viernes, 28 de diciembre de 2007

Animales políticos, dicen

Ayer moría Bhutto y hoy muere Cuiña. A veces la muerte va como por temas, por profesiones. Es una muerte ordenada. Daría una buena bibliotecaria. Cineastas que tienen que palmar, dice la calavera. Tal y tal. Cepillados. ¿Políticos? Subsección Animales Políticos, porque si en algo coincidían los comentarios en uno y otro caso en los periódicos era en eso; ambos fueron calificados como verdaderos animales políticos, lo que podría dar una idea de lo que puede ser eso de animal político. Parecían nacidos para alcanzar el poder por encima de todo, y a ambos los habían largado acusados de corrupción. Bhutto, que estaba cantado cómo moriría (con ese historial familiar de envenados y ejecutados a su alrededor), abrió la ventanilla del coche para saludar a sus votantes y le echaron una bomba con suicida. Cuiña se murió en la cama, una neumonía y una infección de sangre y etc... La primera otra vez arañaba el poder, el segundo en cambio ya era un ex, porque eso era Cuiña ahora; un gran Ex, con letra mayor y todo. Mantenía el tipo, ni dios le soplaba. No como otros ex que se desprenden tan fácilmente de los chóferes y guardaespaldas y se ponen los vaqueros y salen tan contentos a comprar el periódico como un ciudadano o un pueblerino cualquiera. Nenazas. Cuiña, en cambio, seguía dando miedo, y llevaba un paje como un gran señor que no le abandonaba ni para ir al baño.

La Bhutto protagonizaría una de esas películas de heroína sacrificada y demócrata ella, con todo un horizonte de esperanzas libertadoras que sacasen a su pueblo del tercer mundo y sobre todo del fanatismo. Qué película, qué aburrimiento. Por lo menos en tierra de machos vendría esa mujer a poner orden y un poco de desconcierto, tan necesario en países acostumbrados a vivir de rodillas rezando para no sé dónde, porque algo de desconcierto de espíritu es bueno, buenísimo, para ser un poco normal y no tener las cosas tan claras. Cuiña, quitando cuatro nacionalistas rabiosos que le decían no sé qué cosas, aunque él ni les entendía porque hablaban todos a la vez y embarullaban mucho, apenas generó demasiadas expectativas en nadie, muchos miedos sí, ante un posible brinco al poder, a no ser, claro, en su familia, a la que estaba muy unido. Es más, lo dimitieron por unirse demasiado a esta desde su puesto de Conselleiro, cuando lo del Prestige. Un caso.

Cuiña, lo dije alguna vez, era un señor bajito a medio camino entre Marlon Brando en El padrino y Paco Martinez Soria en La ciudad no es para mí. Fue, sino el último cacique (este se trasforma, se adapta a los tiempos), el último capo político que no se disfrazaba de pardillo ni disimulaba sus besos de la muerte. De delfín tenía poco. Si uno levantaba una piedra ahí estaban agazapados varios enemigos de Cuiña, ganados a pulso. Los que hoy estarán brindando con champán. Claro que a una figura así no podía irle bien y esa condición de mártires o de perdedores legendarios que algunos tienen, antes incluso de haber empezado, la llevaban ambos fallecidos pegada a la piel, o donde se lleven esas cosas pegadas o incrustadas. Como uno de esos sellos de discoteca para poder entrar otra vez si sale uno, pero al revés.

Lo que más siento de la muerte de Cuiña (como enfermo de literatura, que diría Vila-Matas), es la muerte, no del político, ni del paleto, ni del mafioso, ni del tío forrado, sino de todos ellos, del gran personaje que daba antes unos ojos que supieran ver el potencial literario de su figura. La prudencia aconsejaba verlo desde la barrera. Veía uno a Cuiña siempre con su paje detrás, un pobre hombre esmirriado y cargado de bolsas, por la calle, o corriendo por la Alameda y hablándole al aire mientras su sombra a sueldo sufría por alcanzarle.

Nunca pensé que se moriría un tipo así, tan literario.

martes, 25 de diciembre de 2007

Paseo

¿Cuántos gritos de socorro habéis escuchado en vuestra vida? ¿Y en cuántos de estos no habéis hecho nada?
Hoy, día de navidad, y antes de comer, cuando la lluvia empezaba a notarse como si hasta ese momento solo hiciese que llovía, y cuando ya nos habíamos espabilado un poco a fuerza de caminar sin rumbo, nos refugiamos en un portal y fuimos testigos de la desesperación de alguien, ante lo cual ni nos inmutamos. Había un Audi aparcado delante de nuestras narices. Un señor en chándal bajó del coche y abrió la puerta de atrás. Era del otro lado, así que no veíamos que hacía aunque parecía querer sacar a alguien del coche, al que oímos perfectamente pedir socorro. Voz de anciano, angustiada, potente. Una voz que se envalentonaba y ascendía según entraba en la última "o" de socorro. Los gritos sonaban en toda la calle y alguna vieja envuelta en visón miraba alarmada al Audi, levantando el paraguas como una ceja sorprendida. Una señora y una chica salieron de un portal de al lado y se unieron al individuo en chándal, que entró por la otra puerta de atrás y se sentó al lado del alarmado. Pero otra vez gritó; ¡Socorroooo...! No sabíamos ni qué temía, ni de qué querría que le salvaran, aunque lo más lógico, teniendo en cuenta que no estábamos en una película, era pensar que al pobre no había forma de salvarlo y que su mundo poco tenía que ver con el nuestro ni con el de las personas que querían sacarlo del coche. La chica azorada nos miraba y sonreía y parecía más pendiente de la vergüenza que estaba pasando que de convencer al anciano que fuese razonable.
Ya nos íbamos cuando lo apearon del coche. Unas pantuflas, una bata, el pelo blanco de punta, como electrocutado, la espalda ligeramente encorvada, los pasos cortos, apoyándose en el brazo del hombre. Un anciano en toda regla. Parecía resignado. Le esperaba una comida navideña.
Alguno quiso ver en el anciano la personificación de su estómago, desfallecido todavía tras la cena de la noche anterior y sobre todo tras la ingestión de una gran variedad de líquidos, que pedía socorro ante lo que a todas luces se avecinaba al mediodía.
Antes de llegar a casa aun vimos otra escena poco agradable con anciano, anciana en este caso, protagonista. Para un coche cerca de la acera de forma un tanto precipitada. Se abre la puerta de atrás y sale una señora muy abrigada de gafas oscuras, se inclina ligeramente y empieza a potear. Como una espuma amarilla que salpica mucho al impactar con el suelo. Somos prudentes, y antes de continuar esperamos a que acabe, no vaya a ser que alguna gota nos alcance. La señora se limpia con un pañuelo y sigue echando la espuma que no es espuma. Bajan unos del coche y le cogen la frente para que se libere más a gusto.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Salud

Podía uno ahora mismo ser millonario, pero aquí estoy, tranquilamente escuchando música, en pantuflas, al lado de la estufa como un cura de pueblo y con un libro viejo acostado sobre el cojín de la silla. Columpio una pierna y sueño mirando al techo. Sueño sueños normales, pero a veces me acuerdo del sorteo y sueño sueños de millonario. Es de día pero la persiana está baja y solo le falta al ambiente este un poco de humo para hacerlo más pecaminoso. Las lámparas alumbran su porción de suelo o mesa y dejan el resto en penumbra. Hay tabaco por algún cajón pero no se atreve uno. Si ahumamos la habitación, aunque sea el refugio íntimo de uno, nos caerá una bronca por desconsiderado y por romper las reglas escritas de esta casa; no fumar dentro. El apéndice olfativo de mi mujer actúa como un aparato de precisión infalible, menos cuando está acatarrada, que pierde cualidades. De tanto balcón con corrientes de aire propias de lugares sin paredes ni techo hemos desistido del pitillo. Ambos, hace años. Le sabe a estornudo a uno un cigarro ahora. Otra ley, la de Paulov y su perro baboso funcionaron a la perfección aquí.

Podía uno ser millonario ahora y ahumar esta habitación tranquilamente porque millonario siempre es uno menos desconsiderado, hasta impermeable a las críticas, de tomarse las leyes más a la ligera según le vengan bien a uno o no, sobre todo si no estamos acostumbrados a serlo ni los demás a verlo. Supongo, sospecho. Pero se abstendría uno de salir en la tele con la botella de champán, bailando abrazado a otros afortunados, porque eso sí que es ser desconsiderado, el colmo, y de mal gusto. Aunque es probable que el mal gusto nos de igual en esos momentos y nos convirtamos por un día en ese tonto con suerte que aparece eufórico y odioso ante toda España y total por unos cuantos kilos. Hay gente para todo. Peor es sin duda el candidato que lo hace la noche de la victoria electoral. Siempre le desconcierta a uno un poco esa efusión de alegría, como si les hubiese tocado precisamente la lotería, en lugar de un trabajo duro y que requiere una gran responsabilidad. Los millones, así caídos del cielo (y hasta los subidos del infierno, me parece), ponen de buen humor a cualquiera y por arte de birlibirloque vuelven a todo el mundo más permisivo y solícito. Nos fumaríamos hasta la planta del salón, y no tiene pinta de ser fumable.

Enchufaré a los niños de San Ildefonso a ver si cantan mi número y me sacan de trabajar, y de paso me fumo un cigarro a la salud de todos los que se quedan como estaban este año. Al menos el balcón tiene buena vista.

sábado, 15 de diciembre de 2007

"¿A usted le gusta la música?"

Ser bandoneonista no hubiera estado mal. Nadie entraría en la habitación a preguntarle a uno; ¿qué haces? Sería evidente; toco el bandoneón, como Piazzola. Abriría y cerraría ese fuelle musical como quien exprime el corazón, el hígado o alguna otra glándula, dependiendo del momento, y así hasta deprimirse sería una alegría. Siendo músico, deprimirse debe ser una gozada. No siéndolo es un poco triste; enciende uno la tele, que es como meterse en el váter y sacar la mano para tirar de la cadena, aunque hay cosas peores, como ir a trabajar, o a una manifestación. En manos de Piazzola el bandoneón es ese pequeño acordeón que trituró el tango, dejándolo inservible para los puretas y duros de mollera, entre los que estaba Borges, que odiaba a Piazzola (Astor Pianola le llamaba, como el corrector ortográfico de Word, que también insiste en lo mismo). Borges, tan duro de oído en lo musical, fue en cambio un Piazzola de la literatura, al igual que Piazzola fue el Borges de la música. Ambos crearon un arte híbrido, que más que buscado era así porque no podía ser de otra manera, no sabía ser de otra manera. La verdadera originalidad está ahí; el innovador lo es a su pesar casi, no puede hacerlo de otra manera. Está el que va metiendo “novedades” en el cóctel como quien posa para la cámara, calculando efectos. Lo de menos está en saber si Piazzola hizo tango o no. Todo parece indicar que sí, sobre todo porque él le llamaba así a lo que hacía, pero el tango de Piazzola es otra cosa. Para entendernos se podría decir que metió en el mismo saco la melancolía y la víscera del tango más primitivo con la complejidad y la altura de la música “culta”. Qué mal suena esto de música “culta”, y “clásica” es casi peor. O “seria”. Música culta, como definición, podríamos decir que es la que ponen en radio Clásica; desde los madrigales de Monteverdi y los punteos de Antonio de Cabezón allá cuando un hombre hecho y derecho andaba con pantalones bombachos brincando entre señoras de túnica y mucha pechuga descubierta, como sale en las películas de la Edad Media, hasta las tormentas auditivas de un Stockhausen y el último que graba sus paseos por el metro y unos eructos de Coca-Cola y le pone título. Variaciones Coca-Cola en metro 27.

Claro que casi uno se explica la música que hizo Astor Piazzola atendiendo a su vida. Si es verdad eso de que unos nacen estrellados y otros con estrella con Piazzola no hay duda; su estrella le guió con menos sutilidad que la de Navidad a los Reyes Magos. Nace en Mar de la Plata, en 1921, pero al poco tiempo sus padres se trasladan a Manhattan, donde el padre encontró un empleo de peluquero. Ahí tenemos al chaval creciendo en una zona muy pobre, violenta, entre italianos y judíos (muy importante la música de las festividades judías, el pan de cada día era), y escuchando jazz callejero, el que tocaban los negros en los portales. Su padre le compra un bandoneón a los nueve años y el pequeño Astor lo lleva a todas partes; lo toca, le habla, lo escucha. Estudia música pero no había tango por ninguna parte, hasta que llega Carlos Gardel a Nueva York para lucir figura en una película y la estrella de Astor le pone ante el famoso tanguista. El niño músico llegaría a salir incluso en algunas escenas de la tal película, haciendo de rufián de las calles. Pero Gardel, al oírle tocar, es claro y hasta poco diplomático; Pibe, vos tocás el bandoneón como un gallego!". Poco más o menos sería lo que le dijeron toda su vida, su cruz; “Piazzola no es tango”. Incluido Borges, que en el diario de Bioy Casares leemos lo que dijo del pibe; “Es un bruto y tan vanidoso. Uno de sus tangos se llama «Melancólico Buenos Aires». ¿Te das cuenta, qué animal? No son tangos ni nada; él los llama tangos porque si los presentara como simple música, los músicos se le vendrían encima; en cambio, como innovador de tangos lo toleran y hasta lo fomentan”. Pero con esa estrella, y algo más que pondría de su parte, y que para algunos sería una chulería a prueba de bomba, no hay Borges que le apee de la gloria.

Una determinación de hierro, el tipo. Es verdad que Piazzola se atrevió a poner las manos sobre algo sagrado, el tango era (es) sagrado allí, y a él un interprete o compositor llegaba para plegarse a las exigencias y reglas del género, no para dejarlo echo unos zorros y que no lo reconociera ni su madre. Y fue lo que hizo.

Con dieciocho años asiste, ya en Buenos Aires, a un concierto del gran pianista Arthur Rubinstein. Queda tan impresionado que escribe nada más salir un “Concierto para piano”, como él lo llamaba, aunque sin parte para orquesta lo que había escrito sería una sonata, una suite, etc... Se presenta, él y su estrella, ante Rubinstein, en su apartamento de Buenos Aires. Le abre el propio pianista con la servilleta embadurnada de tomate bajo la barbilla. Espera a que acabe los espaguetis y después de la sincera y casi necesaria presentación de admiraciones le enseña la partitura dedicada. Rubinstein empieza a tocar aquello y de repente se para y mira a Piazzola:

¿A usted le gusta la música?

Claro, responde el joven. Y Rubinstein lo manda a estudiar, a través de otras personas, nada más y nada menos, que con Alberto Ginastera, uno de los más grandes compositores argentinos del siglo XX. La historia de Piazzola después es la historia de una parte de la música del siglo pasado, un compositor raro, y siempre variando, pero nunca, incluso a su pesar a veces, dejando del todo ese fondo porteño o tanguista en su música, y como interprete viajando por todo el mundo con su bandoneón: "Yo creo que cuanto más se pinta a la aldea, más se pinta al mundo. Gracias a que mi música es muy de Buenos Aires, muy porteña, gracias a eso, yo estoy trabajando en todo el mundo."

Muere en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Su música se interpreta cada día más en las salas de conciertos y también en la calle, con gorra delante.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Decálogo

Muy buenas las reglas de Jorge Barón Biza, todo un decálogo sobre la crítica literaria que copió el bueno de Rafael Reig en su blog. No hará faltas imprimirlas y pegarlas en el corcho porque veo que ya tengo práctica en algunos puntos, o en todos.

1. De un libro sólo se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo.
2. La crítica es el espacio ideal para ajustar cuentas con ese otro crítico al que invitaron al congreso en Acapulco en vez de invitarme a mí. Los escritores son piezas de ajedrez en ese juego. Los escritores de mi rival son una porquería; los míos, unos genios. Cualquier encono o teoría literaria o política sirve para dividir la literatura argentina.
3. No informar nunca al lector. Aburrirlo siempre. No analizar nada.
4. Los cheques se leen, los libros se hojean. No caer en el error de creer que un libro puede portar ideas y expresar tendencias. No descubrirlas, no sintetizarlas, no comunicarlas.
5. Publicar recensiones incomprensiblemente memorables. Si alguien se acuerda del libro que quiero reseñar, es problema de él. Yo me acuerdo de Susana Giménez gritando ?shock?; la marca de jabón qué me importa. (Y lavarme, menos.)
6. Dejar siempre en el tintero estupideces como a qué género pertenece el libro, qué calidad tiene, a qué público se dirige, y si es o no aburrido.
7. No hacer crítica si se pueden hacer entrevistas, pastillitas con chimentos, contar cuál es el vicio del escritor o publicar alguna foto.
8. No olvidar que siempre el chiste triunfa sobre la verdad, que todo puede ser dicho con conventillera malignidad.
9. La imparcialidad es la mejor excusa para no decir nada. La neutralidad será el disfraz de tu nulidad.
10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi libro. Entonces, van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio.

sábado, 8 de diciembre de 2007

El cerdo (y 2)

Foto de Stefan Rohner.

El cuerpo patas arriba, la piel curtida y con manchas marrones de las quemaduras. Uno con una manguera iba limpiando. Se ponía sobre las escaleras del hórreo la parte de la cabeza y un andamio de madera más bajo en el otro lado. Se hacía un corte suave y profundo, pero hundiendo poco a poco el instrumental, en la intersección del perjudicado. Se abría como una cremallera de bolsa de deportes y dejaba ver todo lo que llevaba dentro. Aquellas tripas echaban humo y estaban húmedas; se las veía muy apretadas allí dentro y con la abertura del cuerpo se soltaban y brincaban un poco al principio como una de esas cajas sorpresas de las que sale disparado un muñeco con muelle. El abuelo y mi padre agarraban las patas con fuerza y tiraban de las costillas para que diera más de sí la abertura. Crujía. Mi tío empezaba a señalar con la punta del cuchillo los órganos y me decía los nombres; algunos no coincidían con los que aprendía en la escuela sobre el cuerpo humano, aunque fueran el mismo órgano, pues a él se lo habían dicho otros que mataban cerdos, y a estos otros que también mataban cerdos y que no miraban los libros ni falta que les hacía porque sabían tanto del cuerpo de un cerdo como un cirujano del cuerpo de un paisano, o más. Es una pena que no me acuerde de aquellas palabras. Eran nombres poéticos, graciosos, como greguerías de matachín.

Decía que señalaba con la punta del cuchillo aquellas bolsas como infladas que formaban un revuelto desbordante, y ponía nerviosos a todos al contactar con cada una de aquellas partes que me indicaba. Pensaban que podía reventar alguna y joder la buena carne que tenía debajo. Entonces poco a poco, con gran paciencia, empezaba la siega interior. Iban cayendo las tripas; para un lado los desechos y al otro todo lo demás, lo aprovechable, que era casi todo. Había órganos y vesículas y bolsas inimaginables, que tenían funciones difusas, o no tenían ninguna función, pues uno preguntaba siempre todo, y el cirujano respondía por lo bajo que no servía para nada cuando la parte señalada era insignificante o quizá nunca vista. Uno sospechaba, aun a pesar del candor propio de la edad, que todo debía tener alguna utilidad allí dentro, aunque no estaba seguro.

De vez en cuando varias narices femeninas se iban asomando a aquel universo interior, según decían, tan parecido a los interiores de alguno de nosotros. Mi tío se encallaba por momentos. Un tubo que no salía, y tiraba con fuerza, arrugando la cara mucho y salpicando un poco al arrancarlo. El esófago con lengua, que hacía un ruido como de seda rasgada al desprenderse. Ya el costillar, que se limpiaba y caía el agua sanguinolenta en el suelo. Limpio como una patena, el gran cerdo. Uno podía echarse en aquel hueco enorme y encerrarse como en una cueva. Quedaba la cabeza colgando por las vértebras del cuerpo con patas y sin nada dentro. Con un gancho se colgaba en la parte de arriba de la bodega, con la cabeza en lo alto y chorreaba un poco. Así era altísimo. Parecía un dios y casi daban ganas de arrodillarse.

Anochecía. Varios cerdos habían caído esa tarde en el pueblo, y cada uno lo celebraba en su casa con los hígados encebollados que no habían tenido tiempo de enfriarse. Los matarifes se duchaban y las mujeres también freían los filetes de lomo. Cenábamos. Miraba la frente de mi tío que le brillaba mucho. Estaba contento porque todo había salido bien. En la televisión un partido, pues casi siempre se mataba en sábado.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El cerdo (1)

Cuando el frío se asentaba para quedarse, allá por noviembre, o quizá principios de diciembre, un frío que no tenía vuelta de hoja, entonces se mataba al cochino. El cielo estaba blanco, un blanco sucio de nubes muy altas, inmóviles. El cerdo, o porco, un tronco con patas rosado, ese ser venerado, acuchillado y masticado y digerido, que en este rincón del universo pasa sus horas encerrado en un cuartucho con pajas comiendo, cagando, durmiendo y esperando el gran día, constituía la base alimenticia de un año para varias generaciones reunidas en una casa. Moría ahora; era su momento. Con muchos gritos, nada digno. Grita como un cerdo, se dice. Durante todo el día ya estaba inquieto. No se sabe cómo pero llegaba a su entendimiento que lo intentarían matar ese día. Quizá los chuchos de la casa le habían ido con el cuento, berreando como lobos pariendo. Apenas dejaba que nadie se le acercara, así de susceptible estaba. Si no fuese porque es sagrado (la comida es sagrada y el cerdo es el sumo sacerdote del yantar) hasta darían ganas de reírse un poco de su aspecto. Un almacén de alimentos sobre unas patitas; y es que los cerdos andan como sobre tacones. Solo les falta el abrigo de visón para parecer señoras saliendo de la ópera.

Mi tío, que era aficionado a la electricidad, le daba unos calambrazos con un aparato de su invención, y que nunca patentó, hecho a la medida de los gruesos pescuezos de estos bichos. La medida justa, para no estropearlo pero facilitar el acuchillamiento. El guarro se tambaleaba, bufando mucho, como si hubiese esnifado algo y desprendía un humillo que nos hacía estremecernos y no querer cambiar una bombilla en lo que nos restara de vida. Aparecía entonces el abuelo, cuchillo en mano. Yo creo que se acordaba del cura del pueblo, que tanto odiaba, cuando se acercaba al gorrino y se miraban a los ojos. Lo agarraban entre varios, a duras penas, pues se resistía, a pesar de estar un poco tonto, y el abuelo le pinchaba el acero en el lugar exacto. Debajo del boquete un caldero para recoger la sangre, que después se aprovecharía para morcillas. Caía como de una fuente con caño, a bocanadas. Una sangre espesa y espumosa, muy caliente, que sacaba un humo blanco de contacto con el frío. Tardaba en morir.

Sobre unas tablas, como una puerta muy alta, se le acostaba. Se cubría de estrume, cosas secas que ardieran, hojas de helecho, y se le prendía fuego para depilarlo y dejarlo hermoso. En la piel se formaban círculos rápidos, como sucede al acercar un mechero a una superficie de plástico. Se limpiaban las cenizas y se lavaba con agua caliente. Quedaba limpio y saludable, y desprendía un humo que nos daba la sensación de tener delante una patata cocida. Del pequeño boquete abierto en el pecho seguía saliendo sangre, sin fuerza, y ahora se mezclaba con agua. Un vino tinto con poco cuerpo que corría en curvas, sorteando piedrecillas, entre los pies de los mirones. En ese momento se daba uno cuenta de los ojos de chino que tenía el cerdo.

Había que abrirlo antes de que se hiciera de noche. El momento más delicado. Un mal tajo y se iba el cuerpo por el retrete. Mucho cuidado con las tripas, algunas bolsas llenas de líquidos con colores amenazantes (un verde oscuro, un amarillo anaranjado) no podían ser picadas. Mi tío, el inventor, ya con su coronilla de buen fraile en tan mal cristiano, sacaba mucho la lengua para rajar con cuidado. Los ojos saltones se le salían más todavía, y bromeaba todo el tiempo para quitarse la tensión de encima. Uno metía mucho las narices allí a ver aquel cuerpo por dentro que según decían se parecía mucho al del ser humano, aunque menos atlético.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Peatones

De repente, justo después de la curva, un paso de peatones. Estoy a punto de pasar sin reducir pero, ojo, un perro va a cruzar. Desconfía al ver que me acerco y mira al coche con la cabeza muy erguida, pero freno y una vez confirmado que ya no soy un peligro camina con cierta chulería, hasta despacio, seguro de que hasta se podría rascar una pulga si le diera la gana, de que está en su derecho. Parece que viene de la taberna, de tomarse el vermú. Ni siquiera lleva collar. Qué civilizado

sábado, 1 de diciembre de 2007

El arte de mezclarlo todo


Muñoz Molina nos aburre mucho a veces, y cuando lo vemos en el periódico nos llevamos una mano a la cara en claro gesto defensivo. Es una reacción instantánea que ya la practicaban nuestros antepasados los monos cuando se encontraban en el bosque alguna planta que les había sentado mal. Sobra decir que todos, para alguien, somos un poco (o mucho) esa planta indigesta. El mundo está bien hecho... algunos días, y nos queremos y nos despreciamos según con qué pie nos hayamos levantado.

El artículo de hoy del susodicho nos habla de Philip Roth, que para uno es el más grande juntaletras yanqui vivo. Arriba (en el suplemento en papel) una foto de Roth mirando a la cámara en un paso de peatones en Nueva York, según se nos dice a pie de foto. Tiene las manos en los bolsillos y el rostro grave, malhumorado, con el labio superior inexistente y la quijada muy marcada, como de muñeco de ventrílocuo, con esas líneas que bajan para permitir a la boca abrirse y facilitar la simulación. Las cejas espesas, la frente brillante le llega muy atrás, dejándole media cabeza a la intemperie.

Y la mirada, que dejó a Muñoz Molina poco menos que traumatizado en una entrevista que le hizo hace dos años y en la que sospecha haber quedado como un idiota. ¡Esa mirada!: "Una mirada de mirón, de testigo impasible, de observador morboso, una mirada de cirujano, de relojero con una lente de aumento en el ojo guiñado y de microbiólogo asomado al visor del microscopio, una mirada de forense, una mirada de eremita que pasa mucho tiempo en su retiro sin hablar con nadie y que cuando vuelve temporalmente a la ciudad que dejó atrás registra cada síntoma de modificación o decadencia. Una mirada que taladra la vaguedad y detecta los signos reveladores de lo que el interlocutor quiere esconder o no sabe que esconde detrás de sus palabras".

Pero a lo que íbamos. En un escritor que tanto ha cogido de su vida y que tanto partido y ficciones ha sacado de esa materia, y que ha manipulado tan bien con la imaginación, le dedica el señor articulista al tema unas frases muy interesantes: "En Zuckerman y a través de la ficción experimentó con variaciones posibles de su propia vida y sobre todo con los efectos que el hábito de fabular del escritor puede tener sobre las personas de las que se alimentan sus historias. De dos cosas en apariencia incompatibles nos advierten las novelas narradas por Zuckerman: de que la materia prima de la ficción es la realidad inmediata; y de que la una y la otra no deben ser confundidas, porque lo que alimenta el talento del escritor es la potestad de manipular los elementos de la realidad tan libremente como el alfarero manipula el barro o como Picasso mezclaba trozos de chatarra encontrados al azar para componer la escultura de una cabra o de una cabeza de toro."

El arte de mezclarlo todo.