sus personajes y perros olfateando una presa, sino porque era lo suficientemente bruto como para creerse lo que escribía. No pido más. No creo que nadie pida mucho más. Leo un relato titulado Adolescencia, de los primeros suyos (1920, o por ahí), y es muy bueno por la simple razón de que también es muy malo. Y está escrito de pena. Cuando acabas dices; guau, vaya tío. Aquí pasó algo. Es como leer un buen poema, un gran poema, uno entre cien millones de millones. Dices; con lo que pillo me tiemblan las carnes. Quitando florituras literarias, al final lo que vale es eso; aquí pasó algo. Lo malo es que me pone del hígado; Faulkner escribe como un culo. Quiero decir, que lo leo a pesar de cómo escribe: No pido que escriba bonito, al contrario; que escriba menos hermoso, con esas frases que se pierden en sí mismas y que casi te pones nervioso no sabiendo dónde acaban, con veinte subordinadas contándonos a qué se parece una teta de la yegua y que un niño se rasca un sobaco mientras… Eso. No creo que sean tiempos estos para churriguerías. A lo mejor es que vimos demasiada televisión y se nos fastidió alguna glándula para mantener la atención mucho tiempo seguido antes de un punto. Claro que hay churriguerías huecas, pero no es el caso de Faulkner, por lo menos. Aún así dan ganas de reescribir sus cuentos.

Eso si uno supiera escribir.

[Sí, a algunos de los mejores escritores de la historia literaria se les acusó de escribir mal, lo que parece paradójico, y no lo es. Aquí vuelvo a lo que decía Marías, que interpreto así: Para escribir bien hay que escribir un poco mal, o no escribir bien del todo. 

Tampoco hay que pasarse de rosca.]

20/10/08

El banquero de Ford


Leo todas esas noticias sobre inyecciones de capital (el enfermo está muy enfermo), falta de solvencia de los bancos, y crisis financiera en general, como el que lee uno de esos cómics o dibujos animados en los que los banqueros son unos señores gordos con frac y chistera y maletín y un puro en la boca y sonrisa maliciosa. Gente sin conciencia. Lo peor es que llega uno a esa imagen indagando un poco. Son menos gordos, que se cuidan mucho, y visten más de sport, pero por dentro parecen el mismo. Si uno se queda en la superficie casi piensa que todo el mal presente se debe a una conjunción maldita de muchos elementos incontrolables, como un maremoto que ha pillado a todos desprevenidos. Los bancos no tienen dinero, y los Estados (da igual del signo político que sean) y que como se sabe, sacan el dinero de la nada, acuden en su rescate para garantizar los ahorrillos de todos. Por supuesto, que a nadie se le ocurra meter la pasta en el colchón; eso sería el fin del mundo, sin necesidad de que se diesen las no sé cuántas señales del Apocalipsis. 

Antes muertos que sencillos, piensan los jeques de las finanzas. Pero al final, ya con el barco casi hundido, a algunos no les queda más remedio que dejarse inyectar y permitir que reduzcan sus sueldos. Si por algo se distingue la economía es por no estar al alcance de nadie. Los que la entienden se equivocan mucho más que el hombre del tiempo (¡Greenspan se equivocó!, claman), y los que no la entienden no la entienden o prefieren no entenderla para no cabrearse.

Volviendo a ver La diligencia (1939), de John Ford, le puse cara a ese banquero de fuertes convicciones que hasta hace unos meses tenía muy claro que la famosa mano invisible lo equilibraba todo. Tenemos en el personaje de el banquero Gatewood, unos de los pasajeros de la diligencia que viaja a través de los desiertos rocosos de Arizona con la intención de llegar a Lordsburg, en Nuevo Méjico, y con el riesgo de un ataque Apache, la personificación de todo lo que al parecer está pasando en la economía. El banquero Gatewood es un tipo respetable que sale a toda prisa de Tonto, el pueblo del que parte la diligencia. Como sabéis la película es ese viaje. Todos los personajes comparten ese pequeño espacio de la diligencia. Una prostituta (a la que echaron del pueblo la Liga por la decencia, o algo así, entre sus integrantes la mujer del banquero), y un médico borracho, también expulsado, y una noble dama embarazada en busca de su marido, y un jugador ex soldado confederado, y un viajante de licores, y Ringo Kid (John Wayne) que es un convicto fugado al que lleva a la cárcel de nuevo. También van el sheriff y el conductor, agobiado el pobre por tener que mantener una gran familia política de su mujer mejicana. De todos los personajes el único que, a su modo, no está provisto de una parte noble y humana es el banquero. O al menos no nos da tiempo a conocerla. Quizá nunca la conoceríamos. Es, sin duda, el personaje más antipático, o quizá el único, aunque algunos otros caigan a veces en la falta de compasión o en la ofensa más ruin. En determinado momento, el banquero, despotrica sobre lo que para él es la intromisión del gobierno en sus negocios. Su discurso no tiene desperdicio; "No sé en qué ha venido a parar el gobierno. En vez de proteger a los empresarios, mete las narices en sus negocios. Incluso dicen que van tener inspectores bancarios. Como si los banqueros no supiéramos manejar nuestros bancos. […] Tengo un slogan que deberían poner en todos los periódicos; ¡América para los americanos! No debe el gobierno interferir en los negocios. ¡Reducir impuestos! Nuestra deuda nacional es alarmante."

Al banquero lo vemos venir desde que se subió a la diligencia. Por eso cuando dice todo esto nos hace gracia, y más teniendo en cuenta cómo está la fiesta ahora, por el llamdo mundo real. Al llegar a Lordsburg, después de un ataque indio en el unos salen heridos y otro muerto, el banquero es detenido. Llevaba un maletín muy sospechoso.

Pero la vida sigue. Nos quedamos con buen sabor de boca: Ringo Kid se larga con Dallas, la ex prostituta, a un rancho a vivir felices y comer perdices, después de vengar la muerte de su padre y hermanos, en un duelo con los hermanos Plummer.

Como ya se sabe, la vida copia al arte (y entre ellos al cine), y a lo mejor se fija en esta película.

17/10/08

Handkeanas

"En el deporte ver a un vencedor puede resultar emocionante (o conmovedor); en el arte no: en éste el vencedor es repulsivo."

***

"Las películas en las que los niños tienen que representar el papel de asombrados, de boquiabiertos: un abuso de la peor especie."

***

"Si el trabajo me hace feliz, ¿significa eso que éste deja de ser trabajo, y que yo he de considerarme a mí mismo un holgazán?"

***

"Los actores japoneses (los de Ozu, digamos) saben entristecerse (de un modo único y ejemplar); se entristecen como sólo he visto hacer en sueños; simplemente están ahí, con los rostros iluminados, y expresan su tristeza."

***

"Un lector jamás tendrá un autor favorito".

***

"Aman las mujeres a los perdedores, pero sólo cuando no lo son definitivos."

Peter Handke, Historia del lápiz (Vida y escritura), Ediciones Península, 1991.

16/10/08

El limbo


"Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, al autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana."

Jorge Luis Borges, La poesía, del libro Siete noches, (tomado de O.C. III, Emecé 1996, pág. 257).

Pues sí lo he intentado varias veces con algunos autores, si es que me parecía que tenían algo que aportar. Me lo estoy perdiendo, pensaba. Iba al autor (por ejemplo, Onetti) y después al leerlo tenía que dejarlo. El mayor obstáculo con el que me encuentro al leer a alguien que no me gusta es el lenguaje. Lo que más me toca las narices es el estilo. Es como el que se te acerca mucho al hablar y le huele el aliento. La sensación es esa, y supongo que a algunos lo que amí me tira para atrás les olerá a rosas. Pero aún así siempre pienso que hay autores que merecen la pena (reconozco que tienen un mundo que me interesaría conocer) y que por ahora no son para mí, o quizá no lo sean nunca. Están, digamos, en el limbo, como los niños sin bautizar. De los de ahora, por ejemplo, están en mi limbo particular Bolaño (lo único, a pesar de que lo intenté, que me interesan son sus artículos recopilados en Entre paréntesis) y Javier Marías, que me parece uno de los mejores articulistas (aunque coja a veces ese cabreo de presidente de comunidad de vecinos), y en cambio no me gustan sus novelas. Como diría el suicida; "Tanto abrochar y desabrochar". 

A lo mejor también tienen ellos un poco de culpa, qué cojones.

15/10/08

Citas al azar


Insistía tanto en que no me preocupara de nada (¡No te preocupes de nada! No me preocupo… ¡No te preocupes!) que pensé que realmente estaba bromeando. Cuando nos despedíamos le pregunté (también bromeando, aunque no lo pilló) si podía preocuparme aunque sólo fuera un poco, casi nada, por pensar en algo, pero volvió a la carga; ¡No te preocupes de nada!… No me preocupo… ¡Qué no te preocupes!... No me preocupo, nada de nadaY así todo el tiempo. Por supuesto acabé muy preocupado.


******

Una frase recién encontrada sobre el eterno tema realidad-ficción del que se discutió unos post atrás: "Toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica."
Es de Barthes y la encuentro en un libro de artículos de Vila-Matas que hojeaba ayer. Vila-Matas es, cuando menos, un recopilador de citas magnífico. Yo esto lo reconozco, lo de las citas, porque durante años copié en unas libretas, con paciencia de amanuense (más bien de desocupado), los fragmentos de lecturas y lo que pillaba por banda y me gustaba. Ahora me parece increíble; el tiempo que perdí copiando a veces párrafos enormes. La razón, muy de pobre; cogía los libros en la biblioteca y así salvaba los fragmentos que más me interesaban para volver a ellos cuando quisiera. Tengo un montón de libretas viejas, descoloridas, sólo con citas (o casi), pero sin ningún orden, a no ser el cronológico en el que fueron transcritas. Por lo tanto no valen para nada, pues casi nunca se encuentra la cita que buscamos, a no ser que nos acordemos del orden en que se leyeron los libros. A veces me acuerdo; Joyce, Valle, Butor, Céline, Ramón, Salinger, Torga, Capote… A saber qué me llevó de uno a otro; a primera vista el puro azar.

14/10/08

Cosas peores

Podemos imaginar tantas cosas fatales, y lo que me esperaba sobre la mesa de la cocina era, al parecer, una de ellas. Está sobre la mesa, me anunciaron nada más llegar. ¿Qué podía estar sobre la mesa? ¿Qué cosa tan horrible descansaba sobre la mesa en la que desayunamos y comemos y cenamos? ¿Qué me esperaba? Y no había nada que pareciera tan horrible, sólo unas cartas, una de ellas abierta. Lo primero que vi fue una foto del trasero de nuestro coche, con la matrícula bien visible. Una foto en blanco y negro. ¿Eso era lo horrible? Respiré, porque en pocos segundos desfilaron en procesión cosas muy peores, aunque indefinidas. Pero pensé; no cantes victoria, un momento, busca rápido lo que te clavan, ¿cuánto? ¿Me quitan el carnet? ¿Me echan de España? Y volví a respirar un poco aliviado. Todo el mal se reducía a una multa por exceso de velocidad, y por poca cosa. Por muy prudente que seamos siempre se siente uno un poco Al Capone, al que sólo lo pillaron por evasión de impuestos. Después del susto inicial, de eso tan fatal que dijo ella que me esperaba, aquella cifra que surgía de la nada (con foto incluida) hasta no era para tanto. No digo bonita, pero hay cosas peores.

10/10/08

Hombres famosos (2)


Un libro escrito por la noche, cuando todo el mundo dormía. Varias veces el autor se describe alumbrado por una lámpara de aceite al lado de otra habitación en la que duermen "un hombre y su mujer, la hermana de ésta y cuatro hijos, una chica y tres niños lastimados." Los libros nocturnos suelen ser verbosos (un ejemplo sería Gómez de la Serna, o lo de Thomas Pynchon, que seguro que escribe por la noche), y entre el fárrago incontenible suele haber revelaciones un poco esquinadas y delirantes que sólo de noche se le podrían a alguien ocurrir. La noche es el reino del disparate, con lo bueno y lo malo que eso tiene. Ya lo dice el refrán: Al que vela todo se le revela. Es cierto que en "Elogiemos ahora a hombres famosos" ("Let us now praise famous men") se acusa a veces esa vehemencia epifánica del escritor nocturno, y también en sentimiento (que por la noche los sentimientos son más sentimiento). Al leerlo de noche lo vamos viviendo, casi hipnotizados. Pocos libros me hacen recordar esa famosa frase de Kafka como este: "un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro". 

A medio camino entre el reportaje periodístico y la poesía, pasando por una prosa descriptiva casi experimental (de tan detenida), se trata en este libro la forma de vida "de tres familias de campesinos algodoneros del sur de Estados Unidos". Todo empezó cuando el escritor James Agee (el de la foto de arriba; más tarde sería el guionista de La Reina de África y La noche del cazador, nada más y nada menos,
y un reputado crítico de cine) y el fotógrafo Walker Evans pasaron los meses de julio y agosto de 1936 con estas tres familias. El encargo era de la revista Fortune, y la cosa ("en forma de documento gráfico y verbal") se salió tan de madre que la revista no quiso publicar nada de lo escrito por Agee. Así que siguió escribiendo y completó un libro extraño. Literariamente es un libro hasta audaz. Tan audaz que a veces nos deja perplejos. Las descripciones son tan minuciosas y alucinadas que a uno le vienen a la cabeza aquellas novelas de Robbe-Grillet en las que los objetos acababan perdiendo su forma habitual a fuerza de verlos de tan cerca y desde todos los ángulos, como si en lugar de una palangana tuviéramos delante una catedral gótica. Según John Huston "su descripción de los objetos de una habitación era detallada hasta el punto de constituir un homenaje a la verdad. Durante una fracción de eternidad esos objetos existieron en una colocación determinada dentro de un espacio circunscrito; eso era verdad. Y la verdad era digna de ser contada".


Me recuerda también a esos directores de tempo tan lento que una obra clásica (Mozart, por ejemplo) se convierte en música contemporánea, ya que apenas enlazan unas frases con otras, y la sinfonía se queda como rota, y sólo percibimos unos harapos sonoros a todas luces extraños.

El objetivo de Agee es expresar lo "curioso" ("por no decir obsceno y absolutamente aterrador") que le parecen las condiciones de vida de tres familias de blancos arrendatarios en esa parte del país. Parece evidente a primera vista que aquí se trata de exponer la miseria de los habitantes de una zona realmente desfavorecida, por utilizar un eufemismo habitual. Pero una vez que profundizamos en el libro vemos que algo no encaja, o que lo que pensábamos que era no lo es del todo, es otra cosa; el libro en realidad es la historia de un tipo (el narrador) en medio de esa miseria, y es casi tan importante este como lo que le rodea. Lo importante es la experiencia de este narrador con ese ambiente, y cómo se enfrenta a ello. Parece incluso que de alguna manera al hablarnos de lo que ve nos está hablando de algo que le concierne personalmente, como si él fuera uno de ellos disfrazado de universitario (con el desaliño machadiano, por cierto, según testigos) y como si su vida se decidiera en esos meses.

Escribiría después una novela, Muerte en la familia, por la que le dieron el Pulitzer póstumo. Murió de un infarto a los cuarenta y cinco en un taxi en Nueva York.

Puede que Elogiemos… sea un libro, en ciertos momentos, digamos, excesivo, pero creo que los defectos son el verdadero cofre secreto de un libro y también de este. Los libros perfectos son libros mediocres y aburridos. Una vez Borges dijo que la famosa novela de Bioy La invención de Morel era perfecta. Yo creo que Borges sabía que en ese adjetivo (aplicado a la literatura) no todo era halago. La literatura es precisamente la consideración del defecto, del error. La literatura vendría a ser, es (perdón por la frase), la historia del error, de la desviación. Los errores que vencen, o los errores sinceros.

9/10/08

Hombres famosos


"Annie Mae contempla el techo y está cansada y soñolienta como si hubiera pasado la noche bajo un peso apenas soportable: y mientras mira en la oscuridad, junto a su marido, el techo se hace visible y, mirándola a los ojos, el peso del día. No ha pasado un solo día desde que era una muchacha sin sentir esta fatiga extrema, como un peso en todo el cuerpo, y no pasará nunca ninguno; y es de aquella especie que, por una cuestión glandular, parecen cansarse en lugar de renovarse con el sueño, y para la que el acto de levantarse es un dolor casi insoportable. Pero cuando el techo se hace visible ya no hay otro remedio y se retuerce para levantarse y se pone un vestido por la cabeza, cruza descalza el porche hasta la palangana, saca dos cucharones de agua del cubo, llena sus manos ahuecadas y hunde la cara en ellas, con un súbito estremecimiento que la obliga a enderezarse; se seca con el saco de harina partido que cuelga de un clavo; y ahora es capaz de estar viva, de trabajar:

Su primer trabajo es hacer fuego y cocer galletas, huevos, carne y café:"

Elogiemos ahora a hombres famosos, James Agee y Walker Evans, editorial Blacklist.

1/10/08

La ficción

Al hilo de los comentarios de C-D sobre la conveniencia /atractivo de la no ficción sobre la ficción saco dos citas de Cheever que para mí son verdad verdadera y resuelven la cuestión, creo.

(1) "La ficción debe competir con los reportajes de primera categoría. Si no puedes escribir una historia que se equipare con el relato objetivo de una batalla en las calles o de manifestaciones, entonces es que no puedes escribir una historia. Más vale que lo dejes. En muchos casos, la ficción no ha podido competir con éxito."

(2)"La ficción es experimentación; cuando deja de ser eso, deja de ser ficción. Uno nunca escribe una frase sin sentir que nunca se ha escrito de esa manera, y que puede que incluso la sustancia de la frase no se haya sentido nunca."

Las encontré hace algún tiempo en una entrevista para The Paris Review, y no pocas veces me vienen a la memoria cada vez que corrijo o valoro algo escrito por mí. Entonces veo que el problema ficción / no ficción es un falso problema, y que en el fondo se trata de otra cosa, como creer en que lo que uno escribe es cierto, haya o no sucedido en la realidad, y que nada tiene que ver con la verosimilitud. La verosimilitud me importa un bledo. Supongo que se trata de no escribir guiado por una rutina sobre lo que se supone que debería ser tal género o tal forma narrativa. Incluída la narrativa autobiográfica, que puede ser (y es muchas veces) muy mala y trillada y da esa impresión de impostación que parece más común de otros géneros.

La gran literatura no distingue entre ficción/ no ficción. ¿Hay acaso menos verdad en La metamorfosis que en Carta al padre? No lo creo. O yo no lo veo.

Por supuesto el problema parece que existe para algunos de los mejores escritores de por aquí (y de todas partes); sólo hay que ver la diferencia (¿de calidad? ¿de verdad?) entre la obra diarística (o ensayística) de algunos y la ficción, novelas, etcétera. Es como si las primeras las escribiera con la mano buena y las otras con la mano tonta. Unas por gusto y las otras por obligación. Se nota hasta en las primeras frases. Los ejemplos ya los conocéis.