
No he visto la película. Al parecer hay una película y ganas de verla no me faltan, sobre todo sabiendo que la autora del cómic (¿novela gráfica? creo que le llaman) también está metida en el asunto y eso me inspira más confianza. Además es de animación, no saldrá alguien de carne y hueso arrugándose la cara todo el rato.
Me refiero a Persépolis, la obra de Marjane Satrapi, iraní ella. Y lo digo ya, para que se sepa por donde voy; este libro es buenísimo. No suelo leer cómics, quitando una infancia de mortadelos, zipi y zapes y algún que otro superman y spiderman nunca caí en las redes del género. Aunque antes se llamaban tebeos. No entro en definiciones porque me pierdo. Así como tengo amigos y saludados aficionados al cómic de una forma bastante seria, al manga japonés etcétera, uno nunca ha sentido una atracción especial por leer bocadillos y filipar con los dibujos. No es que sea un arte menor, no lo creo así, pero tenemos los días contados y bastante pesado y absurdo sería perder el tiempo viendo o leyendo algo que en realidad no le interesa a uno demasiado.
Persépolis es una novela gráfica, según leo, según se refiere a ella su autora. Para algunos esta mujer ha dado en el clavo creando algo diferente; “un nuevo género en el cual se funden la intimidad de la biografía, la ligereza del cómic y la carga política.” (Revista Letras Libres-Noviembre 2005). Leo también que ha gustado a personas que no suelen leer cómic; esto encaja con mi caso. He asaltado un regalo que le hicieron a mi mujer, que sí es más lectora de cómic y manga, llevado quizá por la curiosidad que me lanza por mil caminos, dispersándome de continuo, o quizá por el rojo de las tapas, como un abejorro en chándal y ocioso. Una vez que empiezas, como suelen decir las contraportadas de novelas baratillas de valor literario, ya no puedes parar. Y al acabar tienes ganas de conocer a Marjane, la autora, quizá porque el cómic es autobiográfico, quizá porque te gustan las morenas, quizá por todo un poco.
Y voy al grano del asunto; Irán, 1979, la revolución. Marjane tiene diez años, asiste a una escuela bilingüe y laica, pero todo eso se acabó, es decir, se prohibió; ni bilingüe, ni laica, ni escuela. Catecismo queda. Lo que iba a ser una revolución contra el Sha de tipo izquierdosa y democrática se acaba convirtiendo en una revolución islámica. Las malas compañías. Vemos que casi sin darse cuenta todo lo que les rodea se vuelve negro, el negro de las barbas (los “barbudos” del poder, los funcionarios, tipo Castro y compañía pero mirando a la Meca en lugar de a Moscú), el negro de los velos y los vestidos hasta los tobillos. Marjane viene de una familia de clase media alta ilustrada, progre y laica, que apoya la nueva revolución y que ven con horror como lo que creían sería un avance hacia la democracia se convierte en un infierno integrista. Pero no infierno maniqueo, de buenos y malos simples como sonajeros; no, un infierno de andar por casa, como son todos los infiernos, siempre a la vuelta de la esquina, con cabrones que en el fondo son seres humanos y seres humanos que en el fondo son muy cabrones; un poco a lo Berlanga y otro poco a lo Buñuel, entre la coña (cuando el absurdo ya no da más de sí) y un surrealismo cotidiano, como una broma pesada.

Narra Satrapi su infancia en un Irán fanático desde el poder, de pocas luces, y destapa el tópico de una población sometida y ultrarreligiosa. Para Satrapi la libertad verdadera está en el individuo, y ahí poco tienen que hacer finalmente los credos impuestos y las prohibiciones; claro que una erosión constante de esta fortaleza íntima, ese terreno último y quizá único de libertad, peligra con las barbaridades de un régimen dictatorial y teocrático, pero en el libro Satrapi insiste en separar esa imagen oficial de un Irán convencido y manso y tradicionalista de un Irán más rebelde y ajeno a las convenciones religiosas en su intimidad, en casa. Nos dice: “El tiempo iba pasando y cada vez me daba más cuenta del contraste entre la imagen oficial de mi país y la vida real de la gente, la que se vivía en privado.” Y en una entrevista: “"Persépolis sí nace de un cierto sentimiento de deuda con la historia de mi país. Porque si tengo medios de narrar y cosas que decir y no lo hago, no estoy cumpliendo con mi deber. No creo en el cambio como algo colectivo o de masas. Me aburre esa idea. Pero sí en el individuo. El individuo es lo más universal que existe, la base de la democracia y la libertad."
Infancia en Irán, adolescencia y juventud en Viena, con unos meses en los que llega a vivir en la calle, sin que lo sepan sus padres, y vuelta a Teherán. Está perdida, no sabe qué hacer, así que estudia Artes Gráficas. El libro acaba cuando Marjane se va otra vez a Europa (Estrasburgo y París), ya licenciada, ya casada y divorciada. Una vida completa, en apenas treinta años; revoluciones, guerras, riqueza, miseria, amores, desamores, intentos de suicidio, no falta nada.
Novela gráfica o lo que sea, cómic, hondo, emocionante, antifanático.El gobierno iraní se puso como una moto cuando en Cannes recibió el premio del jurado la película. Ahora, para volver lo tiene crudo. En una entrevista le preguntaron sobre eso: "No estoy segura de que sea un caso de 'no poder'. Digamos que me dijeron: 'regresa y te ejecutaremos'. Algunos ven como una obligación morir por tus principios. Pero si morir por tus principios funcionase, el mundo sería ya un paraíso, teniendo en cuenta los millones que han perecido por su ideología. Estoy feliz de morir por mis principios -pero muy, muy lentamente".
Y avisa, que nadie se crea que lo que cuenta el libro es totalmente ajeno a nosotros; "Pero el fundamentalismo se da cuando existe una visión monolítica del mundo, cuando cualquier cosa se enfrenta desde la emoción y se ofrecen respuestas simples a preguntas complejas. Y eso también se da en occidente."
Esto me suena de algo.