
No, a mí no me mira Umbral desde ningún póster, y menos desde un póster en pelotas. Quizá desde la tapa de un libro que estaba por aquí cerca, pero ni siquiera mira a la cámara, parece que mira a un punto como espantado, como si estuviese presenciando un asesinato. Esas gafas le hacen los ojos pequeños, como de topillo. La prosa de Umbral, la cosa de Umbral, que usaba su prosa como otros usan su coche o su moto o su chalet en la playa. Esa como ostentación de divinidad en la confección de retales en prosa. Hay cosas horribles en la prosa de Umbral; el tonto, el ángel tonto, la niña mendiga, la cabra ninfómana y las peluqueritas y las meretrices, camastrones, que son los críticos “camastrones y ágrafos”, poetas lacios, galvanizados, tamañones y un pintor ciclán, con un solo huevo.
Fue Larra, un poco, fue Ramón, fue Valle, fue Baudelaire, fue González-Ruano, fue poeta en prosa, ya digo, a veces demasiado poeta, aunque lo advirtió pronto: “Todos empezamos de poetas. Hay que asesinar al poeta a tiempo, en la cocina de provincias, con el cuchillo de descamar el pescado.” He tenido que ir a la cita porque uno recordaba el cuchillo de matar al cerdo. Cosas de subconsciente, aunque no exista. Umbral, a pesar de que no mató del todo a su poeta, es, sí, el siglo XX, al menos en periodismo, en cierto periodismo. Fue un escritor de diario, de diarios, que tematizaba vagamente sus textos, para vender otro libro diferente que nunca era diferente, pues Umbral no solo escribió el mismo libro, quizá como todos los escritores, sino el mismo párrafo. Su obra es el mismo párrafo repetido una y otra vez; uno tardó varios años en darse cuenta, o en querer darse cuenta. Pero lo que no mata engorda.
Me pasa con la prosa de Umbral lo que con la tarta de queso; hace años me empaché y ahora no puedo catarla, ni olerla, la tarta. Si tuviéramos varias vidas es posible que gastase varias de ellas leyendo todo Umbral, pero teniendo una sola, o habiéndole cogido cariño a esta concreta, casi que no, aunque puedo decir que empecé a infectarme del vicio de los libros con los suyos, que me llevaron a otros (criticados por él, en su mayoría, me iba con el enemigo...), al tiempo que me salían unos pelitos en el pecho y creía que la marquesas nunca debían salir de casa a las cinco en las novelas. Después vería en Galdós que las marquesas bien pueden salir a la hora que quieran y hasta hacer pis si tienen ganas y no ser garbanceras, o al menos no más que contarse los pelos del pecho o de donde sea punto por punto con pretensiones líricas.
El mejor Umbral es el de los ensayos. Nadie sabía de primera mano, y de lecturas y sobre todo de nariz, tanto de literatura castellana como este hombre. Y lo que quizá es más importante e indiscutible; nadie sabía escribir de ello en castellano con esa intuición del revés que lo decía todo tan bien, aún equivocándose adrede para salvar su culo de prosa que se mira el ombligo, o el paquete. Sus libros sobre Ramón, Larra, Valle, y en sus manuales de literatura, a pesar de que sus opiniones son de supervivencia, son de lo mejor. Cada uno salva del olvido a los que se le parecen a uno en limitaciones, en incapacidades, y se recubre toda esa salsa darwiniana con justificaciones índole teórica, que la verdad está allí y no allá. Decía Paul Klee que uno encuentra su estilo cuando no puede hacerlo de otra manera. Umbral abomina de Galdós precisamente por eso, y en cambio piensa uno que en el fondo Umbral siempre quiso ser Galdós, ese novelista de raza, esa actitud hasta el final, o Baroja, que le salían las novelas casi sin querer.
Umbral fue Umbral, también, lo que no es moco de pavo, y aunque no tuvo (ni quiso al parecer) sillón en la academia, tiene un sillón de mimbre bien destacado en la literatura española de este siglo.

La vieja Olivetti de Umbral, que últimamente ya escribía sola, con solo acercar la mano, y así le salían unos artículos un tanto meapilas.
Umbral, con sandalias, etcétera.Varios Umbrales, mirándose unos a otros, como en uno de esos duelos a tres de las pelis de Morricone. Una metáfora excelente de sus libros, un poco a lo Henry Miller, que pone el espejo detrás de la máquina de escribir para verse la cara de mono mientras teclea y recordar de donde venimos etcétera.


