30/11/06

Dice

Foto: Ezra Pound, por Henri Cartier-Bresson
"Toda crítica debería ser admitidamente personal. Al final de cuentas el crítico sólo puede decir “me gusta” o “me conmueve”, o algo por el estilo. Cuando se nos ha mostrado a sí mismo, podemos comprender lo que quiere decir. Todo crítico debería dar información acerca de las fuentes y límites de su conocimiento. [...] Haz que un hombre te diga antes que nada y en especial qué escritores piensa que son buenos escritores; después se pueden escuchar sus explicaciones".

El arte de la poesía, Ezra Pound (1885-1972).
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29/11/06

Un planeta desconocido

En esta foto Carver se parece a Florentino Fernández. Murió ese mismo año, no sé en qué mes.

En un cuento de Chejov encontré la siguiente frase (¿o no era un cuento? ¿era Tio Vannia?):
"Me parece como si me hubiera caído de la tierra a otro planeta desconocido".
Los libros que me merece la pena leer dan siempre esa impresión: desde la primera frase, de repente, estamos en otro planeta, aunque nos suena vagamente, como si ya hubiéramos estado antes, en sueños, en otra vida, en una borrachera. Dejamos el cuerpo en el sillón o cama, como las culebras se dejan la piel atrás cuando mudan, y adiós muy buenas. Por eso cuando veo a alguien leyendo En busca del tiempo perdido en el metro me quedo estupefacto. En Madrid lo vi, que aquí no tenemos metro; una chica, de pie, meneándose con el traqueteo, y leyendo a Proust. Diez minutos, o menos, que dura el trayecto. ¿Cómo puede? Quizá cueste meter la cabeza y todo el cuerpo pero cuando se está dentro ya puede comenzar una orgía a tu alrededor en el vagón que tú seguirás leyendo, como un jilipollas. Tendrán que despertarte a golpes. Oiga, usted, va a seguir leyendo o se va a unir a la orgía de puta vez. ¿Eh?... qué me dice, qué orgía, ¿qué hacen todos en bolas unos encima de otros?

Raymond Carver (1939-1988) escribió cuentos y poemas. Los poemas los conozco menos pero los cuentos son la hostia. Está eso; no pueden tratar asuntos más cotidianos pero son extrañísimos, y no por lo qué se lee, sino por lo que no aparece en el cuento, o relato, cómo se le llame al género narrativo corto de ficción. Los faulknerianos no destruyen a Faulkner ni los Carverianos se cargan a su santo patrón con sus malas digestiones, pero lo apestan lo suficiente como para que algunos lectores apresurados o miopes no acaben distinguiendo una planta de su réplica de plástico. Hay mucho Carver de plástico barato hoy en día. Confunden el tema con la atmósfera, es decir, el tocino con la velocidad. Carver nunca escribe del misterio; escribe de algo intentando saber lo que se esconde detrás; ¿qué va a hacer el protagonista después de comerse los huevos fritos? No lo sabe el que escribe y no lo sabe el que lee; el que escribe sigue escribiendo para intentar saber algo y el que lee sigue leyendo por la misma razón. Carver se pregunta; ¿por qué escribo esto? Intenta averiguarlo.

Daba mucha importancia a los principios, este autor. La primera frase aparece por arte de birlibirloque, y después el relato se desenrolla a partir de esa frase, como un acordeón que se abre. Uno de los primeros relatos que escribió de su primer libro empieza así:
"Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sala, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono."
Póngase usted en mi lugar (del libro ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?,1963).
Bien; puede ser el mismísimo J.J. Millás en una de sus columnas, quitándonos el sueño con pedorretas enigmáticas, pero no. Gracias a Dios, exista o no.

¿Explíqueme el cuento? Puedo hacerlo, pero los hechos, ya digo, son y no son lo más importante. Los hechos, lo que pasa es lo único que hay a la vista, y eso es lo que acojona, que eso tan normal nos inquiete, como un frío traidor que llega sin que nos demos cuenta. Amas de casa, pajilleros de quince años, vendedores en paro, camareras, borrachos normales, no los plastas histriónicos de Bukowski, parados, matrimonios fracasados, jardineros... Y por ahí, como si nos hubiéramos caído desde la tierra a otro planeta desconocido, pero que nos suena.

Seguía la definición de V.S.Pritcher (que en mi ignorancia no tengo puta idea quién es) del cuento: "algo vislumbrado con el rabillo del ojo".

Los mejores cuentos Carver están en otros libros; Catedral, De qué hablamos cuando hablamos de amor. Editados aquí por Anagrama. Bon apetit, si no los conocéis, y si los conocéis también.

Cosas interesantes encontradas en la red; poemas, textos, y cosas de su viuda. Y frases.

27/11/06

Adivina adivinanza


El bueno de Lugrumante lanza un admonitorio desde la biblioteca; sigue con los principios, no te apartes del tema, y desde allí nos comenta que tiene un libro entre sus manos.
"¿Qué libraco de memorias comienza tal que así?
El primer recuerdo que guardo de mi infancia es una llamarada, una llamarada azul brotando de un fogón de gas que alguien había encendido. Pude haberlo hecho yo jugando con el fogón. No recuerdo quién fue. En cualquier caso, recuerdo que me sobresaltó la exhalación de fuego azul que brotaba del quemador, lo súbito, lo repentino del fenómeno. Esto es lo más lejano que puedo recordar; más atrás sólo hay niebla, ya sabes, sólo misterio. Pero en mi mente la llamarada de aquel fogón está tan clara como la música. Yo tenía tres años.
(Te escribo desde la misma biblioteca en la que al fin lo he encontrado)"
¿Quién da en el clavo?

Frenhofer c’est moi


Todo dios es Frenhofer. Cézanne, Rilke, Picasso y Schönberg se sintieron identificados por el protagonista del cuento/novela La obra maestra desconocida de Balzac. Cézanne es famoso por su frase; la que da título a esta entrada. Se dice; este cuento anticipó el arte abstracto del siglo XX. Más allá de eso, que veo anecdótico, casual, este cuento es una fábula moral acerca de la creación artística. Y más concretamente de la impotencia artística, de su justificación honda y falsa.

Frenhofer es un pintor viejo aislado del mundo y obsesionado con una única obra que nunca acaba.
"-¡Mostrar mi obra! -exclamo el anciano, emocionado- No, no, aún debo perfeccionarla."
Dos pintores más jovenes, Porbus y Poussin, embelesados por el misterio del viejo y su obra oculta insisten en verla. Finalmente, uno de ellos, creo que Poussin, y casi a cambio de su novia, consigue que Frenhofer le muestre la maravilla: pero tal maravilla es una mierda; un borrón gigante y no una mujer como pretende y ve Frenhofer. Lo único distinguible es un pie asomando en una esquina; debajo hay una mujer, sepultada por miles de pinceladas. El viejo al final muere, después de haber quemado su obra.

Moraleja; bueno, mucho se escribió de este cuento, sobre todo la crítica de arte: es posible que Cézanne y Picasso y compañía pudieran sentirse muy atraídos por el afán perfeccionista (falsamente perfeccionista, neurótico) del protagonista pero es evidente que ambos estaban muy lejos de seguir el patrón creador de un impotente. Precisamente estos dos, que pasaban de un cuadro a otro casi en el mismo día. Yo veo a Flaubert, JRJ, acercarse más a este síndrome, por llamarlo de alguna manera. Y Rulfo, sobre todo, que quemó casi todo lo que escribió menos las consabidas Pedro Páramo y El llano en llamas; toda una vida de escritor en menos doscientas páginas. Un caso claro de falta de talento. No así JRJ, que era un buey y escribió muchísimo. Porque por muy de moda que esté el malditismo y el mal llamado bartlebysmo (caso de escritor que se planta) eso no es otra cosa que alguien que no tiene nada qué decir y se calla, y eso no lo convierte en un genio.

Frenhofer es un fraude; primero y sobre todo con él mismo, y después con los demás. Pero sobre todo con uno mismo; un fraude patético, un delirio. Y esa es la moraleja, a mi entender, y creo que no hay mucho qué entender. El ejemplo paradigmático en literatura es Joyce. El caso más importante. Su última... cosa es la obra maestra desconocida, un galimatías descomunal que no creo que nadie sano haya leído, o nadie que lo haya leído siga sano.

26/11/06

El samurai y la paella

Ya los cristales de nuestras ventanas se decoran con esas reuniones de gotas casi heladas en las esquinas, dejando un agujero seco y redondo en el centro que parece el aro del circo para que saltemos como leones al carajo. Afuera, sol, frío, lluvia, afuera todo. Dentro; yo y yo. Y los otros; el ordenador, las alfombras, el deshumidificador (que le da a este caos hogareño un ambiente de museo contemporáneo de pueblo), los platos aún sin lavar, el periódico a medio leer. Esta tarde me dejaron solo. Se fueron a gastar el dinero que es conveniente gastar cada semana, aportando un granito de arena al consumo nacional, al hundimiento general, o todos o nadie a la mierda.

Me gusta la soledad, aunque no todo el tiempo. La soledad está bien si se sabe que alguna vez van a volver, alguien. Es tan triste la soledad forzosa como la compañía forzosa, pero más peligrosa esta última porque a veces acaba en tragedia. Y preferible la primera, creo. Con toda la tarde por delante en casa decidí hacer el vago: decidí hacer el vago dentro del ocio. Es decir, no decidí nada; simplemente me dejé estar. Así, dando vueltas por la casa, robando una a una galletas en la alacena, limpiando el cadáver semioculto de un mosquito en la pared del pasillo. Y ya harto puse una película.

Le Samourai, de Jean Pierre Melville, de 1967. A los pocos minutos de tener a Alain Delon metido en una gabardina y con sombrero de gángster supe que no era esa la película que me apetecía ver. Pero la dejé estar; la tenía que ver; hacía tiempo que estaba esperándome, y sabía ya tanto de ella que era como si la hubiese visto, pero no la había visto. ¡¡Estaba hasta los cojones de la película!!: estaba hasta los cojones de llevar años (quizás ya había nacido con ese fervor) rodeándola con el deseo pero sin llegar nunca a... tocarla. Y además; ya estaba puesta, ya estaba pasando ante mí, y no había nadie en casa para molestarme ni para que se levantase a pararla.

Y bien; Alain Delon es un asesino a sueldo, Jeff Costello. Manga un coche (todos los coches son Citröen), arregla su coartada y se carga al regente de un pub. Se va a echar la partida a una habitación en lo que debe ser un antro; allí lo pilla la policía. Queda toda la película y ya lo tienen fichado. En la comisaría hay varias docenas de tíos con gabardinas. Se convierte casi por ciencia infusa en el sospechoso principal, el comisario es un as y bastante simpático. La verdad es que Costello/Delon es un muermo. Supuestamente es muy audaz y tremendo, un tigre dicen, pero con esa perspicacia del que le soplan a escondidas dónde está el micrófono escondido, dónde está el malo agachado y cuál va a ser el próximo movimiento de la pasma.

Además, todas las mujeres, bueno, dos son todas las mujeres, se le caen rendidas y arriesgan sus vidas por salvarlo. Se entiende, por ser Delon, y para eso salen en una peli de cine negro, pero el personaje tiene más pinta de putero o pajillero que de ligón.

Nadie puede con él; se las sabe todas. Y cuando no es así le echa una cable su ayudante; un pajarillo enjaulado (qué metáfora), que dada nuestra ignorancia no sabemos o ya no nos acordamos de qué ave hablamos; nos parece pajarillo de palleiro, del montón, sin especie definida, pues va a juego con las paredes guarras del apartamento. Cuando el samurai parece estar a punto de hacer una llamada compremetedora el pajarillo ayudante avisa a su jefe, en un lenguaje ininteligible para los espectadores, del micrófono que colocaron los polis en su ausencia y sorprendentemente lo guía hasta detrás de las cortinas dónde se escondía el chivato electrónico.

Todo acaba como el rosario de la aurora, el samurai gana pero pierde o pierde pero gana, porque él siempre gana, hasta el final. En eso parecen unas elecciones en España; nadie pierde, todos ganan, todos pierden... El final da igual. Delon, a mí, no me gustó; lo veo agarrotado, como si tuviese una contracción en el cuello que le impidiese moverse con normalidad. La trama; no hay trama. Esto no tendría porqué ser malo, pero es que tampoco hay personaje (es un estereotipo de un estereotipo, lo que tampoco me importa, soy poco exigente, pero es que desde el principio hasta el final no entendemos al protagonista o no nos creemos su supuesta astucia) y eso es quedarse con poca cosa. El único que parece tener sangre en las venas es el comisario; ese es creíble. Y el pajarillo, que está muy bien.

Como veis, no me acabó de convencer. Cuando me quise dar cuenta ya estaba en casa K.
Mañana hacemos paella.

24/11/06

Nijinsky

Fue quizá el mejor bailarín del siglo pasado. No entiendo nada de danza, pero no creo que me salga mucho del tiesto con la frase anterior. Lo importante para mí es que escribió un diario; "se trata de un extraño documento humano [...] es el mensaje de Nijinsky a la humanidad", en palabras de su mujer Romola que escribe el prólogo y que también escribió una biografía de su marido.

Su Diario lo escribió durante 1918-1919 en Saint-Moritz. Día y noche no paraba de escribir, febrilmente, como un poseso. En esa época se presentan los primeros síntomas de lo que luego será diagnosticado como esquizofrenia. Y su fin, primero de encierros en manicomios y después su muerte. Nijinski escribe en cuadernos infantiles, todo el tiempo; las cosas pasan a su alrededor y él apunta todo como si su mano fuese una grabadora que no puede parar.

Al principio su mujer tenía mucho interés por saber qué escribía pero él no le deja acercarse a los cuadernos; los guarda bajo llave. Cuando Nijinski se pone peor lo lleva a una clínica a Suiza (incluso Freud y Jung le echaron un vistazo al caso; pero por supuesto no arreglaron nada) y se olvidan de los cuadernos. Después, en 1934, los encuentra Romola en un baúl y los confunde con los cuadernos escolares de su hija Kyra; pero es la letra de su marido; es el Diario. Lo publica. Nijinski estaba vivo; muere en 1950, el 8 de abril, en Londres. Empieza así:
"La gente dirá que Nijinsky finge estar loco a causa de sus malas acciones. Las malas acciones son algo terrible y las detesto, no quiero cometerlas. Si de hecho he cometido errores, es porque no comprendía a Dios. Todas las personas tienen sentimiento, pero para ellas la naturaleza de ese sentimiento es algo oculto. Y para explicarla quiero escribir este libro. Muchos observarán que en él no expongo sino opiniones personales; lo que pasa es que estoy convencido de que mi punto de vista es acertado, pues me ha sido transmitido por Dios. Dios está en mí. He cometido errores, pero los he reparado con mi propia vida y sufriendo a causa de ellos más que nadie en este mundo."
Y el epílogo empieza de esta guisa:
"Quiero llorar pero Dios me ordena que escriba. No quiere que me detenga. Mi mujer llora y llora. Yo también. Temo que el médico venga y me diga que mi mujer llora mientras yo escribo. Pero no iré con ella porque no merezco reproches. Mi hija lo ve y lo oye todo, espero que ella me comprenda. Amo a Kyra. Mi pequeña Kyra siente mi amor por ella pero también ella piensa que estoy enfermo, debido a que así se lo han dicho. Ella me pregunta si duermo bien; yo le respondo que siempre duermo bien. No sé qué escribir pero Dios desea que lo haga. [...] Soy un hombre sencillo que ha sufrido mucho. Creo que he sufrido más que Cristo. Amo la vida y quiero vivir, llorar, pero no puedo... Siento un dolor tan grande en mi alma, un dolor que me atemoriza. Mi alma está enferma. Mi alma, no mi espíritu. Los médicos no entienden mi enfermedad."
Para el que crea que es simplemente el diario de un jillao puede olvidarse ya mismo de lo que acaba de leer; el que crea que ser un chalado, a ojos vista de un médico, significa mucho socialmente pero poco en realidad, entonces que lea a Nijinsky.

P.D.: Y el que no crea ni una cosa ni la otra, qué cojones, qué brinde con champán por el cachondeo universal (y más allá)... Pasen y lean lo que acabo de encontrar; han descubierto la pólvora, una vez más.

23/11/06

El rincón de los asesinos

A veces nos parece que escribe por escribir, por no estar quieto. Como rascar. Escribe desde la indolencia, o eso nos parece, como si estuviese en un confesionario o en el váter.

Y sí, encuentro una frase suya anotada en una libreta, entre tantas desperdigadas en ochocientas libretas revueltas por los cajones:
"El entusiasmo produce retórica, como el hígado produce bilis y la parótida saliva".
Creo que el viejo calculaba poco; se sentaba con unas mantas en la rodillas y escribía sin mirar atrás, rellenando y rellenando cuartillas y por el gesto mismo no se sabía muy bien si estaba escribiendo o calcetando.
"Yo creo que hay que escribir como se siente [...]. Ni humildad ni brillo rebuscados; el escritor debe presentarse tal como es. Hay que tener el valor de aceptar lo que se es en la vida y en el arte."
Como todo adolescente ignorante y aspirante a maldito yo sucumbí a los cantos de sirenas de la prosa poética; buscaba en las frases floridas del carajo los orgasmos que ninguna moza quería compartir conmigo. Entre paja y paja leía poesía muy mala, y a Umbral.

Este señor, Umbral, domina el truco del almendruco; con unos pases de pañuelo te convierte el confeti en palomas y ya se te queda la boca abierta de paleto de cafetín. Era un poco ridículo, su pose, al estilo de las pelis de la época, los ozores y estesos rodeando con manos sudorosas a las suecas, y pasé de aquellas novelas al poco tiempo: los libros de memorias eran más interesantes; desfilaba todo el palique literario y estaba bien, aunque uno leía entre líneas para pillar la posible verdad a aquellas frases nacidas para cortar el hipo.

Este Umbral odiaba a Baroja. Lo odiaba, odia (aún vive, creo, se arrastra por el mundo), a muerte, en todos los libros, que no pocas veces pensé que la habría hecho el vasco al tío este de gafas de culo de botella. Pero nada, no se conocieron; cuando uno llega a Madrid el otro ya se había muerto. Lo odia:
"No entro en la escombrera literaria que es el estilo de Baroja."

"Su Juventud, egolatría es el Zaratrusta de un estudiante que se masturba demasiado y lee poco."
Y así todo el tiempo; está obsesionado. Es muy divertido. Pero hasta el más espabilado se delata; en el mismo libro, está vez en el capítulo que da caña a Azorín, deja caer:
"Siempre denunciamos al que hace lo que no sabemos hacer".
Y es que a Umbral no le salían ni a tiros las novelas. Pero, ¿quien es Umbral? ¿el tipo aquel que salió en un programa de debate de la Milá en el año catapún diciendo "he venido a hablar de mi libro" y enrojeciendo debajo de aquellos botellones de anís El Mono que le tapaban los ojos?

Esto lo escribió Clarín en un prólogo; una cita que acabo de encontrar en una de esas libretas donde apuntaba antes cosas que leía:
"¿Qué es España en el mundo? Un rincón. ¿Qué es la literatura en España? Menos que el billar, uno de los pasatiempos que tiene menos aficionados, la mayor parte de los cuales son verdaderos asesinos."

El Evangelio según Pasolini

Me acabo de enterar al leer los créditos cuando subía este trozo de película: ¡Natalia Ginzburg es María de Betania!.
No sé cómo es Natalia Ginzburg; leí algún libro suyo pero no recuerdo haber visto una foto.

Sin duda, ésta es la mejor película basada en el evangelio de Mateo. Jesús es vasco (actor vasco, Irazaqui) y cejijunto, peinado para atrás como un capo de la mafia y con barba de días: los apóstoles dan miedo, a cada cual más pinta de quinqui, parecen todos recién salidos de chirona. Con mohinantes o no, no hace falta ser creyente para que se le ponga a uno la piel de gallina con esta película; puede ser también el efecto Bach, que no es moco de pavo.

¿El principio de la película? Bueno, mejor callar, para qué comentar nada. El que tenga ojos que vea.

Por alguna razón

Si pinchan en la foto aparece una película sobre este señor.
"Me despierto y llamo a B.
B es cualquiera que me ayude a matar el tiempo.

B es cualquiera y yo no soy nadie. B y yo.

Necesito a B porque no puedo estar solo. Salvo cuando duermo. Entonces no puedo estar con nadie.

-Hola.

-¿A? Espera, voy a apagar la tele. Y a mear. He tomado un diurético que me hace mear cada quince minutos.

Espero a que B mee."

Mi filosofía de A a B y de B a A, Andy Warhol (1975).
Hace un tiempo, días, semanas, meses (he perdido la noción del tiempo), mi amigo P. me dejó este libro. Mi amigo P. es un exquisito. Mi amigo P. tiene una napia enorme que olfatea lo sublime con la misma facilidad que el chucho policía viejo ve venir una maleta con bicho.

Él encuentra una obra maestra en un todo a cien. Me devuelve unos libros que le había prestado y me cuela éste de Warhol: toma, leetelo, no me dijo, pero como si me dijera. Mi amigo no dice mucho. Yo pensé; ¿Andy Warhol? ¿Por escrito? Sino fuese por mis prejuicios perdería la vida entera aguantando lo inaguantable. Los prejuicios son malos, me hacen daño, me lastiman en el calcañar, me rozan los testículos y ando como un meado con ellos.

No pienso dejar a un lado mis prejuicios, como mucho los cambiaré por otros, pero siempre tendré unos que serán míos, y los querré como si los hubiese parido yo mismo. Amo, por ejemplo, mi prejuicio hacia Zafón, mi desprecio, y solo porque tiene perilla, porque él tiene perilla: no tengo ningún prejuicio contra las perillas. Las perillas son inocentes. Zafón, también, seguramente, pero tiene millones de lectores y perilla; esa combinación resulta fatal. Toda mi vida se alió para que me resulten insoportables los escritores ricos con perilla.

Pero claro, todo cambia. Antes apenas apreciaba a los artistas pop americanos que llevaban bisoñé blanco. Somos agua como decía Bruce Lee (antes lo dijo Lao Tse); y al ser agua somos aquello que hacemos. Si leo soy libro, si trinco soy todo pene, si fumo soy cigarro; si leo a Andy Warhol soy Andy Warhol en forma de libro. Empecé a leer, otra vez en la cama, mi sitio preferido para leer y para todo, también para dormir, y pasé unos días cojonudos por la noche. Deseaba que llegara la noche para ser un libro con peluquín blanco.

A veces me reía. A mi lado K. también se reía, con su libro; ella de lo suyo, yo de lo mío. Yo le preguntaba, de qué te ríes, cuéntame. No, contado no tendría gracia, me dice. Y volvía a lo mío. Soy peluquín, soy agua, soy libro.
"El mayor precio del amor es tener que aguantar a alguien cerca; no puedes estar a solas, lo que siempre es mucho mejor. La peor desventaja, naturalmente, es la falta de sitio en la cama. Hasta un perrito te fastidia en el cuarto."
Miro de reojo. Ella lee y ríe, al pasar las páginas suenan como latigazos. Soy agua turbia. Mi momento preferido es cuando se duerme y yo me quedo sólo, siendo libro.
"Ser realmente rico, creo, es tener un espacio. Un inmenso espacio vacío.
Creo realmente en los espacios vacíos, aunque, como artista, hago un montón de basura.
El espacio vacío es un espacio que jamás se desperdicia.
Un espacio desperdiciado es cualquier espacio con arte dentro.
Un artista es aquel que produce cosas que la gente no necesita, pero que él
-por alguna razón- cree que es buena idea ofrecérselas."
Este por alguna razón lo aclara todo, sin aclarar nada. Les recomiendo este libro; enseña, deleita y acompaña. No hace falta que adoren a una lata de sopa Campbell para disfrutarlo.

20/11/06

Una pija punk y un señor de bigote


El señor de bigote, éste, el de la foto, pongamos que es sociólogo, publicista, asesor de algo, hombre de empresa. Pero escribe a ratos, muchos ratos, tantos ratos que no le va del todo mal. Con este cuento, cuyo principio cae hoy aquí, se retira del laburo (los argentinos son unos magos del lenguaje y tienen palabras que envidio) y se pone a escribir, o mejor dicho, a ser escritor.

¿Y la caga? No sé; ¿quién soy yo para decir si fulano la caga o no la caga? Y sobre todo; ¿a mi qué leches me importa?

Me gusta este cuento, Muchacha punk, o relato (como se quiera llamar a la narración corta contemporánea), y algún que otro libro suyo. Su nombre es Fogwill, en homenaje según pude descubrir, al famoso Willy Fog, el que dio la vuelta al mundo en ochenta días y que para los de mi generación tenía forma de león y criado andaluz. Curioso. También en Londres, el narrador del cuento, conoce a un trío de chicas punkis y se acuesta con una de ellas. Es una versión posmoderna (o posposmoderna, según; me chupo el dedo y apunto al cielo a ver de dónde viene el viento) del clásico Ninette y un señor de Murcia, la comedia de Mihura, y así más o menos.

No hay amor. El amor es una cursilada, una tapadera. Y muy caro, aunque el que algo quiere algo le cuesta; y ahora vayamos a Oxford Street. Ya estamos; No hace tanto frío como describe el narrador; nosotros vamos a nuestra bola, abandonamos a Willy Fog, que siga haciendo anuncios, que se vuelva taradito (otra palabra de estos argentinos) de verdad, como nuestro Leopoldo: no es suficiente con que se babe: tiene que estar loco. Pero te abandonamos, Fog. Corte de mangas; cómete a esa punki calzonazos.

Oxford Street; es una calle, como su nombre indica, no una avenida. A ambos lados tiendas, tiendas y todo tiendas. Son las siete de la tarde; con un poco de imaginación y ayuda del adsl nos hemos teletransportado a Oxford Street; no estamos enfrente de una casa de señoritas; es Ann Summers.

Como excelentes paletoides que hemos aparecido por arte de magia aquí nos quedamos mirando con cara de jilipollas a las maniquís, que presentan unas prendas y unas posturas que, en fin... Cruzamos el umbral de la puerta; dos tías casi gordas y aburridas con las piernas abiertas y en vaqueros sentadas cerca de la puerta me observan fijamente: son dependientas; a un lado trajes de enfermera bomba, con unas braguitas de la cruz roja imponiéndose y ligas a juego. Para ellos trajes de policía y una porra empalmada; bodys, braguitas transparentes, sujetadores barrocos. Sexo gótico. Unas niñas curiosean entre las pollas y los vibradores. Tocan, huelen, ríen, juegan a las espadas con pitos enormes y realistas. Bajo unas escaleras; hay un pene de plata en una vitrina; es una joya, vale una fortuna. Una pareja de ingleses baja también; oohhh...

En el piso de abajo una chica cachondísima, algo pija, observa detenidamente unos vibradores pos-matrix (siempre son pos-algo, todo es pos-algo, sino no sería nada); está eligiendo. Es preciosa, es la tipa real más hermosa que vi en mi vida, aunque ligeramente pija. Quiero ofrecerle mi modesto aparato natural, ecológico, pero soy muy tímido en castellano y en inglés soy un puto psicópata esquizofrénico. Va a pagar el vibrador, uno que tiene pinta de pene de cerdo. Yo me quiero suicidar, toda la vida dejando pasar las oportunidades. Todos los trenes se escapan con las mujeres más guapas del mundo y yo me quedo en la estación, pajeándome como un imbécil. Ah, vuelve atrás, me mira; se le olvidaba comprar las pilas. Se va.

Quisiera coger un látigo y flagelarme, pero no lo hago porque estoy otra vez aquí delante del ordenador, escribiendo un texto del puñetero Willy Fog (o Fogwill) para un blog de literatura. ¿Para qué coño sirven los blogs? Sobre todo los de literatura... Supongo que uno escribe para hacer el amor con la muchacha punk.

Conclusión (dónde se unen las dos ramificaciones de este artículo); tanto monta, monta tanto, pija o punki, pija punki o punki pija, el amor/sexo, o eso como lo llama Fogwill, es una cosa violenta como el asfalto que pasa por encima de todo, arrasándolo. Es una enfermedad mental que no se trata por el bien de la especie, y para procrear aún no basta la razón. La clase social nos importa un pito, y el dinero medio pito. No hay amor, hay soledad, y frío. ¿Amor puro?; el amor es cerdo siempre, y los poetas más cerdos que nadie. Así son los bichos. Así somos.
EN DICIEMBRE DE 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir "hice el amor" es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que "hicimos" ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos "acostamos juntos". Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso. Primera decepción del lector: en este relato soy varón.

Fogwill, Muchacha Punk (1978).

18/11/06

En otros tiempos

En Alene Lee está inspirada la protagonista femenina de esta novela.

No es que haya tanto que revolver en las estanterías, no, que saqueé mucho la biblioteca universitaria. El niño pobre nunca se acaba de creer que algo gratis sea gratis, como tampoco se acabaría de creer que del grifo salga cocacola. Lo que pasa es que no hay un orden; por ahora esto es provisional, todo es provisional. Mi vida es provisional, ¿para qué ordenarla?

K, mi mujer, entierra sus libros en armarios, en cajones. Abro una alacena, cojo una botella, y me caen unos tomos encima. No hay forma de encontrar el libro que se busca; siempre aparece el que no se busca. Rápidamente se me enfrían los pies (tengo que actualizar rápido).

El libro que encontré hoy creo que me gustaba antes. ¡Tiene manchones amarillos en la cubierta por dentro! Dios, qué jodienda, qué tristeza. Tengo ganas de fumar, tengo ganas de salir corriendo y no volver nunca más, escapar de mi cuerpo. Un manchón amarillo en un libro que uno mismo ha comprado es una putada tristísima; una mancha de café es alegre, y más una de colacao, o una flor entre sus páginas. Bueno, una flor seca entre las páginas no sé muy bien lo que es; triste o no, no me acuerdo. No guardo vegetales en los libros. Humedad. DIEZ AÑOS, de humedad. Déjate leer, espera y púdrete; eso es lo que hizo este libro en diez años.

Así empieza:
En otros tiempos yo era joven y me orientaba tanto más fácilmente y podía hablar con nerviosa inteligencia sobre cualquier cosa, con claridad y sin preámbulos tan literarios como éste; en otras palabras, ésta es la historia de un hombre que no se tiene mucha fe, y al mismo tiempo la historia de un inútil egomaníaco y bufón de nacimiento... Empezar por el principio y dejar que la verdad vaya surgiendo, eso es lo que voy a hacer. Todo empezó una cálida noche de verano, ¡ay!, ella estaba sentada sobre un guardabarros con Julien Alexander que es... Será mejor que empiece con la historia de los jóvenes subterráneos de SanFrancisco.

Los subterráneos, Jack Kerouac
(1958).

Leí dos libros, que yo recuerde, de este pájaro; uno (En el camino) no me gustó, o no me gustó gran cosa, si la memoria de mi gusto no miente; y el otro este libro, algo más. Esta edición, de Anagrama, trae un prólogo de Henry Miller bastante entusiasta y en mi opinión exagerado, aunque ahora sea fácil decirlo cuando ya lleva años criando malvas.

Es posible que nuestra prosa no se recobre jamás de lo que le ha hecho Jack Kerouac. Amante apasionado del lenguaje, sabe cómo utilizarlo. Siendo un virtuoso nato, disfruta desafiando las leyes y los convencionalismos de la expresión literaria que estorban la auténtica comunicación sin trabas entre el lector y el escritor. Tal como él mismo ha dicho en su artículo Los principios fundamentales de la prosa espontánea, "procura primero satisfacerte a ti mismo, que luego el lector no podrá dejar de recibir la comunicación telepática y la excitación mental, pues en su cerebro actúan las mismas leyes que en el tuyo". Y es tan íntegro que, a veces, parece estar actuando en contra de sus propios principios. Sus conocimientos, en modo alguno superficiales, aparecen en sus escritos como si tal cosa. ¿Importa? Nada importa. Desde un punto de vista auténticamente creativo, todo da lo mismo, todo importa y nada importa.

(Prólogo
, Henry Miller).

Así como copiaba este párrafo del prólogo me estaba dando cuenta de que es un cachondeo: hay que leerlo atentamente para darse cuenta de que lo está puteando. Yo leí mucho a Miller, no le pega decir semejantes jilipolleces. Nombra el título; Los principios fundamentales de la prosa espóntanea. Es una broma, tiene que ser una broma.

Lean aquí sus mandamientos. Ya dudo de todo, pero me parece que este tipo era mejor escritor de lo que da a entender su credo de prosa moderna.

Esta novela es una historia de amor, de fondo un cuadro generacional etcétera bla bla bla. La chica es negra, y al final le da calabazas; una especie de Maga cortazariana más salvaje e inteligente. Acaba de maravilla el libro. Es lo que más me gustó (al que le moleste que le adelante el final del libro y cree que se lo estropeo entonces mejor que ni lo cheire, no está hecho para él).
"Y yo me vuelvo a casa, habiendo perdido su amor.
Y escribo este libro."

Un libro


Es de noche. Muy tarde; ni un alma. Fuera 7º. Me pican los ojos, y los froto, me lloran. Si ahora me grabaran unos hackers con la cámara web no les daría para chantajearme, creo yo. Te tenemos llorando como una nena; si no nos pagas doscientos euros te echamos al emule llorando como una maricona y lo titulamos coños putas pollas nenas zorras anos caliente mamadas follar, para que te enteres. Bueno. Hay un libro al lado del teclado. No va de follar; va de escribir, que viene siendo más o menos lo mismo pero más limpio. Después de follar hay que lavarse la herramienta, al menos; después de escribir en principio no hace falta.

Se titula eso; Escribir. Y lo escribió Marguerite Duras. Es tan difícil ponerse con un artículo de libros que dicen tanto, o que vemos tanto en ellos, aunque ocupen tan poco espacio, cincuenta y pico páginas. Abro el libro: leo:
Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y para escribir libros que me han permitido saber, a mí y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo? Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fue hecha por mí. Para mí. Y que solo estoy sola en esta casa. Para escribir. Para escribir como no lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca.

Marguerite Duras, Escribir (1993).

Es una mano vieja la que escribe este libro. Una mano que ya pasa de fuegos artificiales, si es que alguna vez no pasó. Escribe sin filtros. Salen las frases en pelotas. Casa, soledad, escribir; esas son las tres palabras mágicas, y aquí son la misma cosa.
"Cuando yo escribía en la casa todo escribía. La escritura estaba en todas partes. Y cuando veía a los amigos, a veces no acertaba a reconocerlos."
Con este libro es difícil evitarlo (me jode hacer post kilométricos, porque a mí me jode leer post kilométricos), pero es que hay algunas cosas que merecen copiarse, seguro que le aprovechan a alguien:

(De libros)
"Creo que lo que reprocho a los libros, en general, es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio."
(¿Qué es un libro, doña Margarita? Dígamelo)
"No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. pero cuando hay uno, lo sabemos."
(Me encanta que diga usted libro cuando habla de un libro. Un libro. Lo prefiero a novela, ensayo, autobiografía, novela-ensayo, ensayo-ficción... Un libro. Tengo un libro. Escribo un libro. Leo un libro. ¿El qué? Un libro. Quemo un libro. Defeco un libro. Meo un libro, como Umbral.)
"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse."
(Hace diez años ya que se nos murió. Cuando le leo parece que me habla usted desde el más allá. Algunas palabras me ponen la piel de gallina. Le voy a mandar un email a Iker Jiménez.)
"La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez."

"Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos".

17/11/06

Café con gotas (2)


Hemingway era un cerdo hijodeputa: en primer lugar, porque tuvo éxito, fue un tipo famoso, podrido de dinero, y reconocido (imperdonable): en segundo lugar, porque fue un fulano sensato, bastante racional y cuerdo, es decir, un imbécil profundo, aunque se pegó un tiro para intentar arreglarlo: y en tercer lugar, porque le dieron el Nobel, y eso casi es peor que todo lo anterior. Todos los premiados con el Nobel de literatura son, matemáticamente, mierda de elefante descompuesto, sin excepciones, exceptuando a JRJ, que estaba enfermo y era dios (un dios laico, claro), a Faulkner, que también estaba enfermo y a Albert Camus, que tenía una gabardina como Humphrey Bogart, que en paz descansen. Y, bueno, Hansum, el mejor, y Kipling, otro mejor. Únicas excepciones.

¿Y quién sería el equivalente de Hemingway en la literatura española? Yo diría que Cela.

¿Y qué fueron Cela y Hemingway para la literatura principalmente? Uno buenos profesionales. Fueron escritores profesionales. Los superprofesionales. Lo de Cela quizá tenía más mérito, teniendo en cuenta qué cosas escribía. Una vez escuché a un profesor de literatura en la universidad decir, todo serio: Cela era un vanguardista, eso está probadísimo; no hay más que intentar leerse un libro de él: es imposible acabarlo. Creo que era el día en que estiró la pata y salió en la conversación.

En los talleres literarios seguro que estudian principios tan fenomenales como este:
"Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez".

El viejo y el mar
(1952).
Ya está. Con ese inicio ya no haría falta escribir más. Es como un arco del triunfo. Tan excelente que chirría, como la tiza de la maestra. Salud.

15/11/06

Café con gotas


Esto es un ajuste de cuentas, bonito. No es el típico ajuste de cuentas de tiros y palizas, el manido recurso de la violencia. Y fácil por otra parte. Este empieza así, tan plácidamente:
1
Un buen café en la Place Saint-Michel
Para colmo, el mal tiempo. Se nos echaba encima en un solo día, al acabarse el otoño. Teníamos que cerrar las ventanas de noche por la lluvia, y el viento frío arrancaba las hojas de los árboles de la Place Contrescarpe. Las hojas se pudrían de lluvia por el suelo, y el viento arrojaba lluvias al gran autobús verde en la parada de término, y el Café des Amateurs se llenaba y el calor y el humo de dentro empañaban los cristales. Era un café tristón y mala sombra, y allí se agolpaban los borrachos del barrio y yo me guardaba de entrar porque olía a cuerpo sucio y la borrachera olía a acre. Los hombres y mujeres que frecuentaban el Amateurs andaban bebidos casi siempre, o sea siempre que el dinero les alcanzaba; generalmente pedían vino, litros o medios litros. Había anuncios de aperitivos con nombres raros, pero casi nadie era bastante rico, o en todo caso echaban un cimiento de aperitivo para luego edificar su trompa de vino. A las borrachas las llamaban poivrottes, que quiere decir alcohólico, pero en mujer.
E. Hemingway, París era una fiesta (1964)

Huele a humo este libro. A tabaco, pero no metafórico; humo ya hecho libro: además de leerlo lo ahumé. No sé cómo, que tampoco fumaba tanto. Mientras lo manoseaba (palpo el libro como un médium para ver si se me revela algo sin tener que releerlo pero casi nunca funciona, solo cuando estoy borracho, y en ese caso mis manos se lanzan a otras aventuras sobadoras), sí, me lo acerco a las narices y humm... qué pestazo.

Y al igual que el famoso donete de Proust mojado en Colacao le trasladó a los subterráneos de su infancia este humo de París me trajo de la mano, como un corrillo de niños que corren juntos como gilipollas al salir del catecismo, el sabor del café con gotas, sobre todo con gotas de aguardiente blanca, agua de fuego para los indios. Un aroma que llegaba hasta las sienes. Arrugas el entrecejo o te agarras una sien, como para que no se te caiga; ya estás metiéndote en el pellejo de Hemingway cuando escribía, pues aunque no lo vemos ni él se describe, estamos seguros que el tío mantenía el tipo, en su silla de cafetería, del que se esfuerza, pone toda su ser en el ano... pero no sale. Al final siempre sale; y Hem era terco como un arado (así dicen en mi tierra). Es escribiente tipo Flaubert, estreñido de palabras, sufridor.

Esto es el libro, o mejor, lo que yo recuerdo: París, invierno, gris, plomo cielo, cafeterías calientes, Hemimgway con un lápiz y una cuartilla, unos párrafos de un cuento, paseos, lecturas de gratis en la librería de Sylvia Beach, un hijo bebé cuidado por un gato, una mujer apéndice, y una galería de amigos (ajuste de cuentas con los amigos, siempre hay rencores), conocidos (ajuste de cuentas con tales conocidos, favores y desfavores), y rivales, que pueden ser anónimos y estereotipados como cuando describe el nacimiento para la profesión de un crítico, o reales y con nombre como cuando paternalmente presenta a Scott Fiztgerald como un pobre hombre débil de carácter acomplejado de pito pequeño y nenaza con el alcohol.

Hem: un tipo sin fisuras. Como ser humano nos da igual; como escritor no pasa lo suyo de la dos dimensiones. Que escribía clarito y era disciplinado y serio en su profesión, sí. Pero no era carpintero. El viejo era demasiado macho. Un tipo de cemento. Nunca bajaba la vista más allá de sus pezones peludos. Están los que dicen que tanta invocación de la masculinidad es una mariconería larvada. Pero esos hablan de temas; toros, caza, honor, guerra y valores del caballero con dos huevos. Hablamos de alturas, de dimensiones, o de profundidad; en definitiva, literariamente, Hemingway la tenía pequeña.

Para escribir buenos libros hay que ser un poco nena. O por lo menos no tener miedo de serlo. Las novelas y cuentos de papaíto son todo piel. Y a veces se pone simpático:
"Y en aquel momento una voz se hacía oír:
- Hola, Hem. ¿Qué diablos estás haciendo? ¿Pretendes escribir en un café?[...]
- Joder con el hijo de puta. ¿A qué vienes por aquí? ¿Te han echado de tus jodidos barrios?
- Oye, sin insultar. Me parece muy bien que te las eches de excéntrico, pero yo no voy a pagar el pato.
-Vete de aquí, tú y tu boca de mamón.
- Estamos en un establecimiento público. Tengo tanto derecho a quedarme aquí como tú.
-¿Por qué no te vuelves a hacer el marica a la Petit-Chaumière?
-Oh, por favor, no te me pongas pelma."
Al final de este capítulo Hem convence al plasta para que se trasforme en crítico. Pero sería injusto, o peor aún falso, decir que este libro es un ajuste de cuentas únicamente; no, es algo más. Es el amor al chollo, a ese lugar, París, a ese momento, hacia 1920, y una vida que el narrador (en 1960 más o menos) echa de menos.

Ya se hace muy largo esto. Mañana más.

14/11/06

Taza de té

Por un instante,
caza el gato la hoja

que va de viaje.

Kobayashi Issa, Hoja de viaje.
Un haiku es una pompa de poesía, cuando lo consigue. Un susto. El estallido de un capilar, en el seso, o en el pito.


Esta mañana,

puntualmente, una hoja

cayó, callada.



Con un haiku tenemos para rumiar un día, o toda la vida. Y sin drogas. Densidad de un silencio. Pon un haiku en tu vida; deja las drogas.

Chorro de orina.
Pero mira debajo
:
lirio que mira.

Un poema (ya no leo poesía; soy un adulto, soy un cerdo) puede ser, suele ser, una piedra de río, redonda como una burbuja pero totalmente estúpida, como comer pan reseco por afición. Los poetas se murieron: ¿quién los mató, señor comendador? Un virus, señor; EL ÉBOLA; un virus zumbón, cenizo, un asesino selectivo... hace mucho tiempo... y ahora quedan apoyados en la barra unos androides que mienten sin querer... y algunos queriendo... se cuentan los pelos del ombligo y se depilan las jorobas.

Y me quedo aquí; mirando al techo: una araña me cae en la boca.

12/11/06

El pozo


Hoy me acuerdo de un libro rabioso, deshilvanado, y deshilachado. 
Onetti empezó a escribir esta novela, la primera que publicó, una tarde porque no tenía tabaco.

" Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.
Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentía, una mueca de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.
Recuerdo que, antes que nada, evoqué una cosa sencilla. Una prostituta me mostraba el hombro izquierdo, enrojecido, con la piel a punto de rajarse, diciendo:
—"Date cuenta el serán hijos de perra. Vienen veinte por día y ninguno se afeita”.
Era una mujer chica, con unos dedos alargados en las puntas, y lo decía sin indignarse, sin levantar la voz, en el mismo tono mimoso con que saludaba al abrir la puerta. No puedo acordarme de la cara; veo nada más que el hombro irritado por las barbas que se le habían estado frotando, siempre en ese hombro, nunca en el derecho, la piel colorada y la mano de dedos finos señalándola.
Después me puse a mirar por la ventana, distraído, buscando descubrir cómo era la cara de la prostituta. Las gentes del patio me resultaron más repugnantes que nunca. Estaban, como siempre, la mujer gorda lavando en la pileta, rezongando sobre la vida y el almacenero, mientras el hombre tomaba mate agachado, con el pañuelo blanco y amarillo colgándole frente al pecho. El chico andaba en cuatro patas, con las manos y el hocico embarrados. No tenía más que una camisa remangada y, mirándole el trasero, me dio por pensar en cómo había gente, toda en realidad, capaz de sentir ternura por eso.
Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco.
No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde".

Juan Carlos Onetti, El pozo (1939).
A Onetti le quedaban pequeñas las gafas; esto se muy bien en una entrevista que le hacen en el programa de televisión española A fondo en 1977. También se ve que tenía mucha sed. Un tipo tímido cabreado medio borracho con gafas de niño pequeño. Onetti escribe:

"He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y ti uno se casa con una muchacha y un día despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos".

¿De qué coño va este libro? Pschhh... como diría Baroja, no sé. Es uno que cuenta sus cosas. Pero nadie escucha. No hay nadie a quién contárselo. ¿Contar el qué? Eso es lo de menos. Eladio Linacero, el protagonista, está jodido:

"Solo dos veces hablé de las aventuras con alguien. [...] El resultado de las dos confidencias me llenó de asco. No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza."

Sí, me recuerda a Baroja este Onetti, sobre todo este libro. Más que escritos, parecen libros escupidos, de lado. 

Onetti vino a Madrid y se encamó. Una década en la cama. Su cama también era una barca. Después murió, en 1994, creo. Claro, murió en la cama, como Baroja, aunque en su habitación no estaba Hemingway babeándole la mano.

Aquí un entrevista que le hicieron de tapadillo, como una cámara indiscreta.


8/11/06

Cómo estar solo antes de hacerse monja


La primera vez que fui a Barcelona llegué de mañana muy temprano (tan temprano que aún era de noche); así que estuve todo el día dando vueltas, y compré algún libro para leer antes de dormir: a las ocho de la tarde ya estaba muerto; me arrastraba, más que caminar, por las Ramblas y peleaba por los bancos con los jubilados. Después, cuando ya pensaba en irme a dormir, conocí a una chica en una cafetería . Me conoció ella a mí, hablaba por los codos. Era portorriqueña, clavada, aunque sin tetas, a una ex-novia que odiaba porque me había dejado y era una imbécil. Esta escribía una tesis; literatura, judíos, siglo XVI... todo mezclado y extendido sabe dios cuántos miles de hojas.

Se interesó por los libros que llevaba en la bolsa. ¿Qué es? Eran el Cómo estar solo, de Jonathan Franzen (el autor de Las correcciones, que solo sé que es muy voluminoso, como una tesis), y Cómo me hice monja, de César Aira. Ella no conocía ninguno de los dos libros ni los autores, pero por su cara creo que pensó que lo que me pasaba era que tenía algún tipo de problema. Me dijo que a estar solo se aprende bla bla bla... y un rollo así bastante aburrido y confuso sobre cómo sobrevivir a la soledad etcétera. Yo no tenía fuerzas para cortarle el carrete así que atendía con cara de estreñido esperando que todo acabase y me dejase en paz. Conseguí meter baza, a la desesperada.

- Mira, perdona, creo que te equivocas, yo no...
- ¿Eres gay?
- No

Fui al baño esperando poder colarme por el retrete y aparecer por retrete-transporte en el cagadero de mi hostal. Al volver la chica estaba leyendo el principio del libro de Aira:

Mi historia, la historia de "cómo me hice monja", comenzó muy temprano en mi vida; yo acababa de cumplir seis años. El comienzo está marcado con un recuerdo vívido, que puedo reconstruir en su menor detalle. Antes de eso no hay nada; después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e ininterrumpido, incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos.
Nos habíamos mudado a Rosario. Mis primeros seis años los habíamos pasado, papá, mamá y yo, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires del que no guardo memoria alguna y al que no he vuelto después: Coronel Pringles. La gran ciudad (era lo que parecía Rosario, viniendo de dónde veníamos) nos produjo una sensación inmensa. Mi padre no demoró más que un par de días en cumplir una promesa que me había hecho: llevarme a tomar un helado.

Cómo me hice monja,
César Aira
No recuerdo si dijo algo o qué cara tenía, si parecía interesarle o hacía que leía. Era el maldito doble de mi ex-novia, en Barcelona, pero sin tetas, totalmente plana. Me enseñó la noche barcelonesa y nos hicimos buenos amigos, aunque le encantaba García Márquez y escribía como él. Porque me leyó alguna cosa; quería escribir un libro sobre la ciudad. Estaba obsesionada con los meos del barrio gótico.

Por cierto, no me la tiré.

Te mando un saludo por si me leyeres aquí. Es poco probable pero nunca se sabe. Ojalá todo te vaya bien. Soy muy vago para retomar amistades relámpago. Un beso. Perdona por lo de las tetas, soy un exagerado. Chau.

7/11/06

Vampira (que me tiene hipnotizado)


En el principio no había nada. Y esa nada no estaba ni vacía ni era indefinida: se bastaba sola a sí misma. Y Dios vio que aquello era bueno. Por nada del mundo se le habría ocurrido crear algo. La nada era más que suficiente: lo colmaba. Dios tenía los ojos perpetuamente abiertos y fijos. Si hubieran estado cerrados, nada habría cambiado. No había nada que ver y Dios nada miraba. Se sentía repleto y compacto como un huevo furo, cuya redondez e inmovilidad también poseía. [...] Para él [Dios], su existencia no había tenido un principio perceptible. Algunos grandes libros comienzan con unas primeras frases tan poco llamativas que uno las olvida inmediatamente y tiene la impresión de vivir instalado en esa lectura desde el principio de los tiempos.

Metafísica de los tubos
, Amelie Nothomb (2000)
Como está el mundo tan tonto cualquier día me pone un pleito alguien por poner aquí principios de novelas. Estoy leyendo este libro: lo empecé ayer, de noche. Tarde. K, mi parienta, dormía ya. Los vecinos estaban muertos o puede ser que también durmiesen, aunque son mayores. Sospeché que alguien, una buena persona, había envenenado al perro llorón que vive con la peluquera de al lado. Bien.

Leo la contraportada (hace una semana Amélie Nothomb era para mí una ex-anoréxica que escribía novelas también un poco anoréxicas: ahora es Vampira, la que me chupa la salud de los ojos y el runrún de mis pensamientos):

Metafísica de los tubos cuenta los primeros tres años de vida de un ser obsesionado por el agua que, disconforme con su entorno, adopta la inerte forma de tubo como condición existencial. [...] A.N. rememora, a través de una narración que combina filosofía y fontanería, episodios de su infancia japonesa, transcurrida en Osaka. Que la protagonista de esta novela sea un bebé superdotado que opta por vegetar, que se autoproclama Dios y que se niega a manifestar sus emociones hasta que descubre el sentido de la vida en una barrita de chocolate y la muerte en un estanque habitado por repugnantes carpas, constituye un acto de coherencia con un universo literario en el que la obsesión por venerar el paraíso de la infancia es un tema recurrente.
Ole por el pobre diablo que tuvo que escribir la contraportada. Casi tan embarazoso como escribirle las contraportadas a César Aira. Bien pensado parece la sinopsis de un artefacto literario de Aira. Los dos hacen a mano libros de poco más de cien páginas, novelitas las llama el argentino. A la Nothomb apenas la conozco; es una ilusión. A Aira ya me lo sé, o casi; es un genio, y por eso nunca decepciona, aún cuando decepciona. Es la ventaja de ser un genio.

Filosofía y fontanería, vaya. Y es una de las autoras francesas más populares. Sus libros, por arte de birbibirloque, se vuelven best-sellers, y ella cada vez más parece una vieja fan de The Cure.

El segundo capítulo empieza de rechupete
:

Los padres del tubo estaban preocupados.

5/11/06

Handke, el senderista polémico

En la sección de DIVERSOS de la edición dominical del Volkszeitung, de Carintia, venía: "En la noche del viernes al sábado una mujer de 51 años de edad, de A (municipio de G), madre de familia, se suicidó tomando una sobredosis de somníferos."
Ya han pasado casi siete semanas desde que murió mi madre y quisiera ponerme a trabajar antes de que la necesidad de escribir sobre ella, que en el entierro fue tan fuerte, se convierta de nuevo en aquel embotamiento, aquel quedarse sin habla con qué reaccioné a la noticia de su suicidio.
Desgracia impeorable, Peter Handke (1972).

¡Toma ya!, como escribiría el difunto fachilla resultón Jaime Campmany, ex-articulista del ABC. Que no es novela; son las primeras frases de un libro catártico en el que el bueno de Handke nos habla de su mamá y nos explica su vida y las razones que hubiera podido tener la mujer para matarse (creo que ninguna directamente relacionada con los libros de su hijo).

El primer libro de este señor que leí fue Ensayo sobre el cansancio, un título cojonudo teniendo en cuenta que no era un manual: era un libro de apenas cien y poco páginas y no era académico, riguroso, exhaustivo y cargado de datos estadísticos o biológicos sobre la fatiga. Era, coño, literatura, subjetividad, posible mierda, posible gloria. Para mí.

Empecé a leerlo. Es una pena que no lo tenga aquí porque estaría bien echarle un vistazo; en preguntas y respuestas se desplegaba, una especie de autointerrogatorio sobre el cansancio, siempre elevándose a cosas un tanto demasiado abstractas, tanto que dejan de ser cosas y parecen disertaciones nebulosas de un extraterrestre sobre sus asuntos. Si le mandásemos leer este libro y hacer un resumen a un chaval de quince años acababa suicidándose como la madre del autor.

No se explica: es la literatura que viene de Bernhard. Parten de que el lector ya está avisado, no hay que contárselo todo. Se va directo al grano, y el grano supuestamente es el alma, es decir, lo que a uno le venga en gana. Introspección le llaman, ombligo también. Si eres un bruto los libros de este fulano te parecerán una cagada, y si no eres un bruto puede que también; a veces es insoportablemente pedante.

Me gustó también La tarde de un escritor.

Le dan mucha caña ahora que se sacó de la chistera defender al bueno de Milosevic, que acaba de palmar. Son esas cosas que le pasan a veces a los escritores, ya digo, pirrarse por el poderoso y a poder ser del dictador, que lo tiene todo más atado, y si se carga a unos cuantos miles de indeseables... pues, chico, nadie es perfecto. Gajes del oficio de escribiente, parece, como el Lugosi que se torna Drácula y el Weismuler que se cree Tarzán. Le pasa a muchos.

"...por mal que me parezca la simpatía de Handke hacia Milosevic, no es peor que la de García Márquez por Castro", decía Felix de Azúa.

En Alemania algunos ya no lo pueden ver: "Un autor que parecía destinado a ser un gigante de la lengua alemana y será recordado como poco más que un polemista y senderista por España" (Hermann Tersch).

Ni blanco ni negro, como siempre, ni chicha ni limoná, aunque sea más aburrido.