27/6/08

Mi amiga friki y el escritor de best sellers (1)

La relación con mi amiga friki es un poco extraña. O no. Todo es extraño, o nada lo es, depende del momento. Apenas tengo nada en común con ella, pero nos llevamos bien, y lo más sorprendente; tenemos muchas cosas de las que hablar. Hay afinidades difíciles de explicar. ¿Por qué nos cae bien una persona? Más allá de la clase social, ideología (sea esto exactamente lo que sea), intereses o gustos, y equipo de fútbol al que uno sigue, algo misterioso convierte a unos individuos en candidatos adecuados para una charla agradable y a otros en sujetos a evitar.

Mi amiga friki es una entusiasta y también una vehemente y tenemos siempre mucho de lo que discutir, o acabamos siempre encontrando algo de lo que burlarnos entre carcajadas.

Emplea la palabra friki varias veces al día. Me habla de frikis que conoce, o todos los que conoce son un poco frikis, según ella. Yo creo que es friki de tanto usar la palabra, como otros son jodidos, guays, qué pacha o no obstantes o por consiguientes. Me dijo que cuando tenía edad de instituto se parecía físicamente a Urkel, el chaval aquel negro, alto y delgado, algo repelente, de gafas horteras y vestido de forma ridícula, con los pantalones por las canillas, que salía haciendo el gilipollas en una serie. Ahora no se parece nada a ese Urkel, gracias a una dieta equilibrada y un desarrollo hormonal eficiente. Pero con los años (es joven, mitad de la treintena) ha cogido algo de peso y se nota sobre todo: (1); en los brazos, que son, cerca del hombro, de gran diámetro: (2); en la cintura, dónde se ve (cuando lleva camisetas apretadas o el ombligo a la intemperie) un surco oscuro y profundo que divide la zona del abdomen en dos territorios, cruzando esta frontera justo por el ombligo, como el meridiano de Greenwich pasa por Greenwich: y (3); en los pechos, pues le han crecido de forma extraordinaria y se queja mucho de ellos, aunque destaquen tanto y en principio sean los candidatos principales al estudio obsesivo de algunos pares de ojos que pasan a su lado cada día. Es muy morena, casi azulado de tan negro el pelo, y aunque tiene alguna cana el peinado le da un aire juvenil y malvado que cuadra perfectamente con su personalidad. Es como si llevara un libro abierto sobre la cabeza, y le cae un flequillo muy largo que casi le tapa media cara. Destaca de su rostro un par de ojos saltones, casi siempre enrojecidos.

Habla muy rápido y a veces se traba la lengua y la saca exagerando una tartamudez, mientras repite la sílaba problemática. De carácter fuerte y del tipo no me toques las narices. Defiende lo suyo con rabia y sería el prototipo de persona que en un campo de concentración nazi encontraría la manera de sobrevivir como fuera, convenciendo a los guardias que se metieran ellos en la sala de frituras. No cree que la tristeza sea algo serio; eso de las depresiones le parecen gilipolleces, mamonerías; lo despacha con bah, bah, bah… como si dijera que con un par de bofetadas arregla las depresiones que se le pongan a tiro. Es tan del PP que cuando este partido la caga en unas elecciones la encuentro malhumorada y esquiva y me la imagino dándole una patada a un pedrusco enorme del cabreo que coge. Conoce a algunos políticos famosos (le viene de familia), y un día encontró a un ex-presidente de la Xunta por la calle y le pidió explicaciones por la derrota en unas municipales. Y el ex-presidente de la Xunta, que la conoce, se las dio. Rajoy no le acaba de convencer (le parece un poco meapilas), y en realidad ninguna de las alternativas que los periódicos ofrecen le entusiasma. Está últimamente un poco escéptica y prefiere hablar de otra cosa. Pero cualquiera vale con tal de que desaparezcan del mapa algunos. Porque odia a Zapatero y a Pepe Blanco, como personas (y es un odio natural, como el de los perros a los gatos), y sólo recordarlos se le hincha una vena en el cuello y fuma echando el humo con mucho disgusto, como si la existencia de tales individuos le afectase de forma muy personal. Contrae el labio superior en un gesto como de asco y el inferior parece el rompeolas contra el que choca el humo al salir, como disparado de un lanzallamas.

Le brillan los ojos cuando habla de sus libros, de lo que le gusta leer. Y lee mucho (se queda a veces hasta las tantas quemando córnea) pero casi siempre de lo mismo, y es un abismo que nos separa y que nos hace caer en burlas amistosas (o no) el uno del otro. Le va la ciencia ficción (de la más sumergida y de serie B, la menos conocida por sus bondades literarias), y fantasía, épica, ese tipo de tochos que narran culebrones en mundos pseudomedievales dónde tanto se encuentra uno a un dragón como a un batallón de enanos con superpoderes y las orejas en punta. Hay muchas batallas a garrote o espada, y en campo abierto, entre ejércitos de monstruos y feos en general, así como juramentos y traiciones y amores más o menos románticos, incestuosos y enfermizos. Habla tanto y con tanto entusiasmo de lo que lee que a la persona no inmunizada con sus vehemencias quizá le entren ganas de perderse en esos mundos, a ver si encuentra una décima parte de la felicidad que mi amiga friki lleva consigo vaya donde vaya.

Su estado natural es el entusiasmo, como ya dije, y dice diooooss… muchas veces, subrayando lo grave de un asunto, o lo sorprendente. Harry Potter le apasiona, y Tolkien, y ahora está muy pesada con una cosa que se llama Canción de hielo y fuego, y que es un bombazo y en el futuro, dice, va a ser el no va más. Sería como Un señor de los anillos pero para supuestos adultos. Y digo supuestos porque no lo leí; sé lo que me cuenta. Por volumen de papel estaríamos ante un En busca del tiempo perdido, pues el autor no parece tener freno y quizá tenga que sufrir un infarto cerebral o apoplejía para que le ponga el punto final a la cosa, que ya lleva varios volúmenes. Son varios libros que narran politiqueos y guerras y aventuras en tiempos de Maricastaña, con muchas espadas y muchos reyes y príncipes que se rebanan los cuellos entre sí y van de aquí para allá usurpando tronos, un poco como en el juego de las sillas.

Eso me cuenta.

Ayer, mientras tomaba algo en una terraza con mi amiga friki, pasó el escritor de best-sellers, al que conozco de vista. Mi amiga dijo: ¡Fulano!

Y él se paró en seco, giró la cabeza y acto seguido, con una sonrisa de tipo peligroso, corrió con los brazos abiertos y los labios en “o” directo a saludar a mi amiga y estamparle dos besos, uno en cada mejilla.

Se queda de pie porque tiene prisa. Lo miro. Me da la mano, un poco como muerta, aunque caliente y muy blancucha. Este tipo es el éxito andante. Es bajito. Un escritor de best-sellers de carne y hueso. Lleva dos, y aparte de pertenecer al género best-seller, quizá hayan sido best-sellers de verdad. Según mi amiga está forrado y sólo se dedica a parir best-sellers.

24/6/08

La otra selección española

Tan claro que sólo hay que pinchar aquí y leer; Orejudo en Público.

21/6/08

Síntomas

Tengo un pequeño diccionario de síntomas (Diccionario médico de signos y síntomas, del dr. Frederic Casas Gassó) y de alguna vez le echo un vistazo, para ponerle nombre a mis males, o posibles males, por si aparecen. Me encontré dos manías curiosas:
Grafomanía: Acto de escribir sin interrupción. Este tipo de alteración se acostumbra a ver en ciertos alienados y se acompaña de una exaltación de la propia personalidad.

Fonomanía: Manía consistente en la tendencia a cometer asesinatos.

No es por nada, pero hay definiciones (y eso que está escrito de forma bastante chapucera) que son poesía; Veáse:
Pus: Exudado patológico líquido, turbio y opaco que aparece tras una inflamación aguda o crónica. Está constituido por glóbulos de pus (piocitos), leucocitos y otras células de tejidos más o menos degenerados, así como por microorganismos.

18/6/08

Notas de un observador

Me gustó más “Cultivos” que “Vacaciones baratas en la miseria de los demás”. Ambas forman parte del ciclo “Piezas de resistencia”, que podría decirse que son libros que calcan un cuaderno de notas, con toda la frescura y el quémásda de un cuaderno de notas. Cosas más o menos breves. Memorias, diario, algo de ensayo. Piezas anotadas mientras se espera el autobús, o se calienta la leche, o acaban los anuncios. También un libro que trata de cómo se construye el libro; este libro y el libro fracasado. Todo escritor tiene una decena, una centena, de libros fracasados. La historia de un libro fracasado.

En una entrevista a Lobo Antunes recuerda el portugués la frase de Manoel de Melo cuando le preguntaron de qué trataba su libro; “El libro trata de lo que está escrito en él”.

Lo que más me gusta del libro Julián Rodríguez es a lo que apunta. No tanto a la forma (es lo de menos) como a la manera de encarar la narración, sin intermediarios digamos novelísticos. No es que invente nada (en realidad nadie inventa nada, sino recuérdese la definición de limpiar de Allan Kaprow, el inventor del happening: “Limpiar es desplazar la suciedad de una parte a otra; la suciedad nunca desaparece, sólo cambia de sitio”), no es que deslumbre por original lo que propone, ni creo que lo pretenda, pero participa en esa otra visión de la literatura que es evitar los artefactos ficcionales clásicos, o empleados con una recurrencia que aburre a las ovejas (esa distancia artificiosa que pretende ser verosímil y produce un poco de vergüenza en el lector algo leído). Y se va por lo que es siempre la literatura, personas contándose a sí mismos o a otros, con más o menos sentimiento y hondura. Encontramos; apuntes de infancia (lo que más me gusta), reflexión sobre el rural (muy presente en este libro, el rural extremeño) y recuerdo a cierta literatura realista, un fondo de preocupación por lo social, y alguna confesión literaria (“A mediados de los años ochenta, Samuel Beckett era mi dios y Thomas Bernhard y Peter Handke sus apóstoles.”) y alguna menos literaria (“…también me canso de mí mismo”).

Tiene gracia un libro que en una página lo mismo te habla de los Stooges y la Sun Ra Arkestra y en la siguiente de una casa familiar en Las Hurdes, del trabajo en el campo, del sofá de escay y un padre durmiendo la siesta en verano. “Soy tan sólo un observador”, dice en la página 131.

Vergüenza

Eso; vergüenza. No sólo la derecha; el PSOE también votó a favor. Como se dice la letra de Dylan en Hurricane (1975);
"How can the life of such a man/ Be in the palm of some fool's hand?" (¿Como puede la vida de una persona /estar en manos de unos idiotas?)

16/6/08

Pactos

Aun siendo tan pequeña ya es capaz de pactar. A su manera. Vive en un presente absoluto (esto hasta lo recuerdo yo), y el después es algo tan lejano como puede ser para mí la jubilación o la residencia de ancianos. Si algo se hace después, da igual lo horrible que pueda ser (por ejemplo, beber suero por la nariz para desalojar los mocos), acepta el mal trago mientras eso se haga después. Es la palabra mágica. O quizá espera que después pueda negociar otro después, y así eternamente.

Promete esta vez que el odiado suero entrara por su diminuta nariz sin que ella ofrezca ningún tipo de resistencia, lo que sería tan nuevo como que volaran los cerdos y la selección española de fútbol pasara de Cuartos. Tampoco va a llorar, dice. La miro de cerca; parece convencida. Pero pone condiciones; será mamá la que le ayude. Está bien, da igual. Lo que no entiendo es lo que añade después; tú me agarras la cabeza. Y señala la parte de la cabeza por dónde prefiere que la agarre. Esto sí que es pactar.

12/6/08

Camba

Hace tiempo que me acordaba de una cita de Camba que tenía apuntada en alguna parte y no sabía dónde. Ahora que no sé por qué la quería la encuentro:
"No nos hagamos ilusiones. La literatura no es, como creen muchos literatos, una cosa tan grande y tan bella como el mar o como el cielo; a lo menos, la literatura que hace todo el mundo. Es una mala manera de ganarse la vida, y nada más."

11/6/08

Un recuerdo

Como si de una lápida virtual se tratase continuaron llegando comentarios de recuerdo en la entrada que le dediqué al amigo que perdimos hace un año casi. Era Manolo. Escribí en aquel momento algo bastante sentido porque fue un golpe todo aquello, y también porque pasados unos días no había ni una sola noticia, ni una sola página que recordara a esta persona. Ni en el mundo real ni en el virtual la reacción fue ágil; quizá debido al tabú que sigue representando una muerte buscada hubo un silencio extraño en torno a él. Como si nunca hubiera existido, como si uno de los más sobresalientes clarinetistas de España no hubiese pisado este planeta. Sólo pasadas unas semanas fueron apareciendo recuerdos más o menos oficiales. Claro que no lo olvidamos. La vida sigue pero el recuerdo queda. Y el dolor, sobre todo para su familia. Lo único que queda de alguien. Hace unos días sus hermanas recordaban en el último comentario que el día 6 de junio hubiera cumplido años: “NOS ACORDAMOS MUCHO DE ÉL, POR QUE TODAVIA NO NOS LO PODEMOS CREER, YA QUE HACE CASI UN AÑO DE LA PEOR NOTICIA DE NUESTRAS VIDAS.”

Ayer, leyendo un libro de Ryunosuke Akutagawa encontré la “Carta a un viejo amigo” que escribe antes de suicidarse en 1927. Akutagawa fue el que escribió Rashomon y En el bosque, en los que se basó la famosa película de Kurosawa.

Escribe: “El mundo en el que vivo es el de los nervios enfermos, lúcido como el hielo. Esta muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, la naturaleza me resulta más bella que nunca, por paradójico que parezca. He visto, amado y entendido más que otros. En eso al menos experimento cierta satisfacción, a pesar de todo el dolor que he tenido que soportar hasta el momento.”

5/6/08

Crónica de la carne

"Lo más blando bajo el cielo
domina a lo más duro bajo el cielo."
Lao Tse

Dentro de poco tengo que hacer la comida, aunque no tenga hambre, porque hay que comer y hay que hacer la comida, y cuando acabo de hacer todo lo que tenía que hacer esta mañana me siento aquí delante de un teclado negro al que se le cayeron las patas, la dos patas, o las cuatro patas, que ya no me acuerdo de cuántas eran, y para que la pulsación no suene a tambor sobre la mesa le puse debajo un cuaderno ya usado, de hojas muy oscuras, de papel muy grueso, como el de envolver embutidos en los supermercados de pueblo, o como el que usaban los carniceros y las pescaderas para hacer las cuentas.

¿Pescado o carne? Gran duda. Ayer, ni carne ni pescado, así que el pasado no me condiciona. El pescado tiene buen aspecto, se le ve sano, dentro de la muerte, claro; se ve que no murió de enfermedad y que estaba en lo mejor de la vida y aún no le sangran los ojos como a algunos cristos. Tampoco es uno de esos pescados de sofá, o de charca, o de residencia de ancianos para peces, aunque no están mal, a pesar de que hacen poco ejercicio, y son más baratos. Es como comerse a los presos de una cárcel, aunque presumiblemente sin los vicios que asolan a estos. La carne también tiene buen aspecto. En una bandejita y con plástico alrededor. Recuerdo la cara de fastidio que me puso ayer la que atendía la carnicería en el supermercado. Le dije filetes de ternera y ella cogió un trozo de carne grande como una cabeza y muy rojo, curtida del frío o del tiempo, o de todo, como si hubiera atravesado aquella carne las estepas rusas sobre un carromato y me dijo que esa era muy tierna (lo dijo sonriendo, como si ella misma se emocionara con la ternura de la carne) y la sacó del mostrador y mientras afilaba el cuchillo observé la carne que parecía que le habían pintado una cara quemada por el sol de lo encarnada que estaba, y me recordaba a una vieja prostituta repintada por una mano borracha o a un payaso muriéndose de sífilis y hasta veía el dolor en esa cara agrietada. La carnicera era joven y tenía una cara de niña crecida que no dejó de jugar a las muñecas, y afilaba su cuchillo como si estuviera peinando a la Barbi. Así que le dije; un momento, pare el carro… ¿Y esa? Era otro trozo de carne del mostrador más pequeño y con mucho mejor color, que parecía dormir una siesta relajado y no había nada tétrico en su aspecto y menos que recordase la muerte. Me dijo la mujer que esa era muy dura y que no había punto de comparación con la que me estaba a punto de cortar. Puso una cara así de asquillo, que sería la misma que puso cuando vio a su primer hombre desnudo. Entonces tuve ganas de decirle que a uno le gusta la carne así, dura, correosa, que disfruto masticando el bistec y que a veces me lo llevo en la boca como un chicle al trabajo, y que así saboreo todos los aromas y jugos que contiene y de paso ejercito las mandíbulas y me quito de fumar, definitivamente. No disimuló la mujer una cara de fastidio cuando le dije; esa, esa, esa, señalando la que me había enamorado, la otra, la alternativa a la montaña de costras que me quería encajar; lo dije una vez pero sonó, en esa otra dimensión en la que siempre se destacan las cosas importantes (y a veces ocultas a simple vista) y las personas se convierten en insectos para no ir a trabajar, en esa otra dimensión la palabra, esa, con el apoyo de mi dedo índice apuntando inequívocamente a aquel trozo glorioso, sonó con un eco que casi desgarra el corazón calculador de la carnicera: se le torcieron en cosa de segundos, dos o tres, una parte de los labios, hacia arriba, cercanas a una comisura, como si se los mordiera un poco, o como si los probara, y no fue una señal de tipo sexual que se le cruzó en el pensamiento y no fue capaz de reprimir, porque su mirada no contenía ninguna clave sexual, con los ojos casi escondidos bajo los párpados, un poco como si se mareara o padeciera un bajón de tensión. Y me cortó los filetes que quería.

1/6/08

El viejo triste

No sólo en el cine se da la sensación de encontrar falsísimo a alguien que de repente, de un fotograma a otro, ha envejecido. El pelo blanco lo vemos harinoso, las arrugas nos parecen de careta de goma, y todo nos lleva a sospechar casi sin querer de un maquillaje que no acaba de convencernos. Pero esa misma sensación tuve ayer en la realidad, y todo porque de repente es un anciano. Hacía años que no veía a ese señor; ya era calvo, pero ahora de esa calva demasiado abultada, de una cabeza con forma de melón, le salían dos peluquines a los lados, sobre las orejas, blancos y mal puestos. Sabemos que es su pelo porque nadie se pone dos peluquines para presumir de patillas. La frente es más ahuevada, y recuerda a un extraterrestre. Todo el rostro tiene unas arrugas más profundas. El buril del tiempo (a veces da un gusto escribir estas cosas tan horribles, como si nada importara, o todo valiera): el buril del tiempo va surcando las líneas casi imperceptibles de antes, dejando unas cunetas en la cara que forman el maquillaje de un payaso triste. Pero sonríe. Y los ojos encendidos, que es lo único que parece de verdad.

Se tambalea al caminar.