Es difícil recorrer todos los pasillos del mercadillo; las mismas lonas y mesas, todas iguales, y las mismas señoras vestidas de negro y las mismas riñoneras atadas a barrigas enormes, con el cambio, y el laberinto que se forma confunde los sentidos de orientación más desarrollados. Es ropa casi todo y pocas porquerías de desván, como en algunos rastros; muchas bragas, fajas, todo braga 3 por 5 euros, que nadie ande sin bragas, y sujetadores blancos y beis y rojos y negros que parecen cinturones de castidad para las tetas y estos puestos de intimidades femeninas siempre están atestados de manos revolviéndolo todo, señoras prestas a buscar su talla entre las montañas de puntillas y bordados, y levantan las prendas en alto para calcular mejor o imaginar mejor sus partes cubiertas por esas monadas, y también hay muchos zapatos, con grandes tacones de aguja, que asustan un poco, y zapatillas de casa negras de señora de aldea y otras más coloristas y hasta horteras, y deportivos, y botas como cañerías que subirán las rodillas, y una anciana de negro con mandil y pañoleta y un bigote negro y los ojos hundidos en la calavera informa al dudoso, un señor de sombrero con una bota en la mano, que estos son restos de tiendas, que no son de los chinos... No son chinos, no son chinos, repite.
Los tiempos cambian y dos cosas sorprenden al mirón no habitual; parece que los gitanos hablan más en gallego, incluso forzado y tan mal como un político, lo que indica que lo usan como herramienta de trabajo para atraer al cliente, otra vez igual que los políticos, y la otra cosa que sorprende es ese afán por diferenciar sus mercancías de la que venden los chinos. Más veces oiría eso; Esto no es Chinatown.
Cosas para bebé, pequeños cadáveres sin cabeza en cajas abiertas, unos al lado de otros, que atienden viejas que pegan la hebra a cualquiera que pasa por delante, y en general casi todo es ropa que so se sabe muy bien de donde sale y de qué año sale y que hace vestir a las señoras con camisetas adornadas con puntos brillantes que forman palabras a la altura de los pechos como SEX o LOVE&SEX, pues han sido varias las que he visto calzadas sobre el busto de alguna venerable señora, y ridícula. No se vende comida. Sólo churros. El puesto se conoce rápido a lo lejos; una nube de humo blanco que riza el pelo y quita el hambre lo rodea. Un tipo vende ajos, en medio de un pasillo. No tiene pinta de haberlos recogido él mismo y habla como triste, con sordina. Es joven y mantiene baja la cabeza, el pelo grasiento le tapa la barba. Los tiene en un saco; 3 euros la bolsa. Una gitana de un puesto de zapatos le grita por encima del jaleo (su voz poderosa se oiría aunque estallase una bomba atómica cerca); Eh, tú, ajos, hoy no te me escapes como el otro día... dame una de ajos, perdido. Se los da, le paga. Se dan las gracias. Y ya me iba cuando escucho; ¡Libros a 1 euro!, y una lona en el suelo y una capa de libros que la cubre, de cualquier manera, unos por encima de otros, como un mar embravecido de volúmenes viejos. Un tipo de barba recortada blanca y con gafas y una cazadora de cuero está a cargo de la mercancía. Sin esperar gran cosa empiezo a revolver. A un lado todos son manuales de medicina viejos, en castellano sobre todo, pero también en inglés y en francés, y tomos sueltos de enciclopedias infantiles. Alguna guía de pediatría con muchas estampas de niños enfermos con manchas terribles en la piel o deformaciones. Una chica muy apurada mira uno por uno todos estos manuales. Se lleva varios. Yo me enamoro de un Tratado de patología médica, que pone tercera edición de 1937, y hay una firma ilegible en la primera página y debajo; Santiago a 20 de noviembre de 1941. El índice de materias es el paraíso de un hipocondríaco; Concepto de enfermedad, Enfermo y enfermedad, Correlaciones psicocorporales de la enfermedad, y después pasa a lo sustancioso; Dietética general, Farmacoterapia general, Balneoterapia, Hidroterapia y termoterapia... y más sobre terapias, y ya empieza con el estudio de las enfermedades; enfermedades de los órganos endocrinos, enfermedades del metabolismo y por carencia alimentaria, e infecciosas, y del corazón, y de la sangre y de los órganos hematopoyéticos. El libro es muy bonito, de buen papel y con la letra bien puesta, y en sus millones de palabras incluye algunas tan hermosas como cornezuelo, carotina, linfocito y cubreobjetos. Sigo revolviendo tranquilo y apilo lo que vale la pena a un lado; de los tochos no encuentro nada mejor y la pereza y el buen sentido de llevar mamotretos caprichosos para casa me salva, y de lo demás encuentro la biografía de Balzac por Stefan Zweig, de Hispano Americana, mayo 1948, bien conservado, aunque descoloridas las tapas, eran azules, y el segundo tomo de Alianza de Jean Santeuil de Proust y un libro de crónicas (Crónicas escogidas) del mismo de la editorial MCA, con una portada más fea que la bandera de Portugal, pero con una pinta excelente, y El espejo de la muerte de Unamuno, recopilación de relatos, editorial Juventud, y Max Aub en Salvat, y Cunqueiro en Galaxia y Marcovaldo de Italo Calvino en italiano, un libro que traducido debí leer cuando estaba en el instituto una docena de veces.
Cuando ya me falta nada más que una esquina por peinar llega el gran olfateador de tomos de la ciudad, el enemigo, un catedrático de filosofía de barba blanca que siempre aparece cuando uno encuentra algo así, y que tiene el ojo avisado y la mano muy rápida, así que apuro el rastreo y él empieza por la esquina en la que estoy y sin decirnos nada movemos aquella masa de papel en un periquete y uno coge su pila y la paga y él acaba con unos legajos. Un euro cada libro. Hablo con el gitano; estos libros son de un chaval, se los di yo, y lo que saque, me dice, es para él, para sus cosas, para que coma.
Me largo, entre animado y melancólico, con los pies fríos y pensando que estos libros a 1 euro volverán a la lona algún día, pues durarán más que uno, a no ser que venga un fuego y se lleve todo por delante. Será que los manuales de enfermedades le ponen a uno trágico. Leo las primeras palabras de Marcovaldo:“Il vento, venendo in città da lontano, le porta doni inconsueti, di cui s’accorgono solo poche anime sensibili, come i raffreddati del fieno, che starnutano per pollini di fiori d’altre terre.” (El viento, llegando a la ciudad desde lejos, trae regalos insólitos, de los que solo se percatan almas sensibles, como los resfriados del heno, que estornudan a causa del polen de las flores de otras tierras.”)
Como recién salido de una chistera aparece un gitano gordo detrás de un puesto de chinerías, innegable; de todo un poco, desde coladores para la leche hasta lápices.
- Venga, comprarme, por favoooor...