31/12/06

La verdad

Un escéptico o un indeciso, o ambas cosas; nunca he sabido tirarme al río por una creencia o postura con fe ciega, ni con rebaño ni sin él, siempre encuentro peros y grises que me hacen andar con pies de plomo, y no comprendo el convencimiento tarado del que lo tiene todo claro, del que tiene las cosas claras. Me resbalan las ortodoxias, lo que es una pena porque estoy seguro que abrigan mucho y uno es tan tirillas como cualquiera.

Verdades hay tantas como cucarachas. Yo me quedo con esta.
"No me gustan los poseedores de la verdad. Me aburren y me dan miedo. Yo soy antifanático (fanáticamente)."
Luis Buñuel

28/12/06

Apu

La Trilogía de Apu es; Pather Panchali (La canción del camino, 1955), Aparajito (El invencible, 1956) y Apu Sansar (El mundo de Apu, 1959).

El director es
Satyajit Ray, el de la foto de abajo.

Nació en Calcuta en 1921, estudió Bellas Artes en la universidad y pronto pasó de la pintura a la música y de esta al cine. Su primera película es
Pather Panchali; antes había vivido en Londres trabajando para una agencia de publicidad y había visto mucho cine, según saco de la reseñas biográficas.

Admiraba el cine de Jean Renoir y
Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica. Incluso parece que fue Vittorio de Sica quién le animó a pasar de la crítica cinematográfica a la creación. Otros nombres que suenan cuando se habla de Ray: bueno, el neorrealismo italiano en general, Renoir, como dije, Chejov, Cartier-Bresson, Flaherty y su Nanuk, se habla de Pierre Bonnard. Y los maestros indios: el pintor Binode Behari Mukherjee (“mínimas pinceladas aplicadas con la máxima disciplina" y"calma por fuera, fuego por dentro") y Acharya Nandalal Bose que lo introdujo en la estética y tradiciones China y Japonesa.

Estos son los antecedentes teóricos, pero el arte no es una ciencia exacta. A Jess Franco le encantaba el buen cine, pero no practicó con el ejemplo, por lo que se ve. El cine de Ray yo lo veo cercano a Ozu, y tan grande uno como otro.

La primera película de la trilogía posiblemente sea la más atrevida, la más sorprendente; está más cerca de la exposición documental que las otras dos, ese valor antropológico que se le quiere (y puede) dar. Pero así como las novelas de Galdós no se quedan en meras aportaciones de valor histórico el cine de este tío sobrepasa toda explicación antropológica, filosófica, ideológica (que las hay, con el rollo de te-acuso-de-burgués, que es lo que se dicen los hijos a los padres ya desde la época de Adán y Eva), y va mucho más allá, a un lugar casi deshabitado dónde no hace falta ser leído para saber ver, y dónde todos los aparatos del cuerpo disfrutan, desde los ojos corriendo por la pantalla y nunca deteniéndose, siempre muy abiertos, hasta las orejas recogiendo la música maravillosa de Ravi Shankar, pasando por el estómago que también se queda en suspenso, emocionado y atento a los vaivenes del corazón que bombea al ritmo del sitar de Shankar y los gestos y miradas y dolores de los protagonistas.

Está esta película en ese lugar dónde no existen las explicaciones cinéfilas, o dónde sobran, y por eso no sé qué escribir de esta película, cómo explicar que ya forma parte de mi como las lorzas que me van saliendo de parachoques en los riñones y que no me atrevo a fundir. El arte es un buen invento, y lo hay bueno, malo, regular y después hay otra cosa; una cosa viva, que nos habla de tu a tu, de vivo a vivo. Es una cosa asimétrica, defectuosa, perfecta, con esa perfección imperfecta que sólo lo vivo tiene; una gota que baja por una mejilla no tiene el camino escrito, y sí, su ruta es la única después de ocurrir; una paradoja. Y está viva, además, digo, porque el que la ve está vivo, normalmente, y el que la ve no la olvida.
La historia es muy simple; una familia; abuela, madre, padre, hija, hijo; y de cómo sobreviven, viven. El exotismo está en segundo plano; sorprende que una película india basada en la vida familiar en una aldea bengalí de esa época sea tan cercana a lo que conocemos. Al paleto que llevamos dentro y que nos obliga a dormir con la boca abierta (como un paleto de los sueños, que decía Ramón) le sorprende también que los indios anden descalzos por esos caminos abruptos pero en cambio no olviden nunca el paraguas. Hace gracia verlos tan preocupados por el paraguas.
Apu es el personaje protagonista; lo conocemos desde que nace hasta que ya ronda los treinta y tantos, sino recuerdo mal. La niñez en la primera película, la adolescencia en la segunda y juventud y adultez en la tercera.

La mirada de Apu, descubrimos el mundo que le rodea con él, recuerda al personaje de Ana Torrent, la niña de
El espíritu de la colmena, de Erice. Se ve que a Erice no se le escapaba el buen cine; es una pena que no sea más echado para adelante y menos puntilloso, este Erice; nos haría un favor a todos los que nos gusta el buen cine.
Estas tres películas indias me reconciliaron con el cine cuando apenas tenía ganas de ver nada. Las encontré por casualidad.

Kurosawa la puso por las nubes. Es famosa su cita. También es fácil deducir que otro Apu, el tendero indio de Los Simpsons, se llamaba así por estas películas y es verdad; Matt Groening lo deja muy claro; “
Saqué el nombre de Apu de la película Satyajit Ray Pather Panchali (una de mis pelis favoritas de todos los tiempos)”.

Solo con lo nombres propios que aparecen en este post yo ya me iría tranquilo a la luna, a una isla desierta o al sitio ese dónde a cojones se tiene que ir uno con unas pocas cosas, libros, películas, etc... a elegir. Galdós, Ray, Ozu, Ladrón de bicicletas, Chejov, Los Simpsons...

El cuento del amargado

Un amargado en potencia
Cuando era un inocente era feliz. Ser feliz es más importante que cualquier otra cosa, porque dentro de esa palabra está todo lo demás; es una palabra que lo contiene todo, como el cocido gallego. Al hacerme mayor mi madre no dejaba de decirme; de pequeño siempre estabas riendo y ahora pareces un amargado.
Y sería verdad, pero no era culpa mía ni quería parecer un bicho malencarado; la culpa la tenía mi educación, que tanto insistieron en que tuviera. La culpa de todo la tenía la puñetera culebra del Antiguo Testamento, y Yoko Ono. Yoko Ono es la culebra cabrona del Antiguo Testamento convertida en mujer posmoderna, una cerda. ¿O es Paul McCartney la cerda?
Es posible que Yoko Ono fuese mala.
Pero el Antiguo Testamento, no, eso es remontarse muy atrás, digamos que es trampa. Echémosle la culpa a la educación, la escuela, los libros, el arte. A la sensibilidad que solo sirve para hacerte un débil y amariconarte, y acongojarte. Cuando uno se da un voltio por determinados barrios del espíritu y después vuelve al mundo de siempre, dónde tan normalmente conviven ratas peludas (¿Paul McCartney?) y personas, corre el riesgo de que se le quede cara de mamón amargado.
Un amigo mío, por cierto muy cinéfilo, decía de las donas, como pudiera decir del cine; A mí me gusta todo lo que tenga falda y respire, y si no respira ya veríamos. El caso es que el cine era bueno, respirase o no, y lo veíamos todo, todo el bueno, y el muy malo, pero no hay felicidad que dure cien años. Un día, al despertarnos, en lugar de vernos convertidos en una cucaracha nos encontramos con un panorama harto peor; no podemos aguantar la última película de Kubrick, la que hizo antes de morir (haberse muerto antes); es más, todo el cine español menos Berlanga y Buñuel es una mierda de mierda. Nooooooo... no hay forma de ir al cine con una cachonda a ver una película sin que; 1) ella se duerma de asco y aburrimiento y al despertarse nos odie por repugnantes, o 2) que se nos revuelvan las tripas y nos durmamos de asco y aburrimiento y al despertarnos nos odiemos por repugnantes.
Pero esto no es lo peor; lo peor es cuando casi todos lo actores nos repatean el hígado, cuando ves ópera en todas partes, cuando al ver a un llorón en la pantalla te dan ganas de entrar en la película y secarle las lágrimas artificiales a bofetadas... Ah, decía Salinger en
El guardián entre el centeno; “Los actores me revientan. Nunca actúan como gente de verdad, aunque ellos se creen que sí” Y más adelante; “Lo que tengo que hacer es leer Hamlet. Es un rollo tenerse que leer las obras uno mismo, pero es que en cuánto un actor empieza a representar ya no puedo ni escucharlo. Me obsesiona la idea de que de pronto va a salir con un gesto falsísimo”.
Cuando leí esas palabras en su día me identifiqué plenamente; me dije, este de neuras también va servido. Ya solo por eso ese libro vale la pena, que alguien diga eso.
Y hubo una época en la que apenas vi nada de cine, casi nada. Todo me aburría; estaba en crisis y no era por falta de sexo, pues al menos tenía dos manos y a veces hasta cuatro. El mundo tenía forma de zurullo, olía mal, siempre era como de noche y respirar cansaba. Necesitaba unas vacaciones en Canarias, pero no tenía presupuesto.
La muerte jugaba conmigo al parchís.
Pero como tampoco llueve que no escampe un día obró el milagro; apareció ante mis gafas una película india, de un tal Satyajit Ray, Pather Panchali, y después la otras dos películas de la Trilogía de Apu, así llamada. Y me curé, sin necesidad de tomar Prozac ni ir a un gimnasio o meterme en una secta; y le di las gracias a los indios por haber parido a aquel tipo, el que hizo aquellas películas, y salí a la calle a besar a todos, saltando y saludando hasta a los municipales y a los de Caixa Galicia, y fui a ver a mi madre antes de que se me pusiese otra vez cara de amargado.
Nota aclaratoria; Esta historia de felices y amargados que puede ser la mía y la de todos es también la historia de Apu, el protagonista de la Trilogía. Niñez, adolescencia y juventud/adultez. El próximo post lo dedico a estas películas.

23/12/06

Una entrevista a Faulkner

Me cae bien este fulano, que deja a todos sus seguidores (probablemente el escritor que más imitadores tuvo del siglo pasado) en una pandilla de cagones, más o menos fértiles e interesantes, apretándose bajo su sombra, como gorilas probándose un jersey de angora, dando el pego algunos, es decir, adaptándose a la fuerza al cuerpo enano y malvado del señor de bigote éste. Hizo lo que le dio la gana; es normal que después muchos hayan querido copiar su libertad copiándole. Me gusta cuando dice que se lo pasaba bien escribiendo; todos dios presume de sufrir muchísimo escribiendo, de atormentarse, de estar superestreñidos, menos el bocazas de la legua Pérez Reverte que presume de lo contrario y viendo lo que fabrica (clics de playmobil vestidos de banderilleros) mejor casi nos quedamos con los dolorosos, con los agarrotados. William Faulkner (1897-1962). Aquí dejo un extracto de una entrevista. Sus libros saben mejor con un vaso de vino, una lámpara al lado de una butaca y pasando de introducciones. Perdón por esta. Incluso la entrevista no vale nada si la comparamos con el gozo de abrir un libro suyo por cualquier página y... bebemos un poco de vino...

"-¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?


-99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.

-¿Quiere usted decir que el artista debe ser completamente despiadado?

-El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...

-Entonces la falta de seguridad, de felicidad, honor, etcétera, ¿sería un factor importante en la capacidad creadora del artista?

-No. Esas cosas sólo son importantes para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

-Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?

-El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

-¿Bourbon?

-No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.

-Usted mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?

-No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.

-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor?

-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.


-¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese "poco dinero de vez en cuando"?

-Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.

-¿Lee usted a sus contemporáneos?

-No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.

-¿Y Freud?

-Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.

-¿Qué le sucedió a usted entre La paga de los soldados y Sartoris? Es decir, ¿cuál fue el motivo de que usted empezara a escribir la saga de Yoknapatawpha?

-Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme."

22/12/06

Una cara en el bacon

Mientras me hago un bocadillo de bacon con tomate y queso, que en realidad como por vicio, oigo el chirriar lejano de los columpios en alguna parte,
(o quizá son grúas, o alucinaciones auditivas, o el bacon está demasiado hecho)
que se cuela por la ventana y me punza los riñones y me acuerdo, no sé porqué, de un versículo de Neruda que dice que el olor de las peluquerías le hace llorar a gritos y entonces me viene al coco algo que había olvidado:
soy niño, estoy en Pontevedra, en las Palmeras, un parque, no sé qué hago, juego, me acatarro, tiro arenas a los ojos, sudo; de repente gritos, revuelo: a un niño que pasaba por delante un columpio le arranca la cara; veo la mitad de la cara despegada de la cara, ahora es careta enrojecida, colgada de la oreja.
Como una loncha de bacon, pienso. Un asco, comer.


21/12/06

Un éxito loco


El criado de Proust dijo a su mujer: "Los líos que escribe este hombre son tan aburridos como él mismo, pero, fíjate en lo que te digo, cuando muera tendrá un éxito loco." (Nicolás a Céline)

20/12/06

Una pintada y sesión infantil de Teta

Hoy me encuentro con esta frase:"Culona; tu culo es crueldad." Al lado, entre paréntesis, en la libreta en la que está anotada pone; una pintada. Hará ocho o nueve años que un día vi esa pintada por la calle, me imagino, y la anoté en una de las libretas en las que apuntaba cosas que leía y chorradas que consideraba interesantes, como en este caso; la crueldad de un culo.
Como la mente es un aparato fantástico, según el de rizos de la 2 del domingo por la noche (Redes), el más increíble y poderoso de todo el universo, y desconocidísima, además, la chaveta, un misterio, pues tiene cosas extrañas, funciona como le da la gana, a veces, nos sorprende hasta a nosotros mismos, que en teoría somos sus dueños. Digo esto porque de repente, como una aparición de un mago entre humos, vi claramente a una tetona, la más tetona del orbe, una que se llamaba Maria Antonietta Beluzzi (1930-1997), y es la famosa tabacalera de Amarcord, la película de Fellini.
Andábamos sobre los diez u once años, cuatro enanos; mi hermano, Toñito, Rubén, y yo; esa noche echaban una película (ni flores de Fellini nosotros, creo) en la que salía unos momentos una tetona impresionante; las tenía así de grandes:
Esa era la Teta, una de ellas, que aquí, vaya la verdad por delante, no aparece del todo favorecida, incluso parece disminuida, es un efecto perverso. No es una foto buena. Éramos un grupito de inocentes; pero ¿cómo llegamos a percatarnos de tal monumental aparición? No se sabe; es posible que entre los anuncios de Barrio Sésamo colasen el tetumen anunciando la película. ¿O Espinete ya estaba jubilado? Me sigue impresionando esa Teta; mi infancia, ahora lo comprendo, es esa Teta; una Teta Reina, una Teta que ahoga, también, inabarcable, omnipresente, seguro, en el cuarto oscuro del subconsciente, o lo equivalente.
La sigo viendo mientras escribo, ahí arriba, sin la cara, la Teta sola; parece un arma que me mira. Una pistola de leche. Mi conciencia.
Quedamos en ver la película en mi casa. Hablé con mi madre, era un día especial; no subían a mi casa a ver pelis todos los días, creo hasta que era la primera vez. La tele era la única luz; con una manta aguantábamos el fresco nocturno (era un salón grande sin calefacción) y el resto de la película, que no entiendo cómo no nos parecía un pelmazo con esa edad. O sí nos lo parecía, pero esperábamos pacientes e ilusionados la escena de la Teta. Con diez años no sé qué pensaríamos.
Cuando llegó la escena Rubén, el más pequeño, estaba muerto, es decir, sopa. Su hermano intentó despertarlo a codazos sin quitar ojo a la pantalla, me parece, y todos los vivos doblamos las espaldas para acercar los ojos cansados a aquel drama de Teta contra joven. La escena pasó sin que nos diera tiempo a pellizcarnos; el protagonista se ahogó rápido entre aquellas dos catedrales y adiós muy buenas.
Era una impresión claramente decepcionante; esperábamos más. Esto último me lo estoy inventando; no me acuerdo de qué esperábamos, ni si estábamos decepcionados. Lo más seguro es que estuviésemos deslumbrados por lo obvio, y entumecidos por la larga tensión de espera y la impresión del momento. Pongo otra foto.
Nunca ha podido uno mantener una conversación digna, sin echar un ojo a la piscina, ante una mujer de mucho pecho o con el escote perdiéndose por desfiladeros intrigantes... Por supuesto, involuntariamente, bochornosamente. Cosa que, claro, nada tiene que ver con esta película.

18/12/06

¡Figuraos! ¡la centrifugación de los odios!


Algunos dirán; esta es la historia de un blablabeante. De un pedazo de nazi, de un antisemita, de un cerdo que no se lavaba, de un mujeriego, de un escritor, de un histérico, de un médico/ letrina. Pues sí. Puede ser, yo sé tanto como ustedes, lo que sabe todo el mundo; todo el mundo es ese tipo al que paramos por la calle y le preguntamos algo, desesperados, agarrándolo de las solapas de su gabardina, hijoputa, qué dice, diga, y nos mira con horror y no dice nada. Se calla. Ese es todo el mundo.
Louis Ferdinand Destouches tenía una madre que se llamaba Céline, y se lo robó, el nombre. Es otro escritor cabreado. Al lado de éste Bukowski es Papá Noel. Tuve una época en la que leí a casi todos los cabreados; coincide con ese momento (que cada quién lo planté en los años que quiera) en la que uno aún se mata a pajas y ya sabe que algún día la palmará, o que su mamá la palmará, que es peor.
En esta foto parece que le duele la cabeza, tiene migrañas, zumbidos en el oído, le duele la guerra. Está hasta los mismísimos de todo y de todos. En esta foto de arriba ya fue pecho lobo del nazismo en le France, y ahora es un apestado; ¡Capullo! ¡maleta! ¡payaso!. Antisemita, me cago en todo lo que se menea. Pero el jodío también fue un niño, como casi todo el mundo; un niño bueno, que hizo la primera comunión, hijo de un comerciante, buena gente, sufrientes, vivientes.

Después fue a la guerra, la primera gran guerra; fue porque le dio la gana, voluntario. Lo lesionaron, volvió hecho una caca, un héroe, y como a todos los héroes de guerras lo mandaron a freír espárragos después de colgarle las medallas de la risa. Deja de dar la lata, retorcido.

Ahí lo tenemos, vendado, como si se le fuese a caer la mandíbula, pero satisfecho, orgulloso. Los tengo cuadrados, estará pensando. Estudió medicina después y viajó un poco a cuenta de la Sociedad de Naciones. Volvió, horrorizado, el extranjero huele a mierda; trabaja de médico en Clichy. Todas las notas biográficas hablan de un médico de pobres. Lo que viene a decir que no ganaba para comprarse un chalet en la Cote d'Azur. Era un médico de pobres; esto queda tan chulo en su curriculum literario, pero el lamparón de su apoyo abierto a Vichy tapa éste y otros méritos más estrictamente literarios. Se convierte en al paradigma del escritor capullo; puto nazi. Leí que los de la Resistencia quisieron acabar con él, pero no se atrevieron; ya era Céline, el escritor de Viaje al fin de la noche. Conspiraban en el piso de abajo; estaban preparando el golpe: no se atrevieron. Tuvieron miedo de la posteridad; que les acusara por los siglos de los siglos que se habían cargado a un genio. No fuera que la historia lo convirtiera en un genio, menudo remordimiento; no es lo misma duda que plantea matar a un campesino, al que nadie va a echar de menos, y menos la historia, a la que siempre se la sudó bastante el miserable, a no ser que se mueva en rebaño, que entonces sí da para anotar hazañas y revoluciones.
Y publica su primera gran novela, Viaje al fin de la noche (1924):
"La raza, eso que tú llamas raza, no es más que un gran revoltijo de infelices de mi estilo, legañosos, piojosos, muertos de miedo, venidos de los cuatro lados del mundo y que han llegado aquí vencidos, perseguidos por el hambre, la peste, los tumores y el frío. No podían ir más lejos a causa del mar. Eso es Francia, y ésos son los franceses."

La gente vomita por las calles; el libro sienta mal, Francia, la finolis, la elevada Francia se extraña; un patriota cabreadísimo, un resentido. ¿Qué mosca le pica a ese? Metáfora de lo que se cuece; la segunda hecatombe mundial al acecho.
Céline es un médico que escribe, no un escritor licenciado en medicina, como Baroja. Es un insomne: “A mí lo que me atormenta es el sueño. Si hubiera dormido siempre bien, no habría escrito una línea....”.
Escribió esta novela antes de ser un nazi, antes de no lavarse, antes incluso de dejar de ser francés, antes de pirarse a Dinamarca a que les pasara el cabreo a los gabachos. Después se descuajaringó, él y su prosa; su prosa llena de tics, desgajada, hecha jirones, buena, y él también lleno de tics, chiscándonos un ojo sin querer, como un tonto de pueblo. Es el tonto del pueblo; es un sentimental de mal humor.

Escribe más libros, a cada cual, ya digo, más descompuesto, como si en vez de escribir gritase por la ventana de un patio de luces; “Hay que ser el Judas en jefe, la vergüenza de la Butte, como yo, el exterminador de París, ¡para conocer el secreto de los odios! ¡Todos los reniegos! Yo escribí todo lo que hacía falta, ¡di todo lo que podía! ¡juventud, sangre, tipotiétimas! ¡más que todos los cafés sarasas! ¡que todos los teatros a base de consoladores y miel!”.

En esta foto de arriba parece un asesino en serie de la yanquilandia profunda; acaba de enterrar a una víctima después de comerse sus vísceras crudas. Es un moralista en serie; o eso dicen de él, un moralista francés; un moralista sin moral; yo qué sé qué es la moral, ni idea, no es por hacerme el difícil, no, me suena, pero no tengo maldita idea, ¿ser buena gente?; Céline: “La moral de la humanidad, a mí me la trae floja, como a todo el mundo, por cierto”.
Pero blablablá no se la traía floja la humanidad, sino no hubiese escrito una palabra, precisamente.

Murió en el 61, supongo que jodido; su mujer cuenta en un libro que cuando Céline se enteró de lo que habían hecho los nazis a sus odiados judíos se puso malo: “Cuando él supo lo que realmente había pasado en los campos de concentración, se sintió horrorizado. Pero nunca pudo decir: "Lo lamento, estoy arrepentido”.

A él le gustaban los chuchos.

Posdata; A Bukowski, el hombre feliz, le encontraron también unas gracias nazis de juventud; pero este se iría con el que tuviese más grande la botella. Lo idiota es el jaleo que se formó hace poco por el aburrido caso Grass, que de joven, aún imberbe, se vistió unos meses el uniforme de la SS. Qué inmoralidad; tendría que haberse hecho el harakiri, qué cojones seguir viviendo después de tal cosa. Nadie se rasga las vestiduras, no lo hagan ahora, que hace frío, con el simpático Neruda y el marinero en tierra Alberti, ambos estalinistas sensibles y con homenajes en verso a la bigotuda musa. Nunca se les vio horrorizados con las gamberradas del jefe. Salud; acabo con una celiniada: "¡Ah, compañero! ¡Este mundo, te lo aseguro, no es sino una inmensa empresa para cachondearse del mundo!".

14/12/06

Leopoldo fuma LM Light

“Yo escribo poesía técnicamente. Aquí va un ejemplo: “Soy un excremento de tus pies corocos y tal…”. En fin, el poema es la prueba de mi existencia.
Leopoldo María Panero

Leopoldo existe, es un nenúfar ausente, un bostezante sin colmillos, una tuerca que se pasó de rosca, una rosca que se secó en el escaparate; yo lo vi en la tele (se iba a mear a cada rato), en el programa de Dragó, en los oscuros años del aznarismo, cuando hacía frío y todo quisque tenía más cara de idiota, si cabe, y llovía de arriba abajo y de abajo arriba, asegún.

Y locura, pensamos, o soñamos, locura dice usted, locura es cagarse en nuestra puta madre; locura de usar y tirar, de echarme de comer aparte, de derramar la copa en la planta y de no querer más sopa de verduras, de poner los pies sobre la mesita del salón y de beber vino caducado y yogur avinagrado: locura es no limpiarse el culo después de leer la salmonera de economía en el baño: locura también es todo, es decir, casi nada, o nada tampoco, o pasear por la nada como perico por su caca, colgarse un testículo en el árbol de navidad o salir de casa sin peinarse.


La locura no tiene cura, hijo, porque si tuviese cura ya no sería locura, sería ternura, o basura, o usura, que también acaba en ura. “Tener o no tener amigos”, dice, tener o no tener motivos

Quita tus sucias patas de mi bata, le dijo el ogro a la cosa.

13/12/06

Prólogo de un muerto (Gutiérrez-Solana)

"Yo, lector, tenía anunciado hace seis años, pero en proyecto más de quince, escribir un libro llamado LA ESPAÑA NEGRA; tenía ya empezados los primeros artículos, por los que tuve que emprender muchos viajes y no pocos sacrificios y molestias, y más tarde, a fuerza de trabajo, pues todo cuesta trabajo, casi terminado el libro, me encontré con el rabo por desollar: me faltaba lo principal, me faltaba el prólogo. ¿Sería incapaz de hacerlo? ¿Tendría que recurrir a otro?
Esto me tenía atrozmente preocupado, pues yo, desde chico, había oído decir que sólo los dementes y los niños están incapacitados, y la sola cosa de ir a casa de Esquerdo o ponerme la chichonera de una criatura en la cabeza a mi edad, agriaba mi carácter, me ponía fuera de sí. Además oía continuamente una voz escalofriante, una voz que me producía calambres y que me repetía a todas horas: tú no verás publicado un libro; si lo llevas a un editor, te lo rechazará; tienes que tener en cuenta que todos los editores y libreros son muy brutos, y que la mayoría, antes de serlo, han sido prestamistas y mulas de varas, y si lo llegaras a dar a la estampa por tu cuenta, no dejaría de ser un atentado a la Academia de la Lengua; esto no te debe preocupar, porque todos los académicos no son más que idiotas, mal intencionados.

Pero te veo muy mal; tu salud está muy resentida; cada día bebes más vino, más cerveza, más alcoholes y fumas más, y el día menos pensado haces crac, como una bota vieja; en fin, tú verás; lo mejor que puedes hacer es acostarte temprano y cuidarte.

Estas fatídicas palabras parece que se han cumplido. Yo me he muerto, lector, creo que me he muerto; este libro quedará sin prólogo.”

La España Negra
, José Gutiérrez Solana
(1920)
Así empieza el prólogo de un muerto; este muerto se llama José Gutierrez-Solana, y sigue muy vivo, aunque este muerto, aunque ya estuviera muerto cuando escribía y pintaba y daba mamporros en la mesa del café de Pombo, porque además de escritor era pintor, o además de pintor era escritor. Hay que dejarlo claro ya de una puñetera vez; Solana es uno de los mejores escritores del siglo XX.

Sí, es verdad, en cuánto a temas lo que escribe se parece a lo que pinta. Desfilan una galería de podridos del mundo, cosas y personas, que da miedo por sus cuadros. Y por sus libros lo mismo; gañanes, locos, borrachones, presos, putas, frailes, monjas, subnormales, viejas, vagabundos... Pero aún siendo buena su pintura es mejor su escritura; le sale cada frase de las entrañas, como pedos descomunales del alma, y así seguro que es cierto que le dio muchos trabajos: digamos que más que elegir un adjetivo (como hacemos todos, los demás, los normales) él lo
pare, con dificultades, como la cerda o la vaca echan al mundo un corricho o un ternerillo.

Yo lo descubrí seguramente en un número atrasado de
Papeles de Sons Armadans, la revista de Cela, pues no se le escapaba a éste que Solana era una bicoca literaria, una mina, y algo de la contundencia de Solana la coge Cela, aunque aflautada por una prosa vericuetera y mansa, no como la del pintor, incorrecta y desgarrada, como torcerse un tobillo. Y fui a los libros, a la biblioteca; sólo había ediciones originales que no podía consultar (de 1920) y una de 1972, censuradísima, de obra completa. Y esa fue la que leí. Después se acabaron publicando en Comares, por Trapiello, este libro, La España negra, y algún otro. Cela y Trapiello, cada uno en su momento, son los dos removedores de la obra literaria de Solana. Y después también la Fundación Central Hispano publicó la O.C.. Es decir, tuvieron que pasar casi setenta años para que se publicara sin censurar la obra de este hombre.

Por supuesto, en la escuela no se estudian sus libros, y en la universidad me da que tampoco se le hace mucho caso. Y es que somos muy brutos.


De vez en cuando iré copiando aquí algunos pasajes de este libro realmente alucinantes, en el sentido estricto de la palabra. Lo decía Umbral: “
Lo suyo es tan realista que se convierte en alucinatorio. Supera el realismo a fuerza de realismo”.

Posdata: Me decía mi madre; M, eres un vago, todo el santo día encerrado en el baño y maulando por ahí, a saber qué haces... ¡Estudia! ¿Hiciste los deberes? Mañana mamá, que es sábado, y ella rabiosa pero resignada me soltaba el famoso refrán; No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
Así que copio un fragmento que por supuesto en su momento estaba censurado (el que sea cura que no lea):
"Esta Audencia queda en el centro de la plazuela, de la que arrancan cuatro de las calles más típicas de Medina del Campo, donde hay conventos de frailes descalzos. Estos son tan holgazanes, que se levantan de la cama por la tarde; todo el día se lo pasan durmiendo y comiendo; tras las ventanas abiertas se los ve, con el pecho desnudo y en calzoncillos, lavándose en grandes pilones; sus barbas son tan largas que les llegan a la cintura. Enfrente están las casas de mujeres de mala vida, que les llaman mucho desde la calle; pero ellos no las hacen caso, porque para esos menesteres tiene la comunidad mejores mujeres entre las monjas. Anochecido, los cagones del pueblo, que salen de la casas de lenocinio, se ponen en fila, y bajándose las bragas, con las posaderas al aire, hacen del cuerpo bajo las rejas del convento; los frailes, que a esa hora suelen estar borrachos, se asoman por las ventanas y vomitan en las espaldas de los cagones y vuelcan sus pestilentes bacines."
No pude resistirme a incluir este trozo. Un artículo muy bueno sobre Solana lo podéis leer en el blog del Maestro; aquí.

11/12/06

Un pedazo de carne con gafas de sol


Pinochet; todo el mundo conoce a Pinochet. Su historia política, pública, que se entrecruza y confunde con su carrera criminal. Hace mucho, mucho, leyendo a no sé quién encontré una frase de Pinochet, como una especie de boutade surrealista.
"A las mujeres no hay que creerlas ni siquiera cuando dicen la verdad."
Bien pensado, el viejo cabrón está todo en esa frase. Salud, y que se mueran los feos.

10/12/06

Soy Pamuk, el que ganó el Nobel de literatura este año


Este soy yo, hace unos años, en mi escritorio. Se me ve contento, es mi rincón; aquí nadie me molesta. Hace treinta años que ocupo la misma silla, y aguanta; aunque ya está un poco cascada porque ya la había utilizado mi padre durante cincuenta y cinco años para escribir sus cosas (aunque él no tuvo ni por asomo mi éxito), y como soy un poco supersticioso y me da suerte solo puedo escribir en esta silla. A veces escribo en calzoncillos, cuando se me ocurre algo por la noche, y ahora ya da un poco asco; nunca pongo el pantalón nuevo para escribir; escribo con mallas fucsia, como mi difunto padre, aunque en esta foto gracias a dios no se ven.

Es una foto que me gusta; es mi mundo: papeles con mi letra, muchos bolígrafos y lápices, el teléfono por si me llaman para decirme que me dan el Nobel, una taza de café con coca-cola (me encanta la coca-cola), muchas notas, muchos recortes, que apenas leo pero dan calor, me siento en plena efervescencia viéndolas. Hay una nota que sí leo; la que está pegada en la lamparita, pone; “Eres un zoquete”. Me recuerda en todo momento que no soy Dios (aunque no creo mucho en Él), ni siquiera Cristo; hay que ser humilde, yo soy un simple medium, como San Mateo o San Lucas. Se me olvidaba hablar de mi gato; se llama Mahoma, y no está disecado ni es de porcelana, está vivo y tiene los ojos rojos; parece una rata gigante. Me hace mucha compañía cuando no se me ocurre nada, que es casi siempre.


Aquí papando frío, para la posteridad. La verdad es que yo soy la hostia. Hasta los negritos de África conocen mis libros; no soy Cervantes, pero me va bastante bien. Traducido a 34 idiomas, una pasada. Soy turco; y yo siempre digo que quiero ser un puente entre Oriente y Occidente, aprovechando que Turquía está en dos continentes a la vez y que yo soy el mejor escritor turco, al menos el más conocido internacionalmente. Hace unos meses dije en Suiza, en una entrevista, una verdad como un templo; “Treinta mil kurdos y un millón de armenios fueron asesinados en esta tierra y nadie se atreve a hablar de ello excepto yo”. Con dos cojones. Me llamaron oportunista, que si nunca me habían importado los armenios ni los kurdos hasta que se rumoreó lo del Nobel; unos envidiosos. Creían que era un golpe de efecto. Vale, que crean lo que quieran; yo lo dije, ahí queda. Gracias a eso casi me enchironan, que los jueces turcos no se andan con chiquitas, y menudo revuelo se montó; que si era un traidor a mi país. Chico, mi país es el escritorio de la foto de arriba; ese es mi país, y la justicia, que a ningún pueblo lo maten a manos llenas; eso es una putada, no me gusta.

Tuve miedo, porque aquí hay mucho colgado. Pero me libré de la cárcel. Y como nunca llueve que no escampe un día recibí una llamada.

No estaba en mi rincón escribiendo; estaba en una conferencia sobre derechos humanos. Al principio pensé que eran los de Telefónica (de Turquía) tocándome los cojones otra vez, que me tienen frito, que si llamadas a tres, que si fines de semana gratis, la madre que los parió con sus ofertas...


No, no, no eran los de telefónica: eran los de la Academia Sueca, que por fin hacían algo de provecho y me daban el Premio Nobel de Literatura a mí, y pensar que mi madre decía que sería un pringao toda mi vida. Dios, gracias, por fin me escuchas. Tanto horas perdidas implorando alguna recompensa a mis esfuerzos, tantas horas escribiendo sin calefacción, cagándome de frío, con Mahoma sobre mis pies y una manta en las rodillas, los dedos entumecidos. Tengo ganas de llorar; la vida es bonita. En la foto de abajo hablo con el presidente de la Academia sueca, le digo; (en inglés) “Joer, macho, pues gracias, el día que sea me tenéis ahí como un clavo, ya empiezo hoy mismo a escribir el discurso”. La pringada que tengo al lado no dejó de hacerme la pelota después; si sería falsa la petarda, y además no estaba nada buena.

Y mi vida cambió un poquito; no mucho, pero me tomé unos días de relax. Voy a vender más libros que la leche. Menos mal que soy bueno, pero cuando le dan un premio de este calibre a un paquete, da igual, todo el mundo va corriendo a la librería a comprárselo, no tienen personalidad. Capullos. En la foto siguiente estoy en mi sofá favorito, espatarrado; está muy hundido porque ya lo utilizó mi padre para leer, debe tener unos sesenta años el sofá. En este sofá hicimos a nuestra hija, menudo polvazo, con perdón. Yo también lo uso para leer, aunque como siga hundiéndose cualquier día desaparezco entre los cojines aplastados. A ver si con la pasta del premio me compró una casa nueva, que esta se está cayendo a trozos, me da vergüenza traer a tías aquí. Y voy a comprar otra en la playa, para escribir poemas a la orilla del mar.

Y ayer por fin leí el discurso en la Academia sueca, tras recoger mi premio y el cheque. Hice un discurso bonito, poco político, ya que tanto me acusaban de ser un premio político, pues les llevo la contraria; hablé de escribir, de lo mucho que me gusta, de la maleta que me dejó mi padre, llena de manuscritos, con la esperanza de que algún día se le publicara algo. Como Kafka, solo que al revés; en lugar de decir que se los quemase me dijo: “Échale un vistazo cuando yo me haya ido. Fíjate si hay algo que te sirva. Quizá, cuando yo no esté, puedas hacer una selección y publicarlo”. Vamos, casi nada.

Llegué a pensar si me había dicho que lo publicara con mi nombre, pero no creo. Alguna vez, esto lo digo en secreto, ni estoy muy seguro de lo que digo (el Nobel me emborracha un poco), estuve tentado de soltarle a algún editor las novelas de mi padre como si fueran mías, pero no lo hice, por si me caía una maldición o algo así, como en las pelis de momias.


Mi discurso gustó, según tengo entendido. Los periódicos siempre escogen esas frases para la galería pero apenas exponen lo que quise decir, el fondo. Supongo que no es cosa de ellos desentrañar el fondo. Yo vengo a decir que el mundo, en general, el mundo del día a día, me aburre soberanamente, y que yo solo soy feliz si al cabo de las diez horas que estoy sentado en la silla del escritorio me sale algo bueno; sino, la mala hostia no me deja estar tranquilo. Todo me aburre, soy un aburrido; solo me gusta leer y escribir: Bueno, y antes también mi mujer, hacer hijos con ella en el sofá viejo, pero pasó de mi, quiso divorciarse porque decía que pasaba demasiadas horas encerrado en mi habitación. En el discurso de ayer digo qué es literatura para mí: “
como lo que una persona crea cuando se encierra en una habitación, se sienta junto a una mesa y se retira a una esquina para expresar sus sentimientos”. Ahora estará muerta de envidia, como el quinto Beatle.


Sabéis lo mejor, mi padre era un as, ya sabía que yo llegaría alto. Por eso acabo el discurso así; “Mi padre dijo que algún día yo ganaría este premio que ahora recibo. Me hubiera gustado mucho que él estuviera hoy entre nosotros”.
Ala, con Dios. Ahí os quedáis. A leerme, sobre todo mi último libro, el de Estambul, a ver si aprendéis algo, vagos.

9/12/06

Giorgio de Chirico: las memorias de un superhombre

El viejo tenía muy mala leche. El viejo es Giorgio de Chirico; ayer terminé de leer sus memorias, que son muy graciosas, aunque involuntariamente. No las escribió para que nos partamos la columna de risa, pero son divertidas, da igual si se revuelve en su tumba. A veces no. A veces se pone pesado, sin más, pero poco. A no ser cuando se le ocurre salvar el mundo con sus opiniones sobre lo humano y lo divino el libro se lee bien y tiene su guasa y su interés, aunque uno esperaba que se parase más en ciertas etapas por las que pasa casi volando, dando estocadas a diestro y siniestro sin profundizar.
A poco que empezamos a leer notamos algo raro; Giorgio de Chirico está como una cabra.



Sí, y ¿quién no está cómo una cabra? Vale, es verdad, pero él más. Son incontables las veces que se refiere a sí mismo como
un gran hombre y un verdadero artista, una inteligencia excepcional, etcétera, y esto cuando se pone modesto. Cree a pies juntillas que es el único artista del siglo XX que no está cagando sobre el bendito nombre del arte. Odia a los franceses desde que empezaron a pintar peor que niños de ocho años y cree que hay una conspiración en Italia (y fuera) para acabar con él, todo por envidia, según comenta un millón de veces por circunstancias distintas.
Quitando los muchos párrafos que dedica a señalar que él y su mujer son algo así como una nueva raza de superhombres, y que a veces se hacen coñeros, y los pormenores de las tramas conspiradoras contra su persona y trabajo derivadas de la envidia, el libro es ameno y tiene pasajes de cagarse por la pata. Y además el estilo alambicado que gasta a veces toma un cariz realmente alucinante, que ya no sabes si estás leyendo un libro de ciencia-ficción:
Pero llegó el 4 de junio de 1944. Los últimos ectoplasmas de ojos glaucos e inexpresivos habían desaparecido hacia Occidente y hacia el Septentrión. Pudimos salir y vivir como personas.”
Pura ciencia-ficción. Los ectoplasmas son los nazis entrando en Italia; “hombres de piel enrojecida y con ojos de hiena”.
Pero claro, cualquier persona de bien con un poco de sangre en el cuerpo y escaso interés por la pintura y milagros de don Giorgio, se compra estas memorias para leer el momento maravilloso en que aparecen en escena los surrealistas. La cosa promete porque don Giorgio digamos que flirteó con el surrealismo, no poco, se metió hasta las cachas entre ellos y después se desdijo y se deshizo toda la vida; se desdijo argumentando que era un ingenuo y no sabía que esos señores eran tan cabrones y subnormales, y se deshizo renegando de las telas de esa época, hasta el punto, sospecho, de tildar de falsos muchas telas que no lo eran (perdió juicios incluso).
La verdad es que no decepciona:
Al poco de llegar a París, encontré una fuerte oposición por parte de aquel grupo de degenerados, de canallas, de hijos de papá, de holgazanes, de onanistas y de abúlicos que, pomposamente, se habían autobautizado como surrealistas y hablaban hasta de “revolución surrealista” y de “movimiento surrealista”. Este grupo de individuos poco recomendables estaba capitaneado por un sedicente poeta que respondía al nombre de André Breton, que tenía como ayudante de campo a otro seudopoeta llamado Paul Eluard, que era un muchachote pálido y banal, con la nariz torcida y una cara con algo de onanista y algo de cretino místico. André Breton, además, era el tipo clásico de asno pretencioso y de arribista impotente.”
Como se ve domina el arte de la descripción. No tiene “pelos en la pluma”.
“Escribo todas estas cosas y seguiré escribiéndolas, indiferente a las reacciones que provoquen, porque sé que, además de ser un gran pintor y un gran hombre, también tengo una misión que cumplir”. (En cursiva estas tres últimas palabras, supongo, que por el autor).
Tengo que decir que no recuerdo haber visto un De Chirico delante en mi puñetera vida, y en cromo o en pantalla de ordenador no es lo mismo; pero, a decir verdad, su pintura metafísica (eufemismo por surrealista) parece tan espantosa como la de Dalí, otro eunuco artístico para don Giorgio.
Otro día trascribo aquí un pasaje tronchante sobre una actuación en directo de lo que él llama música dodecacofónica, “un fenómeno ultramoderno”.
Amén.

8/12/06

Poesía amorosa


La musa acude a la llamada del poeta en celo.

"A todas mis llamadas

has respondido con un eco lento...
Pero ¿en dónde estás tú, mujer que ya eres mía,
en dónde estás, que no te veo?

Sí, a todos mis suspiros
has respondido con un suspirar quedo...
¡Aquí estás, aquí estás;
me embriagas, te siento!...
Pero ¿en dónde estás, mujer que ya eres mía,
en dónde estás, que no te veo?"


JRJ
(poema 16, La frente pensativa)

Poesía social


Las musas también acuden a la cita con el poeta social.
"A todas mis llamadas
has respondido con un eco lento...
Pero ¿en dónde estás tú, mujer que ya eres mía,
en dónde estás, que no te veo?

Sí, a todos mis suspiros
has respondido con un suspirar quedo...
¡Aquí estás, aquí estás;
me embriagas, te siento!...
Pero ¿en dónde estás, mujer que ya eres mía,
en dónde estás, que no te veo?"


JRJ (poema 16, La frente pensativa)

7/12/06

¿Ha leído a Emmanuel Bove?(2)

En uno de lo post anteriores comentaba que Bove es un gran desconocido. En Francia y Alemania menos. A partir de los años ochenta su obra completa se reeditó en Francia. Beckett dijo de él que era el mayor de los autores franceses desconocidos.

En 1945 muere. Quedé ahí. Acaba la segunda guerra mundial y desaparece; vienen Sartre y compañía, entran en la cacharrería como elefantes y se convierte en obligatorio el compromiso, a riesgo de ser un idiota más de la familia. Cada generación (o cada individuo y apéndices) elige a sus maestros y Bove se vuelve invisible, lo vuelven invisible, lo que pasa cuando los ojos lectores dejan de apuntar a sus libros. Muerto e invisible: aunque podría ser reivindicado como un precedente del existencialismo su indiferencia hacia tesis y teorías lo confirma en el olvido. Parece que son Camus y sobre todo Beckett (claro, la novelística de Beckett yo la veo levantarse sobre Bove, como un andamio) los que se fijan en él. Quizá la falta de salidas al supuesto pesimismo de Bove fueran un obstáculo a su reivindicación por las mollejas ideologizadas del momento. Según Bove;


“Un pesimista es un individuo que vive entre optimistas”.
Es por lo tanto un tono, una atmósfera, gris y resignada, inocente, con virutas de humor, la que define al menos este libro que leí, Mis amigos, y aparece creo en toda su novelística. Esta falta de salida, de utopía, no podía encajar bien en la época, hasta que Sartre deja de ser un santo para convertirse en un jilipollas rosmón y ya se pueden leer otras cosas, aunque sean pecado. Me imagino a Sartre, con un ojo para Persia y loco (como el monstruo de las galletas), de puntillas y con el dedo acusador diciendo; “Pecadooooorrrrrr....”, a lo Chiquito de la Calzada.

Para mí Sartre es Chiquito de la Calzada. Y a veces Barragán, el humorista.

En 1977 el periódico Le Monde resucita para todo dios a Bove: “¿Ha leído a Emmanuel Bove?” Y ya todo va sobre ruedas cuesta abajo. Se reeditan sus obras completas y unos cuántos entusiastas lo reivindican y le sacan el polvo acumulado de tantos años en el sótano (ahora quedaba tan bonito decir en el sótano del olvido).

En España, bueno, solo Pre-textos tuvo el acierto de traducir un libro de este autor, y hace un par de años. Que yo sepa, no hay nada más; el panorama está seco. Vila-Matas puso esta foto de Bove y su hija Nora en la portada de un libro suyo



Para acabar y para pensar, o rumiar (pienso como las vacas mastican o como las lavadoras lavan), pongo un fragmento casi del final (aunque sin machacar nada del argumento, si es que lo hay) que yo creo que da mucho qué pensar, o simplemente me llamó la atención a mí:

Vivía en el sexto, alejado de los apartamentos. No cantaba, no me reía, por educación, porque no trabajo.
Un hombre como yo, que no trabaja, que no quiere trabajar, siempre será odiado.
Yo era, en aquella casa de obreros, el loco, cuando en el fondo, todos hubieran querido serlo. Yo era el único que se privaba de carne, de cine, de ropa, a cambio de ser libre. Yo era el único que, sin pretenderlo, recordaba todos los días a la gente su condición de miserable.
No me han perdonado ser libre y no temer la miseria.”

5/12/06

Esperando a Beckett


Sigo con Bonells. Ayer dejaba una entrevista colgada aquí, de este señor. El que no la haya leído, antes de seguir, puede si quiere echarle un vistazo. Hoy pasé por una librería a preguntar por un libro que tenía encargado: no había llegado. En vez de apechugar con la frustración, que es algo así como ese reflujo ácido y algo corrosivo que sube del estómago hasta la garganta cuando no hacemos bien la digestión, pues pregunté por este autor, Jordi Bonells, editado en España (catalán exiliado en Francia que escribe en francés) por la editorial Funambulista.

Tenían “
Esperando a Beckett”. Así que me lo llevé. Lo leí en dos horas, o menos, con calma, saboreándolo; es corto. Me da una pereza resumir los libros; me gustaría que el lector ya supiese de qué hablo y partiésemos de eso. No tiene tampoco mucho qué resumir; es una especie de autobiografía tematizada; una educación sentimental literaria. Un adolescente de una familia obrera en la Barcelona de los años sesenta, que se queda deslumbrado por la figura literaria de Beckett. Es la historia de un desarraigo; qué quiero decir con este tópico de contraportada; pues, que el chaval está hasta los huevos de Barcelona, de los fachas y de los intelectuales progres que se lo pasan pipa luchando contra Franco. Destinado a ser un mierdecilla no se conforma.
“A menudo me he preguntado por qué me marché definitivamente de Barcelona. Mi respuesta nunca ha variado: para no desaparecer. En Barcelona era un extranjero, absoluto, total. O me sentía como tal, lo que para el caso viene a ser lo mismo. Era muy sencillo: me sentía fuera del mundo.”
Su vía de escape es la cultura; la Cultura, si queréis. Se dijo; yo voy a ser como ellos. Ellos tienen la cultura; yo voy a ser cultura, voy a escribir. Beckett, digamos, es el mesías, el que le muestra su propia condición de mierdecilla; descubre la espera, y aunque tampoco sabe qué es Godot, qué se espera, qué esperaba él, no importa, sabe que no es tanto lo que quiere sino lo que no quiere, y es lo contrario de lo que vive, lo contrario de lo que es. No está abajo; está fuera. No cuenta; su existencia es invisible. Y por eso escapa a París, para no desaparecer.

Tenía razón; ahora aparece, ahora existe. Si no se hubiese ido ahora sería un invisible.
Nada de lo suyo existiría; nada de esos años que él conoció existiría. O existiría de otra forma. De la forma de otro.
Es esa élite la que siempre cuenta lo ocurrido, la que recuerda, la que dice quién ha sido actor de la historia y quién no. Solo ella. El testimonio de lo sucedido es siempre el suyo. Los demás o permanecen mudos o la imitan.”
Qué curioso, tengo un recorte del Babelia de hace dos sábados pegado en el corcho, ahí detrás del ordenador. Desde ese recorte me mira con cara de boba Mª del Mar Bonet; sale en un trocito de página, a razón de la poesía cantada. Querían recuperar la lengua catalana para la música, qué bien. Eran “épocas intensas en creatividad, pero también peligrosas”, agrega el periodista. Ella lo suelta:
Se empezaba entonces a ver el final del franquismo. Yo era una adolescente y no pensaba en el peligro, pese a que me detuvieron dos veces. Todo era muy excitante, íbamos a contracorriente. La sociedad apretaba para que llegasen las libertades: Como joven, me lo pasé genial”.
Claro, era eso. Y le di tantas vueltas a las frases de esta boba. Y a veces la miraba desde la silla de oficina con ruedas, ahí en el corcho, clavada, y me entraban unas ganas rabiosas de empezar a girar sobre mi mismo con la silla, como un minusválido que se ha vuelto majareta. Y hoy al leer esto vi la luz: aparecen en escena los llamados intelectuales, la élite de la que hablaba Bonells:
“Es terrible ser lo que uno desprecia. Y más terrible aún es llegar a serlo. Apechugo con ello, sin dejar de despreciarles. ¡No faltaría más! En esto, soy un marxista-leninista de base. Ceporro a más no poder. A decir verdad, cuando se miran los momentos clave de la historia, la actitud de los intelectuales ha sido a menudo vergonzosa, cuando no deleznable. La mayoría son, como dicen los franceses unos couille molles (acojonados).” [...] “O durante el franquismo, la [actitud] de los niños de papá de Tres Torres, Sarriá, Pedralbes o la Bonanova, que con el paso del tiempo se han convertido en fuente legitimadora de la miseria de una época, en la voz cantante de la memoria, llegando a afirmar incluso que dicho periodo fue la mar de divertido y que ellos se lo pasaron bomba, algo de lo que no dudo en absoluto.”
Es solo una inocencia, el pedir peras a los olmos. Pero, ¿quién no es un poco inocente?, al menos por momentos.
“Se que no está bien mostrar encono y resentimiento. Pero un poquito desahoga.”

4/12/06

Una entrevista a Jordi Bonells

Hace días encontré en el lamento de Portnoy un enlace a una entrevista a Jordi Bonells, un escritor exiliado en Francia desde hace treinta y cinco años porque en España, los Herralde y compañía le mandaron a freír espárragos con sus manuscritos, a pesar de haber quedado finalista un par de veces en el Herralde, el Nadal y el Planeta, casi nada. Ahora lo recupera la editorial Funambulista en castellano; no tiene desperdicio, o tiene poco desperdicio la entrevista, y lo más importante, no deja títere con cabeza. La verdad es que no dice ninguna burrada, pero acostumbrados al mojigato panorama patrio, nos parece casi un loco peligroso. Dice lo que le da la gana; total a él se la pela que vive y se gana la vida en Francia.

La entrevista aquí.

3/12/06

¿Ha leído a Emmanuel Bove?(1)


Este desarrapado con el perrito es, y lo digo sin exageración alguna, uno de los mayores descubrimientos literarios de mi vida. No sé cómo llegué a él, quizá lo nombra algún otro autor, o en una librería lo abro y ya está, me escapo con él a casa, como un chucho al que le dan un hueso y corre a enterrarlo. Sé que por aquí se deja caer poca gente; que los dedos de la mano sobran para contar a los lectores de este blog, pero a los que sois os cuento un secreto: sólo he leído un libro de este señor, y me bastó para quedar con la boca abierta, quizá para siempre, como si me diese una embolia. El libro se titula Mis amigos, y por la impresión que me causó, y por lo que leído sobre el autor, no creo pasarme de rosca si digo que probablemente sea uno de los escritores más importantes del siglo pasado.

No sé francés: gran putada. Para leer a Bove hay que saber francés. O alemán, traducido por Peter Handke. En español solo está publicado su primer libro, este que os digo, gracias a la editorial Pre-textos. Nunca agradeceremos bastante a Pre-textos lo que están haciendo, y no solo el qué, importantísimo, sino también el cómo. Aunque no supiese leer amaría los libros de esta editorial.

Pero vayamos a lo que importa ahora; Bove. ¿Quién era?

Nace en 1898; Emmanuel Bobovnikoff, padre ruso emigrado y madre luxemburguesa. A partir de 1916 lo tenemos en París trabajando de cualquier cosa, vagabundeando, escribiendo novelas baratas, “a cien líneas por hora, ochocientas líneas por día” para la editorial Le Petit Livre. Colette descubre su primera novela no alimenticia y la publica; Mes amis (Mis amigos). No pasa desapercibido; Rilke, Max Jacob, Sacha Guitry y otros grandes se fijan en ella y, en una palabra, alucinan. Se hace famoso. Es un escritor de culto; tiene veintiséis años cuando publica esta primera novela. Se dedica al periodismo; más tarde lo dejaría para dedicarse únicamente a la literatura. Fabienne Bradu, en un ensayo de 1997, resume perfectamente el estilo de Bove: “Su escritura rehuye la espectacularidad y se asemeja al registro de un escolar a quien le hubiesen impuesto la tarea de describir el mundo por primera vez.”

Durante la segunda guerra mundial se refugia en Argel. Allí coge el paludismo, y en 1945 muere. Como diría Javier Marías, después de morir ya no escribió nada más, aunque sea una pena. Veintitantos volúmenes de obra completa deja.

En el siguiente post seguiré contando, que hay mucho más. Ahora ahí van las primeras frases de su primera novela:
"Cuando me despierto, tengo la boca abierta. Tengo los dientes pastosos: cepillármelos por la noche sería lo mejor, pero nunca me encuentro con ánimos para hacerlo. Algunas lágrimas se han secado en el rabillo de los ojos. Los hombros ya no me duelen. Unos pelos lacios me cubren la frente. Con los dedos separados me los echo para atrás. Es inútil: como si fueran las páginas de un libro nuevo, se levantan y vuelven a caerme sobre los ojos.

Cuando bajo la cabeza siento que mi barba ha crecido: me pica en el cuello.

Me quedo boca arriba, con la nuca caliente, los ojos abiertos, las sábanas hasta la barbilla para que la cama no se enfríe.

El techo está lleno de manchas de humedad: está muy cerca del tejado. En algunos lugares corre el aire bajo el papel pintado. Mis muebles se parecen a los que venden en el rastro. El tubo de mi pequeña estufa está vendado con un trapo, como si fuera una rodilla. Encima de la ventana, una persiana inservible cuelga de unos de los lados.

Al estirarme, noto contra la planta de los pies –un poco como si fuera un funámbulo- los barrotes verticales de mi cama plegable.”

Mis amigos, Emmanuel Bove
(1924).

¿Poesía?

A través del blog de Álvaro Valverde encuentro esto (una reflexión de Julian Rodríguez) :
"Tantas veces cansados de poesía, la buscamos fuera de los libros de poesía. Para encontrarla en momentos en que, parece, nos resulta necesaria. Perdonad el tono, pero sí, la poesía está en otras partes: tengo la impresión de que pocas veces se encuentra en los libros de poesía, en las colecciones de poesía, en los textos que aparentan ser poemas. Está en otras partes. También tengo la impresión de que la poesía se ha encerrado en un castillo de naipes (no toda la poesía, claro). Me interesan muy distintos libros de poemas: algunos que pasarían por muy tradicionales y otros que aparentan ser rupturistas. ¿Qué buscamos en la palabra poema? ¿Qué es un poema? O mejor: ¿Puede un poema hablar -ya sé que aquí estoy citando o haciendo un juego de palabras para el lector letraherido- de lo que hablan las cartas comerciales, los informes económicos, las noticias de color salmón de esos suplementos?"
Los poetas están en otra parte. ¿Dónde? En muchos sitios; por ejemplo, aquí, o aquí.
Y más cerca también, traspapelada en esta red de redes; a la vuelta de la esquina, bajo una luz tenue.

2/12/06

Dos narradores con insomnio (principios de Ferdydurke y El llanto)


Así empieza un libro extraño:
“El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba. Descansaba en una luz turbia y mi cuerpo sentía un temor mortal que me oprimía el alma, y el alma a su vez oprimía el cuerpo..., y hasta la menor de mis partículas se contorsionaba en el presentimiento atroz de que no ocurriría nada, nada cambiaría, nunca pasaría nada, y aún cualquier cosa que se emprendiese no sucedería nada y nada. Los sueños, que me habían despertado luego de molestarme durante la noche, explicaban las razones de ese espanto.”
Ferdydurke, Witold Gombrowicz (1904-1969)
Y así empieza otro no menos extraño, pero también madrugador:
“Me levanto con las primeras luces del alba, tras una noche de insomnio y fantasmagorías extenuantes... Estoy tan cansado, tan confundido... No puedo más. No puedo seguir. Todos los caminos de la sombra llevan a la certeza atroz de que me ha sucedido lo que yo más temía. Y lo peor es no saber si es cierto, si ha pasado o le falta algo todavía, sus causas, sus efectos... Todo está suelto, flotante, inconexo. No sé si es verdad o lo estoy inventando... Es tanto lo que he inventado, tanto lo que me ha desmentido la realidad, que sería imposible no dudar... No puede ser de día. La noche permanece, se balancea como un gran barco oscuro, entre el pensamiento y el sueño, entre el terror y el realismo. Querría asir una idea, una sola, y contemplarla... pero todas pasan de largo. El pensamiento es un continuo que no se detiene jamás, salvo cuando estoy soñando y otro piensa por mí. Entonces me trasformo en el otro... Alterno en mis equívocos. ¡No puedo vivir! El pensamiento no me ayuda, ¡todo lo contrario! Se acumula sobre mí como una torre, ondula, toma la forma de mi vida... me arrastra la noche de la realidad como una bajamar, y allí está justamente esa cosa sin parangón... lo que yo más temía.”
El llanto
, Cesar Aira (1949).