29/4/07

"¡Los verdugos ya no tienen afición!"


Unos bichos diminutos y traicioneros de estilo microscópico me recorrían el cuerpo a sus anchas, acampando en la garganta como indios o gitanos o domingueros y plantándome un fuego que no se mitigaba ni con ríos de saliva y agua del grifo bajando el esófago. Estaba enfermo, estaba jodido. El puente de mayo me había traicionado. El día del trabajo lo pasaría en la cama, como un moribundo. Adiós ríos, adiós fontes... que diría Rosalía desde su camastrón.

A mi derecha hay una ventana que me presenta una imagen disecada. Todo está parado, gris pálido, como en foto antigua. No se mueve ni una hoja de lechuga. Enciendo el ordenador a escondidas; me arriesgo a que mi madre, o la que la sustituye (ahora que tengo edad para trocarla por otra mujer) entre con el palo de la escoba y me lo rompa en la espalda, obligándome a matar los virus a fuerza de aburrirlos en cama.

Varios libros esparcidos por esta mesa. Tiene uno la sensación de que alguien vino a tocarnos los papeles en nuestra ausencia, esta silla que chirría y despierta a los muertos, este ratón enorme, casi más grande que el ordenador, los cables que juegan a hacerse nudos marineros entre ellos, me engañan con otro. Parece que en vez de hacerme los trabajos por las noches unos duendes remolones me cogen los libros y los pican y me los dejan por ahí tirados, abiertos algunos, cerrados otros, en posturas a veces malas. Pensaba colarme en este cuarto y darme el gusto de copiar unos párrafos de la magnífica biografía de Solana que escribió el gordo Ramón (el otro día me faltó nombrarlo como gran divulgador de su obra). Pero no me decido, paso las hojas y releo y me río y acabo tosiendo de tal forma que ya no se sabe dónde acaba la risa y donde empieza el pudrimiento.

Pero antes de seguir escribiendo de nada os echo unas frases que yo he picoteado, porque a veces uno es como esas gallinas que caminan con la cabeza gacha como buscando duros por el suelo. Ramón, en el último capítulo, nos dice:
"Solana con pachorra, idiosincrasia y lo que hay que tener, refleja el final del mundo que es cada semestre.

El pintor puede o no puede salvar un pedazo de realidad. Eso es esencial.


Cree muchas veces salvarlo pero como si nada, irá su cuadro a la fosa común.
El pintor indiscutible y verdadero como Solana, mira con misericordia lo que pinta y salva.

-¿Qué está usted haciendo?

-Los niños tullidos y deformes del asilo de Escorial.


Y cuando vi el cuadro vi que Solana había salvado de la desesperación entre lo insano y lo no vivido a aquellos pobres niños que así vivirán siempre.

¿Lo que vimos ya no lo volverá a ver nadie? -nos preguntamos a veces algo consternados. Pero no, ahí está el artista que hace se siga viendo, que nuestra época no muera en nuestros cráneos vacíos hasta el raspaje absoluto."
Amén.

24/4/07

Solana por Antonio Castellote

A Cela y a Trapiello hay que estarles agradecido por haberse fijado en Gutiérrez Solana escritor y haberlo desempolvado y oreado un poco para nosotros, los que venimos detrás, leyendo todo lo bueno que encontramos o nos encuentran. Ya sólo por eso, por su talento lector, merecerían una estatua ecuestre, estos dos escritores.

Y a Technorati he de estarle agradecido porque, cuando tengo ganas y no puedo dormir, me pierdo descubriendo américas y a veces, sólo muy de vez en cuando, me pone ante los ojos cosas cojonudas, que vagaban por los aires virtuales fuera del alcance de mi vista. Esta vez he descubierto un artículo y un blog interesantísimo que huele un poco a libro viejo, a folletín decimonónico (el autor escribió y publicó dos folletines y los enlaza), a periódico inglés de principios de siglo. Lo encontré el domingo, pero ayer Antonio Castellote, su autor, sacó al ruedo un artículo sobre el Florencio Cornejo de Solana, y no hay más que decir. Ya me ganó.

Lo digo aquí para que vayan y lo lean todos los frecuentes de esta casa.

Para redondear la propuesta planto una cita de Cela sobre Solana, que yo no la tengo pinchada en el tablero de detrás de la pantalla, pero debería, porque creo en ella a pies juntillas y me olvido de ella demasiadas veces. Tiene más fuerza lo que dice teniendo en cuenta de quien viene, cuyo error, cuya pesadez, en mi opinión, estaba cuando olvidaba estas mismas palabras.

"Es posible -y lo expreso con todas sus consecuencias- que la literatura quiebre y enmohezca a manos de los literatos, y crezca, lozana y llena de frescor, a manos de hombres sencillos que cuentan las cosas que pasan tal como las ven. Es también posible -y no intentamos decir nada nuevo, aunque sí de otra manera- que la literatura se pudra a sí misma, igual que una bella flor a la que la falta intoxicara con su propio veneno, y se vivifique y oree cuando se le abren las puertas de su esotérico claustro. Este cuaderno de Solana [Se refiere a Dos pueblos de Castilla], tan corto de cuerpo como modesto de intención, tan largo y trascendente de enseñanzas, mucho me ha dado que pensar."

Camilo José Cela, en la Introducción a la Obra literaria de J.G. Solana, editorial Taurus, Madrid, 1961 (página 37). Este edición es una porquería porque está censurada, pero fue la primera que cayó en mis manos...

22/4/07

Hoy veo esto

Más que unas crónicas sobre un viaje interplanetario siento que estoy escribiendo un folletín, lo que, a decir verdad, parece divertido, pero me veo un tanto perdido. Faltan pistolas, secuestros, crímenes, es decir, la sal de la vida. No veo yo a Chorizón apuntando con un arma a nadie, y menos a un japonés, que en apariencia son gente muy pacífica. Y si descuartizan a Chorizón, cosa mala, con el cariño que, sorprendentemente, parecen haberle cogido algunos lectores amabilísimos.

Pues, dejémonos de trucos y vayamos al grano. El problema es saber dónde está el grano. Alguien nos ha abierto la tapa de los sesos y con un palo y sin ningún tipo de escrúpulo se ha dedicado a revolver la sopa que había dentro. Al escribir vemos cosas; copiamos con palabras imágenes que nos asaltan, como Curro Jiménez, con trabuco y patillas. Reproducimos, o lo intentamos (casi nos quedamos en eso, intentos), las cosas que vemos dentro, y que a veces se corresponden más o menos con experiencias y visiones del exterior. Una de intermediarios importante hay en todo esto; ni en la agricultura, desde que se pone a crecer la cebolla hasta que nos la llevamos a boca se dan tantos pasos y bolsillos.

En fin; veo una vieja jorobada enana muy enana con barba entre las arrugas, una barba en forma de antenas retorcidas de televisión; veo un grupo de jóvenes trajeados con peinados a lo Bon Jovi, pelucón que hace furor ahora mismo en Niponia; veo a una vieja gorda, muy morena, en una silla de ruedas que parece un seiscientos sin techo, y la marea de humanoides se abre como una culebra tragándose un elefante; veo a un pescadero en Ameyoko metiéndose el dedo en la nariz mientras echa un ojo a las patas de cangrejo que vende; veo a esa chica de gafas de sol enormes en el metro, con falda de leopardo y los pelos disparados en todas direcciones que se plantó ante mí y me puso nervioso de lo que guapa que era, que se sentó a mi lado y a la que escuché hablar por teléfono, decía gomené, gomené (perdón) con una voz dulce y quebrada que me puso los pelos de punta y ante la que me haría el harakiri si me lo insinuase...

Veo a esa vigilante de museo, sentada en su esquina con un jersey azul y una manta de cuadros en las rodillas, y parece una muñeca de porcelana (o una vieja inválida) y parece estar triste y mira al infinito, o a la alarma anti-incendios que tiene delante, y yo acerco mi dedo a un Chagall pero ella ni se inmuta, y descubro que un pez me mira con cara de burla desde el Chagall y pienso a la mierda Chagall y sus burros por los tejados, y veo a dos nipones que se parten de risa cuando me siento en una mesa cercana en una cafetería en Shibuya, y media hora después siguen igual, mirando por la cristalera y hablando apenas entre las carcajadas que no acaban y salen después caminando entre risas, como si tuviesen ganas de hacer pis, y veo a todos esos nipones cada día con su parte robótica disimulando la persona que vive y se ahoga ahí dentro de sus cuerpos, entre rápidas digestiones y un corazón que de vez en cuando suspira, como una enamorada con ganas de atropellar un tren.

Métase a una niponiana en un horno de rayos ultravioletas; el conguito resultante píntese a gusto y tendrá una Ganguro. La verdad es que es una moda pasada; hace un par de años era bastante normal ver alguna de vez en cuando; ahora no he visto ninguna. Mi pregunta es la siguiente; ¿a dónde fueron aquellos cuerpos y caras marrón oscuro? ¿cómo se blanquearon?

El kimono las favorece. La fea es menos fea, la pschhh es menos pschhh con kimono y la guapa produce vértigos y sudoraciones en manos y pies...

Un monje budista. Espera que le des una propina por hacer nada, lo que no está mal, pues te libra de leer carteles sufridos escritos con letra infantil o escuchar una versión de La cucaracha tocado con un violín de juguete.

Dos japonesas riéndose de la cara de asombro del gran observador Chorizón.

Un nipón agarrándose la mandíbula; acaba de descubrir que esta vida no es para él. Lo dejará todo y se largará a España, a trabajar de torero, como el gran Manolete, o de futbolista, como Raúl.

20/4/07

Diario de Niponia

Soy Paco, alias Mabalot, y esta es la expresión de mi cara todo el puñetero día en Planeta Gominola (parezco jilipollas, pero es que hay que ver cada cosa).
Es de noche. Todos duermen en Planeta Gominola. K, mi mujer, mi lazarillo, mi comprensiva (casi siempre) colega, mi casi mamá, está a mi lado, como desactivada; no parece un androide. Ella no es un androide. Casi nadie conocido parece un androide, pero no puedo confiarme (Nota: mirar a los ojos a los niponianos, observarlos detenidamente, no olvidarme). Chorizón, el pobre, reposa en una esquina, sobre la bolla de pan. Está baldado, no puede con su alma. K no quiso que durmiese con nosotros.

- El chorizón a la cocina. ¿Cómo va a dormir con nosotros?
- Pero se va a sentir muy solo. No conoce a nadie, no está acostumbrado a esos compañeros de alacena. Son cosas muy extrañas para él, ni siquiera conoce la salsa de soja. Es muy sensible.
- Me da igual, chorizón a la cocina...
- Además no le llames así, con minúscula; mi fiel amigo merece una mayúscula. Es como la voz de mi conciencia. ¿Quieres encerrar mi conciencia en una alacena, con algas secas y frascos sospechosos e ilegibles, de los que apenas puedo leer ni la fecha de caducidad? ¿Es eso?
- No entiendo nada, tengo sueño, chorizón a la cocina, con el pan...
- El pan se queda, y Chorizón.
- Tengo sueño.
- De acuerdo, que duerman en una esquina... de la habiitación.

Es una habitación japonesa, no tiene cama. El suelo es de tatami (placas de fibra natural, no sé qué fibra), sobre el que se pone el futón, un colchón de algodón no muy grueso. Escribo boca abajo, la lámpara apenas ilumina este cuaderno. Hay una ventana, unas cortinas y la ventana interior de shoji (papel japonés muy fino) y madera. El shoji es como papel de fumar. Si fuésemos unos jipis ya nos habríamos fumado la ventana.

Al desenvainar a Chorizón para acostarlo sobre el pan he roto una cuadrícula de la ventana. K dijo que no pasa nada. Huele a madera, y un poco a húmedo. Con el mando a distancia regulo el climatizador. Se está bien. Seguro que los samurais pasaban un frío del copón. Así estaban siempre de mala hostia.

Antes de conocer a mi suegro la cabrona de mi imaginación me jugó malas pasadas. Algo así se me aparecía en sueños, dispuesto a segarme como a un calabacín. Nada más alejado de la realidad, gracias a Buda.
Es una casa occidental (esta blanca del centro en forma de L) enterrada entre otras miles de casas apelotonadas, unas también de tipo occidental y otras de madera y maneras orientales. Desde la avenida principal uno se mete con el coche en un laberinto de callejuelas en cuadrícula asfaltadas y extremadamente estrechas, y además de doble sentido. El colmo del optimismo y de la paciencia ante lo que para cualquiera no nativo parecería imposible. Porque Ciudad Gominola presenta sus salones iluminados y apabullantes, pero no es allí donde se duerme. Tokyo son, sobre todo, kilómetros y kilómetros de barrios así, todo casas pegadas unas a otras, quizá con un pequeño jardín interior tapado por una valla de madera.

Por aquí pasan coches, bicicletas, nipones a pie y el camión de la basura, que es una carretilla con motor y cabina en la que caben varios trabajadores del residuo. Ese poste está dotado de una goma que amortigua y reduce el daño de los rascazos en la chapa de los vehículos. Los nipones piensan en todo.

Exceptuando esta habitación, la de invitados, y el dormitorio de mis suegros, también con tatami y futón, apenas se nota que estamos en una casa japonesa. Aunque ante la puerta de la calle hay un espacio, un nivel más bajo que el pasillo, en el que se dejan los zapatos. Hemos de elegir entre andar descalzos o unas zapatillas muy finas sin suela.

Sigamos con la casa. Nos entran ganas de mear; sino fuera la segunda vez que respiro el aire de Planeta Gominola habría de vérmelas por primera vez con el Váter Automático, que ya se extendió como una epidemia por todas partes. Imagino que la casa más humilde y tradicional dispondrá de tal adelanto. Ha sido un paso importante para el progreso humano. Que ni un culo más se tope con la tapa fría, que ni un ojete más se vaya a dormir con restos endurecidos y rebeldes de materia cementosa. (Nota; escribir una redacción sobre el tema; contar las experiencias de uno con tales instrumentos. No omitir detalles. No olvidarme).

Dividido en tres partes el baño; un cubil diminuto con Váter Automático, otra parte el lavabo, espejo/mueble, y la tercera parte, separada por una puerta, el ofuro, que es una habitación de baldosas y azulejos que es todo ducha (no hay plato donde situarse) y al lado tenemos una especie de bañera bastante honda (sentado casi se ahoga uno) conectada (cómo no) a un aparato que la mantiene a la temperatura que le marques todo el santo día. Los nipones, quizá por su naturaleza a medias humana, a medias robótica, soportan temperaturas que cualquier humano normal consideraría de escándalo; por ejemplo, 39, 40, 41 grados. Lo más sospechoso es que no parecen cocerse el largo tiempo que pasan a remojo a diario. Otro misterio más de Niponia (¿De qué pasta están hechos los niponianos?). Antes de meter sus pequeños pero resistentes cuerpos en el ofuro se duchan, porque la coción ha de ser en agua impoluta y sus cuerpos otro tanto. Se diría que ellos mismos se preparan para el banquete de otros seres mayores que los zampan (¿Será esto el recuerdo genético de algún tipo de ceremonia en la que se sacrificaban como alimento a unos dioses? Nota; investigar eso; los nipones y su conductas autococinadoras y/o sus ventajas nutritivas).

No quiero acabar por hoy sin hacer mención a un sujeto que me da mala espina. Ya antes, en mi anterior visita a Niponia, no hicimos buenas migas, aunque supe disimularlo como un campeón. Su nombre, además, no deja lugar a dudas; nada bueno puede salir de él. Estoy completamente seguro de que se trata de un robot primitivo, uno de esos monotemáticos y absurdos, más tontos aún que los que solo saben jugar al ajedrez y después ni puñetera idea de hacer una "O" con un canuto. El sujeto en cuestión tiene aspecto de chucho de "palleiro", nada más y nada menos, y se llama "Ano". Lo juro por mi boina, que me caiga un rayo en el pitorro. En mi confusión idiomática pensaba que "Ano" podía ser ese aro de fuego por el que saltan las focas en los acuarios, pero no es correcto. "Ano" significa "esto", en idioma nipón, y como nombre no significa nada.

Por ejemplo; Ano hon desu. (Esto es un libro). Así que le decimos al chucho; "Esto", ven aquí, que te voy a calentar las orejas.

Cierro el cuaderno por hoy. Chorizón está destapado. Lo arropo con la mantita que me dejaron para él. K duerme con la boca abierta; es una paleta de los sueños, como diría Ramón (somos paleto y paleta). Aparco la boina hasta mañana.

16/4/07

Misterio general de Niponia

Que conste en acta que mucho voy a tener que escribir (aquí y aparte, para no saturar al personal) para entender algo del famoso Planeta Gominola. Ni los años que llevo oyendo hablar de él, ni lo leído (libros de viajes de escritores extranjeros al lugar y algún que otro autor nipón traducido), ni el cine que vi, sobre todo el de Yasuhiro Ozu (en mi opinión el mejor director japonés de todos los tiempos), ni las dos visitas, ni una imaginación delirante, sirven para explicarme qué coño pasa allí, cómo son o cómo dejan de ser en conjunto los habitantes de Niponia.

La pregunta que toca ahora (para desembarazarme de ella de una puñetera vez) sería esta; ¿Qué es Niponia?

Los ríos también apestan en Tokyo. No todo está copiado de Candy Candy.
Después de tanta historia he llegado a una conclusión. Ya lo vi allí; me desconcertó ese pensamiento. Me dije; no puede ser, tienes que estar borracho. El sake ha enredado tus neuronas de tal manera que ya no piensas claro, piensas revuelto, revoltijos. Y eso puede ser verdad, pero también era cierto que eso, esa impresión, la tenía todos los días. Así que al final acepté que parte de la solución estaba en la tele. El primer paso para entender algo sobre el Planeta Gominola está, señores, en los dibujos animados; Niponia es eso que se ve de fondo en Shin Chan, en Doraemon, en Dr. Slump. En Heidi no, que se ven Los Alpes.

Los uniformes del colegio dan para un tratado; los hay estilo árbitro de fútbol, marinero años cuarenta, putón verbenero de manga erótico...
Todo, señores, en Niponia, es como de juguete. ¡Niponia es un mundo de juguete! Casi le dan ganas a uno de coger con las manos las ambulancias y las furgonetas del pan, los Porches y los camiones, y jugar con ellos a los coches. Estrellarlos unos contra otros como hacía de pequeño. Así que no era invento de unos dibujantes; son realistas. O eso, o Niponia se parece cada vez más a sus dibujos animados, al manga, que también puede ser.

Media hora de trayecto en el autobús de los PinyPon. El conductor, con pinganillo, va narrando las paradas. Todo es divertido en el Planeta Gominola.
Eso del manga no podía haber sido inventado en ningún otro lugar del mundo. Niponia no es el manga, claro, pero el manga es plenamente nipón. La sensación de estar viviendo dentro de una serie de dibujos animados era recurrente. Tenía esa sensación más de una vez al día.

Dos agentes de la ley y el orden de metal ante las puertas de una comisaria. Como los leones del congreso pero más guapos y sugerentes, aunque menos amenazantes. (Yo vi a unos agentes como estos, no sé si los mismos, pero esta foto no es mía; se la mangué a Kirai, uno de los mejores blogs sobre Japón)
Es un mundo amable, algo naif, a veces ridículo. Nada más ajeno a Niponia que la picaresca española. Allí no se entiende, si es que tiene algo que entender. Parece un mundo bueno, en el sentido machadiano del término. La gente parece hecha de pan, y hasta los punkis, que en teoría tienen que odiar el mundo y cagarse en todo, allí parecen buenos chicos, unos boys scouts disfrazados. Se duermen en el metro como angelitos, y por nada del mundo se les ocurriría ponerse a pedir después de tocar una flauta o hacer monerías con unas pelotas.

Tengo la impresión de haber topado un mundo virgen, como una de esas tribus aisladas que viven su utopía ajena al desarrollo. Vaya paradoja, la sociedad más avanzada tecnológicamente del planeta, y en cambio viene uno con la impresión de que atan a los perros con longanizas. Y lo más extraño es que los chuchos nipones no se comen las longanizas.

Este es el misterio general de Niponia. He tenido que apartarme un poco hacia atrás para ver el bosque. Niponia, por lo tanto, es un mundo de dibujos animados en tres dimensiones. De ahí que sea el sitio más seguro del universo. Pero esto lo dejamos para el próximo capítulo, dónde se dará cuenta por lo menudo de las vicisitudes de Mabalot y varias de sus personalidades por el Planeta Gominola y de cómo se relacionó con sus habitantes y de lo que vió.

10/4/07

Los tres misterios iniciales

Imaginaros a Paco Martínez Soria (ese icono inmortal de la cultura cinematográfica hispana) bajando del avión en Narita, el aeropuerto internacional de Tokyo, a sesenta kilómetros , el cabrón, de la ciudad. En realidad no baja a ningún sitio; ha de atravesar un túnel hasta la terminal. Lleva varias bolsas colgadas de todos los hombros, de alguna saca la cabeza un chorizón, como para ver qué pasa ahí afuera, y una bolla de pan enorme bajo el brazo.

Mabalot visto por un japonés
La boca muy abierta, el caminar vacilante, torpe. No siente las piernas, como Rambo. 10000 kilómetros, casi media vuelta a la naranja, le separan de la tierra que le parió o le abortó. Don Paco no solo viajó a otro mundo, también viajó en el tiempo. No se sabe si al pasado, al futuro, o a un tiempo paralelo, como un paréntesis dónde las cosas suceden de otra manera.

Pero afortunadamente no va solo; una nativa que lleva casi media vida pululando por la vieja Europa vigila sus pasos, lo dirige por ese laberinto que es un aeropuerto, por esos pasillos impolutos y enmoquetados, por esas cintas transportadoras de humanos y maletas que parecen llevar a la trituradora, como en una fábrica de hamburguesas. Ni un papel, ni un envoltorio, ni una colilla, y menos una colilla, nada que denote que por allí pasan seres vivos. Por los ventanales enormes los aviones sorben por el culo, como Camilo José Cela agua, combustible. Pequeños vehículos pilotados por seres de mono blanco se mueven por la pista y se entrecruzan sin toparse unos con otros, como en un complejo y milimetrado plano en el que todo está calculado.

Aeropuerto de Narita. Cualquier cristiano razonable creería que de un momento a otro se acercarán unos tipos con mascarillas y lo operarán, dado el ambiente aséptico y sospechoso del lugar.
Tiene nuestro protagonista la impresión de estar en una película de ciencia ficción de los setenta, tan lejos de sus castizas y disparatadas incursiones en el mundo del cine.

La boina ha perdido su capacidad de absorción; el sudor le baja por la frente. Saca el pañuelo y se limpia. Ya está camino de la ciudad, Tokyo, por todos conocida como Ciudad Gominola, o Capital Gominola. Aprovecha para rascarse bajo la boina y mira al chorizón, al que le cuelga un cordel con la denominación de origen, a modo de coletilla picarona. El chorizón parece tan estupefacto con el panorama como el ilustre paleto. Mientras los nativos en el coche distraen el trayecto emitiendo unos sonidos curiosos como una rara especie animal, el chorizón le plantea algunas cuestiones, fruto de su atenta observación hasta el momento:

"Te habrás fijado, Paco, que varias cosas aquí son extrañas a nuestros ojos cristianos. La primera; esta inmunda limpieza, que pondría nervioso al mismo don Limpio. Esto no parece el mundo real; es un laboratorio. ¿Estas seguro dónde nos estamos metiendo? No quiero acabar hecho picadillo, a manos de un carnicero. Y esto no es todo; es posible que esta gente, después de años de adoctrinamiento y amenazas solapadas, llegara a abstenerse de guarrear por ahí como en todos los países civilizados (véase Francia, el aeropuerto Charles De Gaulle, cochino como dios manda), pero lo que no es normal que no haya ni una sola papelera. ¿Dónde van a parar todos los envoltorios que fabrica Niponia, el país que más envoltorio por gominola fabrica, dónde cada galleta lleva su traje individual de plástico transparente?

Otra cosa que es sumamente extraña y sospechosa es la falta de contacto corporal entre los nativos. Tu anfitriona, Paco, se ha encontrado con sus padres, que han venido a recogernos, y entre la gama de saludos y sonrisas no ha habido hueco ni para una palmada en la espalda. Solo a ti, que eres blancucho, te han estrechado la mano. Ni siquiera a los niños los besan. Ten cuidado, Paco, es posible, como ya te tengo susurrado en más de una ocasión al referirme a este puebllo, que no se trate de humanos, sino de algo a medias entre seres pluricelulares y robots sanguinarios, una categoría de androides cuyas intenciones, aunque parecen buenas, no dejan de ser sospechosas.

Hay un tercer misterio que convierte en más terroríficos los otros dos. De todas partes, hasta en los retretes, brota un silencio perturbador que lo envuelve todo, como si el mundo fuese una galleta encerrada en una cámara insonorizada. Es un almohadillado sonoro que parece taponarnos los oídos. El aeropuerto parece un velatorio y hasta los anuncios parecen ser pronunciados con respeto hacia el muerto ficticio. Lo peor que puede hacer un chorizón en esta situación es asombrarse en alto y hablar como una pescadera con el género pudriéndosele ante las napias. Tendremos ocasión de comprobar cómo estos misterios, lejos de resolverse racionalmente, se confirman, adentrándonos en los territorios más desconcertantes y acojonantes que un chorizón cristiano pueda imaginarse.

Con Dios, yo me voy a echar un sueño que el viaje este me dejó las tripas revueltas. Acércame la hogaza de pan que la use de almohada. Despiértame cuando se vean las primeras luces de Ciudad Gominola."

El chorizón echa una soneca y don Paco, que es un viejo zorro, y no deja de apuntar todo lo dicho y todo lo visto en un cuaderno, se retira del mundanal silencio a cavilar en estos misterios.

Al fondo, a través de la ventanilla, Disneylandia.