31/10/07

La undécima letra

Para la mayoría K. será ese fulano con tan mala suerte que un día lo encarcelan sin haber matado una mosca, o una simple letra demasiado puntiaguda que apenas ocupa diccionario, o el sustituto de la "c" para algunos analfabetos, o una gata, o el símbolo químico del potasio. Katiusca, kafkiano, káiser, kamikace, kebab, kantismo, kung fu, kilómetro, kiosko, koala. Eso era la K para uno.

Hace unos años apareció otra K en mi vida. Nunca pensé que acabaría viviendo con una K , pero ahora en cambio, no me veo viviendo con una N, o con una R, una L, o una B. No están mal, pero en fin, qué voy a contar que no os imaginéis, que no le haya pasado a cualquiera. Se cree uno que nadie le comprenderá como le comprende la K, que nadie le aguantará las manías como esa K. Empieza uno haciendo reír a alguien y acaba viviendo toda la vida con la víctima.

Hoy es su cumpleaños, como el de la Esfinge. Vaya casualidad. Desde aquí felicidades también.

(Hace un año, más o menos, que empecé a escribir en este blog. Decía Ramón; "Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas." Gracias a los amigos que se dejan caer por aquí uno llora y ríe a solas mucho menos, lo que es un alivio, porque eso de escribir para los cajones es una cosa bastante triste. Un brindis, por ellas y por vosotros.)

26/10/07

El mecánico ruso

Es un gran local que siempre está atestado de coches, unos en lo alto, colgados, otros arrinconados con el capó abierto y el motor al aire y dan un poco la impresión de individuos en el médico con la boca abierta esperando algo, obedientes. Las aceras de los alrededores también están llenas de coches que esperan su turno o que aguardan a sus dueños, ya arreglados. El suelo tiene la famosa capa de suciedad negra, aceitosa, de todos los talleres, como un amortiguador para los zapatos que nunca suenan al caminar. Es muy fácil darle un susto al mecánico, si le tocamos en el hombro cuando tiene metida la cabeza en algún motor.

Aparco afuera, entro. El mecánico (solo hay uno, es el dueño y único empleado, todo a un tiempo) está al teléfono y un señor mayor y calvo con la frente muy salida y unas gafas enormes y el entrecejo muy arrugado, aunque parece permanente, espera que le resuelva algo. El mecánico, impaciente, habla:

— En castellano o en gallego, dice... Vai ó carallo... estos de telefónica son a hostia... ¡EN RUSO!... ¡EN RUSO!... ¡Fálame en ruso, no te jode...!

No puedo evitar sonreír, me doy la vuelta y espero afuera; hay un coche encendido y dentro apesta a tubo de escape. Acaban, acompaña al viejo hasta fuera y me mira y me saluda con un buenas caballero a todas luces demasiado formal que contrasta con el aspecto de borrón que todo taller mecánico tiene, incluido las personas que allí trabajan. Es bajito y se mueve rápido; pienso, no sé por qué, que sería un excelente hombre bala, saliendo de un cañón con un casco y volando muy tieso por encima de la ciudad. Le explico el problema y se queda mirando para el coche con la mano en el mentón. Durante unos segundos acojona como esos presentadores que dilatan la espera del concursante y aspiran a engañarlo un poco, dándole después la sorpresa agradable. No es la primera vez que lo trato y nunca tuve queja de sus amaños, al contrario, pero siempre salgo con la impresión de no acabar de cogerle el tranganillo a la conversación que mantenemos, sobre todo porque parece que nunca nos ponemos de acuerdo en el idioma, saltando del gallego al castellano en cada frase y hasta en la misma, ambos, creando paridas descomunales que le hacen a uno avergonzarse de lo que sale de la boca. Es como si la inercia del idioma que uno supone adecuado casi inconscientemente al contexto y el momento o el individuo no acabasen de concordar. No sería este un caso del llamado bilingüismo armónico, parece, aunque el coche siempre me lo deja perfecto y es barato.

¿Qué más se puede pedir?

19/10/07

Ahora se escribe

Los grandes escritores nunca se acaban, como el papel higiénico ese famoso. Y no sólo porque hayan dejado a la viuda o a los nietos un cajón ingente de inéditos con los que entretener a los lectores durante décadas, como Pessoa y su famoso baúl, sino porque, principalmente, nunca acaba uno de leerlos, aún habiendo leído todo de ellos. Todo resulta familiar, pero se leen una y otra vez y nunca parece que se releen. Son así casos clarísimos de lecturas de doble fondo, como los armarios de los magos clásicos, donde meterse dentro es desaparecer o ver esfumarse a la sufrida señorita que lo mismo se deja lanzar cuchillos como se deja desaparecer. Lo hemos dicho mucho pero veo que no se gasta el individuo, y lo hemos leído mucho, pero ahí sigue causándonos asombro su escritura; el pintor y escritor José Gutiérrez Solana (el orden de los factores no altera el producto en este caso; “ahora se escribe” decía, o “ahora hay que pintar y olvidarse de escribir una larga temporada”, según, como dos artistas en uno) es un caso interesantísimo y casi único en el panorama literario español del siglo pasado. No entraré en el juego de decir si era peor o mejor que tal o cual; de él ha dicho Gaya, para hacerse una idea el que no la tenga, que llega a ser “como una novela de Galdós de la que se han perdido o traspapelado páginas y en la que nada concuerda ya, en donde los hechos no coinciden, no coinciden, pero existen”. Existen. Eso me parece, ¿pero por qué? ¿Qué tiene este escritor que no tengan otros? Intentaré apuntar algo.Ya tengo el tomo de La España negra (II) subtitulado Viajes por España y otros escritos; es un volumen grueso, de buen papel, que ahora está impoluto, blanco. Volveré sobre él muchas veces, una y otra vez, cuando los márgenes sean amarillos, como si estuviese mal del hígado, cuando pueda marcar las páginas con las canas que se me caigan, porque en algunos escritores buscamos algo más que regocijo de lector y los leemos como otros toman vitaminas o flores de Bach. Porque leemos como vampiros, también, y lo mismo que el teléfono móvil se enchufa para cargar la batería, nos acercamos a algún libro dispuestos a chuparle la sangre. Porque hay escritores que dan ganas de escribir, de cantar, de bailar claqué o de abrazar a la gente (de hacer algo, en definitiva, según las preferencias de cada uno), otros dan ganas de dormir y algunos en cambio, al leerlos, dan ganas de seguir leyendo.

Solana es de los primeros; lo lee uno más que para amodorrarse leyendo, para animarse; tiene el efecto chisposo y alentador de un vermú antes de comer, o de un chupito de licor café después. Más bien lo primero, que lo segundo provoca cierta somnolencia y el efecto es todo lo contrario; despierta y pone de buen humor, cosas que no siempre van unidas, quizá casi nunca. Por encima de esta prosa y de sus cualidades o negligencias (según algunos es un catálogo de tropelías lingüísticas), por encima de su naturaleza descriptiva y de las finuras temáticas tan mentadas que atraen su pluma y su pincel, por encima de todo lo que pueda ser su arte narrativo o pictórico, hay una cosa que me parece fundamental en sus escritos y que puede ser llamado de muchas maneras; hablamos del tono, o el temperamento. Ojo, que no el estilo, que saldrá de este pero que no es lo mismo. Si los ríos nacen en las montañas el río Solana nace muy arriba, y baja espumoso y revuelto y poco civilizado, si no es raro decir esto de un río. Sí, sería un río que pasa de protocolos. A veces se dice; escribe con las tripas, pues viene siendo algo así. Podríamos entrar en detalles, ya digo, en los entresijos de su escritura, pero lo que me interesa ahora es resaltar porqué atrae de esa forma su escritura. En Solana, esto, el tono, aparece casi desnudo, corretea en pelotas por el campo como un chalado que se escapó del psiquiátrico, salta a la vista sin muchos vestidos y capas que lo cubran. Lo apunta Ramón en su Diario el 16 de diciembre de 1920 sobre La España negra: “Acabo de leer el libro de Solana. Es sincero, rijoso y tiene un tono que se ha perdido entre los hombres.”

No hay escritor que escriba desde la nada, aunque lo parezca, pero hay escritores en los que esto se aparece más claro y con más fuerza; siempre hay una corriente subterránea que hace correr los ojos del lector por la página, y esa corriente con la que se unen las frases va más allá de lo que llaman el estilo, o más acá, y por una parte está el tono y por otro los recursos y herramientas del escritor, el oficio. Se ha dicho de muchas maneras, cada cual llama a esto cómo quiere; Hemingway decía que para escribir bien había que estar enamorado. Bueno, es un poco trabajoso, pero se refiere a eso. Habla de lo mismo. Lo dice Pla, con menos romanticismo: “Escribir con el temperamento —eso es lo esencial. Hay que escribir con el temperamento, pero lograrlo es difícil”. Unos recurren al alcohol, a las anfetaminas, y los hay que ya están como cabras y no necesitan trucos para escribir. El truco son ellos mismos. En Solana destaca esto, su truco, él mismo, que se esconde debajo de su buen oficio de escritor (que lo hay) pero no logra fabricar una prosa muerta, de árbol seco y hermoso a la vista, una cosa como de plástico; no, sus libros, muy trabajados, incluso a pesar de esto, están levantados sobre ese tono que da sentido al hecho de leer, que da sentido a la literatura, y digamos que esta se inventó con esto y por esto; es el fuego de la literatura, o la rueda.

Salvando todas las diferencias Cioran me recuerda mucho a Solana; en ambos sobresale esta elementalidad. Cioran es un filósofo, un pensador, y en cambio dice el rumano: “Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal”. Son los puros de la literatura; los puros puros, literales, esos cigarros de los que no debemos tragar el humo. Decía mi abuelo de algunos vinos; “Eso es todo química”. Pues un Cioran y un Solana serían todo lo contrario. Buscamos en ellos un poco de eso, ese sabor que no sea todo química.

16/10/07

Una de Kureishi

Es lo primero que leo de Kureishi, su tercera novela; se titula Intimidad. Es una novela breve. El narrador /protagonista empieza diciendo que se marcha de casa y no vuelve. Dejará a su mujer, a sus dos hijos, que adora, y su casa, por un apartamento compartido con un amigo que le precede en la aventura de abandonarlo todo. Ni siquiera tendrá su propia cama, que dormirá en el sofá, sobre una cebolla en escabeche que se cayó del plato (el tópico de la falta de higiene en piso de soltero o divorciado) y con la vista en una salchicha saliendo de un cenicero como un puro de carne. Su amigo parece desesperado por encontrar a alguien y es aficionado a los bailes de salón. El infierno son los otros, sobre todo si son un poco pelmas y aficionados a los bailes de salón. El personaje que pinta Kureishi como amigo, como ese lado de la balanza que apoya el abandono de su vida matrimonial, es francamente desalentador, y no parece tener otro objetivo que correr detrás de las señoras, y no en busca de sexo sino de algo más, alguien que le comprenda etcétera. Del otro lado un amigo que es todo lo contrario (los personajes no parecen individuos de carne y hueso, sino cosas que argumentan razones trilladas sobre lo que se supone que representan; cada uno de ellos es el narrador/protagonista llevando la vida que le espera si elige una u otra opción, largarse o quedarse). Defiende el amigo conservador la familia como la única manera de vivir razonablemente. El caso es que la novela es eso; un tipo, escritor de éxito, hasta con amante, y le da vueltas a la decisión que parece tomada; al día siguiente, cuando todos se hayan largado, a la guardería sus hijos y su mujer al trabajo, cogerá sus cosas y no volverá.

La felicidad, ¿dónde está? Este es el libro. En determinado momento dice; “...he pensado en un montón de gente que parece haberse pasado la mayor parte de su vida deprimida, y ha aceptado un estado de relativa infelicidad como si fuese una obligación.” Lo que único que se plantea en el fondo es eso: ¿por qué ser infelices, pudiendo correr detrás de ella, corriendo detrás de ellas, las mujeres, u de otra forma? Y en realidad el problema no es tanto ser feliz o no, como ser infeliz de otra manera que no sea la más convencional. Lo que no parece soportar el protagonista no es su relación, sino haberse convertido en ese señor, en alguien normal. Proyecta todo tipo de sacrificios solo por llevar la contraria a ese forma de vida burguesa. El narrador habla de los sesenta y setenta como de una etapa de liberación, a partir de la cuál ya no es posible seguir manteniendo los mismos esquemas de convivencia, pero no sin cierto escepticismo. Es un exjipi que ha tenido éxito profesional y de puertas afuera éxito en su vida íntima, pero que no, que no es feliz, que no acaba de encontrarse suelto y a gusto. Antes muerto que sencillo, parece decir. Se acuerda de “su etapa socialista”, de las drogas que tanto bien le hicieron, y ahora rechaza lo que es. Parece decir; Díos mío, en lo que me he convertido, es para darme una paliza. Lo que sí parece increíble y decimonónico es que sigue recurriendo al tópico y a la palabra misma; burgués. ¿Conoce alguien a algún burgués? O lo que es lo mismo; ¿conoce alguien a alguien que no sea burgués? Dice en todo caso: “Resulta fácil reírse de la felicidad burguesa, pero, ¿existe otra?”

Presenta una vida matrimonial con su dosis de hipocresía, que él alaba (“Mentir es un acto bondadoso”), pero nos parece uno más de la caterva de personajes con su dosis de angustia existencial de todo a un euro encima, tipo Bill Murray en Lost inTraslaction, suspirando todo el tiempo no se sabe muy bien por qué. Sigue siendo un utopista, un romántico. No hay nada más romántico que un jipi; y un ex-jipi es lo mismo pero como con resaca, malhumorado y con el vientre flojo que le hace rumiar sus esquemas mentales mucho, que en lugar de sandalias ya lleva zapatos italianos y en lugar de pulseras vende otra cosa y se siente por ello un poco culpable.

PD: Se resume la novela (me parece injusto omitir esto) en una frase que apunta muy alto y compensa todos los escarceos del narrador entre el análisis sincero y la pose más ramplona:

"No dejas de querer a alguien sólo porque lo detestes."


12/10/07

El Premio

Estás tranquilamente en tu barrio comprando comida para gatos, decidiendo entre el Cat Chow Delice Salmon, o Delice Pollo o el Mix Buey, y no sabes ya quien quiere cual porque tienes tantos gatos que no hay forma de enterarse quién es quién y qué le gusta a cada uno y hasta los pajarillos que vienen a comer a tu jardín se echan como carroñeros a estas viandas que tienen que tener algo vicioso, como las hamburguesas, porque cada día comen más estos gatos y parecen pelotas de rugby con patas, tirados por el jardín y durmiendo todo el santo día y orinando sobre los enanos de porcelana. Como eres una intelectual y una persona sensible que se preocupa por el mundo no puedes evitar pensar que tienen algo de inmoral estos envases y lo que contienen: Los selectos ingredientes con los que está formulado Cat Chow facilitan la buena digestión de tu gato, y contiene Taurina, para ayudar al correcto funcionamiento de la vista del gato. Ciegos que están de tanto comer, y los pobres niños de África sin un miserable bocado que llevarse a sus estómagos huecos y casi sin estrenar. Estás en esto, abstraída o abstraído, como los vascos y vascas, que diría un aburridor profesional, casi asqueada de esta vida y de los puñeteros gatos que viven como príncipes, cuando entran una docena de periodistas en la tiendan y te felicitan, que has ganado el Premio Nobel. Y todo se ilumina.

Así pillarían a Doris Lessing, desprevenida, en medio de una gran duda, centrifugando sus preocupaciones, como toda persona de importancia. No ha leído uno a esta mujer, pero dan ganas. Siempre dan ganas de leer al Nobel (quizá para discutir en el bar con los paisanos, que ya se cansan del fútbol y de Raúl sí Raúl no), menos cuando ganó Pinter y la mujer esa disfrazada de vampira que parecía muy preocupada por asustar a alguien. Prefiere uno que gane el Nobel la loca de los gatos que todo barrio tiene. Porque Lessing nos parece un poco esa señora siempre apoyada en la ventana de su bajo, como la estampa de una abuelita que presenta un telediario, con gatos en los hombros y comentando todas las jugadas al que pasa por delante de ella apurando el paso y a la que todos miran desconfiados, de reojo. Claro que está encantada, el Premio Nobel le ha hecho mucha gracia. Este Premio es un Papado; se convierte el galardonado en la voz (la Voz) del mundo por un año y para siempre también, mientras pueda cantar y el cuerpo aguante. Es un puesto vitalicio, con un sueldo vitalicio, casi como un alto cargo de la Xunta. Los académicos suecos estudian a todos los candidatos, sus obras, sus vidas, sus frases al viento, el viento de los periódicos, y los escándalos, si los hubiere y de qué naturaleza, y compromisos sociales, sobre todo compromisos, que se vea que tienen sangre en las venas, y entre todos los curriculums eligen a uno, tras moneda al aire o meditada decisión, el que será iluminado por el Gran Foco. Será esa palabra ejemplar que dirá lo buenos o malos que somos los humanos, y lo burros e inhumanos que podemos llegar a ser, lo mal que olemos sino nos duchamos cada día y el mucho papel que gastamos en higiene íntima, pero hay esperanza, la esperanza en la humanidad o en lo que sea es lo último que se pierde, y menos con un Nobel a cuestas, que por fin le hacen caso a uno. Aunque parecía haber renegado de la esencia del premio, de esta misión, quizá en broma o por despecho: «No me interesa el premio, no quiero enmudecer como Saramago», que dijo hace un par de años.

A ella y a sus editores les ha tocado el Gordo de Navidad (“el galardón está muy repartido” entre las distintas editoriales españolas, afirma su agencia literaria), y el champán y los saltos de alegría de los afortunados, siempre insoportables, con mucho griterío, también aquí (porque son muchas las familias que viven de este galardón), caerán como un jarro de agua bendita en las carnes del demonio, esos currantes que tendrán que esperar otro año para entrar en las quinielas, a su pesar, pues casi es una condena a quedarse sin él, el ser el eterno candidato.

Felicidades, señora, que lo disfrute con salud.

11/10/07

Relato de un muerto

A los del Círculo Solana

No me he muerto nunca, que yo sepa. Cuando era pequeño pensaba que era una broma, y que en realidad nadie se muere, o que uno no se moriría nunca, o que eso quedaba tan lejano que ya sería como no morirse. Estaba tan convencido, que aunque pensado pareciera una chorrada sin límites (siendo niño y todo), que no había vuelta de hoja. Pero el otro día pasó lo que nunca me había pasado; me morí en sueños. Estaba muerto, como el maestro Gutiérrez Solana, que se moría mucho en sus libros y seguía escribiendo, como si nada. Nunca le he hecho caso a los sueños. Nunca he sido de anotar los sueños ni de pensar mucho en ellos. Tendrán su utilidad, como vertederos de preocupaciones o lo que sea, y allá ellos, pero no significan ni simbolizan nada o significan o simbolizan lo que uno quiera, cualquier cosa, todo. Cuando alguien en un libro empieza a contar un sueño me salto las páginas. Pero este sueño era distinto; estaba muerto, había cruzado el río (o el arroyo, o charco) que separa la vida de la muerte. Había soñado que se moría otra gente, pero eso me preocupaba menos, aunque también me mosqueaba. Y esa era la impresión que daba estar muerto; un poco de preocupación y otro poco de fastidio. Por lo demás todo seguía igual. No cuadraba con ninguna de las dos alternativas felices que había propuesto Sócrates; ni la larga noche sin sueños, ni esa reunión de amigos fallecidos con los que charlar en el más allá. Era todo más casero. Menos ir a trabajar, que es, a todas luces, una de las grandes ventajas de estar muerto (estar muerto era como estar de baja, o de vacaciones), todo lo demás parecían desventajas. Andaba por casa en pantuflas y no me afeitaba y mi familia me veía, aunque los de afuera no, o uno no salía mucho al parecer en esa vida de muerto. Recuerdo que no podía teclear o que estaba preocupado por si no podía teclear, por si la consistencia un tanto vaporosa que se le atribuye a los muertos me impedía seguir tecleando de vez en cuando para pasar el rato. Al parecer no había problema, aunque bien pensado para estar muerto tenía unas preocupaciones bastante tontas. Había más preocupaciones, recuerdo que pensaba que era un fastidio morirse tan joven. Y a mi hija; ¿cómo explicarle qué estaba muerto, tan pequeña, y que ya no podría ir al parque con ella? Eso era lo peor, lo que más le dolía al muerto que uno era. Tampoco tomaba galletas Kings, ni té Hoyicha, ni seguiría progresando en el difícil arte, pese a la falsa apariencia de sencillez, de hacer tortillas de patatas. Ni siquiera estaba hipotecado, moriría sin saber qué era eso, cuando todo el mundo no habla de otra cosa, y moriría sin saber lo que era ver al equipo de mi ciudad natal en primera división machacando al Deportivo, si es que este de aquella siguiese en primera división, o si existiese. En fin, tantas cosas que me quedaban sin hacer. Publicar un libro que fuese la envidia de todos los escritores, y además un best-seller, tener tres o cuatro docenas de hijos más, de tres o cuatro docenas de mujeres (para no desgraciar a la misma), tener un piso en cada una de mis ciudades preferidas, y una casa en el campo, para salir a pasear por las mañanas con un jersey de lana y unas botas camperas y volver con un conejo en las manos que había pisado casi sin querer y cocinarlo con arroz y digerirlo con buen vino del país. La muerte segaba una vida en lo mejor y eso, estando ya muerto, me jodía. Me desperté con la respiración agitada, aunque en el sueño todo parecía muy tranquilo, al parecer de muerto veía mucho la televisión y vagaba por el pasillo en pijama, y poco a poco sentí el alivio lógico del que se libra de un gran mal, del que ve como se difumina una pesadilla y ya tiene ante sí el mundo real, que era esa habitación en la que me había echado a dormir la noche anterior y que ya era menos oscura por la luz que entraba a través de las rendijas de la persiana.

Me levanté y pensé; vaya sueño, ¿de dónde saldrá eso, cómo se le habrá ocurrido a las neuronas fabricar tal cosa? Y recordé lo que contó un amigo del reciente fallecido Carlos Llamas (de fulminante enfermedad), una frase que este dijo en uno de los pocos momentos que la sedación le permitió abrir los ojos ante el amigo que venía a despedirse. Nunca, la verdad, he sido muy de radios ni muy seguidor del programa de este señor periodista, pero me impresionó la frase en tal contexto. A unos se les hiela la sangre, a mí se me cuajó, como un yogur.

Abrió los ojos, miro al amigo y dijo: Qué putada.

En fin, dos palabras, quizá las últimas, como otros mueren diciendo Viva Padrón, o Alcánzame la bacinilla. Es el ejemplo perfecto de que a veces una palabra vale por mil imágenes, o que detrás de una palabra hay mil imágenes.

Según me dijeron soñar esto auguraba un cambio de vida, así que eché una primitiva, por si acaso.

6/10/07

El mercadillo (2)

Es difícil recorrer todos los pasillos del mercadillo; las mismas lonas y mesas, todas iguales, y las mismas señoras vestidas de negro y las mismas riñoneras atadas a barrigas enormes, con el cambio, y el laberinto que se forma confunde los sentidos de orientación más desarrollados. Es ropa casi todo y pocas porquerías de desván, como en algunos rastros; muchas bragas, fajas, todo braga 3 por 5 euros, que nadie ande sin bragas, y sujetadores blancos y beis y rojos y negros que parecen cinturones de castidad para las tetas y estos puestos de intimidades femeninas siempre están atestados de manos revolviéndolo todo, señoras prestas a buscar su talla entre las montañas de puntillas y bordados, y levantan las prendas en alto para calcular mejor o imaginar mejor sus partes cubiertas por esas monadas, y también hay muchos zapatos, con grandes tacones de aguja, que asustan un poco, y zapatillas de casa negras de señora de aldea y otras más coloristas y hasta horteras, y deportivos, y botas como cañerías que subirán las rodillas, y una anciana de negro con mandil y pañoleta y un bigote negro y los ojos hundidos en la calavera informa al dudoso, un señor de sombrero con una bota en la mano, que estos son restos de tiendas, que no son de los chinos... No son chinos, no son chinos, repite.

Los tiempos cambian y dos cosas sorprenden al mirón no habitual; parece que los gitanos hablan más en gallego, incluso forzado y tan mal como un político, lo que indica que lo usan como herramienta de trabajo para atraer al cliente, otra vez igual que los políticos, y la otra cosa que sorprende es ese afán por diferenciar sus mercancías de la que venden los chinos. Más veces oiría eso; Esto no es Chinatown.

Cosas para bebé, pequeños cadáveres sin cabeza en cajas abiertas, unos al lado de otros, que atienden viejas que pegan la hebra a cualquiera que pasa por delante, y en general casi todo es ropa que so se sabe muy bien de donde sale y de qué año sale y que hace vestir a las señoras con camisetas adornadas con puntos brillantes que forman palabras a la altura de los pechos como SEX o LOVE&SEX, pues han sido varias las que he visto calzadas sobre el busto de alguna venerable señora, y ridícula. No se vende comida. Sólo churros. El puesto se conoce rápido a lo lejos; una nube de humo blanco que riza el pelo y quita el hambre lo rodea. Un tipo vende ajos, en medio de un pasillo. No tiene pinta de haberlos recogido él mismo y habla como triste, con sordina. Es joven y mantiene baja la cabeza, el pelo grasiento le tapa la barba. Los tiene en un saco; 3 euros la bolsa. Una gitana de un puesto de zapatos le grita por encima del jaleo (su voz poderosa se oiría aunque estallase una bomba atómica cerca); Eh, tú, ajos, hoy no te me escapes como el otro día... dame una de ajos, perdido. Se los da, le paga. Se dan las gracias. Y ya me iba cuando escucho; ¡Libros a 1 euro!, y una lona en el suelo y una capa de libros que la cubre, de cualquier manera, unos por encima de otros, como un mar embravecido de volúmenes viejos. Un tipo de barba recortada blanca y con gafas y una cazadora de cuero está a cargo de la mercancía. Sin esperar gran cosa empiezo a revolver. A un lado todos son manuales de medicina viejos, en castellano sobre todo, pero también en inglés y en francés, y tomos sueltos de enciclopedias infantiles. Alguna guía de pediatría con muchas estampas de niños enfermos con manchas terribles en la piel o deformaciones. Una chica muy apurada mira uno por uno todos estos manuales. Se lleva varios. Yo me enamoro de un Tratado de patología médica, que pone tercera edición de 1937, y hay una firma ilegible en la primera página y debajo; Santiago a 20 de noviembre de 1941. El índice de materias es el paraíso de un hipocondríaco; Concepto de enfermedad, Enfermo y enfermedad, Correlaciones psicocorporales de la enfermedad, y después pasa a lo sustancioso; Dietética general, Farmacoterapia general, Balneoterapia, Hidroterapia y termoterapia... y más sobre terapias, y ya empieza con el estudio de las enfermedades; enfermedades de los órganos endocrinos, enfermedades del metabolismo y por carencia alimentaria, e infecciosas, y del corazón, y de la sangre y de los órganos hematopoyéticos. El libro es muy bonito, de buen papel y con la letra bien puesta, y en sus millones de palabras incluye algunas tan hermosas como cornezuelo, carotina, linfocito y cubreobjetos. Sigo revolviendo tranquilo y apilo lo que vale la pena a un lado; de los tochos no encuentro nada mejor y la pereza y el buen sentido de llevar mamotretos caprichosos para casa me salva, y de lo demás encuentro la biografía de Balzac por Stefan Zweig, de Hispano Americana, mayo 1948, bien conservado, aunque descoloridas las tapas, eran azules, y el segundo tomo de Alianza de Jean Santeuil de Proust y un libro de crónicas (Crónicas escogidas) del mismo de la editorial MCA, con una portada más fea que la bandera de Portugal, pero con una pinta excelente, y El espejo de la muerte de Unamuno, recopilación de relatos, editorial Juventud, y Max Aub en Salvat, y Cunqueiro en Galaxia y Marcovaldo de Italo Calvino en italiano, un libro que traducido debí leer cuando estaba en el instituto una docena de veces.

Cuando ya me falta nada más que una esquina por peinar llega el gran olfateador de tomos de la ciudad, el enemigo, un catedrático de filosofía de barba blanca que siempre aparece cuando uno encuentra algo así, y que tiene el ojo avisado y la mano muy rápida, así que apuro el rastreo y él empieza por la esquina en la que estoy y sin decirnos nada movemos aquella masa de papel en un periquete y uno coge su pila y la paga y él acaba con unos legajos. Un euro cada libro. Hablo con el gitano; estos libros son de un chaval, se los di yo, y lo que saque, me dice, es para él, para sus cosas, para que coma.

Me largo, entre animado y melancólico, con los pies fríos y pensando que estos libros a 1 euro volverán a la lona algún día, pues durarán más que uno, a no ser que venga un fuego y se lleve todo por delante. Será que los manuales de enfermedades le ponen a uno trágico. Leo las primeras palabras de Marcovaldo:“Il vento, venendo in città da lontano, le porta doni inconsueti, di cui s’accorgono solo poche anime sensibili, come i raffreddati del fieno, che starnutano per pollini di fiori d’altre terre.” (El viento, llegando a la ciudad desde lejos, trae regalos insólitos, de los que solo se percatan almas sensibles, como los resfriados del heno, que estornudan a causa del polen de las flores de otras tierras.”)

Como recién salido de una chistera aparece un gitano gordo detrás de un puesto de chinerías, innegable; de todo un poco, desde coladores para la leche hasta lápices.

- Venga, comprarme, por favoooor...

3/10/07

El mercadillo (1)

Justo delante de Hacienda, un edificio acristalado que parece un cubo de Rubik, hay una explanada enorme asfaltada en la que cada jueves se instalan los vendedores ambulantes con sus puestos. Es la feria, o mercadillo. Todo lo que se vende allí apenas existe para la Gran Recaudadora, y en cambio, los funcionarios la tienen delante de sus narices cada jueves. La mayoría de los puestos están regentados por gitanos, que gritan un poco como los antiguos charlatanes de productos mágicos que iban por los pueblos ofreciendo el cielo en botes por pocas pesetas.

Hemos bajado a ver qué se ofrece. Hace un frío que pela y en esa explanada el viento, que parece también interesado en comprarse unas bragas o unas tarteras, no deja de rondar entre los puestos. Es un viento afilado que insensibiliza las orejas a todos. Quizá sea muy temprano, aún no son las once, y algunos sacan de los maleteros sus mercancías y los van colocando con parsimonia, casi con cariño. Mientras, permanecen mudos, reservándose para después. El público, en cambio, ya da vueltas por los corredores; llevan todos las solapas levantadas, el que las tiene. Uno tras una mesa con todo tipo de cables y cargadores para móvil y relojes y altavoces me mira; Cómo pela, ehh... Lo dice dando saltitos a un lado y a otro sin dejar de disfrutar de la vida. Al sonreír se le ve que le falta una muela, o dos, y tiene los pelos de la barba incipiente muy separados, como si fuese ruso. Hay negros que venden alfombras, o marroquíes, y son también los primeros los que venden las copias piratas de las películas y los grandes éxitos musicales. Son tan rápidos de reflejos para las novedades que pueden tener a la venta películas que no solo no han sido estrenadas, sino que aún están sin terminar, y quizá algún día vendan películas que ni se le han ocurrido al autor, lo que será sin duda un prodigio y cosa de gran mérito. Siempre están muy pendientes de la policía, mirando por encima de las cabezas y sospechando hasta de su sombra. Un día salieron corriendo todos, dispersándose por todas partes, y muchos señores vestidos de personas normales le perseguían como niños. Varios coches patrulla aparcados y con las puertas abiertas alarmaban a las marujas que pasaban comiendo churros, pues parecía que algo gordo se estaba cociendo. El pasmo a estas les duraba poco pues ya nada las impresiona y están acostumbradas a ver de todo; además necesitan ropa para el invierno y no hay tiempo que perder ni sitio más barato para comprarla, que dicen los gitanos que es todo ropa de marcas que le sobra al Corte Inglés y a las tiendas. Los policías se gritaban muy agitados; se notaba que la operación era muy importante. Iban varios a por uno y lo cogieron. El otro se escapó, dijeron. Al desafortunado lo traían cogido de la camiseta entre dos, y parecían muy tranquilos, como si todo fuese un juego y ya hubiese acabado. El negro, joven y con los ojos muy abiertos y muy blancos como un negro de dibujos animados de Disney, se dejaba meter en el coche patrulla de la Nacional; los señores que lo traían, uno de ellos gordo y grande como un buey, respiraban con dificultad y parecían que tenían asma e hinchaban mucho los pechos para coger aire.

Oigo a unos gitanos que hablan en alto. No venden nada; están allí de tertulia, tres, muy juntos en medio de un pasillo. ¿Cuanto necesitas tú?, dice uno que viste un traje sin corbata y lleva el pelo largo y mojado y con un mechón cayéndole como una liana por delante de un ojo. Veintinueve millones, le responde el otro, que lleva un jersey y tiene la cara cebada y una papada tranquila y ronda los cuarenta y pico. Hay un tercero que no dice nada y parece estar aprendiendo; es joven y lo suyo es callar. El del traje está muy agitado, quiere ser convincente, y habla de unos treinta millones que alguien le deja y con el resto blablabla y los miro pero les da igual y siguen hablando de millones cuando me alejo.