28/2/07

Sobremesa

Después de unas lentejas la tierra gira más despacio.

26/2/07

Una dedicatoria

A Borges no le gustaba Roberto Arlt. A mi me gusta Borges, mucho, aunque nunca le recé (y hace tiempo que no lo cato), y me gusta Arlt; solo por los títulos de sus cuentos yo creo que ya me gustaría, ya entraría por la puerta del libro dispuesto a quedarme.

Por ejemplo; El cazador de orquídeas, Escritor fracasado, La venganza del mono, Estoy cargada de muerte, El gato cocido, La palabra que entiende el elefante, Un viaje terrible, Extraordinaria historia de dos tuertos... Y no es literatura de kiosko, o de cordel.

Según Piglia se trata de «el único escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina del siglo XX». Y Aira habla del "mayor novelista argentino del siglo XX."

Es sabido que Arlt era un tanto disparatado, como sus libros. Dice Borges de él; "Era muy ingenuo. Se dejaba engañar por cualquier plan, por descabellado que fuera, para ganar mucha plata, a condición de que hubiera en él algo deshonesto. Por ejemplo, se interesó en el proyecto de instalar una feria para rematar caballos, en Avellaneda. El verdadero negocio consistiría en que clandestinamente cortarían las colas de caballos, venderían la cerda y ganarían millones. Un negocio adicional: con las costras de las mataduras del lomo fabricarían un insecticida infalible."

Pero yo me quedo con esta dedicatoria de su primer libro de cuentos, El jorobadito, que saco de la edición que Losada hizo de sus Cuentos completos:
"A mi esposa Carmen Antinucci
Me hubiera gustado ofrecerte una novela amable como una nube sonrosada, pero quizá nunca escribiré obra semejante. De allí que te dedico este libro, trabajado por calles oscuras y parajes taciturnos, en contacto con gente terrestre, triste y somnolienta. Te ruego lo recibas como una prueba del grande amor que te tengo. No repares en sus palabras duras. Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas. Por eso no encontrarás aquí doradas palabras mentirosas, ni verás asomar el pie de plata de la felicidad, pero tú, que eres comprensiva y tan amiga mía, recíbelo como recibiste mis otros libros, escritos bajo tu mirada pensativa. Tu agrado será mi mejor premio."
Si yo fuera su mujer le perdonaría todas las pendencias en el acto, si las hubiere...

(La primera entrada de este blog la dediqué a su libro El juguete rabioso)

25/2/07

Azorín va al rastro

"Vamos hacia abajo, junto al Botánico, en busca de la feria de los libros. [...] La feria de los libros la componen quince o veinte barracones de madera. Toda la anodinidad, toda la grisura, toda la vulgaridad de los libros inútiles está aquí. Es enorme la cantidad de libros absurdos que han sido publicados.

En montones, revueltos, sobre tableros, podemos contemplarlos. Todos estos libros vulgares representan, por lo menos, un momento en una vida humana. Lo que ahora nos parece insignificante, ha animado durante un instante un espíritu. ¿Qué sabemos las manos que han vuelto las páginas de este pobre libro? Nosotros mismos, en la soledad del campo, sin nuestros libros dilectos, hambrientos de lectura, ¿no encontraríamos también placer en la lectura de este volumen anodino? En parte, en gran parte, el libro es nuestro propio pensamiento. Muchos de estos volúmenes de la feria nos serán inútiles. Acaso, sobre basto papel, con borrosos tipos, veremos estampado pensamiento sencillo, natural, de un hombre ignorado que un día se puso a escribir sin saber nada. En los pueblecitos de Castilla -como en otras partes- ha habido de estos hombres que escribieron un día y que nadie sabe que han escrito. En ellos, el pensamiento puede quedar expresado en forma afectada y laberíntica -sugestión de grandes autores-; pero puede también estarlo sencilla y limpiamente, con la sencilllez y la limpieza de una fuente en la montaña. Una mañana de otoño, curioseando en la feria de los libros, hemos encontrado uno de estos volúmenes."

Sí, de mayor daba un poco de miedo
Los libros de ensayos de Azorín son un gustazo; quizá demasiado puros para nuestras narices habituadas a tubos de escape y otras cochinerías. Es un colador; filtra la literatura castellana a través de su pluma. Inventa un castellano (el castellano francés, de frase corta) y limpia de rastrojos y estupideces los clásicos, quiero decir, lo que se dijo de algunos clásicos.

Pero; ¿alguién lee hoy a Azorín? ¿Será Azorín uno de estos hombres que escribieron un día y que nadie sabe que han escrito?

22/2/07

Estos días grises de mierda


¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Iliada!

Antonio Machado
Se levanta uno con el pie que no es, como un paso de baile mal dado, y ya tenemos el día cruzado, esquivo; queremos alcanzarlo, subirnos a él, pero corre demasiado y nos quedamos con medio cuerpo fuera, a la pata coja brincando colgados por una mano de este tranvía, cagándonos en todos los santos, en los menos importantes y menos rencorosos, por si acaso.

En días así, en los que el café sabe a mantequilla y la mantequilla a nada y la nada siempre huele a mierda, suele uno acordarse de cosas extrañas, que habíamos dejado de recordar, más que olvidar, y que aparecen de repente. Yo me acordé antes de algo que me pasó a los catorce años (no es la pérdida de la virginidad, estaba demasiado ocupado haciéndome pajas). Tenía unos gustos musicales tan vulgares como cualquiera de mis compañeros, y los seguí teniendo más o menos, pero encontré de aquella, no recuerdo cómo, un vinilo trasteado en el que apenas se leía Richard Strauss-Four Last Songs. Como era (soy) tan ignorante ni siquiera estaba al tanto de que ese Strauss no era el mismo que el de los valses vieneses horribles, de esos grandes salones con lámparas como montañas que nunca se caían sobre las parejas de cajita de música.

Y con esas cuatro últimas canciones, compuestas por Straus poco antes de morir, me retiré del mundanal mundo a escuchar una y otra vez aquel trozo de alma (¡Baja eso que me vas a volver loca!, decía mi madre); troné a mi familia con aquella voz estremecedora y desconocida; la soprano mecida por una música de orquesta (nada más melancólico) y un mar de huevos fritos a medio hacer, pues tal era el deterioro del vinilo. Nunca supe quién cantaba ni cual era la orquesta; lo que es una pena porque no encontré una versión mejor, aún sin tonada de huevos fritos.

"Oh, inmensa y dulce paz,
tan profunda en la puesta de sol,
qué fatigados estamos por haber caminado.
¿Será esta, entonces, la muerte?"

Al escucharlas me acordé, hoy todo va por el mismo barranco, de los últimos días de Antonio Machado. Pasa la frontera con su madre y otros intelectuales el 27 de enero; Barcelona cayó el 26. Todo está pérdido, 64 años, viejo, más que viejo, decrépito, como un mueble corroído a machetazos, un mueble que se va a morir de asco y pena el 22 de febrero, hoy, hace 68 años, en el pueblo francés de Collioure. La foto de arriba es la última foto que le sacan vivo (Corpus Barga, creo). De muerto hay algunas, en la cama de la pensión, envuelto en la bandera republicana.

Un tío bien nacido, como pocos, como ninguno.
"En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos –nuestros barinas– invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud". (1937, Hora de España)
El 98 se muere con la guerra civil; la mejor generación de escritores en muchísimo tiempo de la literatura castellana se va al garete por haches o por bes alrededor de esos años, entre el 36 y el 39. Los hunos y los hotros se encargan de limpiar todo. Hasta Baroja y Azorín se mueren, solo queda de ellos la costra, el envoltorio; lo de dentro se les muere con el exilio, exiguo exilio, pero exilio, aunque de ida y vuelta. Unamuno se apaga en el 36 al lado de la chimenenea, Valle con su cáncer se va al otro barrio.

Antes de morir Machado escribe un último verso.
Estos días azules y este sol de la infancia
Así, sin punto final.

Renee Fleming canta la tercera canción de Richard Strauss' 'BEIM SCHLAFENGEHEN '.
Luzerene, 2004. Conductor: Claudio Abbado



20/2/07

Soy un pobre enfermo


"Soy un pobre enfermo que vive gozando de salud. Creo en los médicos, pero no los llamo. Un vez, hace más de veinte años, me vio el doctor Marañón y me dijo que tenía un hígado silencioso, de los que matan sin avisar, y desde entonces le he visto sólo como amigo, pero no como médico."

Uno de los capítulos de su Nuevas páginas de mi vida (segunda parte de Automoribundia) está dedicado a sus tribulaciones de sano enfermo y a sus medicamentos. Ramón creía a pies juntillas en la frase de Hipócrates; "Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos."

19/2/07

El que escribe

Decía alguien, quizá Gil de Biedma, que lo natural es leer, no escribir. No sé; leer tampoco parece muy natural. No se ha visto que un mono tenga predilección por la lectura, a excepción de algunos casos extraordinarios de los que no voy comentar nada por respeto. Y: ¿Qué es más natural, la postura del misionero, la del perro? Lo que sí parece quedar fuera de toda duda es qué escribir es algo extraño. Decimos; es escritor. Escribe. ¡Dios!; escribe. Qué coño.

El escritor es un pobre albañil de las letras que apenas puede mirarle las piernas a las cachondas y piropearlas...

¿Escribe una carta al juez, a su novia desde la guerra, al notario? No; escribe “historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida”, nos dice Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes. Y Sebald se pregunta; “¿Qué clase de teatro es éste en que somos escritores, actores, tramoyistas, escenógrafos y público, todo en uno?” Un teatro misterioso, una disfunción glandular, un virus. El que escribe cría almorranas, a no ser que salga a hacer footing de madrugada como Vargas Llosa, y sabe dios qué más; sentarse horas y horas a exprimirse ante un folio es cuando menos una manía curiosa. Peor aún es sentarse ante una pantalla; todo el mundo sabe que las neuronas se aletargan ante una pantalla y que en los ojos unos círculos dan vueltas sobre sí mismos con un garbo muy psicodélico ¿Qué le lleva alguien a hacer esto, juntar palabras, además de la ya aceptada cierta locura, glandular o vírica o genética, da igual?

He escuchado dos versiones recientes que pueden responder a esto; una se la oí a Sánchez Dragó, con la manida pregunta de si escribiría uno en una isla desierta, sabiendo que no le iban a leer. El que dice no, no es un escritor de verdad, o no es escritor. Y la otra versión la encontré en Azúa; el que escribe quiere comunicar algo, contar algo, y escribe para ser leído, por una persona al menos, fuera de él mismo. Si no le leen el escritor puede dejar de escribir porque no tiene nadie para quién escribir; esto enlaza con el rollo de publicar y el también manoseado tópico contrario a lo anterior de que si uno es un escritor de verdad no dejará de intentarlo aunque le rechacen sus escritos su propia madre dueña de una editorial.

Yo escribo, ahora; fabrico algo con los dedos. Toco la T la O la C la O en el teclado y sale la palabra “toco”; me toco los cojones, a veces tengo esa impresión, de estar perdiendo el tiempo. Pero sí, parece que escribo. Y lo hago pensando en que estas palabras dentro de unos minutos podrán ser leídas por un japonés que lee castellano y al que no conozco de nada; desde aquí le mando un saludo. ¿Qué tal el tiempo por allá?

Otra cosa es ser escritor. Dice Vila-Matas: “Para escribir hay que dejar de ser escritor, porque una cosa es querer ser escritor o pensar que se es escritor, y otra muy distinta es escribir.”

15/2/07

¡Entrevista a Josep Pla!

En TVE, 1977, programa A Fondo, de Joaquín Soler Serrano.

Hace algún tiempo había visto varias entrevistas de este programa, todos despachados por la mula. Ahora, el bueno de Google Video, y gracias también al que los subió, nos tiene algunos programas; Borges (1976 y 1980), Torrente Ballester (1976), Onetti (1977), en el que se emborracha, aunque no hace el jilipollas como Arrabal, para variar, por supuesto, y Pla (1977), que solo dice cosas interesantes y tremendas, una tras otra.

Dosifíquenlos; son tesoros, esos tipos hablando. Los enlazo, más que meterlos aquí, porque se ve más cómodo, grande, en la página de Google. Son entrevistas impagables; nunca imaginé que los oyera o viera, a esos tíos hechos de letras, tan conocidos míos y tan muertos y enterrados. Y ahí están, vivos, uno emborrachándose, Pla liándose un cigarro, en primeros planos donde vemos los pelos de la nariz saludando a la cámara.

Y también fueron entrevistados Cortazar, Cela (haciendo de Cela, incluso a pesar de los esfuerzos de Soler Serrano por escarbar la superficie de la mascarada), Rulfo, que habla con un colmillo fuera del labio, como uno de esos chuchos cabreados y diminutos que salen a morderle la pernera a un paseante; pero no son tan interesantes. Bueno, opiniones. No está Cunqueiro; aunque tarde años intentaré subirla yo, que la tengo, porque me parece que tarda años.

Ahora recomiendo, primero, Pla. Pónganse cómodos; desconecten a los otros seres vivos de su casa. Es además un Pla pleno, que se resume ("Contra la literatura de imaginación yo he hecho la literatura de observación"), que se caracteriza, que busca sus temas, de buen humor, que no se da cuenta o no entiende (80 años, pero ojo, brillante, de tan lúcido) o no quiere entender que lo sacan en televisión; "esto no lo ponga, quítelo...".

Le dice Soler Serrano a Pla; "Yo soy un viejo admirador suyo, don José". Y Pla, apartando la grandilocuencia del aire con la mano, le espeta; "Pero eso es la literatura. La vida es más complicada."

Y al final se pone la boina. Que lo disfruten.

PD; la recomendación es del gran Portorosa. Gracias; yo no sabía que ya estaban disponibles por ahí.

14/2/07

Dos cabezas para dos boinas

Tres boinas hay en el corazón de mi estantería (las estanterías tienen corazón, hígado, riñones, y por supuesto testículos y demás...; otro día trataremos más órganos); decía tres boinas en el corazón; Pla, Cunqueiro y Baroja. Tres boinas como tres soles con pitorro o como tres agujeros negros por el que salen realidades de otros mundos, casi siempre de otros mundos que están a la vuelta de la esquina. Si el mago saca conejos de la chistera, estos tres sacaban libros.

Del último ya se doró mucho aquí, cuál pollo en el horno, a vueltas; aparquémoslo a un lado. Cunqueiro no usaba tanto la boina para escribir como Pla, al cual le rendía como una parabólica que capta por ese apéndice apuntando al cielo radiaciones cósmicas portadoras del adjetivo justo, único, ese le mot juste que recalca los contornos de los objetos, que de tan cercanos suelen pasar desapercibidos. Famosísima, y atinadísima, la definición de Vázquez Montalbán; “Pla es un punto de vista ambulante con boina”

Este dedo, Álvaro, vio mucho mundo...

Más de una vez pensé; los gallegos tenemos envidia de Pla. Como las mujeres tienen envidia de pene, que decía Freud o Woody Allen, o los dos. Tenemos a Cunqueiro; sí, es verdad, pero aparte que cada uno era de su casa, son ríos diferentes, y no desembocan en el mismo mar, como se sabe. ¿Por qué habrían de ser iguales? No lo son. Ya tenemos un Cunqueiro: nos falta el yang, la otra mitad del todo; ponga un Pla también en su literatura y tendrá una literatura sobre la que levantar monumentos y capillas, rascacielos, experimentos y por supuesto muchas baratijas. Para equilibrar una mesa no utilizamos esos tomitos de poesía esmirriados y poco útiles, sino ladrillos en prosa que equilibren la madera; después ya se pueden hacer castillos con barajas o barajas con castillos.

Cunqueiro es cielo, saltando de nube en nube; Pla tierra, oteando el horizonte y pegando la hebra con un paisano: Cunqueiro imaginación, Pla memoria: Pla presente, Cunqueiro en cambio es el eterno viajante a otras tierras y tiempos remotos, que de tan remotos quizá nunca existieron. En Pla todo es más normal que la normalidad, lo complejo es simple y lo cargado ligero; en Cunqueiro lo extraño es un tanto extraño y lo normal es normalísimo no siendo nunca normal. En Pla los payeses son tratados andantes y charlantes de sensatez y sabiduría, filósofos sin muchas filosofías; en Cunqueiro os labregos dejaron atrás esa vana cordura positivista y se desplazan en banqueta por los aires, platican con el caballo en castellano y escriben cartas desde el otro mundo avisando de desgracias.

10/2/07

Una carpeta; Las ciudades invisibles

"Cuando escribo procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a llenarse de folios, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellos."
Extraído de la Nota preliminar a Las ciudades invisibles, Italo Calvino, editorial Siruela, 1994.

8/2/07

A vueltas con Baroja: un tren de mercancías

No deja de ser curioso; han pasado 50 años desde que palmó y don Pío está en la mesa de novedades de El Corte Inglés, al lado de otros señores y señoras; Carmencita Martínez-Bordiu del brazo del abuelo Paquito, John Le Carré, Paul Auster, Bernabé Tierno.... Y en medio de esta selva de fieras ahí tenemos sus memorias, media docena de tomos o más, que está publicando muy bonito Tusquets. Van por el tercero. Se diga lo que se diga ahí está; vivito y coleando.

La sonrisa de don Pío tuvo escaso éxito entre las damas.

Porque Baroja no aburre, y se lee sin querer; de pie al lado de la estantería, lo empiezas hojeando y lo acabas leyendo. Da igual lo que te eches a la vista. Si eso no es triunfar que venga Cristo y lo diga. Y precisamente porque no era perfecto, menos incluso como literato que como persona. Lo dice en alguna parte; sus defectos literarios forman parte del programa; “La perfección, o al menos cierta clase de perfección, aburre.” Y el programa es dejar a un lado “entelequias artísticas” y escribir sin parar, sin mirar atrás, aunque limando mucho más de lo que se cree, con una única pretensión que era facilitar la lectura, no que alcancemos el orgasmo al leer.

El arte del no arte; lo dice Torrente (no el brazo tonto; el brazo listo, o la mano sabia) en su manual cojonudo de literatura española (Panorama de la Literatura Española Contemporánea, editorial Guadarrama, Madrid, 1965); “El arte de Baroja pretende ser natural, o sea, no ser arte.” También lo vio Vázquez Montalbán, que vino a decir algo así que de las imperfecciones de Baroja salen sus más interesantes aciertos literarios.

Aunque claro, para errar hay que saber. La pregunta era; ¿por qué leemos a Baroja? Llegar aquí implica dar por supuesto que estamos ante uno de los mejores escritores españoles etcétera. Pero; ¿cuántos magos de las letras patrias no salen más que a luz fluorescente de los departamentos universitarios? He ahí la cuestión, lo que a su manera planteaba Mendoza.

El mérito de don Pío no es poco, escribió tal cuál es, sin impostaciones, sin mucha ambición (esto se lo reprochó Benet), y al final sus supuestos defectos literarios le salvan el pellejo. Otra vez Torrente; “La obra de Baroja está constituida por ochenta volúmenes de Memorias de su vida secreta, de todos los hombres que él quisiera ser.” Y yo, precisamente, lo leí por eso; si Baroja fuese el impoluto Flaubert (o Anatole France) no lo hubiera leído: lo hubiera leído su madre y Vargas Llosa. Y qué conste que Flaubert está bien, pero es la antítesis de Baroja.

Don Pío, como un Rappel cabreado y gris, adivinó lo que se le venía encima al siglo, en cuanto a literatura. Sus novelas están llenas de corrientes de aire (esto creo que se lo leí a alguien), y esta es la novela que se lee con más gusto, constipados aparte, como un paseo por el bosque; la hermética, la cerrada a cal y canto, se acaba pudriendo en su propia atmósfera malsana, enmohecida.

Acabo con una cita, otra más, de Juan Ramón, el crítico más sagaz de la literatura española; “Cuando Baroja dice lo que dice no hay que hacerle caso, sino reírse con él por la fantasía que pone en su mentira [...] Por lo demás, él no tiene el afán de calar hondo ni de volar alto. Va, va, va, como en un hormiguero. Y su obra toda viaja ante nosotros con un interminable vuelo bajo, con su sombra al lado, como en un tren de mercancías”.

Un tren de mercancías; la mejor definición de su obra. Y a quién no le atrae colarse en uno y viajar sin destino, rumbo a ninguna parte.

7/2/07

El misterio Baroja

Baroja en el rastro, aireándose un poco

Cuando volvió a Madrid, después de la guerra, Baroja era un viejo que pasaba frío y que escribía para pasar el rato o calentar los dedos. Benet, nos cuenta Mendoza en su biografía de Baroja, un joven Benet, lo visitaba poniendo la orejona faulkneriana ante la boca de don Pío; creía, quizá, tener ante sí un oráculo con boina; pero el oráculo, viejo y cabreado, ese señor malo de Itzea que comía niños, era aún más viejo (Baroja siempre fue viejo, desde joven) y cascarrabias (siempre fue cascarrabias, desde antes de nacer), y más pasota, cínico, y silencioso, más preocupado por el precio del carbón que por otra cosa, encogiéndose de hombros por todo en una “tertulia anacrónica”.

Las anécdotas son casi infinitas; diríase que hay un programa de ordenador que genera anécdotas de ocurrencias y maledicencias de Baroja en esa época. Pasa que eran muchas orejas alrededor de la momia Baroja, ya descreído hasta de su propio descreimiento.

Hace unos años (2001) la editorial Omega publicó una serie de biografías con el título de “Vidas literarias” (colección dirigida por Nuria Amat); entre ellas algunas muy interesantes, esta de Baroja por Eduardo Mendoza que hojeo ahora y que leí en su día, la de Pla por Arcadi, la de Valle por Azúa, que no existe, aunque se presume de ella en el listado de biografías de la primera página; al final me parece que la escribió un tal Miguel Casado. Sólo leí la Baroja y la de Alejandra Pizarnick por César Aira (lo primero que cayó en mis manos de Aira, y que en su día no me chistó mucho, quizá porque la Pizarnick me importa un rábano).

Se agradece a Mendoza este ensayo; porque al igual que le pasa a Cervantes, a Baroja le cayó la negra con tanto y tan petardete barojiano que le salió, como sarpullidos que a veces se le infectan y lo ponen perdido, sin querer, claro. Mendoza, en cambio, nos cuenta a Baroja alegremente, sin arrodillarse ante tan ilustre intocable, y dejando la navaja en el cajón, herramienta tan solicitada en discusiones sobre don Pío. Cuenta lo que ve, lo que él ve; en su obra y en su vida, y que suele coincidir con una mirada desprejuiciada y despreocupada; “A la hora de analizar la obra literaria de Baroja, poco hay que decir, porque los defectos son palmarios y las cualidades, en rigor, se reducen a no tener ninguna, lo que en cierto sentido es un gran mérito. De modo que Baroja ocupa un sitial entre los grandes escritores, pero nadie consigue explicar muy bien por qué.”

Y esto anterior lo pone a poco de empezar la introducción (muro infranqueable para cerriles barojianos), y como quién dice voy a ver si me entero de por qué Baroja es Baroja. Y Baroja no escribe novelas, o sí, pero llenas de baches, como se sabe, porque se escribe a sí mismo (a su personaje) todo el tiempo y eso es precisamente lo que buscan los lectores; no las aventuras de Avinareta o Zalacaín, sino las aventuras de Baroja, de el personaje Baroja, y como el Conde Drácula (o Bela Lugosi) llega un momento en que el “Baroja-persona sólo era Baroja-escritor: un hombre huraño, prematuramente avejentado, irresoluto, confuso ante todo lo que no fuera la aventura de inventar y escribir: un hombre sin familia, casi inexistente, sin otra personalidad que la que los demás quisieran otorgarle: el anarquista, el fascista, el novelista famoso, el inofensivo tertuliano, el hombre malo de Itzea.”

6/2/07

Rashomon en bandeja de plata

No todo Kurosawa está a la altura de Kurosawa, claro, como no todo Hichtcock es orégano, aunque nunca sea tojo, o toxo, que tojo suena raro. El domingo por la noche, después de fregar los platos y tararear una habanera, nos sentamos a ver “El ángel ebrio”(Yoidore tenshi, Kurosawa, 1948), que iba de un médico borracho (Takashi Shimura) y un mafioso tuberculoso (Toshirô Mifune), y entre los esputos del tuberculoso (insoportables para un delicado hipocondríaco) y una charca infecta (metáforas demasiado metáforas de pulmones podridos, y Japón podrido y derruido de posguerra) que sale todo el rato y ante la que los protagonistas cavilan y charlan, se nos quedó la película instalada en la carpeta de “pelis buenas ni fu ni fa” del coco.

No así me pasó en su día con “Rashomon”(Kurosawa, 1950), y menos aún con “Los siete samurais”(
Sichinin No Samurai, Kurosawa, 1954). El niño que soy deja salir al niño que lleva dentro ante estos dos paraísos de la aventura. Si fuese emperador (otro de mis sueños no logrados) cambiaría un par de colonias por estas dos películas; por ejemplo, Cuba y Filipinas bien valen un Rashomon.

Algún día, quizá cuando sea viejo, tendré uno de esos pantallones maravillosos que ocupen una pared del salón aunque solo sea para ver “Los sietes samurais”, y pensaré... no, mejor no pensaré nada, lo viviré; me subiré por los sofás con una katana imaginaria segando a esos cabrones malhechores... zás, muere, capullo... y se me gripará el corazón de la excitación y moriré de un infarto, feliz, ridículamente.


Mientras tanto, no se pierdan ahora lo que nos trae nuestro amigo Lugrumante en El barco del amor. Rashomon, sobre todo esta, es una gozada. No tiene perdida.

A disfrutar.

3/2/07

Joseph Roth

"Un buen día me hice periodista, desesperado porque ninguna profesión era capaz de colmarme. No pertenecía a la generación de los que abren y cierran la pubertad escribiendo versos. Tampoco formaba parte de la ultimísima generación, aquella que recurre al fútbol, al esquí y al boxeo para alcanzar la madurez sexual. Sólo podía ir en una modesta bicicleta de piñón fijo y mi talento poético se limitaba a precisas anotaciones en un diario.

Siempre me ha faltado corazón. Desde que soy capaz de pensar, pienso sin piedad. De niño daba de comer moscas a las arañas."


Las ciudades blancas
, Joseph Roth
(1894-1939), editorial minúscula, ed. febrero 2001.

1/2/07

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos

O yo estoy majareta y vosotros no. Philip K. Dick (1928-1982) bien podría ser unos de esas criaturas que desfilaban, con o sin dientes, por el programa de Quintero, qué gran entrevistador. Es que lo más rentable para la posteridad de un escritor es volverse loco. Pero no una locura íntima; no vale la pena; ha de ser una chifladura llamativa, original, bonita, emocionante.

Este gran autor, una especie de Borges lisérgico, paranoico y gripado, como una moto, que fue Dick, es ya un pirado célebre de la historia de la literatura. Sus novelas están entre lo mejor de las letras yanquis. Puede ser una especie de Dostoiesvky de la segunda mitad del siglo XX. Acaban de regalarme la biografía de Dick, escrita por Emmanuel Carrére, editada por Minotauro. Tiene buena pinta. Ya les contaré.

Me encuentro con una cita al principio que puede parecer un tanto amarilla, como las páginas de este libro, creo que ya descatalogado (abril 2002):
"Estoy seguro de que no me creen, y de que tampoco creen que creo en lo que afirmo. Son libres de creerme o no, pero al menos crean esto: no estoy bromeando. Se trata de algo muy serio, algo muy importante. Tienen que pensar que, para mí también, el hecho de declarar algo así es una cosa terrible. Muchas personas aseguran recordar una vida presente distinta. No conzco a nadie que haya hecho declaraciones como ésta, pero sospecho que mi experiencia no es única. Quizá lo sea el deseo de hablar de ella." (Del discurso de Philip K Dick en Metz, el 24 de septiembre de 1977.)