30/4/08

El oso

El balcón del hotel daba a un aparcamiento. Estaba casi vacío; solo dos coches, el suyo y otro. Una bolsa de supermercado, hinchada, remoloneaba por el aire, como una medusa de plástico. Pasaban muchos camiones por la carretera y el ruido sacudía las ventanas con pequeñas ondas expansivas. A lo lejos los campos secos y casi ondulados. A su espalda se abrió la puerta. Era alguien disfrazado de oso, que se quedó allí parado agarrando el pomo. Miró abajo; no tenía ninguna posibilidad. Pensó que al estamparse contra el suelo quedaría fijo como esos perfiles a tiza que deja la policía cuando el cadáver ya no está.

28/4/08

El discurso

Como después de comer tengo algo de tiempo le echo un vistazo al discurso de ingreso del joven Marías en la Academia. Los que me conocéis quizá sepáis que leo con más o menos gusto los artículos y alguno de sus relatos, pero siempre acabo dejando a un lado sus novelas, o las cato a trozos, por temporadas. Me pasa con algunas lecturas que me dan unas ganas insoportables de escribir, o de salir a pasear, o de echarme a la bebida. Me revuelvo en el asiento, me rasco una pierna, empiezo a hacer subrayados o anotaciones en los márgenes que nada tienen que ver casi con lo leído. Me pasa con las novelas de Marías y me pasa con alguna poesía y me pasaba con la ley del Procedimiento Administrativo cuando intentaba aprobar unas oposiciones, sin mucho convencimiento, la verdad.

Está bien el discurso. Y está bien la respuesta del profesor Rico (por cierto, qué guasa; "las novelas de JM están muy bien"), que para mí tenía su gracia en cierta época cuando alucinaba con ese artefacto literario que es el Lazarillo. Qué perrera cogí en su día con ese libro; lo mismo que ahora con Los Soprano, y al parecer el ilustre académico también. Se ve que le van los bajos fondos, como a uno. Pues resume así el discurso, don Francisco Rico, que es a los académicos lo que Baltasar Garzón a los jueces, un divo, aunque gracioso. Esto: “ JM ha empezado su discurso conuna confesión de humildad y lo ha acabado con una manifestación de arrogancia. El razonamiento,dejado en los huesos, viene a ser éste: contar la realidad es empresa imposible, porque toda realidad es infinitamente compleja, multiforme, y el lenguaje no llega a abarcarla por entero;precisamente por esa imposibilidad, sólo el autor de ficciones puede contar las cosas por entero,porque incluso cuando asume elementos reales las cosas no tienen más dimensión que el lenguaje y es el tránsito a la ficción lo que les da una realidad inalterable y permanente.”

Marías viene decir por lo tanto que no se puede contar nada (o el “no sé para que cuenta uno nada” de su trilogía), o que no se puede contar nada con pretensiones de ser realista o fiel a la realidad. O que sólo la ficción lo abarca todo y es la única de la que podemos fiarnos, por no buscar una falsa verdad, a todas luces, imposible de alcanzar. Etcétera. De ahí a la cita magnífica de Cioran hay un paso: “Yo sé que todo es irreal, pero no sé cómo probarlo”. Es cierto, empieza modesto Marías afirmando que “nuestra labor [de novelistas] no solamente es pueril, sino absurda, una especie de trampantojo, un embeleco, una ilusión, una entelequia y una pompa de jabón”, para acabar con esto: “Quizá sea tan sólo —y no es poco, bien mirado— porque, pese a todas las dificultades, las habidas y las por siempre haber, seguramente seamos los únicos que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así».

La próxima trilogía, pentalogía, sextalogía, o lo que sea, de Marías, quizá convierta a todos esos académicos en espías o terroristas o asesinos, todos un poco pedantes y plomizos, y quizá de esa guisa los saque para la posteridad, por saeculum seculorum. Amén.

27/4/08

Todos a la calle

Todo el mundo ha salido a la calle. De manga corta. Apenas se puede andar. Vamos oliendo todos los aromas, los buenos y caros y los humos de los coches y los sudores y el tabaco. Me sorprende; a unos metros de mí, diez o así, va una mujer con un cigarro en la mano y me llega su olor, como si estuviéramos en una habitación cerrada. Maniobramos para no chocarnos unos con otros, como robots un poco torpes. Estoy pendiente de que nadie pise a mi hija, que está con la cabeza en otros asuntos, como de los muñecos que a veces parecen dormir la mona en algún escaparate, o el agua de una fuente que salpica, o la estatua de un indio enorme de plástico con una bandeja en la puerta de una cafetería. Ella va pendiente de cosas interesantes y yo soy su guardaespaldas, que mira a todos lados para apartar el que la va a pisar, al que tiene demasiada prisa como si lo persiguiese la guardia civil y ya no ve ni dónde pone los pies, etcétera. Incluso me voy a comprar unas gafas de sol, para hacer meterme más en el papel de guardaespaldas. A veces se planta, ella.

No quiere darme la mano; le parece excesivo. Ella dice que ya es mayor (sí, lo es, casi tres años) y se sienta en la acera, como un vagabundo. Hombre, el famoso (aquí) escritor de novelas policíacas. Tiene mi edad y ya ha ganado el Xerais y pasa por delante de una librería y mira el escaparate. Lleva una mochila y un pitillo en la boca y va sin afeitar y sigue cuesta abajo, con dos piernas como unos paréntesis con vaqueros. Parece nervioso, como si tuviese un caso muy importante que resolver. Me gustaría ver una mano saliendo de la mochila, a poder ser con un pedrusco, de una vieja. Para tener algo que contar de él. No he leído nada suyo. Son portadas de espaguetis con tomate y cosas así que parecen hechas para atraer a los estudiantes, que pasan mucha hambre cuando se independizan. Espaguetis mirados muy de cerca, como con lupa, o con macro. Mi hija, que de forma natural ejercita su derecho a huelga (para que luego digan, el hombre por naturaleza parece marxista), no quiere moverse y sigo adelante. Al ver que me alejo se levanta rápido y corre.

Al correr mira al suelo y levanta mucho las piernas, como si tuviera muelles en los pies. Pienso que se va a caer pero no digo nada. Me aguanto las ganas.

25/4/08

You don't have to capisco niente

Es sorprendente la cantidad de palabras en japonés que provienen del inglés. Y lo rápido que se han instalado como única forma de denominar cosas que ya tenían su palabra. Supongo que desde la Segunda Guerra Mundial, antes incluso estarían prohibidas. De los tres sistemas de escritura que tiene el japonés (dos silabarios y el otro son caracteres de origen chino), uno de ellos se usa principalmente para escribir palabras de origen extranjero, y también onomatopeyas, que gusta mucho a los japoneses, tanto en el lenguaje hablado como en el escrito.

Cuando escucho, por ejemplo, hausu, por house, habiendo una palabra japonesa para denominar casa (uchi), o aisukurimu, de ice cream, o ki de key, supu de soup, hamu de ham, miruku de milk, tawa de tower, pantsu de pants, peepaa de paper, juusu de juice, tesuto de test, paati de party… no sabe uno si reír o llorar. Mi preferida es pairotto, de pilot. Es cierto que algunas de esas palabras son de productos que llegaron de fuera, que por lo tanto no tenían una palabra japonesa a mano, y tuvieron que buscar su palabra en el inglés, pero lo que veo, y lo que me dicen, es que cada vez la palabra inglesa japonizada (siempre una vocal al final), gana terreno a la antigua palabra japonesa.

La pureza de las lenguas siempre me ha dado bastante igual (además es como soplarle al viento), y más me vale teniendo en cuenta que en mi casa se mezclan a cada momento hasta tres idiomas (en la misma frase), pero no puedo evitar sentir cierto desprecio, o pena, por la docilidad con la que se acoge la palabra foránea por la del propio idioma. Al lado del japonés el castellano apenas tiene influencia del inglés. Quizá sea también que aquí el español medio en general es bastante impermeable al inglés. Lo mejor es encogerse de hombros.

"You don't have to capisco niente", que decía Erika Stucky.


23/4/08

Los secuestradores municipales

LA SENSACIÓN de asomarse a una ventana y ver cómo nos lleva la grúa municipal el coche no tiene precio, como en el anuncio. Desengancharlo, sí, eso sí tiene precio, y después la multa. Pues fue asomarme a una ventana y ver como se largaba una grúa con el coche de uno, que no le había hecho daño a nadie ni se había arrimado a otros formando dobles filas, ni invadiendo líneas amarillas o del color que fuesen. Se me pasó por la cabeza lanzarme desde la ventana del negociado para interceptar el rapto, a lo bruto. Con no poca preocupación y maldiciendo entre dientes bajé a toda pastilla por las escaleras, pasando ya de ascensores. Como estaba en un lugar muy civilizado algunos se me quedaban mirando, como si fuesen testigos de los extremos a los que llega el tormento interior en algunas personas.

Ya estaba a punto de entrar en la carretera la grúa con mi coche y salí con el brazo en alto y gritando. Pero fuera porque los secuestradores (que parecían del ayuntamiento) estaban en su pequeño mundo de coches mal aparcados, por autismo o por simple sordera combinada con un encogimiento de hombros, el caso es que se largaron y tuve que hacer un buen trecho a la carrera hasta que les di alcance, y a la altura de la cabina de la grúa, como cuando Superman se ponía a la par de un tren y saludaba a las damas. En este caso las damas eran dos tipos malencarados que miraban al frente y meneaban un poco sus cabezas con el traqueteo del vehículo. Hay que decir, en honor al realismo, que había mucho tráfico y la cosa iba bastante lenta. Les peté en la ventanilla y el municipal volvió en sí, pues parecía estar haciendo la ronda en un viaje astral. Se hicieron a un lado y negociamos; les di mi cartera, se dieron la vuelta y vi que los dos, el municipal y el conductor de la grúa, la desvalijaban en un periquete. Me devolvieron la cartera limpia y ligera, hasta sin monedas, que sólo me habían dejado unos céntimos que no daban ni para comprar sellos. El municipal me extendió la multa, que eran 120 euros, aunque me dijo que si iba al cajero y le sacaba la mitad la cosa quedaba en nada y todos en paz. Lo mandé a tomar por culo y vi como se reían los dos, cada uno metiéndose los dedos en la nariz con mucho regocijo, y cómo sacaron un cartón de vino Don Simón y bebieron salpicando mucho, como en las películas de vaqueros cuando achican whisky. El conductor de la grúa era mayor y parecía llevar una careta sonriente en el rostro, con un ojo suelto (como si se hubiese soltado del nervio) que giraba sobre sí mismo y era gris ceniza visto de cerca, que me fijé cuando le firmé el desenganche. Llevaba un mono de color sucio de taller y una camisa por debajo con el cuello reventado y achocolatado, del moreno del pescuezo que se le había pegado a la camisa. Parecía una de esas personas sin carácter que se juntaron con quién no deben y acaban por perderse. Quizá en otra vida paralela fuese Eduardo Punset, y entrevistase a grandes cerebros de la ciencia, y este en ese mundo paralelo fuese conductor de grúa quemado por la vida. El municipal ya era otra cosa, mucho peor; se recogía la pernera del pantalón por dentro de las botas militares y le llegaba la prenda muy por encima del ombligo, pues le quedaba un trozo de camisa breve y en forma de V, lo que hace sospechar de las muchas horas de esfuerzo en gimnasios aguantando pedos, efecto este (de estar cuadrado) que se destacaba por el chaleco fosforito y acolchado, como si lo acabasen de rescatar de un naufragio en alta mar. Me miró con cara de crispado mientras ordenaba al otro desengancharme el coche, y debió escupir al suelo unas quinientas veces. Era un aspersor de babas y poco le falto para darme alguna vez.

Después se fueron a por otro, justo en la zona dónde habían cogido el mío, pues en ese lugar no se podía aparcar hoy y no quisieron entrar en más explicaciones. Suerte que había tenido, me dijeron.

20/4/08

El idioma extraterrestre

ES volver a inquietarse con la lectura de una frase, de una palabra. En público, ante toda la clase. A finales del curso pasado leíamos como niños pequeños, que saltan de sílaba en sílaba y dejan un silencio en el medio, cortando una palabra en secciones. Ahora también, aunque uno se cree más sobrado y se confunde más, pues cree que ya no hace falta ir a las letras, sino que ya vienen ellas y nos indican lo que quieren decirnos y sobre todo cómo han de pronunciarse, y ya leemos casi de memoria, inventando un poco también. Y está la vergüenza de quedarse en blanco ante una letra, como el que no sabe que la v es la v, a estas alturas. Tú, lee, dice la profesora, con una sonrisa. Y leemos concentrándonos mucho y haciendo cálculos y memoria sobre si es o no es la que suponemos, tal o cual letra, al igual que en una rueda de reconocimiento. Van desfilando por delante perro, persona, grande, gordo, cielo, piedra, pie, y todas estas se confunden a veces y dónde es un pie leemos zoo y dónde es ropa leemos fiesta.

A todo el mundo se le pone un poco cara de carnero.

16/4/08

De Trapiello

Dice Trapiello, que se viste de chino para este último tomo de sus diarios ("chino leonés"), en el prólogo: "Soy un hombre melancólico. Se parece uno en eso a los funambulistas, a los domadores, a los enanos y demás paisanos de la nación circense. Como en los melancólicos, mi lengua es la ironía, y nada me consuela más de mi destino que ese lector que asegura haberse reído leyendo algo que he escrito. Es bueno, me digo, que el melancólico se mueva a risa".
Como ya sabréis se titula La manía, y teniendo en cuenta las ochocientas páginas del tomo, y a ello sumadas los otros centones que suman catorce tomos, podéis haceros una idea de a qué manía principalmente se refiere. Como siempre, se lee con gusto, sobre todo cuando apunta a las pequeñas cuitas diarias, en casa, en la carnicería, por la calle, y pasea su espejo allá donde va. Quizá menos cuando aparecen los rifirrafes literarios, que parecen verdaderas pijadas a veces, y que no merecen tantas páginas en mi opinión.
Ayer, antes de dormir, encontré un fragmento de lo que me parece el mejor tono de Trapiello. Es verdad que no hay muchos libros que muevan a la risa, y no me refiero a los llamados de humor, precisamente a esos no, que mueven más a las lágrimas que a otra cosa, pero en estos tomos diarísticos siempre he encontrado ese tono entre cervantino, solanesco y hasta quevedesco a veces, tan sincero y valiente y actual que cada año va uno más rápido al siguiente capítulo de esta novela en marcha para ver lo que hay de nuevo, o simplemente, para volver a lo mismo, que no es moco de pavo.

Copio el fragmento en el que quedé ayer, (página 489, La manía, editorial Pre-Textos, diciembre 2007):

"POR razones desconocidas, desconocidas al menos para mí, se le ha machacado a uno el ordenador el archivo donde había ido pasando a limpio el tomo correspondiente a 1996 de este diario (Las inclemencias del tiempo). No había tenido la precaución de sacar copia de ello. Tras una mañana de denodados esfuerzos y unas hechicerías verbales, el amigo X, informático, consiguió recuperar en lenguaje máquina un buen trozo, pero todo revuelto. El resultado podría compararse a lo siguiente: Alguien mete en un saco doce vasijas de barro, a continuación coge un martillo bien gordo y se dedica a pegarles golpes por todas partes, y cuando ha terminado mete una de esas palas pequeñas de chimenea y saca de esa quilma dos o tres paletadas de cascote, que tira a la basura. El resto se lo devuelve a uno y le dice, compóngalo.
Hacía ya años que no sentía uno ganas de ponerse a llorar delante del ordenador. Lo habría hecho como Nietzsche abrazado al percherón de Turín, aunque no me olvidé de propinarle un tanda de golpes brutales y patadas, por haberse conducido tan sin juicio.
Lleva uno dos días dedicado exclusivamente a recomponer algo de todo eso. Los fragmentos son de dos o tres líneas como mucho. Parece que estuviera descubriendo una civilización antigua, o descifrando un alfabeto desconocido, como Champollion."
¿A quién no le pasó algo parecido?

13/4/08

Yin y yang en la biblioteca

Una nueva biblioteca, al lado de San Francisco. Ya hace unas semanas que la inauguraron. Esta es del Estado. Ayer, como hacía frío y estábamos solos mi hija y yo, y ya no eran horas de columpiarse, decidimos acercarnos a ese nuevo templo de la cultura, por ahora casi vacío de tomos. Por fuera es la tradicional caja de cerillas acristalada. La puerta que da a la calle es antibalas, o está blindada, y además de pesar lo suyo cruje mucho y tiene uno la impresión de estar cargándose algo, de que nos caiga toda la albañilería en la cabeza. Ya dentro vimos una jauría humana solicitando carnets. Un tipo estaba muy rojo, con una vena gruesa en el cuello y preguntaba cuándo estaría listo su carnet. No entiendo la prisa, pues por ahora apenas hay libros. Son tres plantas con estanterías enormes y casi vacías. A veces cuatro libros que se sostenían unos a otros se caen, haciendo un ruido tétrico, como de guillotina.

Hay tres plantas. Se sube por unas escaleras al lado de los ventanales. La vista es bonita. A un lado San Francisco, que se deja querer más de lado que por la fachada, que parece más un trabajo de constructora desganada. También vemos el campus sur y al fondo, en lo alto de un monte que tiene la ciudad a sus pies, la casa del presidente de la Xunta, es decir, la Moncloa de aquí. Es una casa bajita, como si le pusieran unas ventanas a la cima del monte. Casi nos da la impresión de que salen unas metralletas de esas ventanas, como si fuese una trinchera. Entramos en la planta infantil. Es grande; al fondo las mesas y sillas diminutas con unos anaqueles a poca altura con tomos desiguales. Está la típica señora de biblioteca infantil, con dos criaturas, y la cara de gozo indisimulable, pues piensa que todo es gratis y va de una a otra estantería tocándolo todo. Lleva unos pantalones bombachos y una chaqueta a juego y una camisa con muchos vuelos en el cuello, como si se fuese a limpiar con los flecos los mocos, o a sus hijos el círculo de nocilla que tienen alrededor de la boca. Está rellenita y taconea todo el recinto con las manos en los bolsillos, como desfilando. La bibliotecaria tiene cara de malas pulgas y está delante del ordenador. Cada quince segundos suena altísimo en toda la sala ese sonido a mosca frita de Windows que sale con los mensajes de error, el programa no se puede abrir, el explorador la ha cagado, etc… M. coge un cuento, va corriendo a una mesa, se sienta, me llama y lo miramos juntos. Algunos son para niños muy pequeños y entonces ella me los explica a mí. Me da cierto reparo sentarme en esas sillas enanas pero veo que la señora, con más kilos que uno, se sienta, así que me dejo de dudas.

Después de repasar la literatura infantil subimos a la planta de adultos. Las estanterías se ven muy vacías, como un supermercado cubano. Voy mirando los libros y ella va corriendo por los pasillos y tirándose por los suelos. En un momento la veo arrastrándose por el suelo, como una culebra. Le digo que se levante, pero se ríe, y pienso que la voy a bañar dentro de un rato y que no parecen muy sucios estos suelos recién estrenados. En la planta de investigadores hay unas chicas con las manos apoyadas en la cabeza, muy aburridas delante de unos papeles. Seguramente están enamoradas. Hay un señor que parece que está roncando sobre una enciclopedia, pero debe estar leyendo, o más bien estudiando una letra de cerca. Una señora de pelo corto nos mira con cara de pocos amigos, pero no sé porqué si no hacemos ruido. Miro sus papeles sin disimulo, para fastidiarla un poquito, y veo unos dibujos en los márgenes muy repasados, el yin y el yang por todas partes y tréboles y cosas de esas muy mágicas y supongo que ningún culote en los papeles de una mujer tan estirada. Ella es el yin y nosotros somos el yang.

A la salida nos encontramos a una empleada fumando ante la puerta. Nos ponemos las cazadoras.

9/4/08

A la luz de la pantalla


As noites de inverno soio son boas para os trasgos, para as meigas, para os lobos… E para quen escoita contos de medo sentindo rombalo vento.”

(Á lus do candil, Anxel Fole, ed. Galaxia, 8ª edición, 1989)

Una de las mayores calamidades que le suceden a alguien al hacerse adulto es perder el miedo a lo desconocido. Se la refanfinflan a uno los fantasmas, los niños videntes y las casas encantadas, las brujas con verruga y escoba, y los males de ojo y maldiciones en general. El miedo a lo desconocido se cambia por el miedo a lo conocido, a lo tangible. Una pena. Tangibles son las facturas, los jefes, las enfermedades, que el equipo de uno baje a segunda división (y si está en segunda que baje a tercera, y así sucesivamente), y hasta la soledad. La soledad es temor muy palpable también; o es palpar aire, es estar rodado de aires por todas partes. Es no encontrar cosas vivas y más o menos mullidas que abrazar o escuchar o aburrir o a las que contar chistes. Es otro miedo, de los sin misterio.

Envidio a esas personas que parecen creer en voces del más allá, en fantasmas cabreados, en manchas de humedad figurativas. No es que uno sea más valiente (estoy por confesar que todo lo contrario), pero de alguna manera una vez que nos convencemos de que Papa Noel y los Reyes Magos son una conspiración bienintencionada de nuestros padres ya es difícil dar marcha atrás y volver a creer. Pues eso. Y lo mismo con todo lo demás. Lo que no es ciencia es folclore, y el folclore ya sólo interesa a los antropólogos, que estudian la tradición brujeril con la misma escrupulosidad científica con la que desarrollan una teoría del cocido. Uno ya no cree que un extraterrestre tome posesión de su cuerpo, como nos hacía creer Lovecraft; desconfía de los niveles de noradrenalina, de la resaca, de las patillas para la tos que nos sientan mal, o del estrés, que dirá el médico de cabecera (o un virus o estrés, he ahí la cuestión), y si oímos voces que nos amenazan y no hay nadie cerca ya no piensa uno en un fantasma que se aparece para reclamar viejos pleitos inconclusos. No, mira uno su móvil pues seguramente tenemos a alguien esperando y se nos ha ido el santo al cielo. Ya no le asaltan a uno ideas sospechosas sobre ese sonido que parece venir del pasillo estando solos, y que no es otra cosa que el vecino haciendo gárgaras en el baño porque las paredes son de papel y parece que vive con nosotros y hasta que duerme con nosotros, pues lo oímos roncar como si durmiese dentro de nuestra oreja. Puede que la tecnología haya acabado con todo esos misterios. Los fantasmas son historia, o lo que es peor, humor.

Cada vez está más difícil creer en que al morir iremos por ahí acojonando a los vivos, y la verdad, como decepción no es de las pequeñas. De enano siempre insistí en que no me incinerasen (hablábamos de asuntos importantes en la cena), por si se daba la posibilidad de renacer hecho un zombi. Me parecía una medida precipitada, pero ya no creo que valga la pena pudrirse poco a poco. Suena tan remoto eso de despertarse en el nicho y caminar por ahí masticando vivos. Hasta el último rincón de las ciudades está iluminado (ya casi no existe la noche, y la luna es un adorno), y la televisión y el ruido de las calles y en las casas (nada más entrar ya encendemos un aparato que haga ruido, sea la tele, la radio) digamos que extinguieron todas las condiciones para que se den todo esos temores irracionales de antes. El silencio que ya no existe, la luz de laboratorio que toda casa tiene, intensa y blanca, sin margen para las sombras y los recovecos oscuros, dejaron toda esa parafernalia del misterio en asuntos más cómicos que terroríficos. Iker Jiménez es un humorista como Chiquito o Chikilicuatre, o mejor dicho, un humorista mucho más efectivo que estos dos, sin ánimo de menospreciar a nadie. Conozco gente que llora de risa con el tipo, y me incluyo entre ellos cuando me cuadra verlo.

En Galicia la literatura (en los mejores casos los clásicos no son otra cosa que la transcripción maestra de los relatos orales que unos paisanos contaban alrededor del fuego por la noche), ha tenido muy presente todos estos temas que brotaban de la sesera de la gente del campo. La imaginación, que funcionaba demasiado bien en ciertas circunstancias, pero tenían que darse estas circunstancias. Las condiciones eran todo lo contrario que ahora, y propicias al desarrollo de terrores misteriosos; oscuridad, esos caminos por el monte y la casas sin luz, y un poco de ignorancia científica, y el silencio, sólo roto por el crepitar del fuego y la voz de alguien empezando una historia.

3/4/08

Policía


Acabo de encontrar una cita que tenía apuntada de Marguerite Duras, y que viene al caso con lo que comentaba ayer:
"Creo que lo que reprocho a los libros, en general, es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía."

(Escribir, Tusquets)

2/4/08

Corregir; ¿hasta dónde?

Hay que corregir, se dice. Leo a un autor famoso, digamos, por las limpiezas de cutis en sus relatos. “Y que, cuando termine, tendré que elegir, pulir, recortar, cambiar, barnizar cada una de las palabras que configurarán la descripción de esta última imagen.” Eso dice el autor de estos relatos en uno de ellos. El problema, o así lo ve uno, es que en algunos autores (quizá en este también), vemos más la mano que corrige que la que escribe, la mano que tacha y calcula dándose demasiada importancia. Es una mano demasiado lista, o que se cree muy lista, y que deja un olor a reloj suizo en todo. Marca las horas a la perfección y es muy bonito. A su lado la mano que escribe parece la tonta del pueblo. Apenas la entrevemos por debajo de todo el bailoteo de la correctora. Y tenemos la impresión de que es la tonta del pueblo la que nos quería contar alguna cosa y a la que queríamos oír, o más bien, leer.

Vila-Matas en el prologo cita a Monterroso; “yo no escribo, yo corrijo.” Y a Delacroix, que dijo que había dos cosas que debíamos aprender con la experiencia; “la primera es que hay que corregir mucho; la segunda es que no hay que corregir demasiado."

En algunos autores se nota más el truco, porque corregir es un truco necesario, para aligerar de repeticiones y facilitar la lectura y el entendimiento de lo que se cuenta. Para acercar el significante al significado. Pero de tanto ir a la fuente acaba rompiendo el botijo, tengámoslo en cuenta. En algunos autores salta a la vista este demasiado pulido de los suelos; el truco, en ellos, es de mago de verbena; como el que baja la intensidad de las luces en la habitación para que a fuerza de no ver un carajo la cachonda se deje conquistar sin saber muy bien si tienen delante al monstruo de las galletas, a King Kong, o al feo de los hermanos Calatrava.