31/1/08

Rúa Patio de Madres


UN grupo de niños agarrados a la rejilla de un colegio gritan todos a la vez tratando de indicarle algo a un hombre que se agacha y mira bajo los coches aparcados. ¿Dónde? ¿dónde?, dice el hombre. Los niños, que rondan los cinco o seis años, berrean como locos y señala cada uno a un sitio. Me paro y me río del jolgorio y también bajo el espinazo (rodillas al suelo) ante un coche verde que ahora parece la clave del conflicto. Busccamos una pelota. Varias personas se paran y miran al suelo, entre las ruedas de los coches aparcados. Otros algo asustados esperan enterarse de lo que pasa.

No veo nada. Los mismos que me señalaban el coche verde gritan ahora algo que no entiendo. Están tan excitados que no puedo evitar reírme y dejar en manos del primer buscador la hazaña de encontrar el tesoro.

Después, cuando subo en coche por la misma calle, veo al tipo con una pelota blanca golpeándola como un portero. El balón pasa por encima de la verja y el revuelo de los críos desaparece al instante, aunque queda un rumor lejano, feliz.

La verdad es que es casi inevitable no ver en este grupo de enanos a una banda de gorriones alterados. Y me acuerdo de uno de los grandes pecados que Umbral le señalaba a Galdós, además de tener cara de billete de mil pesetas; haber comparado a los niños con pajaritos al salir de clase en la novela Miau. Le parecía insultantemente manido el símil.

Este es el principio señalado, una maravilla. Leer a Galdós pone de buen humor:

A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando. La furia insana con que se lanzan a los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que suelen causar a algún pacífico transeúnte, el delirio de la autonomía individual que a veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres...

Miau, Benito Pérez Galdós, Alianza editorial, 1997.

30/1/08

"Las cosas"

"Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían tenido el tacto, la discreción necesaria. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla. No se habrían vanagloriado de ella. La habrían respirado. Sus placeres habrían sido intensos. Les habrían gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir.
Estas cosas no son fáciles, al contrario. Para aquella pareja joven, que no era rica pero que deseaba serlo simplemente porque no era pobre, no existía situación más incómoda. No tenían más que lo que merecían tener. Soñando como soñaban con espacio, luz, silencio, eran devueltos a la realidad, ni siquiera tétrica, sino simplemente angosta -y era tal vez peor-, de su vivienda exigua, sus comidas diarias, sus vacaciones pobretonas. Era lo que correspondía a su situación económica, a su posición social. Era su realidad, y no tenían otra. Pero existían, al lado de ellos, en torno suyo, a lo largo de las calles por las que no podían andar, las ofertas falaces, y sin embargo tan cálidas, de los anticuarios, los tenderos, los libreros. Desde el Palais Royal hasta Saint-Germain, desde el Champde-Mars hasta el Étoile, desde el Luxenbourg hasta Montparnasse, desde la isla de Saint-Louis hasta el Marais, desde Les Ternes hasta la Opéra, desde la Madeleine hasta el parque Monceau, todo París era una tentación. Ansiaban sucumbir a ella, con embriaguez, enseguida y para siempre. Pero el horizonte de sus deseos estaba tenazmente cerrado; sus grandes sueños imposibles pertenecían al mundo de la utopía."

(Las cosas, George Perec, Anagrama, 1992, pág. 21-22)



Hace meses que está en un rincón de la mesa, este libro. Unas libretas, unos cedés, otros libros, algunos cables, un reposavasos de corcho. Estaba ahí, como esperando algo. Pero me confunde; no sé qué decir de él. No se desprecia fácilmente, no, tiene su miga. Lo leí en un aeropuerto, en un avión, en un autobús y lo terminé en mi cama, días después de un pequeño viaje. Me gustó, no me gustó, me volvió a gustar y al final me hartaba toda esa pátina sociológica que parece revestir la narración. Os odio, personajes, anda y que os den. Más que narración diríamos que es una descripción. Narración hay poca.

Quizá lo he dejado ahí, arrinconado en la mesa, esperando saber algo.

George Perec, sin duda, es uno de los mejores escritores de catálogos, porque eso es Las cosas, una descripción de todo lo que una pareja tiene, no tiene y quisiera tener, de lo que gusta y desprecia. Admito mi debilidad por los catálogos, las numeraciones, las listas. Es el deseo, lo que aquí se cuenta, en forma de algo tangible, una mercancía. Publicado en 1965 y es más actual que nunca, al menos aquí, donde se aprendió a consumir no hace tanto, es decir, a comprar no por necesidad (vaya vulgaridad) sino por deseo, por vicio, que quizá no lo es tanto; cosa más importante que estar bien con uno mismo, ser feliz en el cuerpo de uno, tal como uno se quiere, la identidad y todo eso de las marcas que nos fabrican un yo muy chulo, etcétera. Eso de ser y tener que ya son casi la misma cosa.

Las novelas sociológicas (entiendo por tales las que intenta explicar o describir una generación, un ambiente, etcétera) suelen estar hechas de una pasta muy mala, entre cemento gris y arenilla. Aburridas, y unos tochazos inmensos, arrojadizos, asesinos. Queriéndolo contar todo no cuentan nada y además no cuentan nada contándolo bastante mal. Es un libro extraño este; evita todos estos traumas y nos planta un retrato muy convincente. Tanto que a veces se acaba reconociendo uno y hasta jode un poco.

27/1/08

De narices


Pensamos tocándonos las narices, como si la exprimiéramos, a ver si gotea alguna idea.


Mientras nosotros envejecemos la nariz sigue creciendo, y creciendo...


De tanto meterse el dedo en la nariz a algunas personas les quedan los conductos muy abiertos y redondeados, como narices de cerdo, y da la impresión de que respiran demasiado bien y de que son peligrosos.


A veces nos sale un pelo de la nariz, como si hubiese crecido de la noche a la mañana. Si no lo cortamos rápido creeremos que cuando nos hablen nos miraran el pelo y no podremos concentrarnos en lo que dicen. Después, cuando lo intentamos cortar, en la soledad del baño, el pelo parece huir de la tijera, esquivando los tijeretazos con mucha habilidad. Acaba venciendo la estética y guillotinamos al rebelde, o al aristócrata, dependiendo de qué ventanuco de la napia sea el pelo. Acercamos la nariz al espejo para mirarnos bien, pues nos da la impresión de que otros pelos están planeando una jugada parecida e intentarán salirse del tiesto.

25/1/08

Primera plana

SALGO de una tienda. A mi lado alguien dice; tengo algunas fotos. Otro responde; necesitamos fotos, enséñame lo que tengas, veremos... Me suena la voz. Miro a la izquierda y veo al tipo que llevo al lado; ¡Coño! Pedro J. Ramírez, aquí. Habla mirando al frente. Parece muy seguro de a donde va. Tiene más prisa que yo. El otro individuo es un fulano muy bajito, con una cámara colgada y todo el equipo de fotógrafo, que habla mirando a Pedro Jota y hasta da la impresión de que camina de puntillas. Pedro Jota lleva gabardina, camina muy tieso y la coronilla la tiene pelada en perfecto círculo, como un monje. Parece una de esas calvas geométricas que los extraterrestres dejaron al aparcar sus naves candentes en terrenos cultivados de Gran Bretaña. Detrás, más tieso todavía, el guardaespaldas, que va a cuerpo, con un traje de raya diplomática, sin abrigo o gabardina y el pelo corto con muchas canas de tantas preocupaciones que tendrá.

Siempre he asociado a Pedro Jota con el personaje de Walter Matthau en Primera plana, esa película de Billy Wilder, una de mis preferidas y que debí ver media docena de veces. Supongo que hay de todo, el parecido físico, esa astucia rayana en la indecencia y la manipulación para ganar la partida, su partida. Todo un poco contribuye a que uno recuerde esa buenísima película y a aquel director de periódico sin escrúpulos que usaba todas las artimañas a su alcance para salirse con la suya.

Con Walter Matthau me rompía de risa. No se si Pedro Jota será tan gracioso.

23/1/08

Holmes y Watson


"Una anomalía en el carácter de mi amigo Sherlock Holmes que siempre me sorprendió era que, a pesar de que en su razonamiento se mostraba el más preciso y metódico de los mortales y vestía con cierto remilgo, en cuanto a sus hábitos personales era uno de los hombres más desordenados del mundo, capaz de volver loco a cualquiera que compartiera con él su casa. Y no es que yo sea demasiado convencional a ese respecto, pues la vida desordenada en Afganistán, unida a una tendencia natural por lo bohemio, han hecho de mí un ser bastante más descuidado de lo que corresponde a alguien que ejerce la medicina. Pero yo tengo un límite, y, cuando tropiezo con una persona que guarda los puros en el cubo del carbón, el tabaco en las babuchas persas y clava la correspondencia sin contestar con un cuchillo en la repisa de madera de su chimenea, comienzo a darme ciertos aires. Siempre he mantenido, además, que practicar con el revólver debía ser, claramente, un deporte exterior; de modo que, cuando Holmes, en uno de sus extraños estados de humor se sentaba en una butaca, empuñaba su revólver y con un centenar de cartuchos Boxer se dedicaba a agujerear la pared de enfrente con un patriótico V.R. a modo de decoración, no podía menos de pensar que ni la atmósfera ni el aspecto de nuestro cuarto salían beneficiados."

(Arthur Conan Doyle, El ritual de los Musgrave, Todo Sherlock Holmes, Cátedra, 2007)


He leído este párrafo una y otra vez como el niño que insiste siempre en que le lean el mismo cuento cada noche.

21/1/08

Conversaciones eternas

SUPONGO que a todos los que escriben un blog les pasa. De vez en cuando aparecen en el correo de uno comentarios a entradas que ya tienen meses, con títulos de los que ya ni se acuerda uno. ¿Cómo puede ser qué escribí alguna vez algo con semejante título? ¿De qué coño hablaría? El comentarista, normalmente anónimo o desconocido, continúa la tertulia de los comentarios como si esos meses fuesen un sueño, como si todo ese tiempo no hubiese pasado. Si hay partidas de ajedrez que duran meses también podría haber conversaciones que durasen meses, o años.

Y me parece que eso es lo que pasa. No solo en los blogs, quiero decir.

20/1/08

Manías

Si pudiésemos dictarle al ordenador escribiría por un tubo. A veces ni por levantarse del sillón. Cuando tengo un lápiz a mano escribo en los bordes de los libros. No son notas sobre el libro; son cosas que se le ocurren a uno leyendo el libro y que no vuelvo a ver delante. Paridas. Lo digo porque después vuelvo alguna vez a ojear algún libro y veo esa letra diminuta como fila de hormiguitas dando vueltas por los márgenes y leo y pienso; paridas, estoy como una cabra. Me da pena manchar los libros, pero no caigo en el prurito enfermo de alguna gente que observa con lupa el libro que se compran, por su tuviese algún rasguño, alguna huella dactilar. Que no son para comer, oiga. Hay gente nerviosa que se olvida de que todos nos vamos a pudrir y ni los libros nos salvarán. Pudrirse es ley de vida, o de muerte, y lo que hoy se compra uno sin un rasguño ni una huella dactilar mañana lo tendrá en sus manos un cerdo que acostumbra a meterse el dedo en la napia mientras lee y a leer mientras hace caca.

Todo el mundo tiene sus manías. Cuando vivía con otros estudiantes los libros rulaban de unas manos a otras. Así leí y descubrí cosas que después serían importantes para uno. Por ejemplo, Carver. Viví con un auténtico fanático de Carver. Cuando salía por las noches no pocas veces volvía a la mañana siguiente con alguna incauta que había caído en sus redes (las hipnotizaba) y un libro de Carver que la pobre había pagado para que el bendito lo analizara con ella en las próximas horas. Escuchaban aquellas chicas con paciencia infinita (y yo creo que algo aterrorizadas) las frases que resaltaba y explicaba a gritos como uno de esos locos que se suben a la banqueta en Hyde Park.

Del paso de los libros de unas manos a otras había un par de cosas que no soportaba; una, que un libro de tapas blandas lo doblasen como si fuera una revista; dos, que lo leyesen en el váter mientras cagaban. Ya se que no se limpiaban con el libro sus caquitas, pero me parecía una cerdada volver a tocar un libro que había asistido a la defecación. Miraba al ejemplar con un poco de pena y otro poco de asco.

19/1/08

El tipo de barba blanca

Cierto día de Marzo del año 2005 uno estaba en Narita, el aeropuerto internacional de Tokio. Volvía a Europa después de unas semanas oyendo japonés de la mañana a la noche. Ya casi me había acostumbrado a no entender nada de nada, incluso ya empezaba a familiarizarme con algunas combinaciones de sonidos. Lo que no consiga la costumbre... Mientras la familia deambulaba por las galerías comerciales infinitas observando con detenimiento platos de cera que imitaban a la perfección a sus homólogos comestibles, me fijé que alguna gente se acercaban a la baranda que daba a la planta inferior, una galería enorme donde se situaban las terminales. Señalaban abajo. Entre el montón de personas con sus carritos de maletas había un buen jaleo de fotógrafos y cámaras y curiosos rodeando a un barbudo de visera que se agitaba mucho y parecía estar de mal humor. No me hizo falta pronunciar a alguna oreja de los alrededores el Eskiusmi, ju-is-ji? inglés o el Sumimasen, dare-desuka japonés; Bobby Fisher escuché que alguien pronunciaba. Aquel barbudo era Bobby Fisher. Le había perdido la pista con algo que había dicho del atentado de las Torres Gemelas y me lo imaginaba en ese limbo de tarados de división de honor en el que muy de vez en cuando ingresa alguna celebridad. Una antesala, más bien puñetera, del que pasará de vivo a mito.

Hasta desde arriba veía a un tipo grande, poderoso, desgarbado. Una barba blanca que no le disminuía el aspecto de adolescente con artrosis que todo yanqui mayor suele tener. Recuerdo unas sandalias y los faldones de una camisa de tela vaquera saliendo por debajo del jersey. Después me enteraría que llevaba ocho meses detenido en Japón y temiendo ser deportado a EEUU, que lo querían cazar por jugar al ajedrez en Yugoslavia, cuando no se podía porque era época de genocidios, bombardeos y cosas así. En el momento que lo veía debía estar cagándose en el presidente de Japón al que llamaba criminal, etcétera. Con razón; a Japón le salieron tantos chapuceros corruptos como primeros ministros que ya parece un país latino. A Fisher le salvaron los islandeses que le proporcionaron la nacionalidad y la posibilidad de salir del país del sol naciente camino de otro lugar que no fuera la cárcel allá en su país de origen. Islandia, digamos, que lo adoptó, como esa profesora valiente y decidida que se crece con el alumno conflictivo.

Había ganado el campeonato del mundo de ajedrez en 1972 (en Reikiavick) contra Spassky, dejando a los soviéticos bien jodidos y en plena guerra fría, y sobre todo, más importante todavía, se había ganado a la afición, que veían en los ajedrecistas a unos tipos grises y aburridos que era difícil distinguir de las banquetas en las que sentaban a pensar.

Un cerebro humano, por fin. Un cerebro con sentimientos, lleno de miedos, de arrebatos. Un cerebro con cagalera a veces. El ajedrez se humanizaba. Después vendría Deep Blue, la tostadora ajedrecista. Me recuerda a Glen Gould, otro que también estaba en las alturas y que tuvo vértigos. Como diría el borrachín de Bukowski; “Qué fácil ser poeta y qué difícil ser hombre”.

15/1/08

Géneros

"Además del género policíaco, fantástico, erótico, rosa, de ciencia ficción, histórico, etcétera, existe otro género en la novela: el de las novelas literarias. En él se encuentran las mejores, pero la mayoría son malas. Este género es el más representado en los suplementos culturales y el que más daña la afición a la lectura." (Iñaki Uriarte, Clarín, Noviembre-Diciembre, pág. 19)

Que la mayoría son malas pasa con todos los géneros. Si acaso se lee peor una mala novela literaria que una mala novela policíaca. Sería lógico pensar que la novela literaria es el género más arriesgado, tanto que haría imposible hablar de un género, pero no van por ahí los tiros quizá. Los tiros suelen ser de fogueo, y hasta es bueno que así sea. Eso sí, es el menos artesanal de los géneros.

13/1/08

Persépolis, de Marjane Satrapi



No he visto la película. Al parecer hay una película y ganas de verla no me faltan, sobre todo sabiendo que la autora del cómic (¿novela gráfica? creo que le llaman) también está metida en el asunto y eso me inspira más confianza. Además es de animación, no saldrá alguien de carne y hueso arrugándose la cara todo el rato.

Me refiero a Persépolis, la obra de Marjane Satrapi, iraní ella. Y lo digo ya, para que se sepa por donde voy; este libro es buenísimo. No suelo leer cómics, quitando una infancia de mortadelos, zipi y zapes y algún que otro superman y spiderman nunca caí en las redes del género. Aunque antes se llamaban tebeos. No entro en definiciones porque me pierdo. Así como tengo amigos y saludados aficionados al cómic de una forma bastante seria, al manga japonés etcétera, uno nunca ha sentido una atracción especial por leer bocadillos y filipar con los dibujos. No es que sea un arte menor, no lo creo así, pero tenemos los días contados y bastante pesado y absurdo sería perder el tiempo viendo o leyendo algo que en realidad no le interesa a uno demasiado.

Persépolis es una novela gráfica, según leo, según se refiere a ella su autora. Para algunos esta mujer ha dado en el clavo creando algo diferente; “un nuevo género en el cual se funden la intimidad de la biografía, la ligereza del cómic y la carga política.” (Revista Letras Libres-Noviembre 2005). Leo también que ha gustado a personas que no suelen leer cómic; esto encaja con mi caso. He asaltado un regalo que le hicieron a mi mujer, que sí es más lectora de cómic y manga, llevado quizá por la curiosidad que me lanza por mil caminos, dispersándome de continuo, o quizá por el rojo de las tapas, como un abejorro en chándal y ocioso. Una vez que empiezas, como suelen decir las contraportadas de novelas baratillas de valor literario, ya no puedes parar. Y al acabar tienes ganas de conocer a Marjane, la autora, quizá porque el cómic es autobiográfico, quizá porque te gustan las morenas, quizá por todo un poco.

Y voy al grano del asunto; Irán, 1979, la revolución. Marjane tiene diez años, asiste a una escuela bilingüe y laica, pero todo eso se acabó, es decir, se prohibió; ni bilingüe, ni laica, ni escuela. Catecismo queda. Lo que iba a ser una revolución contra el Sha de tipo izquierdosa y democrática se acaba convirtiendo en una revolución islámica. Las malas compañías. Vemos que casi sin darse cuenta todo lo que les rodea se vuelve negro, el negro de las barbas (los “barbudos” del poder, los funcionarios, tipo Castro y compañía pero mirando a la Meca en lugar de a Moscú), el negro de los velos y los vestidos hasta los tobillos. Marjane viene de una familia de clase media alta ilustrada, progre y laica, que apoya la nueva revolución y que ven con horror como lo que creían sería un avance hacia la democracia se convierte en un infierno integrista. Pero no infierno maniqueo, de buenos y malos simples como sonajeros; no, un infierno de andar por casa, como son todos los infiernos, siempre a la vuelta de la esquina, con cabrones que en el fondo son seres humanos y seres humanos que en el fondo son muy cabrones; un poco a lo Berlanga y otro poco a lo Buñuel, entre la coña (cuando el absurdo ya no da más de sí) y un surrealismo cotidiano, como una broma pesada.

Narra Satrapi su infancia en un Irán fanático desde el poder, de pocas luces, y destapa el tópico de una población sometida y ultrarreligiosa. Para Satrapi la libertad verdadera está en el individuo, y ahí poco tienen que hacer finalmente los credos impuestos y las prohibiciones; claro que una erosión constante de esta fortaleza íntima, ese terreno último y quizá único de libertad, peligra con las barbaridades de un régimen dictatorial y teocrático, pero en el libro Satrapi insiste en separar esa imagen oficial de un Irán convencido y manso y tradicionalista de un Irán más rebelde y ajeno a las convenciones religiosas en su intimidad, en casa. Nos dice: “El tiempo iba pasando y cada vez me daba más cuenta del contraste entre la imagen oficial de mi país y la vida real de la gente, la que se vivía en privado.” Y en una entrevista: “"Persépolis sí nace de un cierto sentimiento de deuda con la historia de mi país. Porque si tengo medios de narrar y cosas que decir y no lo hago, no estoy cumpliendo con mi deber. No creo en el cambio como algo colectivo o de masas. Me aburre esa idea. Pero sí en el individuo. El individuo es lo más universal que existe, la base de la democracia y la libertad."

Infancia en Irán, adolescencia y juventud en Viena, con unos meses en los que llega a vivir en la calle, sin que lo sepan sus padres, y vuelta a Teherán. Está perdida, no sabe qué hacer, así que estudia Artes Gráficas. El libro acaba cuando Marjane se va otra vez a Europa (Estrasburgo y París), ya licenciada, ya casada y divorciada. Una vida completa, en apenas treinta años; revoluciones, guerras, riqueza, miseria, amores, desamores, intentos de suicidio, no falta nada.

Novela gráfica o lo que sea, cómic, hondo, emocionante, antifanático.El gobierno iraní se puso como una moto cuando en Cannes recibió el premio del jurado la película. Ahora, para volver lo tiene crudo. En una entrevista le preguntaron sobre eso: "No estoy segura de que sea un caso de 'no poder'. Digamos que me dijeron: 'regresa y te ejecutaremos'. Algunos ven como una obligación morir por tus principios. Pero si morir por tus principios funcionase, el mundo sería ya un paraíso, teniendo en cuenta los millones que han perecido por su ideología. Estoy feliz de morir por mis principios -pero muy, muy lentamente".

Y avisa, que nadie se crea que lo que cuenta el libro es totalmente ajeno a nosotros; "Pero el fundamentalismo se da cuando existe una visión monolítica del mundo, cuando cualquier cosa se enfrenta desde la emoción y se ofrecen respuestas simples a preguntas complejas. Y eso también se da en occidente."

Esto me suena de algo.

10/1/08

Los best-sellers y su fama de putas

Según algunos, las mesas de novedades presentan este aspecto.

Molestarse porque existen los best-sellers me parece ridículo. Como lo de la televisión, que si supura fango e ignorancia y silicona y bífidos activos; mientras la cosa no salpique tampoco hace falta indignarse tanto. Y si salpica... todo depende qué salpique. Más que un cabreo con la televisión veo un cabreo con uno mismo a posteriori, pues a pesar de lo que poco que hay que ver insiste el odiador en exponerse a los rayos catódicos (o más bien ahora al encandilamiento de los plasmas) como si fuera una maldición bíblica que no sabe uno cómo sacarse de encima. Un plasma, hasta es bonita la palabra; esas pantallas que dan ganas de bebérselas. Es entendible todo esto; tiene algo de manipuladora la cosa: es una tela de araña visual. Y más si uno va débil, con las fuerzas justas. Entonces se deja vencer; le dice uno al aparato maldito; haz lo que quieras conmigo, dame caca si quieres que yo me apaño.

Como perdida de tiempo hay pocas actividades, o pasividades, tan placenteras, pues hasta mirar por la ventana tiene algo de enriquecedor y de poético. Y para perder el tiempo de verdad hay procurarse el mejor sistema, el que menos produzca, y nada mejor que vegetar ante el televisor encendido. El mismo que se pone hecho un basilisco por el tema de la televisión suele abominar de todo libro catalogado como best-seller, ya un género más. Pero hay que diferenciar entre el best-seller nacido best-seller y el best-seller hecho a sí mismo. Hablo del primero, el que parece confeccionado siguiendo los pasos de un libro de recetas literarias, que es una forma lícita de fabricar libros y que en principio no hace daño a nadie por el mero hecho de existir.

Lo único malo que le ve uno a los best-sellers como fenómeno es que gastan demasiado papel. Si aún fuese reciclado daría hasta igual. Pero una cosa debe quedar clara; NADIE LEE UN BEST-SELLER. Nadie, ni siquiera el autor. Por gusto, al menos. Mucho menos, como es lógico, el que lo compra. Aunque hay gente para todo; habrá algún despistado que se lea, por ejemplo, la segunda parte de Los pilares de la tierra, o La catedral del mar. Pero esos son locos, insensatos, despistados en el mejor de los casos; esos libros no hay que leerlos, son para regalar, a uno mismo o a otro. Son libros para decorar, intercambiables en la estantería por una figurita de porcelana.

Un best-seller sería aquel libro que produce sus efectos beneficiosos sin necesidad de leerlo. A falta de religión creíble y de otros pegamentos sociales que me unan al vecino en una misma sociedad, que le hagan a uno formar parte de algo, un fenómeno social en forma de libro crea esa red de individuos que normalmente son puntos sin conexión, aislados. La televisión también sirve, pero el libro es más agradecido. Dormirá su sueño eterno en la estantería del salón y lucirá su lomo ante las visitas.

Por lo tanto no hay que rasgarse las vestiduras ante los más de 500.000 follets vendidos desde el 28 de diciembre. Más de kilo y medio de papel y cartón y un poco de plástico. Otra cosa es querer leérselo, pero esa, como digo, es una aspiración descabellada, y eso sí que debe cabrear.

Ande yo caliente y ríase la gente... Y además que estoy muy forrado. Cuánta envidia, cuántas almas escocidas... (Por cierto, soy Ken Follet, por si no lo sabíais)

6/1/08

¿Quienes son los Reyes Magos?

Como aquí todo vale hasta voy a pegar un trozo (pequeño, que nadie se asuste) del artículo de hoy de Juanito Goytisolo en El País. Imaginaos; mañana de domingo, cafetería de una gasolinera, café malo, algo de resaca, debilidad... caigo en las redes.

Nos da igual qué dice después, blablablá, blablablás de Goytisolo, pensemos en ello otro día o después de comer, con más fuerzas y más ánimo. O nunca. Nos quedamos con el primer párrafo:
"Yo nunca critico a mis enemigos porque a lo mejor aprenden", solía decir con ironía el cineasta Néstor Almendros y, al dar por supuesto que señalar a los amigos sus defectos y errores constituye a contrariis una prueba de afecto, el autor de Conducta impropia expresaba una gran verdad. En el campo político, por poner un ejemplo, la crítica útil a las causas que apoyamos no puede ser incondicional ni maniquea. A diferencia de los patriotas y exclusivistas de toda laya -aferrados a la intangibilidad de su credo religioso, nacionalista o ideológico-, el intelectual no debe ver ni pintar las cosas en blanco y negro.

¿A quién se refiere? ¿Dónde está esa gama de grises que reclama? No los veo por ninguna parte. Ese "intelectual" es un ente ficticio. El mismo blanco y negro que cuando de niño encendíamos la tele.

1/1/08

365 días

Alrededor de 365 días y cuarto que esta pelotita ahuevada y maltratada, según se nos recuerda a cada momento, tarda en dar una vuelta completa al sol. Aquí, apretados en algunos sitios, holgados y hasta solitarios en otros, vamos viviendo lo que nos toca o lo que nos da la gana, o una combinación de ambas. Un año da para mucho y para poco, depende en qué momento de la ciclotimia veamos la botella, pero es lo que hay y lo mejor es no andarse con muchas penas sobre lo que uno querría haber hecho y no hizo, sobre lo que uno hizo y no querría haber hecho. El 21 de diciembre empieza a aumentar en el hemisferio norte la duración de los días. Era el momento en el que aquellos señores de taparrabos que nos precedieron hace ya mucho rogaban a los dioses que tuvieran buena cuenta de sus cosechas. Empezaba la siembra y cualquier cosa podía pasar seis meses después; podía haber algo que recoger o no. Llegar a fin de año era motivo de alegría. Los hombres salían a cazar un mamut y lo arrastraban hasta el poblado con alegría y jolgorio, comentando los resultados de los últimos partidos del fútbol de la época, pues aunque se dice que el fútbol lo inventaron los ingleses en el siglo XIX ya en aquella época remota debía haber algo parecido que encendiera los corazones y los hiciera matarse entre ellos. Las mujeres preparaban las cosas para la noche (el feminismo aun no se había inventado), y las niñas jugaban a las cuevas y los niños aprendían a cazar entre ellos; uno hacía de mamut y los demás lo perseguían.

Por la noche algunos, los más jóvenes, se ponían sus mejores taparrabos y se emborrachaban saltando alrededor del fuego, haciendo mucho el indio toda la noche. Al día siguiente se despertaban con la boca pastosa y un dolor de cabeza insoportable. Otros en cambio pasaban el primer día del año, el domingo de los domingos, sentados en el porche de la cueva viendo llover y pensando en lo que daría de sí el año que empezaba. Las cosas siguen más o menos igual; uno puede ver llover y extasiarse con el silencio casi apocalíptico de las calles o encender la tele y ver los saltos de unos esquiadores que vuelan desde que uno tiene conciencia de sí mismo y de lo que le rodea. Aquellos saltos eran el nuevo año que comenzaba. Algunos buenas hostias se daban de vez en cuando, como muñecos de trapo, aunque siempre creí que antes de tocar suelo y fuera cual fuera la caída que tuvieran ya nadie les quitaría el placer de planear a esa altura sobre la nieve.