30/9/07

Sobre ventanas y ventilación

Estoy leyendo:

"En otro ensayo sobre el tema Gravedad y ventilación, Babson exalta la sana costumbre de dejar abiertas todas la ventanas, siempre, en verano y en invierno, bajo cualquier clima. El autor confiesa que descubrió las ventajas de la ventilación a una tempranísima edad: en aquella época estaba gravemente enfermo de tuberculosis, pero gracias al método de su invención (no cerrar nunca puertas y ventanas) consiguió sanar en pocos meses de la tisis. Ahora, en la edad madura, por mucho que nevara y aullase el viento en el exterior, Babson seguía trabajando en su estudio abierto a las tempestades, envuelto en su abrigo calentado por baterías; algunos días hacía tanto frío en la habitación que la secretaria, que también estaba totalmente envuelta en mantas, se veía obligada a servirse de dos martillitos de goma para escribir a máquina lo que le dictaba el Fundador". [Se refiere a Babson, de la Fundación para la búsqueda de la gravedad]

Rodolfo Wilcock, La sinagoga de los iconoclastas, Anagrama, enero 1999.

Tema este, el de la ventilación, que divide a la humanidad en dos; los que abren ventanas y los que las cierran. Uno es de los que abren ventanas, sin llegar a los extremos del Fundador. Siempre siento que me asfixio. Del otro lado están los que creen que entran moscas y frío, cosa no del todo irreal. El justo equilibrio, el equilibrio universal, será que se emparejen personas de distintas tendencias.

26/9/07

Pequeña colección romana (3)

Decía Pla que para conocer Italia se necesitan varios años al menos. Y sobre Roma contaba lo que dijo Buonarroti interpelado por un amigo:

- Debéis de conocer muy bien Roma, caballero...
- Qué quiere que le diga, solo hace diez años que vivo aquí.

Por supuesto unos días en la gran ciudad solo da para traerse una lata de sensaciones, imágenes, olores, sonidos, parolas, alucinaciones, indigestiones, encandilamientos. Eso no es Roma, aunque que quizá se le parezca, y tiene mucho que ver con lo que estudiamos en bachillerato en arte. Vamos a ver Roma, no a vivirlo, por desgracia. Vamos a caminarla y también a toparnos con la representación real (vaya contrasentido) de las fotografías de los libros, porque uno tiene la sensación de encontrarse con las copias reales de lo que uno lleva almacenado en la memoria. El original lo llevamos nosotros encima. Y ha sido la imaginación, que llena todos los huecos, y los libros y las películas las que fabrican una Roma propia, interior. Es curioso que más que los grandes momentos fellinianos en los que aparece la ciudad, casi como una protagonista más, o como la protagonista única con personajes de fondo (La dolce vita, Noches de Cabiria...), uno llevase a Roma una Roma sacada de una película en la que no esta sale nada, en la que apenas se ve la calle; estoy hablando de Gruppo di famiglia in un interno, de Visconti, ambientada en los áticos de un Palazzo. Roma, para mí, era la vista desde ese ático, y poca cosa se veía o imaginé, que ya no sé. Y esa era mi Roma deseada; esa es mi Roma. Cuando alguien me hablaba de Roma uno veía la terraza de ese ático, una calle quizá, una piazza. Lo mismo que Cervantes no describe el paisaje manchego y La Mancha está muy presente, la vemos, Visconti apenas muestra Roma y en cambio para uno Roma está ahí. Raro. Ni siquiera es intencionado, son cosas que uno reconoce en sí mismo pero que no elige. Sabemos que es la Roma que hemos visto por sus calles de edificios terrosos y de rojo gastado, como una vieja dama con el careto hecho un mapa por las pomadas de colores. Es también la Roma cansada de sí misma, de sus monumentos, de su historia reescrita una y otra vez, arrasada una y otra vez, de todos los que la habitaron y la usaron y dejaron su huella, de sus soldados y emperadores, de sus curas y papas, de sus turistas ahora, de las personas que la pisan cada día. Es una ciudad, sí, colmada de huellas, y no todas grandilocuentes y eternas. Son muchos siglos y la vieja Roma es también, quizá más que nada, un lugar de rincones en los que no metió mano ni Miguel Ángel ni Bernini, porque tiene que haber de todo, y junto a los palazzos descascarillados bajan calles oscuras, húmedas, coloreadas por grafitis (Susy ninfomane), y bolsas de basura panzudas a las puertas de los locales dan paso a tiendas de antigüedades y librerías de viejo que son viajes en el tiempo y refugios para calmar la agorafobia. Es la lluvia sobre los adoquines; no sé qué es la lluvia sobre los adoquines, quizá son los mismos adoquines y la misma lluvia de otra ciudad que uno conoció, y que vuelve, como si en cada ciudad viéramos siempre la misma ciudad.

- Qui prendiere?
- Due birra, per favore...

Claro que hay una Roma excesiva, que empacha, pero de eso ya tiene tanta culpa Roma como el que se empacha. Sólo cuando uno deja de buscarla encuentra Roma, mientras se toma unas birras en una terraza cualquiera y el sol anaranjado empieza a darse el piro y las mujeres pasan contando los pasos o mirándose los zapatos y se pierden calle abajo, para siempre. Las ciudades son así de caprichosas, y más las viejas divas. Me gusta esta frase de Eugenio de Andrade; “As cidades sao como as pessoas, tem os seus segredos, e as vezes guardam-nos bem guardados.”

25/9/07

Dominar el mundo

Les presentamos un adelanto del próximo libro del Dr. Joseph Mabalotti, titulado Cómo dominar el mundo con un blog (sin gastar un duro), después de los éxitos internacionales Cómo hacerse rico con un blog (sin gastar un duro), y Cómo ligar más con un blog (sin gastar un duro). Licenciado por la Universidad de Wisconsi en Psicosociología Neuroatómica y experto en la relación entre Nuevas tecnologías, el Yo Primario y los Ellos Pluriconectados, así como en Onanismos Electrónicos y Mecanismos de Repetición Interactivos. Aquí, el Dr. Mabalotti nos ofrece las claves primeras para dominar el mundo (o si se prefiere una parcela concreta del mismo) con algo tan simple como un blog.


Algunas personas me han pedido consejo sobre un tema que hasta ahora nunca había tratado de forma directa, aunque sí tangencialmente en mis anteriores éxitos editoriales que centraban su atención en ese lucero electrónico que es el blog. Se trata, ni más ni menos, de cómo conquistar el mundo con una herramienta en apariencia tan básica como esta. Un blog es un arma cargada de futuro, eso sí, y no la poesía, como dijo el poeta con nula visión profética, sobre un arte en franca decadencia. Sí, créaselo, con un blog puede usted alcanzar poder, influencia, tejer una red de partículas humanas que pueda usted manejar a su antojo, para los fines que se haya planteado, sean estos de la bondad y calidad que sean, oscuros y maquivélicos o diáfanos, puros y bienintencionados. Allá usted con sus ideas.

Pudiera ser peligroso este libro de no caer en buenas manos, pero eso ya es algo que no nos incumbe, por incontrolable. Usted, que es un perfecto fracasado, sea buena o mala persona, y cuyo índice de poder está por los suelos, y ya harto de ordenar cosas y que no le hagan caso, podrá levantar cabeza si sigue los consejos que aquí expondré. Será una persona feliz, este libro le hará dichoso, con solo mover un dedo agitará conciencias, desestabilizará gobiernos, ministerios y diputaciones (y no digamos alcaldías), la gente le saludará y besará por la calle y estarán dispuestos a hacer lo que quiera por usted; manifestarse, quemar autobuses, libros, extranjeros, o lo que quiera. Usted decide, por una vez en su vida. Su mujer se plegará a su deseos, nunca más tendrá que soportar como le ordena cambiarse el pantalón porque no está planchado, o esa camisa con el cuello sobado que tanto le gusta. Desde hoy, una vez leído este libro y con paciencia y algo de práctica, podrá usted ser una persona influyente; prepárese para acaparar portadas de periódicos y suplementos dominicales, córtese el pelo, cómprese ropa buena, anote desde ya discursos y frases de aúpa, no deje que el poder y la fama le sorprendan en bragas.

Las tradicionales formas de poder están obsoletas, caballero. Esos señores de traje que se dan mucho la mano en la televisión y sonríen arrugándose los rostros con grandes esfuerzos y de forma tan desagradable tienen los días contados. El futuro es de individuos como usted que confían en las Nuevas Tecnologías y creen en ellos mismos; el futuro es de individuos inteligentes como usted que no quieren dejar pasar su oportunidad de dominar el mundo, o al menos una parcela de este. Su momento llegará, solo tiene que seguir mis consejos al pie de la letra. La dificultad que esto entrañará será mínima, pues hasta una criatura de cinco años podría entender y poner en práctica estos sencillos consejos. Si es usted un individuo de cinco años permítame que le felicite, tiene usted un gran futuro por delante. Felipe González será un torpe vendedor de coches usados a su lado.

Sí, sepa usted que el futuro se leerá en esa GRATUITA (sí, leyó bien, gratuita) herramienta que puede usted encontrar en Internet; el blog. Son muchos los aspirantes a dominar el planeta, pero no desespere, con este libro usted apartará a todos de un manotazo, como si un rebaño de moscas en invierno se tratase. Para ello no deberá gastar un céntimo, porque los blogs son gratis. Sí, repito, gratis, ha leído usted bien. Puede usted tener tantos como quiera, y nadie tendrá que pagar por leerle. Es la otra cara de la moneda; no se desilusione, el dinero y el poder vendrán después -si solo le interesa hacerse rico, dejando de lado el poder y la gloria, lea mi otro libro Cómo hacerse rico con un blog (sin gastar un duro).

Hay ejemplos variados de personas que ya se están aprovechando de esta herramienta para hacerse con el control de sus pueblos; veáse el caso clarísimo de Beppe Grillo en Italia, mucho más famoso en ese país que el tipo ese que es presidente de la República y que ya casi nadie se acuerda cómo se llama, o Félix de Azúa, un caso parecido en Cataluña, cuyo poder intelectual es tal que cualquier día, cuando le toquen mucho las varices, o las narices, con un chasquido de dedos acabará con esa banda de viejas señoronas con bigote que se pasean en coches oficiales por Barcelona, y por el cual CiU, ese gran partido de catalanistas gordos, estuvo a punto de desintegrarse como un meteorito al contacto con la atmósfera hace poco. Es el nuevo poder; el poder de crear opinión fácil e instantáneamente. Ya vale de no poder decir qué está bien y qué está mal, o de que no le hagan a usted caso. Ha llegado, caballero, o señora, su momento. Para ello déjeme recomendarle tres cosas que toda persona bien nacida al enfrentarse a una actividad, sea esta hacer una ajada, un corte de pelo, un blog o el mismísimo acto sexual, debería tener muy en cuenta:

1.- Si va a hacer algo (en este caso escribir en un blog) hágalo con amor. Eso es lo primero; puede usted utilizar otras expresiones dependiendo de su extracción social; por ejemplo, la que dice, hágalo con cojones, que es lo mismo pero cambiando el corazón por una parte del cuerpo más baja. El resultado es el mismo. Dejemos que grandes videntes de la humanidad nos aconsejen ellos mismos (esta sería otra lección; las citas bien metidas convencen al más reticente. En temas peliagudos recurra a nombres indiscutibles y reputados; un Churchill, un Jesucristo...). Philip K. Dick nos dice sobre un hombre que conoció: “Cada vez que me siento para empezar una novela o relato, siempre me viene el recuerdo de ese hombre. Creo que me enseñó a escribir por amor, y no por ambición. Es una buena lección para cualquier ocupación en este mundo.” Pues sí, señores, para ser poderosos antes hemos de olvidarnos de esa ambición; hemos de movernos por amor, o por testículos, como prefiera. Y sobre el arte nos lo dice también el antes mentado Félix de Azúa, que viene al pelo a esto que tratamos aquí: “Las cosas hay que hacerlas con ganas. No otra cosa es el arte, y ya está bien, creo yo, de delirios filosóficos. Arte quiere decir eso, hacer las cosas como es debido o como Dios manda, siendo Dios, en este caso, uno mismo si tiene agallas para serlo.”

2.- Arriésguese, no sea cobarde. Entre la nada y la equivocación, elija siempre la equivocación. Arrepiéntase únicamente de lo que no ha hecho o dicho. Cuando tenga algo qué decir, y lo diga por amor (es decir, si le sale de dentro, más arriba o más abajo) no se corte. Si mete la pata ya tendrá usted tiempo de rectificar y cuando sea poderoso y domine el mundo, o su parte, ya borrará huellas para que nadie se lo eche en cara. Ya ajustará usted después cuentas con su pasado. Usted va a decir lo que quiera, lo que de verdad piense, sin insultar a nadie, claro, que genera mucha desconfianza, y esa valentía causará admiración y deseos de obedecerle por el común de los mortales. Ya lo dijo Stephen King, el rey del terror: "...te aseguro que hoy en día, a las puertas del siglo veintiuno, escribir narrativa no tiene nada que ver con la cobardía intelectual. Los aspirantes a censores son legión, y aunque no coincidan todos con sus prioridades, a grandes rasgos quieren todos lo mismo: que veas el mundo como ellos... o, como mínimo, calles lo que ves diferente".

3.- Antes de escribir pálpese y compruebe que está vivo; si es así golpee el suelo con sus pantuflas o zapatos para comprobar la solidez del suelo y lo bien que resiste el peso de su cuerpo. Ya puede empezar; va a escribir de tú a tú, dejará los cielos retóricos y abstractos por el frío baldosín de su casa o de la taberna, donde quiera que escriba. Si alguien le molesta y le pide que le compre un paquete de pañuelos o su mujer entra en su cuarto y le pregunta dónde están las llaves mientras se marca un chotis no se pare ni por un momento ni crea usted que está en su derecho de desconcentrarse. Así, con esas niñerías no dominará usted ni su comunidad de vecinos. Lo que no mata engorda, tenga eso en cuenta. Aprenda a ser sensible como un mulo o un buey también; aprenda a escribir poemas mientras le muelen a palos y practiques técnicas coercitivas de manipulación cerebral mientras es arrastrado como un saco por un caballo a toda velocidad. Nunca ceje en su empeño, pero no olvide que usted no es más listo ni más hábil que nadie y que eso, saberlo, le hace fuerte, y lo contrario le debilita. Tenga usted en cuenta que dominar el mundo no es cosa tan importante que cualquiera que lea este libro y tenga más de cinco años no pueda hacerlo; como dije, solo requiere ganas, cierto arrojo y no olvidar que lo que usted hace, dominar el mundo, no lo convierten en alguien especial ni superior a nadie.

Como dijo el Maestro Yoda entrenando a Luke Skywalker en “El Imperio contraataca”: “No trates de hacerlo... Hazlo o no lo hagas. De lo contrario, ni siquiera vale la pena que lo intentes.”

A dominar el mundo hermanos.

22/9/07

Pequeña colección romana (2)

A Pablo

Piazza Navona, anochece. Es una piazza grande, de forma elíptica, con tres fuentes; una de ellas, la más aparatosa, la tenían rodeada de lonas y andamios. Ha sido un día lleno de cosas, como esos días de los niños que son una vida en pequeño. Los días de los niños son muy largos; por la noche, antes de dormir, la mañana se recuerda lejana. Estamos sentados de espaldas a una de las fuentes, la del Moro, creo. Un bebé de mármol intenta estrangular una serpiente marina, o viceversa. Una parte de la plaza está tomada por los pintores, los que retratan al momento y los que venden sus acuarelas de monumentos romanos y los que aprovechan para enseñar otras cosas, tan horribles que los turistas se alejan con la mano en la boca, espantados, algo mareados, creyendo que les ha sentado mal la pizza o el gelato. Hay abstractos demenciales, feos como portadas de discos new age, y que seguro provocan epilepsia y otras enfermedades mentales peores si uno las mira mucho rato. Los pintores cruzan las piernas y charlan entre ellos; un argentino (acento inconfundible) apalabra un retrato caricaturesco a un niño; lo va a clavar desde una foto, mientras los papás y el futro retratado se tomarán algo en las terrazas. El argentino está entusiasmado, se balancea en la silla; lo primero que hace es silbar, ha de contárselo a los demás. Hace gestos de triunfo, los demás apenas levantan los ojos y siguen a lo suyo y pasan de él. Fuman, parecen hartos de vivir y hartos de pintar y sueñan con destrozar a patadas sus porquerías que apenas pueden vender y que en el fondo odian. Pero no todo el rato, claro; de alguna manera hay que ganarse el espagueti y sentado charlando y fumando y no siendo más desgraciado que el resto ya se está bien. Los hay que viven peor, mucho peor.

Alejada de los corrillos y del meollo artístico tenemos a una pintora; está aislada del resto. Es una señora mayor. Tiene unos óleos o acrílicos en unos lienzos que rodean su chiringuito. Una banqueta y alrededor de las piernas las tablas. Es un busto cansado, viejo, a la que parece no importarle demasiado que se le caiga una maceta en la cabeza allí mismo. La vecchia pintora, sí, parece una mujer muy triste. Despacio va sacando botes y vaciándolos sobre una tabla. Levanta la mirada cada vez que coge un bote; mira sin mirar, como si ya nada de lo que pase en la plaza le pudiera sorprender. Un flequillo entre rubio y canoso le cae de medio lado y unos pechos enormes parecen a punto de reventar los botones de la camisa; una pequeña abertura en el centro delata la presión extrema. Su cara donde todo se cae, todo cuelga, son lagrimones de carne. Es la estampa de la borracha de película norteamericana, la que acaba tirando cosas por la ventana y gritando en medio de la calle y esquivando a tumbos los coches. Pero esta vecchia pintora no hace nada de esto; se queda tranquila, preparando el próximo cromo. A unos metros Pinocchio se pinta para la función. Pinocchio no parece Pinocchio; es un payaso joven y feliz que se maquilla con calma y no hay nariz larga, pero en la maleta dice Pinocchio. La vecchia pintora no sabe que la miro todo el tiempo; es todo lo contrario de Pinocchio, que está radiante, ilusionado y aburre. Quizá tenemos tantas nostalgias encerradas bajo las costillas que preferimos fijarnos en los que parecen más desgraciados. Mirar a alguien sin que sepa que miramos es muy interesante y muy triste, casi todo el mundo parece buena persona y dan ganas de acercarse y hablar; si el observado se da cuenta empieza actuar. Es como si quisiera decirnos algo con sus gestos si sabe que la miramos, y no suele corresponderse con lo que siente; quizá interprete para nosotros un aburrimiento estereotipado, casi con gestos de actor de película muda, o sueño, o impaciencia, o alegría. Si alguien lee el periódico y se siente observado es probable que frunza el ceño, como mostrando un interés o una preocupación exageradas por lo que lee. Pero la vecchia pintora no se da cuenta de nada; no sabe que existimos, que para nosotros ahora no existe nada más que su cara y sus gestos.

Se acerca un hombre cortado por las rodillas. Camina igual que si tuviera canillas y pies, pero se apoya sobre los muñones, que son como patas de elefante más cortas. Tampoco tiene antebrazos y lleva la barriga al aire, para completar la exposición. Después lo veríamos a los pies de la cola infinita para entrar a los museos vaticanos, tirado en una esquina. Mira a la pintora y sigue su camino.

Nadie hace caso a la vecchia pintora, nadie se para a ver sus cosas. Suerte.

Es la Roma vieja y solitaria que no sale en las guías, es ella. Es un símbolo triste y tetudo.

Pablo me dijo; Joder, cómo te gustan los lisiados. No, él también es un símbolo, pero ahora no se me ocurre de qué. Quizá nos decía con su paso tranquilo e infatigable; Pedazo de maricones, y ya estáis cansados...

21/9/07

Pequeña colección romana (1)

No conoce uno mejor forma de librarse de las cosas que escribiendo sobre ellas. Y Roma, que también es una cosa, la Cosa, entra en uno como una ventolera revolviéndolo todo, abriendo los cajones y sacando todo a volar, los papeles nuestros, la ropa, esas memorias lejanas que son como sedimentos tranquilos en el fondo de nosotros y que solo se alcanzan a ver si la calma y cierta soledad no los remueve. Todo está tirado por los suelos; así nos ha dejado Roma todo. Es verdad que la profesión de turista es dura y quizá algún día descubran que produce daños neuronales, o mejor aún, que el arte no sirve absolutamente para nada y que no mola. Que ir a un museo es una horterada y una perdida de tiempo. Que los museos son sitios horribles, viejos, como desvanes enormes o archivos de miserias antiguas. Quizá algún día para el común de los mortales la pintura del quattrocento sea tan incompresible y alejada de sus intereses, opaca a cualquier entendimiento sensible, que a nadie se le ocurra pararse ante una tabla de Mantegna y desplazarse y hacer cola y pagar por verla. Hoy, eso que llaman cultura y que engloba un poco todo, desde la zarzuela y el sainete o su versión actual en cine hasta un Velázquez o un drama de Shakespeare, aparece (se vende) como algo espectacular, excitante como una carrera de F1. Y claro, no es eso. Es más, es todo lo contrario, o debería serlo. Eso del arte podría ser el hueco que queda entre uno mismo y la nada, o dios, es lo mismo. La F1 es el hueco que queda entre el vermuth y la comida del domingo, cuando ya estamos un poco chisposos y gritones y los vapores de la carne llegan hasta el salón.


Triunfan en la pasarela cultural los Miguel Ángel y los Rafael, la parte más espectacular de la movida, y por ellos se levantan algunos a las cinco de la mañana a hacer cola. Los Museos Vaticanos son un gran intestino por el que no deja de fluir una corriente humana un poco atolondrada, procesión de zombis con riñonera. En la capilla Sixtina, que no se sabe muy bien si es un aleph, el Aleph, o una feria de ganado en hora punta, o ambas cosas a un tiempo, estamos a merced de la corriente y solo pensamos en salir de allí para rascarnos la canilla, que nos pica, como si alguien nos hubiese pasado sus pulgas. Dan ganas de tirarse por la ventana, como el padre Damian J. Karras en El Exorcista, antes de perder conciencia de uno mismo y acabar hipnotizado por un guía. El mal gusto alcanza su climax al llegar a la parte contemporánea del intestino Vaticano, llena de porquerías, Cristos hechos con macarrones y Madonnas oscuras que vagamente recuerdan al monstruo de las galletas. Pero Roma es mucho más, sobre todo lo que parece menos. Y eso es lo importante, lo que quedará. Ahora estamos borrachos de Roma, confundimos los gelatos con algunos monumentos, como en sueños, y casi nos vemos lamiendo la misma fontana de Trevi que parece hecha de fior di late, y una Basílica derritiéndose y el Foro como los restos de una lasagna a la bolognesa. Era Roma. Será mejor que nos fijemos en ella antes de que nos defeque en una esquina de la habitación.

13/9/07

El diablo sobre ruedas

No espera a que el semáforo se ponga en rojo como todos; él cruza en línea recta la rotonda, pues antes de salir de casa ha trazado con una regla el camino más recto y le ha salido que ese es su camino y que los coches son unos granos en el culo que a él no le pican, ni se atreven a picarle. Camina uno detrás de este señor, calle Basquiños, bajando hacia Santa Clara. Su silla de ruedas tiene un motorcito; con un dedo acelera y maneja el timón, por ponernos un poco marineros, pues parece un pirata, el de los inválidos. Tiene poco pelo pero el que tiene lo lleva muy desordenado y ya un poco canoso y un bigote grueso de vicioso sobre unos labios más gruesos todavía que siempre están mojados, como portones de una presa apenas contenida. Enciende un puro enorme; se para, interrumpiendo el tráfico denso de peatones que casi caminan en fila india por estas aceras estrechas.

Es raro; se para a veces, justo delante de una mujer y la mira muy de cerca, como oliéndola o merendándosela con la mirada; levanta la cabeza mucho y esta le da vueltas como si se le desatornillara. La sujeta en cuestión se asombra disimuladamente y sigue a lo suyo, espera el autobús o deja pasar el momento, sin saber muy bien si está permitido cagarse de pensamiento o palabra en el jodido minusválido. Este hombre, que calza una silla de ruedas con motor, es un personaje curioso de esta ciudad; algún día le pondrán una estatua (como a Suso de Toro, que será una estatua con gafas de sol), cuando palme, con silla de ruedas y todo, y alabarán su lucha por los derechos de los minusválidos, su cabezonería en la rebelión particular contra las injusticias, pues son muchos los impedimentos que las ciudades (sobre todo las viejas como esta, levantadas antes de que se inventaran los minusválidos) reservan para un par de ruedas. Uno lo sabe porque se pasea cada día empujando un cochecito de niño, para cuando esa enana, esa astilla nuestra, se cansa y cambia sus piernas por un pequeño sofá con ruedas que su padre empuja con mucho gusto.

Era extraño, ya digo; se paraba a veces, nuestro personaje, ante una mujer y parecía comentarle algo a los pechos, interrogarlos. ¿Qué le diría? La mujer contesta a veces, él sigue su camino, tranquilo. Acelera y frena, acelera y gira, se queda cruzado en medio de la acera. Conduce a acelerones, como un tunero.

Se queda cruzado en la acera, como la policía de las películas en una persecución. Quizá sabe que uno lo observa desde hace un buen trecho y que todo lo que haga será utilizado en su contra, o a su favor, en un retrato. Me acerco con la silla; no hay sitio. Bloquea el camino. O se aparta o he de sacar a mi astilla (carne de mi carne bajo una bisera rosa) a la carretera, por la que pasan un buen número de coches apretados contra los bordes, pues tampoco es muy ancha la calle. Quizá me tome por un traidor y vaya a arreglar cuentas con uno, pues me río de sus banderas y sus consignas cada día más pesadas y soporíferas; no pocas veces lo he visto con el hábito del nacionalista; bandera gallega con estrella envolviendo la silla, camiseta del Che o de una vaca, la Vaca, que pide la independencia en portugués. Hace años que lo conozco de vista; iba mucho por el salón de actos de periodismo, a ver cine de los cinéfilos locales. Daba vueltas con su silla antes de empezar e incluso después, como si se hubiera vuelto loca ésta y no pudiese controlarla. Pasaba con sus ruedas todoterreno por encima del zapato ajeno, como el que pisa una mierda seca y ni se molesta en mirar atrás a ver cómo ha quedado la caca. Se reía en alto cuando no había que reírse; se reía con un vozarrón del que imita a un pobre deficiente de pueblo muy remoto. Una risa que parecía un happpening, de lo tonta que era. Se reía en los peores momentos; no respetaba ni a Nanook el esquimal (a este en realidad no lo respetaba nadie) ni a Bergman, que lo respetaba todo el mundo, y más cuando menos se entendía. Uno pensaba; este tío o es muy listo o es muy tonto. Seguramente ambas cosas, y alterna.

Ahí lo está, fumándose el puro como un señor, atravesado en la acera. Hace años dejó su casa (en Pontevedra) y se marchó a vivir solo, de su pensión, esos trescientos euros o por ahí que le darán por estar todo el día sentado y que seguro no le darán para llevar una vida muy disipada. Lo primero que hizo nada más salir de casa fue denunciar a RENFE, por no disponer de rampa para minusválidos en los Regionales. Y ganó. Se matriculó en Filología Gallega y ahora no sé qué hará, si estará matriculado en algo. Quizá sea poeta, por lo menos tiene pinta. Físicamente me recuerda a un señor que se llamaba Indalecio que vendía telas hace veinte años en Lérez (otro siglo) y que no tenía piernas y se arrastraba por el suelo y se colgaba de las estanterías bajando telas y desenrollándolas con gran soltura.

Unas viejas pasan a la carretera para no pasarle por encima a este bohemio de los minusválidos que atranca estratégicamente el lugar más estrecho de la acera. Me quedo mirándole, quizá con una sonrisa en los ojos, y confirmo girando la cabeza que no dejan de pasar coches. Él, sin hacer ningún gesto ni decir nada, se echa atrás, a la carretera, y tranquilamente sigue por ella. Un coche lo esquiva y casi se la pega con el que venía de frente. No va por el medio aunque tampoco deja pasar, y menos al autobús que viene detrás y tiene que frenar con gran escándalo de hierros chirriando y no puede adelantarle y ha de seguir el paso de la silla de ruedas con motorcito. Él ni se inmuta. En las aceras la gente se le queda mirando; los turistas, con sus máscaras rojas de besugos del norte, le sacan fotos.

La caravana que se forma es magnífica. Con su puro, que echa mucho humo, va muy tranquilo, a medio gas. Queda un buen trecho hasta el próximo cruce. Mi hija de dos años y pico me mira con una sonrisa de oreja a oreja, mientras se estira con alegría y levanta los brazos como si hubiese marcado un gol. Ambos sentimos lo mismo, aunque quizá no sabemos muy bien el qué. Y me acuerdo del famoso haiku de Basho:

furu ike ya
kawazu tobikomu
mizu no oto

(Una rana salta
en el viejo estanque
Ruido de agua...)

8/9/07

Una película

Empiezan las películas de Cassavetes por la mitad, o por el final, o por cualquier punto en la vida de los protagonistas. En medio de una conversación, de una borrachera, de un sollozo. Cuando empiezan ya están empezadas. Y así ha entrado uno en la película de ayer, que ya estaba empezada (y que no era de Cassavetes), pero ni ahora sé cuánto tiempo me perdí, ni si me perdí algo realmente. Puede que lo único que perdiera uno fueran los créditos iniciales. Pero la ilusión era de estar ante un cierto enigma que es una película empezada y que no es mala del todo, aunque eso no se sabe, no se sabe nada, porque de una película de la que no conocemos ni el título ni el director no sabemos qué es, qué estamos viendo, y es una película pura, quiero decir una obra virgen, en la que la cultura no ha posado sus manos peludas de mona de circo porque se queda boba con la boca abierta sin saber qué decir ni qué hacer; no sabe si hacernos un truco de magia, si escupir con menosprecio o si adorarla como se adora a los santos y a algunos futbolistas, quizá con más razón a estos últimos.

Sin la ayuda de esa cultura para mascarnos y jodernos la película ver cine tiene algo de descubrimiento íntimo que solo se alcanza con ciertas obras, que son una docena lo más, y que esas sí da gusto verlas desde el principio. Una potencial película mediocre, o buena, que empezamos a ver cuando ya llevan un rato explicándose los personajes en las primeras escenas es asistir a una mejor película, incluso mucho mejor. Lo que para el que no se perdió detalle inicial todo alcanza una explicación y todo círculo se cierra para uno que entró tarde en la historia los misterios no se acaban de cerrar y parecen salir de la nada, y volver a la nada. Es una película coja, como la coja Tristana. Las cojas tienen algo que atrae. (Pequeño inciso: Tengo un amigo que hace muchos años que no veía y me contó por teléfono que encontró, después de tanto probar entre lo más granado de la población femenina, a la mujer de su vida, una chica preciosa, de la que se enamoró viéndola cada día sentada, y cuando se atrevió a sacarla a tomar un café para confesarse descubrió que era coja, y entonces se enamoró a lo bestia, lo que demuestra que el amor es la leche, un cachondo). En la película de ayer el protagonista, que es un tipo muy sano, se enamora de una mujer de muy buen ver; a las primeras de cambio ella le confiesa que él es el hombre de su vida y que lleva toda la vida esperándole. Es una mujer extraña, pero quitando algunas rabietas de excéntrica de peli de terror, es un sueño hecho carne, con una mirada lánguida y un poco triste que haría perder el sentido a un calzador, o a un estropajo, por poner dos objetos que parece que nunca perderían el sentido por nadie.

Es una historia de amor en la que hay gato encerrado. Al final el gato se descubre, claro, pero nos quedamos pensando que lo de menos es el muerto, el asesinado, porque hay un asesinado, y que en toda historia de amor siempre hay gato encerrado, aunque no en todas hay asesinados. Planea la sombra obesa de Hichcock a lo largo de la historia; un Hichcock con olor a queso francés, menos centrado en los miedos enterrados que en los abismos cotidianos que se abren ante cualquiera en el momento menos esperado. En cambio, hay cosas que se quedan un poco en el aire, o eso parece si uno no lo ha visto todo, como ese busto que obsesiona al protagonista y que no sabemos qué pinta chupando tanta cámara, y que es un símbolo que hace de símbolo, y que no remite a nada, que remite a sí mismo, lo que ya casi es mejor, como un juego absurdo e incomprensible. Un macguffin interpretando a un macguffin.

Uno sabe que es una película francesa, reciente, porque llevamos toda la vida tragando imágenes y ya no hay forma de equivocarse, y sospechamos que es un director francés de la Nouvelle Vague porque vemos algunos forros que un novato no haría, y que son trucos o manías de perro viejo. Y esos son los pequeños detalles que le quitan magia al asunto, porque asoma una nariz y quisiéramos que fuese una película que se hizo sola, una película qué ocurre, con forma de película, sí, pero hecha por nadie. Una película como un fuego por combustión espontánea, casi una zarza ardiente, lo que no es poco pedir, ya lo sé.

Pero acaba y corremos a Internet a saber qué hemos visto, quién está detrás. No hay sorpresas, y da igual, porque ahora que nos quiten lo bailado, ya nada nos puede agriar la hora y pico de película desconocida que hemos visto, y que ya será una desconocida para siempre, por mucho que nos lleven la contraria todas las reseñas.

4/9/07

El origen

Como ayer no se me ocurría nada y ya estoy hasta los mismísimos de ser bajito y feo y no tener fama ni méritos y que se rían de mí, salí a beber algo, con unos amigos que también son unos fracasados y que siempre lo serán porque les suena mucho a hueco la cabeza y lo que poco que tendrán lo arrasan a sopas de aguardientes y químicas peores. Admito que entré con ganas al bar, donde me esperaban esos desgraciados, pues llevaba todo el día delante de un papel esperando una reacción de la mano pero la muy puñetera seguía como muerta, o tamborileando sobre la mesa. Mi mujer cree que algún día me darán el Príncipe de Asturias de las Letras, pero yo creo que está como una cabra y a este ritmo la voy a tener que drogar para que se olvide del tema y no se decepcione y me coma el tarro lo que me quede de vida. Me dije, esto no puede seguir así, esta noche la armo, como me llamo Augusto que la armo.

Empecé fuerte, con unos tequilas. Cuando ya tenía caliente las tripas pasé a algo más tranquilo; unas cubatas de ron para endulzar el gaznate. Entre los que me invitaron y los que tomé sin pagar debí salir de allí con media docena de ellos en el estómago, que ya trabajaba el pobre como un negro para convertir toda aquella dinamita en vitamina para el cerebro, que mucha falta me hacía. Alguien sacó unos petardos y empecé a ver las cosas de otra manera; otro dijo que estábamos fumando caca de burro pero aquello me relajó las vértebras y me sentí confiado y hasta un poco acalorado. Seguimos a cubatas, y bajé otra docena, eso sí, uno a uno, y ya empezaba a estar borracho. Las hembras me esquivaban o me apartaban de un manotazo pero a mí me gustaba olerlas y me guiaba por el olfato de un chucho de caza. Una me arrancó las gafas y las tiró al suelo y las pisó con los tacones; entre los cubatas, que ya había perdido la cuenta cerca de los veinte, y que no veía nada sin cristales, empecé a disfrutar de la noche y a verlo todo hermoso. Después de jugar a que nos echaran a patadas de un garito (le rompimos una botella de Anís en la cabeza a un enano de corbata que estaba tocándole el culo a una buena mujer) tuvimos una gran idea; alguien dijo:

- ¿Para qué perder el tiempo, dinero y hígados, con estas cochinas altaneras? Vámonos de putillas... y ya veremos como pagamos...

Estuve por darle un beso al ideólogo del grupo, pero ni la euforia del alcohol ni la necesidad de dar amor al prójimo y sobre todo a las prójimas, superaron la difícil prueba del asqueroso campo de granos que era su rostro sudoroso y apolillado. La verdad es que aquellos seres ya me daban hasta pena. Era una excursión de monstruos. Al entrar en El Capullo rojo algunas damas se asustaron y más de una renunció a su escaño de señora putilla y al jornal de aquella noche, pero las más viejas y estropeadas se dejaron arrimar y yo acabé con una que parecía hecha por partes, como un puzzle mal encajado, y donde un ojo se confundía con una verruga inoportuna como un meteorito, y la piel rugosa y verdeazulada, de sangre en mal estado, le daban un aspecto demencial de dinosaurio mal del hígado y como caducado.

Seguí bebiendo hasta que perdí la noción del tiempo y hasta la dignidad. Vagamente recuerdo que subimos a una habitación y que la vieja antediluviana se reía de mí y después ya todo fue borroso...

Al despertarme el dinosaurio seguía allí, dormida, o muerta, con la boca abierta y un aspecto tan espantoso que asustaría a un forense. Y de repente se me ocurrió. Fue un chispazo bajo el cráneo, a la altura de la oreja derecha, como un calambre, y era que se me ocurría algo, el principio de un relato: Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí. No pude apuntarlo porque la muy perra me tenía agarrada una muñeca. No sabía cómo saldría de esta, sin un chavo y en aquellas condiciones, aunque estaba tan contento que sólo quería llegar a casa y escribir la frase. Seguro que se me ocurría algo más.

Me dije; ya está, prepárate Bárbara que te gano el Príncipe de Asturias.

1/9/07

Cousas

Si fuese autor escribiría una pieza en dos actos. La obrita duraría diez minutos, nada más, menos de lo que tarda uno en firmar con el pulso tembloroso una hipoteca a cuarenta años.

Acto primero. Se levanta el telón y aparece un escenario aldeano, o urbano, da igual; o mejor, una ciudad dormitorio. Encima de un caballito de plástico un niño de dos años se balancea. Alrededor del niño hay una mujer joven con cara de angustia y un hombre con las manos en el bolsillo mirando fijamente al caballito, que se mueve despreocupado, como un idiota, con los ojos muy abiertos y alucinados. La mujer se lamenta, muy nerviosa; faltan unos días para que se acaben las vacaciones y la Xunta les cerró la guardería en septiembre. El hombre sopla mucho y no dice nada, las piernas le caminan de aquí para allá y gira sobre sí mismo como una peonza. La mujer le recrimina, un poco desesperada, no poder contratar a una alguien para que se quede con Miguelito, y menos por tres semanas, y el hombre piensa y da más vueltas sobre sí mismo, pasándose mucho las manos por el pelo. En estos momentos los del patio de butacas empiezan a reír. El hombre y la mujer discuten, dicen cosas terribles que hacen gracia, que qué vamos a hacer ahora, que la Xunta nos cerró la guardería, no puedo dejar de trabajar, desculpen as molestias, nos dijeron, por carta, tan panchos, Igualdade e Benestar Social, si serán cabrones, qué vamos a hacer... Las lamentaciones deben tener una gracia grotesca, para que estallen de risa los del patio, ante estas personas palurdas y pobretonas a los que la Xunta les cerró en septiembre la guardería sin darles una alternativa, como si eso fuese el fin del mundo. Cuando se harten de reír los del patio de butacas se bajará el telón.

Segundo acto. Se levanta el telón y aparece un estrado elegante, adornado con mucho gusto. Encima de una mesa de madera maciza muy rústica hay unas tazas de café, vasos con zumo de naranja, tostadas con aceite de oliva, leche de soja en una jarrita y otros manjares matutinos y saludables. El hombre lee el periódico con el ceño fruncido, se rasca la barbita distraído y se lamenta de algo que lee en el periódico y que parece le conmociona. Cuando ya no aguanta más lo comenta el alto; los hijos y la mujer notan un tono tembloroso, entre iracundo y emocionado, en su voz. Es posible que los niños de las guarderías de la Xunta, de Su Xunta (recién llamadas Galescolas) no aprendan el himno gallego, es posible que la Consellería de Educación no permita a Vicepresidencia, Igualdade e Benestar Social que se cante la sagrada tonada en las guarderías. É terríbel, dice, nin agora que os nosos mandan vaíse poder ensinar o Himno ós rapaces. Todos se lamentan en extremo; el hijo más pequeño rompe a llorar, papá non queren ó país, y la madre, muy apenada y decepcionada "cos iñorantes, e feros e duros, imbéciles e oscuros", que no les entienden, intenta consolarlo. El mayor reprime las lágrimas, imitando a su padre. Los del gallinero se parten de risa, se tiran por los suelos, se golpean las espaldas entre lágrimas y espasmos, porque los actores exageran sus lamentaciones y elevan mucho las manos al aire entre sorbo y sorbo de leche de soja, y además están fumados y borrachos y no creen en nada, como las bestias del campo. Los del escenario van diciendo las mismas tonterías que dijeron los desesperados del acto anterior delante del niño del caballito, chorradas que hacen reír, porque que en las guarderías (de 0 a 3 años) los niños no balbuceen el himno gallego no es para tanto. Cuando los del patio se harten de reír se bajará el telón. Si no es así que se quede abierto para siempre, o al menos hasta que lleguen las próximas elecciones.