28/8/07

Umbrales


Francisco Umbral, un Umbral delgado, que casi parece inteligente, sobre fondo negro, con motivo en blanco de silla alabeada, me mira desde un póster.
Francisco Umbral (inicio de un diario titulado La belleza convulsa, 1985, Planeta)

No, a mí no me mira Umbral desde ningún póster, y menos desde un póster en pelotas. Quizá desde la tapa de un libro que estaba por aquí cerca, pero ni siquiera mira a la cámara, parece que mira a un punto como espantado, como si estuviese presenciando un asesinato. Esas gafas le hacen los ojos pequeños, como de topillo. La prosa de Umbral, la cosa de Umbral, que usaba su prosa como otros usan su coche o su moto o su chalet en la playa. Esa como ostentación de divinidad en la confección de retales en prosa. Hay cosas horribles en la prosa de Umbral; el tonto, el ángel tonto, la niña mendiga, la cabra ninfómana y las peluqueritas y las meretrices, camastrones, que son los críticos “camastrones y ágrafos”, poetas lacios, galvanizados, tamañones y un pintor ciclán, con un solo huevo.

Fue Larra, un poco, fue Ramón, fue Valle, fue Baudelaire, fue González-Ruano, fue poeta en prosa, ya digo, a veces demasiado poeta, aunque lo advirtió pronto: “Todos empezamos de poetas. Hay que asesinar al poeta a tiempo, en la cocina de provincias, con el cuchillo de descamar el pescado.” He tenido que ir a la cita porque uno recordaba el cuchillo de matar al cerdo. Cosas de subconsciente, aunque no exista. Umbral, a pesar de que no mató del todo a su poeta, es, sí, el siglo XX, al menos en periodismo, en cierto periodismo. Fue un escritor de diario, de diarios, que tematizaba vagamente sus textos, para vender otro libro diferente que nunca era diferente, pues Umbral no solo escribió el mismo libro, quizá como todos los escritores, sino el mismo párrafo. Su obra es el mismo párrafo repetido una y otra vez; uno tardó varios años en darse cuenta, o en querer darse cuenta. Pero lo que no mata engorda.

Me pasa con la prosa de Umbral lo que con la tarta de queso; hace años me empaché y ahora no puedo catarla, ni olerla, la tarta. Si tuviéramos varias vidas es posible que gastase varias de ellas leyendo todo Umbral, pero teniendo una sola, o habiéndole cogido cariño a esta concreta, casi que no, aunque puedo decir que empecé a infectarme del vicio de los libros con los suyos, que me llevaron a otros (criticados por él, en su mayoría, me iba con el enemigo...), al tiempo que me salían unos pelitos en el pecho y creía que la marquesas nunca debían salir de casa a las cinco en las novelas. Después vería en Galdós que las marquesas bien pueden salir a la hora que quieran y hasta hacer pis si tienen ganas y no ser garbanceras, o al menos no más que contarse los pelos del pecho o de donde sea punto por punto con pretensiones líricas.

El mejor Umbral es el de los ensayos. Nadie sabía de primera mano, y de lecturas y sobre todo de nariz, tanto de literatura castellana como este hombre. Y lo que quizá es más importante e indiscutible; nadie sabía escribir de ello en castellano con esa intuición del revés que lo decía todo tan bien, aún equivocándose adrede para salvar su culo de prosa que se mira el ombligo, o el paquete. Sus libros sobre Ramón, Larra, Valle, y en sus manuales de literatura, a pesar de que sus opiniones son de supervivencia, son de lo mejor. Cada uno salva del olvido a los que se le parecen a uno en limitaciones, en incapacidades, y se recubre toda esa salsa darwiniana con justificaciones índole teórica, que la verdad está allí y no allá. Decía Paul Klee que uno encuentra su estilo cuando no puede hacerlo de otra manera. Umbral abomina de Galdós precisamente por eso, y en cambio piensa uno que en el fondo Umbral siempre quiso ser Galdós, ese novelista de raza, esa actitud hasta el final, o Baroja, que le salían las novelas casi sin querer.

Umbral fue Umbral, también, lo que no es moco de pavo, y aunque no tuvo (ni quiso al parecer) sillón en la academia, tiene un sillón de mimbre bien destacado en la literatura española de este siglo.

La vieja Olivetti de Umbral, que últimamente ya escribía sola, con solo acercar la mano, y así le salían unos artículos un tanto meapilas.


Umbral, con sandalias, etcétera.

Varios Umbrales, mirándose unos a otros, como en uno de esos duelos a tres de las pelis de Morricone. Una metáfora excelente de sus libros, un poco a lo Henry Miller, que pone el espejo detrás de la máquina de escribir para verse la cara de mono mientras teclea y recordar de donde venimos etcétera.

20/8/07

Antonio 'el del bulto'

A Antonio ‘el del bulto’, por supuesto, nadie le llama Antonio ‘el del bulto’. Le llaman Antonio, a secas. O por el apellido, quizá, aunque no sabe uno cómo se apellida. La cosa es muy simple; tiene un bulto enorme en el cuello, a unos centímetros de la oreja derecha. Es un bulto muy redondo, que nos parece que se ha tragado una pelota de tenis y se le ha encallado a un lado.

Usa bigote, un bigote negro con alguna que otra cana gorda, popular. Es un bigote amplio, crecido, sin llegar a ser un Nietzsche. Su modelo podría ser otro, pero ahora mismo no lo identifico. La frente ni grande ni pequeña, surcada de paralelas y con tendencia a despejarse, y el pelo, que parece siempre sucio, esta aplastado y es escaso, como un peluquín barato de comadreja. Tiene unas orejas bastante desarrolladas y erguidas que le dan un aire un tanto turbador si se le mira de frente. Lo normal es que aparezca siempre con barba de dos días. Pero, a fin de desechar misterios, pensamos que tiene que afeitarse alguna vez. En caso contrario a la fuerza tendría más crecida la barba. Resulta inquietante imaginarse cómo maneja las maquinillas en las proximidades del bulto, y en el bulto mismo, pues está dotado de sombra barbuda, en toda su redondez. Suele llevar pantalones vaqueros y un jersey empolvado, invisible, con bolitas. Camina con la espalda muy tiesa y el cuello rígido. Al verlo uno teme que si el tipo se baja a recoger una moneda o atarse un zapato empezará a crujir espantosamente.

Cuando viene audaz busca conversación. Es un curioso impertinente, y está abonado a canal plus, de lo que presume mucho. No se le hace mucho caso, en general.

—¿Qué tal, señor? ¿Cómo van las cosas?
—Pchsss...
—Está el tiempo de carallo...
—Pchsss...
—Como siga así nos van a salir escamas, como os peixes...
—Se hará lo que se pueda...

Y el indiferente, el que sea, sigue leyendo el periódico, apoyado en la barra, sin mirar siquiera una vez a Antonio, como si le hubiesen hablado desde un sueño aburrido. En casos así, Antonio busca unos ojos en los que refugiarse para criticar, supuestamente en broma, al indiferente. Le mira a uno, y dice;

—Julián está muy concentrado: no sé si tendrá mal de amores...

Y se ríe enseñando mucho la risa, pero no en alto, porque no puede o no le sale. Que le vean todos. Que no es parvo. Bromea mucho, pero no tiene gracia. Se le sonríe, algo si acaso, por piedad, no sé por qué, una fraternidad instintiva que a veces llevamos encima y a veces no. El dueño del bar le pone las orejas de vez en cuando, para que no se amargue:

—Antoñito, ¿qué? Estás muy bonito hoy...
Deixate de puñetas; no me vengas con mariconadas... ¡A tu edad! ¡Coño!... ¡Con mariconadas a tu edad! Anda, por favor...

Mientras, el dueño, protegido por la barra, le agarra las muñecas, y bracean un poco, como simulando una lucha. Antonio ‘el del bulto’ finaliza la jugada, con indisimulado regocijo;

—Sácate de ahí... No me toques...

18/8/07

Lecturas (6): Juan Ramón

Visor Libros reedita las Obras de JRJ. Por ahora salieron unos pocos volúmenes, y yo me hice hoy con el de aforismos: Río arriba (Selección de aforismos). Espero que sigan reeditando o reimprimiendo estos tomos, ya veremos. La edición está muy cuidada; hay que tener las manos muy limpias para tocarlo, parece un traje de comunión. Lo abro, paso las hojas, papel grueso. Pienso; ah, hasta lo malo es menos malo en una edición tan pulcra; esta, lo contrario de lo estridente. Y este señor me parece uno de los críticos más agudos que parió el siglo pasado, y es el Juan Ramón que más he disfrutado. Y como poeta, qué decir, es uno de los pocos, muy pocos, poquísimos, que dicen algo en verso y que dicen algo en prosa. O mejor aun, no hay diferencia entre la prosa y el verso.
"Mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi Obra." (aforismo XXVII, pág. 129)

"Comprendo un crítico sufientemente intelijente -rara avis- para hablar bien de lo bueno, o uno lo bastante leído para hablar bien de lo malo o mal de lo bueno; lo que no comprendo es un crítico que hable mal de lo malo." (aforismo XXI, pág. 127)

"Tres categorías:
Los que estiman lo malo.
Los que estiman lo bueno.
Los que estiman lo que parece lo bueno.
Esta es la peor categoría porque está compuesta de jentes que pretenden tener un sentido estético."(aforismo CCVII, pág. 219)

17/8/07

Lecturas (5); Mabalotadas del pasado

Delante del café Dákar, en plena zona vieja, de noche, tocaban y cantaban unos tunos raros. Entre canción y canción le echaban unos tragos a unas botellas de tintorro, y el cigarro en la boca, como albañiles del folkclore, y el aspecto un tanto roído y avejentado de casi todos les daba un aire de tuna barriobajera y decadente. Conde-Duque se reía, a mi lado. A aquellos tipos daba grima verlos, de estropeados y espantosos. Me dijo; tienes que hacer unos retratos a estos, a cada tuno. Y me acordé que ya lo había hecho (en el 99, o por ahí), con la excusa de un diario novelado, o ficticio, ambientado en Santiago, y muy solanesco, parece. Así que busqué antes entre carpetas de un disco duro con muchas vergüenzas que tenía escondidas en un cajón y encontré aquel fragmento de los tunos. Parecían sacados de la casa de la Troya, como dijo Conde y escribía yo. Aunque apenas se reconoce uno en eso que escribía. Lo pego aquí y le pongo un título, con testículos; Los otros tunos. Total, por unos cuántos rastrojos que queme... que diría el anuncio...

(Sino fuese tan poca cosa dedicaría con letras mayúsculas, a letra en grito, este trocito de prosa de otra época, cuando no conocía a estas dos personas con las que pasé ese día unas horas maravillosas. La Esfinge y Conde-Duque; ya sabéis, mientras viva en Santiago aquí tenéis vuestra casa, y allá donde vaya allí la tendréis. Gracias, amigos, por todo)

"Los otros tunos

Llegan a la plaza del Obradoiro, sacan las cámaras, se esquivan unos a otros, miran arriba, reconocen el trozo de piedra labrado a conciencia, y cuando más despistados están les aborda un tuno falso, con una nariz de pimiento arrugándose fuera de la nevera, con los pantalones bombachos y medias, muy delgado y torcido, que parece una broma. Les enseña unos casetes y les sonríe, que da pena verle vestido de tontorrón de pueblo decimonónico. Algunos peregrinos se tragan el cuento y le compran algo. Otros no aguantan el olor a coñac y acaban cediendo o escapando para no marearse con el aliento del tuno. En realidad son varios, estos tunos pordioseros. Tres, creo. Ninguno de los tres baja de los cuarenta, pero corren detrás de los turistas farfullando inglés con una agilidad que causa admiración. El más alto, fuerte como un toro mejicano, tiene un bigote tan negro, largo, y una capa de tuno roída por caniches tan solemne y puerca, que en las persecuciones, con los jirones volando entre las cintas, uno sería incapaz de oponerse a su discurso. Aunque fuese en libanés. El otro es bajito, ancho, con flotadores que le combinan muy mal con los bombachos y las medias negras. Siempre tiene un cigarro en la boca, como un apéndice del labio. Sólo el alto lleva capa. Los otros dos van a cuerpo, y yo creo que lo agradecen porque en verano la temperatura en la plaza no respeta a nadie. Al sol, el terciopelo comido y grimoso del tuno con la cara cruzada de cicatrices y viruelas, a la luz del mediodía se pasa del negro al marrón verdoso, y parece un podrido con vida. En la cabeza, unas calvas amarillas y mal disimuladas se le alternan con grasas peludas, que se pueden tomar por pelo de corderillo recién parido si uno se fija bien. Uno no sabe si serán los tunos de la casa de la Troya, que siguen dando guerra y subsisten como pueden.

Hartos los turistas de que les coma la oreja un tuno caducado, mientras se gastan el carrete no muy convencidos, descubren algo que les resulta más impresionante; el verdadero espectáculo, mucho más interesante que la mierda de la piedra, que aburre no por piedra sino por cultura, pues uno ya no ve una fachada, sino un enredo de telarañas y ovillos por todas partes dónde pacen, como arañas venenosas, los historiadores del arte, que no dejan ver nada con sus redes y sus porquerías, y son a la piedra esculpida lo que las polillas a los tresillos de madera. A un lado de la Catedral, cerca de Fonseca, dos o tres fulanos, pintados de arriba abajo y disfrazados, de egipcio al plástico o de vikingo bañado en purpurina, se suben a un podio y se transforman en estatuas. No mueven ni una pestaña.

Definitivamente, los peregrinos abandonan la fachada de la catedral y se amontonan maravillados ante las estatuas humanas. Eso sí, respetan un área, unos metros, terreno vedado, alrededor de estas. Los codos se afilan más que nunca por sacar unas fotografías. La mujer y los niños, cruzan de puntillas la zona vedada, y posan a los pies de alguna estatua. Según, a elegir; cada uno tiene sus preferencias.

Al atardecer, las estatuas bajan y recogen la bolsa con el dinero y el podio. Antes, durante el día, a pesar del sol, resistieron como estatuas de verdad, de mármol. Sólo interrumpen la parálisis para fumarse un cigarro y contar las pesetas."

16/8/07

Lecturas (4), Céline y la cárcel

Céline era un desgarrado, un cagoentodo, filonazi y colaboracionista para unos, anarquista y antipatriota para los otros. Un salvaje sensible, en definitiva, un corazón parlante o escribiente. Me río mucho, casi sin querer, con sus cartas desde la cárcel, y que me perdona quien me tenga que perdonar, dios o el mismo Céline desde el infierno. Estoy leyendo a salto de mata algo que es más que el típico epistolario íntimo de un grande de las letras, porque en este caso la cosa tiene su miga, y por supuesto su tragedia; estamos en 1945, Céline está en Dinamarca, el gobierno de Francia pide su extradición (el 17 de diciembre) acusándolo de alta traición etcétera, por dos libros pequeños y panfletarios y humorísticos (al parecer, no están traducidos, yo tengo una edición en francés de uno de ellos que me regalo un amigo que siempre se burló de que le gustasen a uno los libros de este elemento) y antisemitas, que es lo que sentó mal, presumiblemente, "y sobre todo pacifistas", según el acusado. El caso es que matan (mucho antes, en la calle) al editor y ahora lo quieren a él, para ajustar cuentas. Vive y atiende a enfermos a crédito en Copenhague.

El 18 de diciembre lo detienen, y no sale de la cárcel hasta el 24 de junio de 1947, hasta donde llegan estas cartas. Lo primero que se ve es que el que escribe estas cartas es Céline (pseudónimo), o Louis Destouches. Es el mismo que el de sus libros, por no llamarlos novelas. Son cartas a su abogado, y muchas, casi todas, acaban dirigiéndose a su mujer, que vivía también en Copenhague. Hace gracia el contraste de ese cabreo tan celiniano al informar a su abogado y recordar su situación ("... en el bando de esos rencorosos imbéciles") con el cariñoso y hasta cursi a veces tono que se le pone al dirigirse a su señora. Son varias las cartas en las que refiriéndose a los alimentos que prefiere que le traiga dice; "No más tomates. Limones en su lugar." Se imagina uno a su mujer llevando continuamente tomates y él anhelando limones (¿?).

Limones aparte, a todas luces, la acusación que se le hizo era una jaimitada. Unos libelos, seguramente infames (lo que no es suficiente, me parece, para cargarse a alguien), en, además, un tipo que nunca se había aliado de ninguna forma oficial con el gobierno de Vichy y tampoco en el fondo. Dijo Sartre de él, aludiendo a que no creía en nada: "En el fondo de su corazón, no se lo creía: para él no hay otra solución que el suicidio colectivo, la no procreación, la muerte." Uno, que lo ha leído algo (a Céline), tampoco ve a este masticador de criaturas que presenta Sartre, con una guadaña apoyada en su mesa de trabajo y echando espuma por la boca. Bueno, esto último sí. Un cagoentodo sincero, ya digo, un Baroja de muy mal humor y rabioso, con el demonio en el cuerpo, como dicen en mi tierra. Encontrar en esos años un paralelo de Céline en España, un escritor del lado fascista con tan escaso sentido de la conformidad, que no fuera de misa diaria, es cosa difícil.

El martes 12 de marzo de 1946 escribe a su abogado (como siempre) y a mitad de carta se dirige a su mujer:
"¡Ay! Como ves, sueño con un sillón, el campo y Nescafé. Son sueños modestos. El corazón cede un poco, necesitaría aire y tónicos. Pobrecita mía querida, tan valiente en esta horrible tempestad, tan sola en el fondo. En fin, te tengo presente todos lo segundos, ya lo sabes. Vivimos sobre el filo del cuchillo. No me fío de las tribulaciones francesas, no les queda ni un céntimo, ni un ejército, ni moral, ni industria, son unos chulos y unos degenerados que dan náuseas, pero siempre coincidirán todos en su espantoso desorden, maravillosamente de acuerdo para torturar y atormentar a unos desdichados como nosotros. Se imaginan así, con su salvaje estupidez, que encuentran y castigan a los responsables de todos sus males. [...] Lo mejor sería que me consideraran gran mutilado y nervioso, cosa que es verdad. Mil besos, queridita mía."

(Cartas de la cárcel, Louis-Ferdinand Céline, primera edición en Debols!llo; noviembre 2006, pág. 70-71).

15/8/07

Lecturas (3): Marías y Benet

Encuentro en Literatura y fantasma (recopilación reeditada este año de artículos literarios de Javier Marías) un fragmento de Benet, al parecer "en carta privada": "...dejando de lado la totalidad, lo mejor que puede ofrecer una novela se reduce con frecuencia a unos fragmentos. Y a veces me pregunto si una novela toda ella buena, sin un momento excelente, ¿será tan sólo un espejismo? ¿Una manera de exaltar la mediocridad?".

Últimamente había leído, y oído, creo (el oído algo borracho es un gran soñador), esto varias veces, dicho o escrito por Conde-Duque, uno de los mejores escritores de la Red. No creo que esta afirmación deba confundirse con la adoración a ese becerro de oro del estilo literario, la pedrería palabreril etcétera, que es lo que podría pensarse a primera vista. Es otra cosa, me parece. Una novela podría ser algo así como la acumulación (de una u otra forma, con una u otra estructura) de pequeñas verdades que quizá constituyen una cosa más amplia, en conjunto; órganos que forman un cuerpo, y a veces vivo.

Habría así fragmentos hígado, corazón, estómago, fragmentos ombligo, fragmentos culo y fragmentos callo de dedo gordo del pie. Seguiré copiando fragmentos estos días, a ver de qué tipo son.

13/8/07

Lecturas (2); Joseph Roth

Soy de los que leen varios libros a la vez, pero no todos al mismo tiempo, de lo que soy francamente incapaz. Un poco uno, un poco otro. ¿Cuántos? No sé... Veamos; doce, por ejemplo. Más o menos. No soy un tarado, no tengo que estar leyendo doce libros al mismo tiempo por creer que de lo contrario me caerá un tarro con un geranio en la cabeza y tendrán que enterrarme. Hay libros por todas partes, así que los leo según me vaya encontrando con ellos. En la cocina, en el baño, en el comedor. De todos, a veces destaca uno, casi siempre se destaca alguno, que lo gasto antes. Tengo una mesilla pequeña pero con aguante, que soporta estos caprichos de picalibro. Ayer por la tarde abrí un libro que tenía en la pila tambaleante de los no leídos y al que solo le había echado unos vistazos, como el que mira un paisaje mientras conduce por la autopista.

Se trata de Crónicas Berlinesas de J. Roth. Os lo recomiendo; es buenísimo. Los artículos de este tipo son palabras mayores. Son, sobre todo, los paseos de un observador por las calles del Berlín de los años 20. Un ejemplo, este inicio:
"Camino al atardecer por el Kurfürstendamm. Me pego a la pared como los perros. Estoy solo, pero tengo la corazonada de que es la providencia quien me guía."
Le viene a uno a la cabeza el famoso flâneur benjaminiano, y algunos grandes andarines (Galdós) que se convirtieron en grandes escritores. O viceversa, todo es posible. Los mejores escritores gastaron mucha suela, sacaron mucho callo, en el pie. Hoy, con el coche en todas partes y las ciudades cada vez más adaptadas a las cuatro ruedas, es más difícil que se den buenos escritores. La literatura se acaba, como el petroleo. 

Sin salir de la misma crónica que empieza con las palabras anteriores os copio un párrafo, que es un paréntesis en el hilo principal. Un tiro al aire.

"Al borde de las aceras hay árboles; y, frente a las verjas, vendedores de periódicos. Las noticias son terribles. Los periódicos van más rápido que le tiempo, ni siquiera puede seguirlos el ritmo que ellos mismos inventaron. Sin aliento corre la tarde al alcance del periódico vespertino y la noche tras el peiródico de la mañana siguiente. Presa del espanto, la medianoche se ve superada por la tarde de mañana y confía ciegamente en una huelga de cajistas para poder, siquiera una vez, comportarse tranquilamente como una medianoche."

(Crónicas berlinesas, Joseph Roth, ed. Minúscula, 1ª ed. mayo 2006, pág. 157)

10/8/07

Lecturas (1): Faulkner por Borges

Todo está callado, menos una pareja de grillos y un perro a lo lejos que cuelan sus rumores por la ventana abierta. En la habitación un tipo está tirado en la cama, de lado, con un pequeño lápiz en la mano que parece un cigarro en la últimas. Hay una lámpara encendida que alumbra un libro abierto posado sobre la sábana, el resto es penumbra. Lee una y otra vez el mismo párrafo, sabe dios porqué. Hay párrafos que hipnotizan. O no se entienden muy bien (y por eso mismo se atraganta el entendimiento), o nos llevan de la mano a ensoñaciones personales y apenas puede uno seguir leyendo y ya es como si tuviéramos un pie en otro mundo, que no en el otro mundo, uno a medio camino entre el sueño propio y el del autor.
"Durmieron en la galería en dos catres y luego, al amanecer, cuando empezó a hacer frío en uno, sus pies desnudos en las tablas, el duro hundirse de codo y cadera lo despertaron al meterse ella entre las sábanas oliendo a tocino y a bálsamo. Había sobre el lago una luz gris y cuando oyó al haragán, se dio cuenta exactamente de lo que era, hasta de lo que parecía, escuchando la voz ronca, pensando cómo sólo el hombre, entre todos los seres, atrofia deliberadamente sus sentidos naturales y eso a expensas de los demás sentidos, cómo el cuadrúpedo obtiene toda información por el olfato, por la vista y por el oído y desconfía de todo lo demás, mientras el bípedo sólo cree en lo que lee."

(Las palmeras salvajes, William Faulkner, traducción de Jorge Luis Borges, editorial Siruela, 2007, pág. 92).

Aquí el escritor, sudando tinta china ante su máquina de escribir...

8/8/07

Alegrías y tristezas de una tribu

Cunqueiro, en una carta al Dr. Domingo García-Sabell fechada en el San Juan de 1971 (mientras ordenaba los "retratos" que saldrían con el título Xente de aquí e acolá) escribe;
"Porque eu creo que istes son retratos de xentes que son da nosa tribu, e que non poderían ser de outra calisquer."
Y esto es lo que piensa uno cuando lee a Portorosa. Se refería Cunqueiro ao ser galego, pero me parece que van las cosas mucho más allá de confines geográficos u fronterizos, por supuesto. Es más hondo e importante que eso, aunque, claro, no es cosa para despreciar donde tiene uno puestas las raíces. Pero la prueba de que el origen se queda corto para explicar esto está en que encontramos a esos de nuestra tribu en otras personas nacidas (y vividas) lejos de aquí; en Madrid varios, en Cádiz, en Teruel, en Asturias, en Zaragoza, en Extremadura...

Hace unos días he tenido la oportunidad (una oportunidad que hemos buscado y encontrado, por fin) de conocer a dos personas que ya conocía desde hace un tiempo. Los conocía porque los leía casi todos los días. Tiene razón don Gonzalo cuando dice;
"Extraño mundo éste de los afectos virtuales." Yo me alegro ahora de que estos afectos, con estos amigos, no se queden en virtuales, y tengan que ver también con compartir mesa y vino, y paseos nocturnos de bar en bar y risas y palabras que no quedan escritas en html, o lo que sea esto de los blogs, pero sí en esa carne algodonosa que tenemos en el cráneo o en el mismo corazón, al que siempre se saca al hablar de afectos.

Compadres, salud, y lo que decía Bogart al final de Casablanca. Señor de Portorosa; le deseo lo mejor y que pronto se disipen esas nubes, si las hubiere.

(La actualización de este blog permanecerá bajo mínimos este mes, me parece. Como en huelga. Miro a mi alrededor y solo veo libros por todas partes que esperan que los lea, y yo espero de ellos que se dejen leer. Ya veremos. Y además no solo de blogs vive el hombre. Feliz descanso a todos los que descansen, y el que trabaje... que sea feliz igual, como uno de esos santos con la espalda muy ancha...)

1/8/07

Alameda

Al igual que en la tele en verano, donde meten muchos refritos, yo miro atrás (tampoco muy atrás) y hago mis refritos con entradas que estaban sin publicar. Aquí dos que están sacadas del mismo lugar, la Alameda de Santiago.

I

Unos niños juegan a tirarse arena a los ojos, y gritan mucho, y corren histéricos. Son puro nervio, todos, hasta los que corren con un bocadillo en la mano mirándolo mucho de reojo. Los patos del estanque apenas pueden moverse de lo gordos que están. Ni siquiera abren la boca para decir aquí estoy yo; están como aburridos de la vida. El estanque parece un pozo negro. Los del PP dicen que hay ratas gigantes que acuden a la orilla a comer las migas de pan que les dan los niños. Los viejos ocupan todos los bancos. Juraría que se turnan, pues nunca dejan un banco libre y hay que verlos allí sentados tan hastiados de la vida como los patos. Uno fuma en pipa y lee el periódico; lleva unos deportivos de suela gruesa y blancos, que parece que va a hacer salto de pértiga o que vuelve corriendo a su casa. Pasa un yonqui muy moreno y arrugado, como una uva pasa, con una bolsa de supermercado llena de cosas que se ve que son botellas, y va la bolsa tan estirada que de un momento a otro tiene que romper y se va a ir todo a la porra.

Se preocupa mucho y se mueve como si se le estuviesen acabando las pilas.

II

Un hombre de barbita recortada, con esas puntas del bigote amagando un caracoleo, le enseña un papel a la estatua de Valle, que está clavada a un banco de la Alameda. Hace el gesto para la posteridad, porque le están sacando una foto. Quizá sea poeta.

Es esta una estatua muy hierática, de alguien que sufre la postura. Desde la rabadilla hasta la nuca hace una linea recta de estatua chulesca y forzada, y cruza las piernas muy delgadas como haría Valle en vida, aunque parece apretar mucho y eso no cuadra con la existencia de unos genitales masculinos en la entrepierna. Es un cruzar de piernas muy femenino, y al lado de la estatua el poeta parece un tarugo que viene de abrir zanjas en el monte, pues su postura más natural, espalda en curva y piernas abiertas, es tan humana que casi creemos ver a un mono. Cierto que el tipo es muy distinto; el poeta, a pesar de su barba aristocrática, tiene buenas carnes de gran masticador y unas piernas pequeñas y gruesas que le impiden a todas luces imitar a la estatua en su cruzar de piernas. El poeta sonríe, la mujer apunta con una cámara tremenda, de esas de pillar a pajaritos lavándose las axilas.