"Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.
Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.
El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.
En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.
Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande. "
Osvaldo Lamborghini, El niño proletario (pág. 56-57), Novelas y Cuentos, Editorial Sudamericana, 2003.
UN OSO polar con cara de enfermo mental peligroso (las ojeras muy pronunciadas y violetas, el gesto desquiciado y sobre todo, las garras arañando el aire) ataca a un niño vikingo. El crío está acorralado. Sorprendo a mi hija en el sofá tapándose la cara con las manos. Tiene miedo. Dice; No, no, no... Pero al mismo tiempo no deja de mirar. El oso es enorme y de repente se tambalea como un vaquero herido, un paso hacia delante, un paso hacia atrás. Tiene una flecha clavada en la espalda. Se cae al agua. El niño vikingo se ha salvado. El oso emerge furioso a la superficie y se arranca la flecha. Hace unos cuantos aspavientos cabreado y desaparece.
En la siguiente escena los vikingos comen y beben en el camarote del barco.
Había un teatro, un público “moderno”, y un señor con sombrero de vaquero que tocaría para ese público. El público fue acercándose a la taquilla; era muy barata la entrada, sobre todo con carnet de estudiante. Entre el público pocos tenían pinta de estudiantes (mucho pelo despeinado con canas, algunas prematuras, de tantas preocupaciones). Era una incógnita; el vaquero había sido rockero (más bien un punki), de los raros, de los muy leídos o muy traumatizados. De esos que tienen ratos de pasmo, como si algo, el alma o un grupo de neuronas o un chorrito de serotonina, los hubiese abandonado y los dejara en un estado catatónico muy proclive a expeler cosas tristes, absurdas, desgarradas, y algún que otro eructo.
Pero el del sombrero de vaquero ahora ya no llevaba su banda de ruidosos. Estaba pasando una etapa rara, decían los que saben. Se había cortado la melena y vestía un traje gris párroco bastante horrible, con las obligadas botas de chúpame-la-punta.
El teatro es pequeño; el del sombrero de vaquero parece un mundo en una casita de muñecas. Pero, ah, antes aparece un italiano, Fabrizio Modonese Palumbo, que con ese nombre tan literario y cojonudo se ha visto obligado a llamarse (r), tal cual. Para que a nadie se le olvide se tatúa su (r) en el cuello de camionero. Va muy mono; una camisita rosa remangada y unos pantalones con muchos bolsillos, para guardar todos las herramientas que usa para su música. Le sale de debajo de la boca una perilla gastada (de tanto mesársela) y muy larga, que contrasta con la brillantez de una cabeza sin un solo pelo. Tiene los ojos muy saltones, y al mirar de frente parece como si lo estuviesen electrocutando. Es un modesto hombre orquesta; la guitarra, el violín eléctrico, el atril (con el arco rasca el atril y salen unos sonidos raros, como si estuviesen follando dos grillos), y el consolador (que brilla mucho), sin duda alguna, la estrella de su actuación. El público, tan entendido, supo valorar el momentocon un aplauso y algún guau eufórico que se le escapó a más de uno. El efecto vibrador sobre las cuerdas provocó una orgía de sonidos que solo fue superada por el climax que se vivió al unir todos las secuencias grabadas anteriormente y provocar un caos auditivo difícilmente superado por cualquier combinación de ruidos de una ciudad. Cualquier gato dentro del motor de un Boeing encontraría más paz. El público agradeció que acabara rápido, 20 minutos, y después de una tímida reverencia se largó. Sólo volvió para recoger sus trastos (guitarra, violín, vibrador y demás).
Por fin el gran momento. Claro que después de Fabrizio, que así le seguirá llamando su madre, y no (r), teníamos en contra a todo nuestro sistema auditivo, incluida la oreja, que si la dejaran la veríamos cerrarse sobre sí misma como una almeja. Michael Gira, que así se llama el del sombrero de vaquero y traje gris predicador (el fundador de los Swans), salió y se quitó la americana y el sombrero, dejándolos sobre el estuche de la guitarra. No parecía que fuese a hacer uso de cosas raras; una guitarra acústica, una voz y el tacón de la bota izquierda.
Y con eso levitamos. No hubo un sólo momento en que nadie recordara que le picaba el culo. Sólo nos distrajo la atención una cabeza afeitada con unas gafas de pasta negra que la movía, la cabeza, como si tuviera un jodido muelle en el cuello. A veces, el pobre julai (que así fue definido más tarde por un amigo) levantaba las manos y hacía amagos de levantarse, como si sufriese el maldito baile de san Vito. Incluso en las canciones más introspectivas, cuando Michael Gira parecía apunto de pegarse un tiro, simulaba tocar una batería cerrando los ojos para imaginársela mejor. Si no fuese porque la calva no dejaba lugar a dudas juraría sobre la Biblia que llevaba un reproductor de Mp3 y escuchaba cualquier otra cosa con auriculares.
Lo importante, la música de Gira. Cantaba cada canción como si fuese la última de su vida, lo que no está mal, sobre todo si las canciones merecen la pena, como era el caso. Después del pobre Fabrizio, que quiere ser artista, es más fácil si cabe ver al que, ajeno a enredos (enchufables o no, afinados o desafinados, eso da igual), dice o canta lo suyo de verdad, sin importarle las poses ni parecer tan original.
Y lo dicho sobre el Gira de hoy vale para el de ayer. Un tío grande, en todos los sentidos.
(Aquí una versión de los Swans, el melenas es Gira, de una de las mejores canciones de todos los tiempos; Love will tear us apart, de Joy Division. Y abajo Gira el año pasado, en Nueva York).
Más bonito era el Che, con ese aire distraído y tan fotogénico de iluminado. Raúl Castro no quedará tan bien en estatua.
Decía hoy la viuda de Cabrera Infanteque Raúl Castro será el dictador más feo de toda la historia, y lo decía sin metáforas. Ese es feo, feo, ese no vale para un póster. Ahora que el viejo león de la selva le da el relevo, presumiblemente, a su hermano, todos los analistas, como resguardados tras unos matorrales, observan el movimiento con los prismáticos y se rascan las perillas dudando si eso será el fin de la revolución.
Habrá cambios, dicen, pero poco a poco, mejor hacer las cosas despacio pero bien hechas. El jabón puede esperar, la coca-cola puede esperar, el jarabe para la tos puede esperar, todo puede esperar, pues si se ha aguantado tanto tiempo sin jabón ni coca-cola ni jarabe para la tos, es que no hacen tanta falta como algunos suponen. Pero la revolución (la santa Revolución), si Raúl Castro, el feo, es elegido presidente del guirigay, está acabada. La revolución fueron las fotos del Che, tan mono él, y los discursos adormidera de Fidel, que causaban, según un amigo cubano, un efecto parecido a una resaca de ponche. En realidad toda Cuba es una resaca de ponche; ahora que Fidel está de baja los cubanos tienen a Suso de Toro, una de las estrellas del cartel de la Consellería de Cultura en la expedición a la isla. No saben lo que les espera.
Entre las vacas sagradas de la cultura gallega fueron algunos currantes que amenizaron los oídos del pueblo cubano, entre otras cosas, con el himno gallego, como se sabe, tan valorado allí. Son algunos de estos los que me cuentan:
— Y bien... ¿Cómo está Cuba?
— Desconchado, como suponíamos, pero alegre en apariencia. Ese optimismo casi biológico que les hace ver la botella medio llena aunque esté vacía.
Al parecer la miseria cubana es de otra naturaleza que la miseria de los países del este, los viejos satélites comunistas; en estos, además de caérseles el mundo encima tenían (tienen) el cielo nublado, y pocas cosas más deprimentes debe haber como esperar cuatro horas una cola para un par de huevos y pan, no poder cagarse en la madre del que le de a uno la gana y aún por encima que siempre esté el cielo nublado. En Cuba el cielo es azulísimo, el sol se cuela entre las ruinas que sean, mantiene a raya a las ratas, y así el cuerpo le pide a uno más encogerse de hombros que avinagrarse con el compañero Fidel.
Pero Raúl es más parco de palabras que su hermano y mucho más feo que el Che (como dijo Miriam, la viuda de Cabrera Infante). En realidad mucho más feo que cualquier otra persona. Incierto futuro para los cubanos, aunque peor de lo que están no se imagina uno cómo puede ser. Bueno, sí, podría llover.
"Soy argentino, desde hace mucho tiempo: padres, abuelos, bisabuelos; antes España por todos lados. Creo que desciendo de uno de los mayores o más grandes - que feo y obligatorio modo de calificación - pintores españoles, del cual heredé y he acrecentado una incapacidad completa para el dibujo, vista poderosa, pupilas de un inútil color azul, pues veo el mundo bajo los mismos colores que lo ven los de ojos negros y el agua es incolora para mí como para ellos, de modo que el que se tomó el trabajo de pintarme las pupilas - debe haber sido Dios - no previó, por esta vez, que yo sería torpe para utilizar adornos; o quizás estoy mirando por debajo de las pupilas como quien se levanta los anteojos a la frente; si esto me sucede sin saberlo no es extraño, pues recién a los cuarenta años he sabido que duermo del lado derecho. De que lado duerme usted, lector? Usted me contestará - Antes dormía de espaldas, pero ahora... - Cómo “ahora”? Ya se duerme usted en mi primera página? Déjeme hablar...- ¡Cómo “déjeme hablar”: ya quiere usted ser autor! Y bien, sinceramente, somos dos descontentos de lo que estamos: yo escribiendo, usted leyendo, y de buena gana nos intercambiaríamos. Soy un convencido de que jamás lograré escribir. Ahí está ese gran pensador que se me hizo odioso desde que quiso encerrarme en el duodécimo paréntesis de su primera página; salté el palito final cuando ya lo estaba parando él y me juré no leer. Pero no leer es algo así como un mutismo pasivo, escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leìdo tanto."
El problema no es que el contestador de un 902 (una compañía telefónica etcétera) sea una voz impersonal que no escucha y de una inflexibilidad risible, muy parodiable, aparte de cabreante, sino que una vez que conseguimos que nos atienda alguien, alguien de carne y hueso, encontremos esa misma impersonalidad hueca, esa misma inflexibilidad. Les presento al individuo binario; o cero o uno.
El individuo binario es muy amable: blanco o negro, norte o sur, cero o uno. No, mire, lo que sucede es que ni es blanco ni negro, sino un gris así nubarrón, y ni es norte ni sur exactamente. Con el ente binario hemos topado; no hay nada que hacer. Si el caso de uno no es cero ni uno, no hay solución (repito: NO HAY SOLUCIÓN), y los minutos pasan explicando el problema sin que el ente, comprensivo en apariencia, deje de repetir su consigna, una y otra vez, como si en realidad no hubiera escuchado nada. Es el momento en el que empezamos a sospechar que no estamos hablando con una persona, como creíamos, sino con otro contestador (la madre que los parió), uno quizá más avanzado, con algo más de vocabulario y acento argentino, pero empeñado en no salirse de la bipolaridad de ceros y unos, o mejor de dicho de cero y uno. Porque solo hay un cero, y solo hay un uno. Y no hay más.
Y lo peor de todo, lo que convierte la conversación, por llamarla de alguna manera, en delirante, es la voz de pito computerizado que tiende a poner el ente. Eso es lo que revienta a cualquiera con sangre y colesterol en las venas.
— Oiga, entiende lo que le digo... parece que no me escucha.
— Un momento por favor, estamos comprobando los datos en el sistema... Gracias por la espera.
Puede pasar un cuarto de hora, media hora, y a lo máximo a que hemos llegado es a que el ente cabrón nos informe que él no lleva esos asuntos y que hemos de llamar a otro teléfono. Es el mismo ente que nos atiende en un negociado cualquiera, es la famosa ventanilla de al lado y el vuelva usted mañana de Larra. Antes de que Kafka escribiese El proceso, donde como todos sabéis a un tipo lo detienen sin saber de qué se le acusa, ya Larra nos avisó de la escasa predisposición a comprender al prójimo y hacer algo por él. Pereza le llamó; no hacer algo por lo demás o por uno mismo. Usar las limitaciones de un puesto para no hacer nada.
Muchas interpretaciones se hicieron de esta obra concreta de Kafka, que si Dios, el Estado, sordo acusador de Josef K. lo condena sin razón y lo ejecuta, y todas son seguramente correctas (una interpretación es lo que tiene, que tanto vale para un roto como para un descosido), pero lo más sencillo y tangible es quedarse en que ese Estado es el individuo que lee el Marca cuando uno le cuenta que hubo un error en la declaración de la renta y que no puede ser que salga a pagar cuatro mil euros (primero paga usted y después se reclama), y se encoge de hombros y le manda a uno a otro departamento. Y el Estado es esa señora que compulsa copias sabiendo que tres meses después le llegará una carta al extranjero solicitando el documento correcto y no el que entregó, y tiene un plazo de diez días etcétera.
El Estado es ese señor con nombre y apellidos que es del Madrid o del Barça o del Ponferrada, que tiene dos hijos o tres o ninguno y le gusta la empanada de zamburiñas e ir a pescar los domingos o la lectura. Por ejemplo, Kafka.
Conclusión; suerte y al toro. Lo único que queda desearse, y ajustarse el casco como si fuéramos al frente.
“— ¡Vaya un barro que traen los pies! ¡Divino Jesús, cómo me han puesto los suelos!
Aquellos suelos limpios, encerados, lucientes, puros espejos donde ella se miraba, sus amores de vieja casera, acababan de ser bárbaramente profanados por nosotros. Me volví consternado para alcanzar todo el horror de mi sacrilegio, y la mirada de odio que hallé en los ojos de la mujeruca fue tal que sentí miedo.”
(Valle-Inclán, Sonata de invierno, Austral.)
Más que miedo, diría estupefacción. Entiendo que se persiga a un arbitro con un ladrillo, porque el equipo de uno se juega la liga o el ascenso, y ya se sabe que pocas cosas más importantes hay en la vida; entiendo que dos personas se tiren de los pelos en plena calle porque uno ha osado rozar, con su despiste cabrón (ya lo decía Freud, también en el error hay cierta voluntad), el coche del otro (el coche es sagrado, la mujer va después); y hasta entiendo que dos individuos luchen a muerte con unos machados, cual gladiadores romanos rurales, por un metro y medio de terreno que uno le ha comido al otro (la tierra es otro elemento sagrado tan bueno como los anteriores para morir por él, faltaría más).
Ahora, pasarse de la raya que las buenas maneras y el respeto al prójimo marca, porque uno no opina lo que otra persona, es signo inequívoco de colon irritable. Evitar el alcohol, los laxantes y nada de situaciones estresantes, mucho agua y a vivir que son dos días.
Antiguo cementerio de Bonaval; ahora es zona verde. Se ven los tejados de una parte de la ciudad tras la iglesia, más ocres y naranjas que nunca ahora que el sol esta a la altura de las chimeneas. Grupos, sobre todo de jóvenes extranjeros, tirados por el césped. Fuman, beben, hablan, ríen. Oigo portugués, inglés e italiano. Hay una italiana con gafas de culo de botella que grita mucho y se parece a Isabel Coixet. Me acuerdo de sus anuncios de compresas, quizá por lo mucho que los odiaba, aunque sus películas no son mucho mejores y duran bastante más. Un poco apartados unos tipos de pelo largo (cinco o seis) y con aspecto de estar muy cansados de la vida, parecen concentrados en algo. Observan lo que alguno tiene entre manos y me miran al acercarme. Intuyo que se están haciendo un porro, con los cinco sentidos puestos en ello, como si más que un porro fuese una bomba. Al pasar echo un ojo y veo que están jugando al ajedrez. El que estaba de espaldas se toca los pelos de una perilla muy larga con la que podría hacerse unas trencitas y sin duda está pensando cosas terribles sobre cómo eliminar del mapa al rey, o en su defecto a la reina.
TIENE UNA ENFERMEDAD degenerativa (observo cada pocas semanas el avance del deterioro físico, apenas puede caminar sin ayuda de muletas, casi ni mantenerse de pie) y es un fanático de la Segunda Guerra Mundial, me cuenta su mujer. No la Guerra civil, ni la Primera Gran Guerra; a él le fascina la Segunda.
Cuando lo veo le pregunto qué tal está. Me contesta siempre que bien. Y después, como si la respuesta le hubiese quedado demasiado optimista, se corrige un poco; Bueno, vamos tirando, ya ve, y se señala. Un día hablamos de Baroja. Él le llamaba don Pío (don Pío esto, don Pío lo otro) y le perdonaba todos los pecados. Parecía estar hablando de un santo.
Se pasa el día leyendo, y esperando.
EXAGERABA AYER el tema del miedo a los perros, de forma un tanto “bestia”, dejándome llevar por el piloto automático de las frases. Miedo sí, algo, pero no estoy para encerrar, creo, al menos por ahora que aún tengo la ilusión de vivir libre como un gorrión. Es cierto que no quisiera tener perro en mi casa, y que no disfruto dejándome babar por esas lenguas tan simpáticas y fieles, y que apenas encuentro gusto en ver cómo corren a por un palo que uno ha tirado antes. Mi hermano es todo lo contrario en esto a uno; adora los perros, sobre todo al suyo, que es un bendito. El pobre animal (un labrador negro) siempre fue muy enfermizo, y cuando no es una alergia que le hace rascarse y sufrir los picores, es una indigestión o un virus que ha pillado y que lo tiene cabizbajo y dolorido y ausente.
En realidad siempre me han dado mucha pena, los perros, por eso no los soporto. Miro a uno de ellos a los ojos y veo a un ser desgraciado, un mueble con pelo y mirada triste.
ME LLAMAN por teléfono. Acaban de operar a B. Es muy joven; le detectaron unos “bultitos” en un ovario y ahora el cirujano encontró un panorama bastante más jodido de lo esperado. Ya no podrá ser madre. Me dicen; vamos a llevarle flores y le compramos también un libro. Un libro. Todos los que se me ocurren me parecen demasiado tristes. No parece haber libro que valga. Y me acuerdo de aquella frase de Baroja sobre los libros: “Socialmente, el hombre que es capaz de entretener y divertir con sus libros es un ser que produce un enorme beneficio al viejo, al enfermo, al que no puede salir de casa y se consuela leyendo.”
SOY UN POCO PARANOICO con los chuchos. No puedo evitarlo, como otros no pueden evitar meterse el dedo en la nariz en los semáforos, tirarse pedos silenciosos (o sonoros) en el autobús, o tallar corazones o nombres en todo tronco que encuentren. Todos tenemos nuestros defectos. Cuando veo un perro siempre estoy al loro por si me ataca, sobre todo cuando llevo de la mano a mi hija. He oído demasiados casos de chuchos lunáticos que destrozaban a un niño o a un adulto y además siempre los he temido.
Cuando me topo con uno lo reto con la mirada, y no le quito ojo, como si me estuviese apuntando con un arma. Si es perro grande y de aspecto algo asesino me imagino dándole una patada en la cabeza justo antes de que alcance a mi hija. Me veo acertándole en plena cabeza como si fuese una pelota, y con todas mis fuerzas. Me veo sacando de puerta o una falta en el último minuto en la final de la copa de Europa (Koeman), y veo la cabeza desprenderse del cuerpo y volar por los aires y caer lejos, botando dos o tres veces y manchando de sangre la calle o el parque. Veo el cuerpo desplomándose, como una bicicleta sin manillar, y quizá al dueño llevarse las manos a la cabeza, como si temiese él también quedarse sin la suya.
Como los chuchos son muy listos y nos huelen el pensamiento ninguno se ha atrevido a nada, y mi hija los saluda sonriendo y ellos y sus cabezas se quedan tan tranquilos, y la vida sigue y etcétera y así todo está bien.
Los cigarrones, al parecer, eran los ojeadores de grandes cacerías fundados por el Conde de Monterrei en el S. XVI. Ahora van por las calles asustando al personal que, quizá por instinto animal, los mira con cierto recelo, aunque sepan que debajo se esconden sus familiares, amigos y vecinos. O precisamente por eso.
Detrás llevan las chocas (o cencerros, en castellano) que anuncian en las calles la cercanía de un cigarrón e impresiona más que el látigo de cuero con el que amenazan y a veces utilizan sobre las carnes bien abrigadas de los paseantes y curiosos.
Aunque a primera vista todas las caretas parecen iguales no lo son. Los dientes más separados, la nariz más prominente, las cejas más o menos ladeadas... como la vida misma.
Aquí Amis, con aspecto de estar muy satisfecho con su sueldo.
"Hace poco, en una intervención que tuve en un museo, pregunté al público: “Que levante la mano quien se sienta moralmente superior a los talibanes”. Y más o menos un tercio de los presentes lo hizo. Si no te sientes moralmente superior a los talibanes, que arrojan ácido a la cara de las mujeres, que masacran a niños y perros por la calle, que encierran a sus esposas en sus casas; si no te sientes superior a eso, no te sientes superior por nada. Quien no alzó la mano también se sentía, en lo más profundo; pero esas cosas son las que no nos permite hacer la ortodoxia de esa piedad multicultural, esa pose. Ése es el ethos propio de The Guardian –un periódico en el que colaboro y que es estupendo, con firmas muy buenas–, pero en el que se cree que nadie con piel oscura puede hacer nada malo. Y si lo hacen es por nuestra culpa. Es la fuerza que va adquiriendo la corrección política, el relativismo en ciertas cosas. Creo que cualquier ideología lleva algo de violencia dentro, la engendran. O las religiones. ¿Qué son? Nada más que un sistema de creencias que se muestra posibilitado a responder cualquier cosa. Y no existe nada que tenga todas las respuestas, así que los que proponen eso lo convierten en delirio, irracionalidad. No puedes defender cada religión o cada ideología doctrinaria con sentido común, ni con racionalidad. Así que, en algún momento, necesitas los puños para hacerlo. Por eso se vuelven violentos; en cuanto consideras algo sagrado, te topas con violencia para defenderlo." (Martin Amis en el El País).
No emplearía el término moralmente superior, quizá porque eso es también ideología, aunque se disfrace de lo contrario. Es una reticencia de puro escepticismo, la mía, esa duda eterna que me acompaña. Un mariconada, quizá, en definitiva, y además en la entrevista Amis lo aclara un poco :"También debemos sentirnos moralmente superiores a quienes torturan en Abu Ghraib". ¿Se refiere entonces a una élite intelectual que está por encima de los tontos? ¿Quiénes son los superiores morales? Pero es difícil no caer en lo doctrinario, casi no hay remedio. Sea o no progreso esto que nos rodea no hay duda de que una sociedad teocrática es una putada para los que les toca padecerla. Benditas sociedades democráticas que nos dejan leer de todo y verle los hombros y las piernas a las mujeres.
Quizá el complejo y la resistencia a sentirme menos cabroncete moralmente hablando que mis vecinos de turbante sea por esa costumbra de los obispos, de sentirse con demasiada chulería tan moralmente superiores al resto de los mortales. Parecen perdonarnos la vida a toda la escoria pecadora que no pisa una iglesia (o no escucha una misa, que iglesias pisa uno algunas). Otro tanto los musulmanes desde sus mezquitas alfombradas.
Pero una cosa es ver el asunto en perspectiva, no ser un integrista del ateísmo, o mejor dicho, del laicismo, y otra no ver claro (y con rabia) que un talibán es un puto capullo degenerado (que un integrista me trae siempre el recuerdo del verso de Machado; Mala gente que camina y va apestando la tierra).
Y debería decirse clarito por aquí, sin ese miedo a no quedar muy progre y enrollado.
Toda una vida recuperando finales. Media vida viendo películas a medias y la otra media vida buscando los finales. Esto me lo contó desolado un matrimonio mayor. Nunca les daba tiempo a ver las películas en el cine enteras, ya que la hora que le marcaban a la chica para volver no les dejaba ver casi ningún final. Inflexible era el padre. Intentaban darme, supongo, una lección sobre el cumplimiento de las normas etcétera, teniendo en cuenta que uno era adolescente y novio de su única hija, la joya de la corona. Cosas de la edad. Me siento un poco igual ahora, buscando uno finales en esos libros que hemos leído hace mucho y que permanecen en ese limbo donde todo es algodonoso y unos ángeles tocan un arpa y la contemplación, la mera contemplación de un ojo triangular, es la repera. Un paraíso como otro cualquiera, ficticio y hermoso, vecino quizá de ese otro con setenta y pico vírgenes y comida en abundancia y vino y todos esos placeres que casi nadie tiene aquí abajo, ininterrumpidamente al menos.
El paraíso de los libros leídos y recordados es un poco como esos otros paraísos. Una entelequia, un refugio. Encontrar su final es volver a leerlos. O volver a leerlos es encontrarles un final, descabezarlos para siempre o dejarlos en ese limbo. Volver a ellos es volver a la realidad; muchos se van cayendo del santoral. Los que se quedan, los que resisten esa segunda o tercera vuelta, esos son los nuestros, los que valen, los que te acompañarán, viejo, cuando nadie hable a tu lado, cuando no puedas pegar ojo, cuando la tele explote harta de sí misma y de que cambiemos de canal todo el rato.
A veces creo que más que admirar un libro soñamos los días en el que lo leímos. Cuando vemos que todos esos recuerdos no vienen en el libro, cuando vemos que en el libro solo viene el libro, y es ahí cuando nos decepcionan. Ya digo, con otros el libro es suficiente. Hay uno que no he vuelto a coger desde que cayó en mis manos hará por lo menos quince años. Se trata de Molloy, de Beckett. Los dos que le siguen sí, de la trilogía, los he mirado después, y creo que son inferiores al primero.
Toda esa parafernalia de Beckett, el sinsentido de hacer caca cada día para volver a comer después, o viceversa, el absurdo de la vida en definitiva (vaya lugar común ahora), es poca cosa, es calderilla, que fue demasiado masticada y ya está más que digerida, aunque solo sea por hartazgo. Y excretada, supongo. Pero Molloy es otra cosa; es decir, es lo mismo de otra manera. Es como si no fuera tan consciente de lo que quiere decir, de ningún mensaje que dar. Es un absurdo dentro del absurdo, un paso anterior al asco intelectual, más artificioso. Más que un libro es un ardor indefinido, como leerse una de callos. Aquel sofá que ya es historia, ahí estaba uno, tieso como un maniquí, ante la ventana; leía sin entender un carajo dónde estaba y qué me estaba contando aquel irlandés. Y mi madre diciéndome:
— Quita los pies de la mesa.
Dios. Uno en un planeta extraño y ella pidiéndome que quitara los pies de encima de la mesa cada diez minutos. Mi madre no sabía que a su hijo lo estaban abduciendo unos fantasmas, unos entes microscópicos, unas manchas sobre el papel, como después, o antes, le pasaría a la niña aquella de Polstergeist con la nieve del televisor. Y no habría una vieja enana para sacarme de allí. Aquí sigo, no sé dónde. Por eso prefiero no volver a tocarlo, el libro. Y además ya no tengo aquella edición de Alianza, vieja; lo dejé y no he vuelto a verlo. Las ediciones de bolsillo de Alianza ahora son una porquería. La mejor definición de la obra de este irlandés la dio Cioran (otra vez Cioran): “Más de uno de sus páginas me parece un monólogo de después del final de algún período cósmico.”
Siento que mi madre va a entrar de un momento a otro y me va a decir:
— Quieres quitar los pies de la mesa, que ya me tienes harta.
Beckett pensativo, parece estar asistiendo a su propio entierro. El terror de las fiestas.