13/8/07

Lecturas (2); Joseph Roth

Soy de los que leen varios libros a la vez, pero no todos al mismo tiempo, de lo que soy francamente incapaz. Un poco uno, un poco otro. ¿Cuántos? No sé... Veamos; doce, por ejemplo. Más o menos. No soy un tarado, no tengo que estar leyendo doce libros al mismo tiempo por creer que de lo contrario me caerá un tarro con un geranio en la cabeza y tendrán que enterrarme. Hay libros por todas partes, así que los leo según me vaya encontrando con ellos. En la cocina, en el baño, en el comedor. De todos, a veces destaca uno, casi siempre se destaca alguno, que lo gasto antes. Tengo una mesilla pequeña pero con aguante, que soporta estos caprichos de picalibro. Ayer por la tarde abrí un libro que tenía en la pila tambaleante de los no leídos y al que solo le había echado unos vistazos, como el que mira un paisaje mientras conduce por la autopista.

Se trata de Crónicas Berlinesas de J. Roth. Os lo recomiendo; es buenísimo. Los artículos de este tipo son palabras mayores. Son, sobre todo, los paseos de un observador por las calles del Berlín de los años 20. Un ejemplo, este inicio:
"Camino al atardecer por el Kurfürstendamm. Me pego a la pared como los perros. Estoy solo, pero tengo la corazonada de que es la providencia quien me guía."
Le viene a uno a la cabeza el famoso flâneur benjaminiano, y algunos grandes andarines (Galdós) que se convirtieron en grandes escritores. O viceversa, todo es posible. Los mejores escritores gastaron mucha suela, sacaron mucho callo, en el pie. Hoy, con el coche en todas partes y las ciudades cada vez más adaptadas a las cuatro ruedas, es más difícil que se den buenos escritores. La literatura se acaba, como el petroleo. 

Sin salir de la misma crónica que empieza con las palabras anteriores os copio un párrafo, que es un paréntesis en el hilo principal. Un tiro al aire.

"Al borde de las aceras hay árboles; y, frente a las verjas, vendedores de periódicos. Las noticias son terribles. Los periódicos van más rápido que le tiempo, ni siquiera puede seguirlos el ritmo que ellos mismos inventaron. Sin aliento corre la tarde al alcance del periódico vespertino y la noche tras el peiródico de la mañana siguiente. Presa del espanto, la medianoche se ve superada por la tarde de mañana y confía ciegamente en una huelga de cajistas para poder, siquiera una vez, comportarse tranquilamente como una medianoche."

(Crónicas berlinesas, Joseph Roth, ed. Minúscula, 1ª ed. mayo 2006, pág. 157)

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