27/6/07

Viaje a la Patagonia

Con un extracto en la contraportada como este hay que ser de piedra para no escaparse con él a una esquina y leerlo, o cavar un agujero en el suelo y guardarlo para mejor ocasión, cual chucho.
"Como los exploradores clásicos me he munido de unas botas (las botas de siete leguas), de un saco de cuero como para invernar en el polo, y que es magnífico para aparecer embutido en él en una película cinematográfica, pues le concede a uno prestancia de aventurero fatal, y de una pistola automática. Todavía ignoro si la ametralladora tira o no, pues me la presto mi gran amigo Diego Newbery. Con las botas, el saco de cuero y la pistola enigmática, espero descubrir más tierras y maravillas que sir Walter Raleigh quien, después de volver de la Guyana, intentó pasar en Inglaterra cada boleto que se dijo podía haberse escrito Las mil y una noches, y haberse quedado en casa, pues lo menos que pretendía era que en Venezuela existían hombres tres veces más grandes que los ordinarios y negros que tenían ojos en los hombros y rulitos en las espaldas."
Roberto Arlt, En el país del viento. Viaje a la Patagonia (1934), (Editorial Simurg, Buenos Aires, 1997).

24/6/07

Retratos (3). El sacaúntos


El sacaúntos, u hombre del saco, es ese tipo enorme que va por los caminos con una gran bolsa cargada en la espalda; en esa bolsa lleva niños, recién cazados, a los que les saca la grasa para después venderla y comprarse un piso en Sanxenxo, o en Santiago, alquilándolos después a precios desorbitados. Esta es una versión moderna de la leyenda, pero válida. Las leyendas cambian con los tiempos, describiendo la adaptación de los monstruos a las nuevas épocas.

El sacaúntos de hoy ya no lleva bolsas; tiene un gran maletero en su audi y allí guarda la manteca. Viste muy normal y a veces se le nota en la panza el saco a la espalda de sus antepasados, que le bajó al vientre, como simulando un embarazo, pero de niños muertos. Me acordé del sacaúntos ayer, porque hay un personaje en esta ciudad que lo parece, pero un sacaúntos de antes; una sombra errante con bolsas.

Lleva un abrigo oscuro muy largo que casi le alcanza los tobillos, da igual si estamos en verano o en invierno. Es alto, muy alto, y delgado, un poste de la luz andante. Una barba descuidada pero con un aquel aristocrático, y el pelo ondulado y canoso, los ojos oscuros y hundidos, como si se quisieran esconder, lo mismo que una avestruz. El rostro muy blanco, harinado. Lo vi salir de un bar de tapas de la calle del Franco. Como siempre llevaba varias bolsas, a punto de explotar, como de ropa, muy redondas y misteriosas. Este tipo al que solo conozco de vista siempre va sólo y cargadísimo de bolsas de supermercado que le van botando en las rodillas.

Sudaba ayer. Era un sudor de apariencia pegajoso, como sudado sobre sudado. A pesar de todo su aspecto no es el de un vagabundo. Nunca lo he visto hablar con nadie, y no sé qué hace, si hace algo, o dónde vive, si vive en algún sitio fijo. No parece un borracho ni creo que lo sea. Tiene un aspecto vulnerable y melancólico, casi triste, y parece que si alguien resolviese darle una paliza ni se inmutaría, se dejaría mazar con indiferencia y sin oponerse. No sabemos cual es su misterio, porque todos tenemos un misterio que llevamos en bolsas, aunque sean invisibles o se vean menos.

Hace mucho que lo veo por Santiago. Ayer, que lo vi, me fijé en él, pero ni se dio cuenta, como siempre, pues camina ajeno al mundo. Lo perdí Franco arriba, sacando cabeza entre turistas de pantalones cortos y sandalias que bajaban parándose ante las vitrinas de los restaurantes que enseñaban espinazos de ternera seca y curtida, y besugos, lubinas y otros pescados con pellejos descoloridos y los ojos ciegos, grises, opacos, como hechos de plástico barato.

A trancas y barrancas

Ha nacido un nuevo blog, o como quieren decir por aquí, blogue. Con suerte y viento a favor dará alguna guerra, pero será, tranquilos, una guerra de tartas, de huevos y posiblemente a veces de tintorro, de ese que arruina una camisa para toda la vida y parte de la otra.

Ya hay un Pombo virtual...
¡Salud!

19/6/07

Ayer por la tarde

Tienda de móviles. Cinco y pico de la tarde. Media docena de móviles esparcidos por el mostrador de cristal; todos me parecen bien, o todos me parecen mal. No sé. Me fijo más; hay uno que parece una barrita de chocolate, pero es muy caro. Ese estaba bien. Un Sony Ericsson. Japoneses y suecos. Japosueco. Me quedo mirando, embobado, a todo el rebaño de aparatos. En cualquier momento a algunos les saldrán unas patitas y echarán a correr por el cristal, como cucarachas con bluetooth. Miro afuera, a través del cristal; está diluviando, el agua cae haciendo ruido de latigazos. Ni siquiera pasan coches. La vendedora teclea en el ordenador, muy apurada, manda mensajes, canjea puntos, recibe mensajes, cambia tarjetas, está histérica, aunque no hay nadie más en la tienda. Parece que va a salirle humo de las orejas de un momento a otro. Es pelirroja y las pecas le llegan hasta donde alcanza la vista, allá por el canalillo muy abierto, como una de las Rías Bajas. Habla muy rápido. Mi corazón late muy despacio, y todo sucede muy despacio (a pesar de que veo a cámara rápido a la vendedora) pues apenas he dormido esta noche y acabo de comer hace poco.

De repente, como en uno de esos salones/tabernas del oeste americano, se abre la puerta y entra una señora, que lleva una gabardina enorme, empapada. El rumor de la calle se convierte en escándalo y se cuela en la tienda con la señora. Lleva un paraguas en la mano, como un rifle, que chorrea en el suelo. Bajo el brazo una caja envuelta en una bolsa. Se acerca al mostrador. Mi vendedora le echa un ojo a la señora. Tiene ésta una cara que parece (siguiendo con la película de vaqueros) un indio viejo, incluido la coleta, el pelo gris y el aspecto de haber salido del infierno. Sale una mujer de detrás de una puerta, con una cara de bruta que impresiona. Es esta vendedora grande como un portero de discoteca y los labios pintados y los coloretes le hacen el efecto de ir disfrazada, como esos machotes que se visten una falda en carnavales y se pintan la cara y salen a hacer el putón verbenero por ahí, moviendo mucho el bolso. La señora tira la caja que lleva al cristal del mostrador. Si no fuese porque ya estaba mirando levantaría la cabeza a ver qué pasa. ¿Dónde está la tarjeta? La vendedora no se amilana. ¿La tarjeta? A mí que me dice, yo no le abrí la caja... La señora, más alto, repite; ¿Dónde está la tarjeta? Por el tono apostamos a que se va armar una gorda. La vieja está muy desmejorada por el trato de la vida, que no la tuvo haciendo calcetas, aunque tiene riñones, pero la vendedora/armario parece acostumbrada a lidiar con cosas peores. Nos la imaginamos en uno de esos bares en los que hay que sacar a alguien a hostias, y que conocemos de películas.

La discusión sigue por el mismo camino, que sí, que no, que la tienes tú, que me revisen señora. En cualquier momento la vieja pasará a la acción; sacará una guadaña de debajo de la gabardina, sospechosamente larga, y segará la cabeza de la vendedora/armario. La cabeza rodando por el suelo y dejando un reguero de carmín y sangre, con la cara de paleta decapitada, pues es sabido que a los decapitados se les pone cara de gañán, y más si ya la tenían, que se les acentúa. Después se dará la vuelta e irá a por nosotros. Sólo me quedará tirarle la barrita de chocolate japosueca a la vieja, pero como es una zorra robótica programada para matar escritores fracasados y a fracasados en general ni se inmutará, sonará a metálico el golpe en la sien, y con un movimiento rápido dejará a mi mujer viuda y la vendedora histérica dejará sin chollo a su psiquiatra y al chucho sin comida.

Mi mujer se sentirá culpable por haber perdido su móvil, por mandarme a comprarle uno, y como los genes son los genes se verá obligada a hacerse el harakiri con el cuchillo del pan, y la cadena continuará etcétera etcétera hasta que a alguno de vosotros, sabios lectores, os llegue el dominó de este destino clavándoos alguna de sus garras en vuestro pacífico tejido adiposo. Todo bastante trágico.

Pero fue lo que pasó otra cosa; en ese preciso momento en el que la vieja parecía a punto de sacar la guadaña, de repente, se vino abajo e imploró una solución casi llorando, pues en su casa la iban a matar,
como una voz lastimosa que ponía los pelos de punta, y lo dijo muy rápido como para que la oyéramos sin saber muy bien si habíamos oído bien. Es más, no estoy muy seguro de lo que oí. Impresionaba el cambio de tono, de estrategia, de la amenaza al ruego en unos segundos. Al final, después de hablar mucho más, dijo muchas gracias y se fue. No sé de qué hablaron ni cómo se arregló el asunto porque perdí el hilo al ver que no había sangre ni que estaba en juego mi vida.

Estos días, aguijoneado por algunas referencias muy oportunas de Conde-Duque, me he dejado caer por la prosa de Dickens. Hay un capítulo de Una historia en dos ciudades (traducción de Manuel Vallvé, Círculo de lectores, 1968) que empieza así;
"Es un hecho maravilloso y digno de reflexión que todo ser humano esté constituido de modo que resulte un secreto profundo y también un misterio para los demás. Y se me ocurre la idea solemne, cuando entro por la noche en una gran ciudad, de que cada una de aquellas casas apiñadas encierra su propio secreto, de que cada vivienda también conoce su secreto que le es peculiar; de que cada uno de los corazones que laten en los centenares de millares de pechos que allí habitan es, en alguna de sus imaginaciones, un secreto para el corazón que se halla más cerca de él."
Dickens' Dream - Robert W. Buss (1804-1875)
Y esto no es nada menos que el principio de toda novela, de casi toda escritura. Por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela, nos dice Galdós en Fortunata y Jacinta, y nos acordamos de la vieja saliendo de la tienda con su novela de terror a cuestas, una Matanza en Texas o por ahí. O a lo mejor no y todo es delirio de uno.

17/6/07

Borradores de borradores

"Las pequeñas construcciones pueden ser acabadas por sus arquitectos originales; las grandes, las verdaderas, siempre dejan la techumbre a la posteridad. Dios me libre de completar nunca nada. Este libro no es más que un borrador... ¡bah!, no es más que el borrador de un borrador. ¡Oh, Tiempo, Fuerza, Dinero y Paciencia!".
Moby-Dick, Herman Melville (1819-1891).

14/6/07

Retratos (1)

Es muy moreno, de piel y de pelo, que siempre lleva peinado para atrás y mojado. Tiene una nariz gorda, que parece que suena si se aprieta, aunque no lo hacemos porque nos daría mucho asco. De esa nariz salen unos pelos también muy morenos, que no peina, y crecen libres apuntando al suelo. Los labios gruesos, carnosos, besucones, y cuando abre la boca, como si se abriera el telón vemos unos dientes descomunales como columnas, de largos y torcidos, dejando una rendija triangular en el centro de los incisivos que casi nos permite ver la campanilla de la garganta, y a través de la cual podría meter una pajita para beber si quisiera. Porta unas gafas cuadradas y de alambre negro, que siempre se le caen y sube con el dedo corazón, como si nos estuviese diciendo; monta aquí y pedalea. Ya tiene cuarenta y tantos, siempre dice cariño a todas las mujeres, da igual sino las ha visto en su vida, y tiene cierto aire mimosón con ellas que pone de los nervios a cualquier persona que haya tenido una mala noche, y hasta a algunos que hayan dormido bien. Gasta bromas por teléfono que no tienen ninguna gracia y se ríe moviéndose mucho, doblando el espinazo si está de pie y temblando de rodillas para arriba, aunque apenas hace ruido ni carcajea con escándalo. Cuando lee algo, un papel, parece un pobre desvalido cerebral, lo hace con mucha atención, poniendo los cinco sentidos en las letras y dudamos entre interesarnos por el asunto que le tiene tan concentrado, pues da pena verlo así, o darle una colleja. Siempre que ve un niño, da igual donde, le hace el pajarito, automáticamente. Le acerca un dedo a la criatura y al tiempo que lo mueve, como si bailase salsa el dedo, se oye un canto de ruiseñor que se quedó encallado en la misma nota y no va ni para adelante ni para atrás. Es como la ambulancia de los ruiseñores. Los niños ponen cara de lelos y no mueven una pestaña por lo que puedas hacerles ese chalado. Él, en cambio, cree haber hecho feliz a una criatura y se marcha muy contento.

Tiene una espalda enorme, y dan ganas de romperle una banqueta en la misma, a ver si es verdad que se hace añicos, como en las películas de vaqueros que hemos visto de pequeños, y por las que siempre nos quedaron las ganas de emularlo. Pero no lo hacemos porque es muy llorón y melodramático y haría como que se muere solo para dar pena. Además tiene unas manoplas que acojonan, grandes e hinchadas, y rojas. Un lápiz en su mano parece un mondadientes. Cuando se encuentra mal es el peor actor del mundo, y desfallece sobreactuando de manera escandalosa; le agarra a uno el brazo y empieza a temblar como si le estuviese dando un ataque epiléptico, hablando entrecortadamente y solicitando una pena que uno también acaba simulando para que se quede tranquilo y quitárnoslo de encima. A veces le flojean las rodillas, aunque solo tenga catarro, y siempre parece a punto de desplomarse. Después desaparece. Al día siguiente se le ve fenomenal, levantando mucho las cejas, contando chistes y haciéndole el pajarito a los niños que se le ponen a tiro.

Por supuesto, alguien así no puede existir.

13/6/07

Doem-me a cabeça e o universo

Un 13 de junio como hoy, pero de 1888, nació Fernando Pessoa. Es de los pocos escritores que recuerdo la fecha de nacimiento exacta. Por supuesto, Pessoa era un mundo aparte, que tomaba la forma de poeta a veces y ensayista, o narrador, o crítico. Más que escritor era un precipicio; un precipicio engrasado, o el hueco de un ascensor sin ascensor. La mayoría de las lecturas que nos llevan al infierno son en ascensor. En Pessoa damos un paso adelante y... ya estamos cayendo, sin apretar ningún botón.

El Livro do desassossego siempre me ha sentado muy mal. Por eso apenas lo frecuento, porque me desordena el alma, o esas sustancias químicas que la sustituyen ahora, lo que a fin de cuentas viene a ser lo mismo, más o menos. El caso es que salía uno a la calle acojonado, viéndolo todo como por primera vez, sospechando hasta de los chuchos, y mi novia me decía que estaba muy raro, que bebiese más. Ahora está uno más curtido e insensibilizado y ya no me haría el efecto que tenía cuando era un chaval. Como en aquella canción de Golpes bajos:
No mires a los ojos de la gente
me dan miedo, mienten siempre
No salgas a la calle cuando hay gente
¿Y si no vuelves? ¿Y si te pierdes?
Puede que sea un crimen poner aquí, en este pequeño recuerdo del nacimiento de Pessoa, unos versos de Coppini, pero qué más da. Pessoa ya tiene estatua, en el café A Brasileira, en el Chiado, donde los poetas y los profundos en general posan para una foto colgados del cuello de la estatua como chimpancés poniendo unas caras de estar pensando en algo terrible. Llevó la vida más triste que nadie pueda tirarse a la cara. Sólo, pobre, borracho, lúcido y portugués. Al igual que los gallegos, los portugueses llevan el sello de la melancolía tatuado en una teta, en el pecho quiero decir; es como un sello de discoteca incómodo que hemos de ir borrando para hacernos la vida menos indigesta. Y casi nunca puede borrarse del todo; antes aún es más fácil borrarse un tatuaje con saliva.

Dejó un baúl lleno de papeles, y según se van sacando y entendiendo se van haciendo libros. Era un misterio este tipo, que además era varios tipos, todos atrapados en el mismo cuerpo menudo y estropeado. Pego un fragmento del Livro:
"Era a ocasião de estar alegre. Mas pesava-me qualquer coisa, uma ânsia desconhecida, um desejo sem definição, nem até reles. Tardava-me, talvez, a sensação de estar vivo. E quanto me debrucei da janela altíssima, sobre a rua para onde olhei sem vê-la, senti-me de repente um daqueles trapos húmidos de limpar coisas sujas, que se levam para a janela para secar, mas se esquecem, enrodilhados, no parapeito que mancham lentamentamente."
Hay una frase muy atinada de Pessoa sobre sí mismo: "Doem-me a cabeça e o universo."

10/6/07

"Yo era un niño y mis hermanos también"

Zeppelin, como ya sabéis, es el primer libro de José Manuel Martín Peña, editado por Pre-Textos. Es un libro corto, muy corto, hondo, y ya siguiendo con la rima chorra, mondo y lirondo.

Es decir, limpio, claro, sin adornos ni añadidos.

Se me hace difícil escribir sobre su libro porque siento muy cercano al autor. Llevo leyendo cada día sus frases desde hace tiempo en su blog y eso hace que uno añada al libro todo lo que sabe del mundo íntimo/literario del autor. Yo veo este libro como el estreno de un gran escritor. Primero porque confío en el talento de este tipo; y segundo, porque sospecho que el libro es el primer paso de algo más que una afición, y no el simple cumplimiento de uno de los mandatos vitales de la trilogía que forman tener un hijo, escribir un libro y comprar un piso (antes era lo del árbol). Algún día los libreros de viejo cobrarán un riñón por esta primera edición.

Así que el libro es como la nariz del autor asomando por detrás de una puerta, y menuda nariz. Los hay que salen a escena enseñando lorzas y simulando la danza del vientre sobre la barra de un pub, y después está la otra literatura, en la que el autor no sale como un puñetero modelo de versace citando a Baudrillard, sino que escribe sus cosas, después de sentirlas, que por eso las escribe, porque las siente, y las escribe sin poses ni disfraces, y como decía Azorín, tirando si hace falta el carro por el pedregal. Me gusta de J.M. Martín Peña varias cosas, además de su prosa y esa sensibilidad a través de la que filtra el mundo, pero destaco su relación con los objetos, que a mi me asombra.

Los objetos, un tanto a la manera ramoniana, aunque más oscura, cobran vida, o parecen cobrar vida, como esos juguetes infantiles que se hacen los muertos para todos y abren un ojo cuando no hay nadie. Son impresiones fugaces, de segundos, la que nos da, a la manera de esos misteriosos movimientos que detectamos a veces por el rabillo del ojo, como sombras que pasan a nuestro lado y que no solo ven los borrachos o los seguidores de Iker Jiménez. Los objetos, muertos, testigos de las jodiendas de la vida, no se pueden contener y de repente se espabilan:
"Las tardes de los miércoles yo la acompañaba, íbamos cada uno con una enorme caja de cartón al hombro en la portábamos los cepillos. Recuerdo que pesaba mucho y sonaba como si dentro lleváramos animales que rascaran el cartón."
Esa frase última nos tumba. Todo el trabajo que costaba hacer aquellos cepillos se lee en esa frase, en esos cepillos encerrados en la caja.

Es un libro en pasado. La infancia, la juventud de unos personajes que nunca están donde quieren estar, con un fondo de rabia que asoma a veces, casi una mala hostia que algún ectoplasma universitario con cátedra remitiría inmediatamente a resentimiento de clase, pero dejémonos de leches; es otra reconcomio, que va y viene por otras sendas, y que arranca desde el hígado, y cada hígado es un mundo.
"Yo también había cambiado. Pero a mí me consumía la impaciencia. Sentía unas ganas tremendas de golpearme contra algo. Había un rencor sordo en mis pasos. Soñaba con un cronómetro. Pero volví al redil, con mis amigos. Al Zeppelin."
Pues eso, pequeños fragmentos de vidas bosquejados por una mano paciente y de la que esperamos mucho. Este libro es un anticipo. Ya solo le faltan unos dibujos de Ricardo Baroja o alguno así para que la joya enamorase a los analfabetos sensibles.

Aquí queda hecha esta recomendación, que vale mucho la pena, aunque se me hiciera corto. Quiere uno seguir viviendo en esa infancia, la que cuenta, que es un poco la nuestra, la de todos.

Para acabar no me abstengo de emitir un deseo. A veces soy una máquina de expeler deseos, sobre todo ante la belleza, ya sea esta en forma de libro o moza. Mi deseo es este; que haga lo que salga de los nenúfares (literariamente hablando), y que llegado el caso, por falta de tiempo o por lo que sea, que contrate un negro (si encuentra uno que no se quede por debajo de sus talones) y que lo ponga a escribir día y noche, en el desván o en el sótano, para que encuentre la concentración necesaria. Que no tenga piedad de su negro, o negros, de tener varios, véase el caso César Vidal, que los explote sin ningún remordimiento pues somos algunos los que ya esperamos el próximo libro.

Y sin otro particular corto y cierro.

7/6/07

Leyendo...

Había un escritor norteamericano que estaba cansado de la literatura y cansado, sobre todo, de sí mismo. Se refugió en una casa de campo, solitaria, "con el deseo en el alma de no pensar". No tenía televisión ni leía periódicos. Pasaba largos ratos frente a la radio, cambiando de emisora; de vez en cuando escuchaba las noticias locales, pero procuraba no prestarles atención y sintonizar en seguida un programa musical. Por la noche, a pesar de su propósito de evitar el pensamiento, se le ocurrían ideas absurdas mientras oía la música y entonces se llamaba a sí mismo estúpido. Pudo transcurrir mucho tiempo de esta forma. Pero un día el escritor hojeó un libro, leyó unas líneas, siguió leyendo con emoción insólita y de pronto todo cambió. Fue, nos dice, como el enamoramiento de un hombre de mediana edad, algo desde luego notable, pero quizá también, no lo negaba, un poco ridículo. Y empezó a comportarse con el entusiasmo olvidado de la adolescencia: en la pared del dormitorio clavó con chinchetas un retrato del autor del libro que tanto le había conmovido; entraba en el sueño releyendo sus páginas y, cuando algún negro viento nocturno le aceleraba el pulso o se le detenía, se acordaba de la existencia del libro y recobraba el bienestar; y por las mañanas paseaba hasta la orilla del río con el volumen en la mano, se sentaba frente a las montañas y observaba meticulosamente la realidad en torno con la extrañeza permanente de que unos versos, que ni siquiera leía en su idioma original, le hubieran desvelado, como en la niñez, la transparencia del mundo y su infinito asombro. Al escritor le hubiera gustado manifestar su agradecimiento al poeta que le había devuelto, entre otros dones perdidos, el placer de leer, pero el poeta había cerca de cincuenta años que había fallecido y, "por lo que sabemos de la muerte", no hay comunicación posible con la otra orilla. Así que su gratitud adquirió, a su vez, la forma vicaria de un poema que tituló Radio Waves. El escritor americano se llamaba Raymond Carver. El poeta extranjero, cuyo retrato puso Carver en la pared de su dormitorio, Antonio Machado.
José María Conget, Agradecimiento (publicado en el libro Una cita con Borges, Editorial Renacimiento, 2000).

6/6/07

Lo sagrado

Es de Bilbao, pero vive a las afueras de Santiago. Se llama Igor, como el ayudante jorobado del doctor Frankenstein. Trabaja en una funeraria, es pelotari ocasional y se junta con otros vascos que viven por aquí para sufrir en grupo las derrotas del Athletic y beber cerveza, de paso. Eso, cuando su trabajo se lo permite, porque casi todo el mundo se muere a partir del jueves; sobre todo en domingo, dice. En lunes no se muere nadie. ¿Tu has visto a alguien morirse en lunes? Pregunta, sabiendo que tal cosa es imposible. Si lo sabrá él.

Esas arbitrariedades de la muerte le molestan mucho, muchísimo. Esas preferencias por el fin de semana para irse al otro barrio le amargan un trabajo que en principio no le disgusta mayormente. Lo comenta malhumorado, reprochando al género humano o a la diosa fortuna la poca delicadeza de todos al morirse, casi incluyendo a los silenciosos oyentes de sus quejas en potenciales culpables de un futuro domingo jodido.

Aguantar a los curas es otra cruz que a veces se le atraganta. Camino del cementerio, un domingo más, con el muerto atrás, el cura busca tema de conversación;

-Ojalá que descienda el Bilbao...

Espantado por la monstruosidad oída mira al cura.

-Pero... ¿por qué?

La mirada perturba al cura, que no sabe en dónde se está metiendo.

-Digo el Bilbao, como digo el Madrid, o el Barça... uno que nunca descendió...

No sabe este cura que hay cosas con las que no se bromea, y el Athletic, para algunos, es una de ellas; "Estuve a punto de darle una hostia al jodido cura. No lo hice por respeto al muerto".

1/6/07

La teoría del tocho

"La cosa en sí" es el tomo 14 de Salón de pasos perdidos (Una novela en marcha), los diarios de Andrés Trapiello. Y con él estoy; setecientas y pico páginas, aunque el tomo engaña un poco, pues acostumbrados al papel de antes, más grueso, pensamos que este tomo es menos voluminoso, y no. Papel más fino, para que de seguir este ritmo (ojalá) sea viable meter la obra completa de Trapiello en una vivienda, como el que no se compra una nevera más grande por no cogerle en la cocina.

Si bien a veces se habla del libro tocho como de una perrería del autor para con el mundo, y que lo bueno breve dos veces bueno, hay que decir, tengo que decir, que el tocho, lo tocho, la cosa en sí tocho, es siempre relativa; hay tochitos (tochos reales) de cien páginas en los que uno se arrastra como por el fango, con los pantalones mojados, y en sueños, que es cuando menos se alcanza lo que perseguimos y cuando más desesperación causa, y otros tochos (tochos aparentes), que se leen como con prisa, como si el autobús se nos escapara a la vuelta de cada página. Y este tomo, como todos los que he leído, creo que todos, es de estos últimos, un tocho aparente, y un peligro, que nos roba el tiempo de sueño, de estudio, de trabajo y hasta de váter.

Por ejemplo, ayer, en un respiro que me tomo de vez en cuando en el váter, asistí al funeral de Carmen Martín Gaite (que es una C), y vi a Sánchez Ferlosio (una F), con la camisa por fuera y una corbata negra "que parecía el banderín de un barco pirata, como un guiñapo que le caía en el pecho", y bueno, se siente uno raro, sobre todo en el váter, leyendo un entierro y metiendo la cabeza en la vida de una persona viva, que en el momento que leemos seguirá haciendo más o menos lo que nos cuenta. Nos vemos a nosotros mismos como en un globo vaporoso flotando sobre la cabeza de Trapiello y observando como lechuzas sus movimientos y sus conversaciones y su intimidad. Un poco como la vecina loca que espía a todo el mundo a través de la mirilla de la puerta y se pasa el día y la noche en la ventana, observando al personal.

El rastro de Madrid sale tanto en estos diarios como su casa, sino más. Si Spielberg quisiese llevar estos diarios a la pantalla grande mucho rastro iba a tener que sacar. Es la parte que más recuerda a Ramón, y a uno de sus mejores libros, El rastro.
Y ya entrando en "La cosa en sí" diré que lo disfruto como todos los anteriores, pues es siempre el mismo libro el que escribe Trapiello, y es el mismo libro el que queremos leer. Las críticas podrían ser intercambiables, sino se entra en detalles o pasajes concretos; lo que se dice para el tercero se dice para éste. Quizá alguna que otra entrada (pocas) en las que se mete en camisas de once varas filosóficas (su mujer empieza a estudiar filosofía) y se lee con menos gusto, pero en general estamos ante un maestro del retrato, muy bien aprendido de Solana, y de Baroja, de Galdós, y del relato, pues así podemos leer muchas de sus entradas, como relatos magníficos.

No aburren los rifirrafes literarios porque la mala baba se convierte en prosa de primera y porque le salen casi sin querer, creemos, unas venganzas divertidas y hasta bienhumoradas. Un tono entre malvado y festivo, del que casi siempre carecen en sus críticas los que odian al personaje Trapiello. Mientras él sufrirá como un niño al que le llaman feo, una mala crítica, nosotros nos lo pasamos bomba. Los premios literarios y los recitales de poesía son a Trapiello lo que los conventos, curas y monjas a Solana, el resorte que provoca los mejores pasajes, los más tronchantes y satíricos. Ahora, no querer ver lo que cuenta no hace sino confirmar los retratos que se hacen del mundillo literario, donde la estupidez más ridícula está tan presente, afortunadamente, pues así es mucho más fácil no tomarse en serio nada ni a casi nadie.

De ahí ese odio cerril que le profesan a este hombre algunos, cosa un tanto exagerada, y que me parece tiene que ver con la importancia que el mismo Trapiello le da a sus "enemigos", volviendo a ellos con más frecuencia de la que haría falta, y que seguro no disgusta a más de uno, cabreados insignificantes y galopantes que colman sus aspiraciones vitales siendo el blanco de sus dardos, o de los dardos de alguien. Dirán a sus nietos con un volumen de estos diarios; mira este que ponen aquí a parir soy yo.

Y para acabar la crónica de esta lectura en proceso recordaré una cosa que no se tiene muy en cuenta cuando se habla de Trapiello. Tiene el tío mucho talento para los títulos. Quizá "La cosa en sí" sea uno de los menos afortunados, pero el resto son muy buenos. Por ejemplo, ayer me topé en este diario con el título de un proyecto, o libro acabado (pero que no publicó todavía) y cuyo título será "Lances de libros viejos". Con ese título no puede ser malo el libro, sea lo que sea.